sep 29

Mitos y leyendas sobre Oduduwa

Por: Heriberto Feraudy Espino

Narra una tradición de Benin, que Oduduwa fue un príncipe de ese pueblo cuyo nombre era Ekaladerhan y que fue confinado por su padre Owodo, el último Ogiso, título con el que se designaba a los gobernantes de Benin, nombre de un reinado enclavado en tierra nigeriana y que actualmente se denomina estado de Bendel.

Ekaladerhan era hijo único de Owodo. Cuentan que, como resultado de una intriga familiar, las esposas de Owodo se reunieron con él y después de mucho discutir, lo convencieron de que según el oráculo, tenía que matar a su hijo o de lo contrario, ellas no tendrían más hijos. Se dice que el Ogiso meditó por largo tiempo; pero finalmente decidió no matar a su primogénito sino desterrarlo lejos.

Afirman los habitantes de Benin, llamados por aquel entonces igodomigodos, que el día en que Ekaladerhan abandonó la ciudad con sus seguidores, fue un día doloroso, afligido, angustioso, un día frío, sin lluvia ni sol y que el pueblo todo se conmovió y consternó al conocer la desdicha ocurrida. Ellos, que habían albergado la esperanza de que el príncipe Ekaladerhan sucediese a su padre cuando este falleciera, sobre todo teniendo en cuenta que en aquella época ya 30 ogisos habían renunciado al poder como consecuencia de pugnas y conflictos internos, ahora veían sus planes frustrados y sufrían la mácula de un rey renegando de su hijo. Como castigo al imperdonable proceder del ogiso Owodo, el pueblo decidió destronarle.

Los que han oído esta leyenda dicen que este acontecimiento fue seguido por un largo y tormentoso período de gran inestabilidad política en el antiguo Benin.

Asimismo, afirman que cuando Ekaladerhan fue expulsado por su padre arribó a Ilé-Ifé con sus acompañantes y la gente de aquel lugar los miraban con ojos extrañados y asombrados, sin poder entender la lengua que hablaban. Dicen que Ekaladerhan después de haber andado un largo tramo, seguido por un grupo de curiosos, buscó un espacio apropiado y se sentó; escudriñado aún por las miradas atónitas de quienes en aquel instante lo rodeaban y contó su triste historia en lengua bini, desconocida por los moradores de Ilé-Ifé.

Los que después entendieron dijeron que durante su narración, Ekaladerhan explicó cómo él había sido fiel a su padre, a quien respetaba y admiraba; sin embargo, este, guiado por la intriga y la ignorancia, en un acto de injusticia y de crueldad, lo había expulsado de su reino. Añadió cómo en estas circunstancias, de príncipe había pasado a mísero vagabundo, sin gloria ni fortuna.

Cuentan que de todas las palabras pronunciadas por el antiguo príncipe, la que más fijación tuvo en la mente de los pobladores de Ilé-Ifé fue Iduduwa. Siempre que se conversaba con él se le escuchaba decir esta palabra. Con el tiempo se supo que esta pertenecía a la lengua bini, cuyo significado era pesar, aflicción, remordimiento, literalmente significaba tropecé con la fortuna. Los habitantes de Ilé-Ifé interpretaron el vocablo Iduduwa como el nombre de Ekaladerhan y tergiversando su pronunciación comenzaron a llamarle Oduduwa.

Recuerda la tradición que un día llegaron a Ilé-Ifé varios mensajeros de los igodomigodos para informarle al príncipe la muerte de su padre y suplicarle que retornara a su pueblo natal con el fin de asumir el trono. En esa época Oduduwa había establecido su propio gobierno, tenía su familia y había perdido todo interés en regresar al lugar de donde lo habían expulsado, por lo que se negó rotundamente a la súplica de los enviados, quienes insistieron hablándole de la necesidad de frenar la subida y caída de ogisos unos tras otros, hablaron de los tiempos de la mala muerte y sin cosechas, de la desconfianza hecha persona apareciendo por todas partes; le prometieron que con él serían el uno para el otro y el otro para el uno, que cuidarían la unidad de Igodomigodo como a la niña de los ojos de Dios que todo lo ve.

Oduduwa parecía no escucharlos. Mientras los mensajeros hablaban él se mantuvo todo el tiempo con los ojos cerrados como inmerso en reposado sueño. De súbito y como si despertara de una larga reflexión, exclamó: !De acuerdo¡ Les prometo enviar a mi hijo Oranyán y garantías doy de que él sabrá gobernar tanto o mejor que yo. Entonces los mensajeros, con rostro alegre y solemne, inclinando la cabeza murmuraron: ¡Que así sea! ¡que así sea! Y continuó hablando el viejo:

Ante todo tienen que darme una prueba de que ustedes y los que están antes y después de ustedes allá en Igodomigodo han alcanzado la cumbre de la seriedad y responsabilidad. Los mensajeros se comprometieron en nombre de ellos y de los demás. Oduduwa hizo una propuesta y cumplió, envió 7 piojos a los jefes de aquella ciudad para que los cuidaran y retornaran a los 3 años, si es que eran capaces de conservarlos. Transcurrió el tiempo y los piojos fueron devueltos sanos, salvos, crecidos y engordados y hasta tenían mejor color.

Oduduwa conmovido e impresionado por tal actitud terminó por concluir que un pueblo capaz de cuidar con tanta tenacidad y esmero a 7 insectos insignificantes, bien podía ser merecedor de recibir a su hijo y lo envió.

Para los habitantes de Benin esta es la historia que explica que se le atribuya a Oranyán ser el fundador de aquel reinado y el considerar al rey de Ilé-Ifé como su propio y auténtico monarca. De acuerdo con esta leyenda, Oranyán llegó a Benin donde gobernó y se casó, tuvo un hijo llamado Eweka y después de habitar durante varios años el palacio de Usuma, regresó a Ilé-Ifé. Se dice que entonces Eweka ascendió al trono de Benin como Eweka 1. Esto ocurrió alrededor del 1200 d.n.e..

Entre los relatos conocidos sobre Oduduwa no falta el que lo define como una mujer. En el libro “Religión of the Yorubas”, de Olumide Lucas se plantea que esta fue una deidad mujer, esposa de Obatalá. Este autor llega a afirmar que es una diosa superviviente de una deidad del antiguo Egipto y que el nombre Oduduwa puede ser dividido en dos: Odu y Dua. La palabra Odu significa “un jefe”, un gran personaje, mientras que la palabra dua viene de la antigua palabra egipcia dua-t, que significa “el otro mundo”. Por tanto, Odu-Dua significa “el caballero del otro mundo” o la “amante del otro mundo”. El autor explica que el título de caballero del otro mundo se le aplicó primeramente a Ra y a Osiris y después a los otros dioses y diosas del otro mundo. Lo cierto es que esta versión de Oduduwa mujer es la menos creíble e inconsistente de cuantas se han dado acerca de esta figura.

Una versión de carácter histórico nos muestra a Oduduwa también llamado Oodua u Olofin como un guerrero que se enfrenta a Obatalá, líder del pueblo Igbo, asentado en Ilé-Ifé. Se especula que Oduduwa ordenó la redacción de una Constitución para el pueblo de Ilé-Ifé y el establecimiento de un gobierno que debía estar encabezado por él. Al enterarse Obatalá de esta decisión se opuso tajantemente, alegando que él tenía tantos o más méritos que Oduduwa. Como consecuencia de las contradicciones entre ambos líderes Obatalá no tardó en alzarse en las colinas de Ifé siendo seguido por su gente. Después de larga y encarnizada contienda Obatalá fue derrotado por Oduduwa y sus hombres.

Un historiador nigeriano relata que antes de Oduduwa existían 13 grupos de aldeas en Ilé-Ifé y este pertenecía a uno de ellos. Cada aldea tenía un jefe o rey (oba) y entre estos se rotaba el gobierno.

Durante el régimen de Obatalá, Oduduwa pertenecía a un grupo que habitaba en las colinas de Oke Ora y desde ese lugar se enfrentó a él. Esta lucha duró una generación y al final se impuso el grupo de Oduduwa quien logró la victoria gracias al decisivo apoyo de una bella y hermosa mujer llamada Moremi.

Refiere una tradición que cuando el conflicto estalló entre los dos bandos, Moremi, que pertenecía a las huestes de Oduduwa y de quien se dice que fue su esposa, se preguntaba una y mil veces cuál era el secreto de los fáciles triunfos obtenidos por el enemigo. Obsesionada por esta idea cuéntase que moremi fue al río y prometió a los dioses que si ella lograba desentrañar el seceto de Obatalá, en recompensa sacrificaría a su único hijo nombrado Oluorogbo. Según esta leyenda la bella Moremi dejóse capturar por los igbo, que eran gente de Obatalá y una vez en el campamento de esto pudo conocer en qué consistía su táctica de combate. El misterio radicaba en que los soldados obatalenses cubrían su cuerpo con hojas para hacerse pasar por espíritus,por consiguiente, siempre que los seguidores de Oduduwa veían aquellas matas vivientes caminando huían sin que nadie los pudiera detener. Hay quien cuenta que Moremi pudo conocer el secreto cuando el rey de los igbo la hizo su mujer y entonces ella se ganó la confianza del mismo. Moremi logró huir y se lo contó todo a Oduduwa. A partir del descubrimiento hecho por la heroína no hubo más desbandada y Oduduwa resultó vencedor. Moremi cumplió su promesa sacrificando a su hijo en el río Ezimirin.

Después de la victoria de Oduduwa éste se dedicó a establecer una monarquía bien organizada y unió a las 13 aldeas. Algunos investigadores afirman que después de la muerte de Oduduwa ambos grupos se unieron mediante un acuerdo en el cual la autoridad política la ejercían los seguidores de Oduduwa a través de un símbolo, la corona de Are, mientras que los fieles a Obatalá adquirieron la autoridad religiosa. A Obatalá también se le da una gran significación como artista jefe, planteándose que durante su predominio entre los igbo el título Obatalá tenía carácter supremo y fue cuando se produjo el nacimiento de las grandes obras maestras de la artesanía

Para Abimbola, prestigioso profesor e investigador yoruba, Rector de la Universidad de Ilé-Ifé y autor de varias obras sobre las tradiciones y creencias ce este pueblo, así como también para otros autores, Oduduwa fue quien creó el gobierno moderno y las instituciones y organizaciones que hicieron famosa a la nación yoruba. Según Abimbola, Oduduwa fue el primer Ooni u Olofi. Tuvo varias esposas entre las que se encontraban Olokun Seniade, Osara y Ojummo-Yanda. Algunos plantean que tuvo siete hijos y otros que 16

El prestigioso historiador Basil Davidson en su obra A History of West Africa 1000-1800, menciona que uno de los hijos de Oduduwa se convirtió en el primer alafín de Oyó, así como en el padre del primer oba de Benin. Otro de sus hijos fue el primer onisabe de Sabe; se habla de una hija mayor de quien se dice fue madre del primer alaketu de Ketu en Dahomey, mientras otra hija dio a luz al primer olowu de Owu. Dicen que murió ciego a los 150 años.

Mientras más hurgamos en la historia Yoruba mayores son las coincidencias en situarle una existencia real a la figura de Oduduwa. El Dr. A. Atanda en un interesante estudio sobre este tema escribió lo siguiente: “Fuera Oduduwa un emigrante o un aventurero político, su advenimiento fue un pilar en la historia del pueblo yoruba. Ilé-Ifé alcanzó preeminencia debido a este hombre. Cualquiera que fuese su origen la tradición tiene claro que luchó por la dirigencia política en la tierra yoruba y también tuvo que guiar al pueblo de Ifé a soportar y derrotar la agresión de algunos poderosos vecinos decididos a destruir el naciente reino.

Finalmente se considera que la revolución de Oduduwa tuvo lugar a finales del siglo IX y principios del X. A partir de él se crearon los demás reinos e imperios yorubas.

 

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sep 17

La muerte en los cultos sincréticos afrocubanos

Por: Tata Mario Montoya

Pese a todo lo que se ha escrito al respecto, y a no dudar ha sido mucho, no creo que los cubanos hayamos podido comprender todavía hasta dónde, en que tremenda dimensión, la práctica esclavista en nuestra sociedad plantacionista sobredeterminaba las conductas y los sistemas de valores a ellas referidos, tanto en el aspecto de la vida material como en el de la espiritual; en el terreno de lo inmediato como en el de lo más contingentemente alejado.

Ni los escritos de los abolicionistas más objetivos y consagrados, ni el virtuosismo costumbrista de un Cirilo Villaverde, ni lo mejor de nuestra tradición oral son suficientes para trasladar a la contemporaneidad el registro emocional de nuestra sui generis esclavitud, a un tiempo reductora y totalizadora. Semejante incapacidad para aprehender y para comunicar puede deberse al carácter contradictorio de la formación económico-social imperante, que unía relaciones esclavistas en la producción directa, y capitalistas en la circulación dentro de la que se realiza la reproducción ampliada de las primeras.

El sentido de lo mismo y de lo otro, de lo en sí y de lo fuera de sí, se trastocan, confunden, y pierden sus específicos contornos dentro del aquelarre antinatural de la abominación esclavista. Quien no tenga esclavo no puede ser alguien socialmente hablando, y toda sujeción de seres humanos en términos de propiedad degrada tanto al poseído como al poseedor. La racionalidad capitalista de la plantación reduce al hombre esclavizado a un simple cálculo de diferencias y de resultados entre el precio de su compra, los valores que pueda crear con su fuerza de trabajo en razón de las fluctuaciones en el mercado mundial del azúcar o el café, y el tiempo de vida diagnosticable en condiciones de máxima explotación para la obtención de plusvalía.

En términos de cultura la esclavitud en Cuba persigue a todo trance la pérdida de la condición humana del hombre, su brutalización absoluta, tanto como castración de pensamientos y deformación de emociones, al igual que como intento de desaparición de imaginación, sentimientos y memorias. El esclavo ha de ser exacto y, en su exactitud, total. Exacto y total cuando trabaja, cuando coma, cuando duerma, cuando sea castigado, cuando aproveche los escasos momentos de esparcimiento.

La exterioridad esclavista debe someter hasta hacer desaparecer todo vestigio de interioridad, de espiritualidad en el esclavo. Sólo que el daño también es exacto y total; como cultura, los verdugos, por la naturaleza del daño que ocasionan, no pueden dejar de ser también víctimas, a pesar de su condición de instrumentos o agentes, de un ordenamiento social que se rehacía una y otra vez como movido por fuerzas inconjurables.

La peculiaridad de la institución esclavista en Cuba obliga a que la ruptura fuese desde dentro y a través de un expediente político de superior envergadura, cual fue el recurso independentista, primero contra España, luego contra España y contra Estados Unidos.

Propongo, pues, que en las décadas de consolidación de nuestra nacionalidad y surgimiento de nuestra nación que es una etapa de agilísimo intercambios culturales y raigales resultados sincréticos, junto con nuestra vocación de pueblo aparece la peculiaridad definidora de la psicología del cubano, el rasgo más notable de su subjetividad susceptible de ser visto en aspectos concretos de la aprehensión del espacio y la utilización del tiempo, que no tengo dudas en definir como una permanente actitud de huida y de rechazo hacia los signos y símbolos representativos de la esclavitud, asumida ésta en un alcance óntico y nunca meramente formal.

El cubano está siempre en una posición cultural, y social, de cimarrón, de ataque y de huida contra lo impuesto y lo que lo limite en su autorrealización, y esta disposición de apalencamiento guerrillero, estos recursos de defensa cultural de defensa contra la muerte impuesta construidos o al menos abocetados durante la esclavitud se consolidan, redefinen y desarrollan cada vez más. Dentro de esta certidumbre puede comprenderse en toda su importancia el determinante papel del sector de los negros y mestizos libres en la sociedad cubana del XIX, en el proceso salvador por suerte de construcción de códigos de encuentro consigo mismo de la Cultura Cubana.

Los sistemas mágico-religiosos cubanos no son analizables en su inmanencia independiente; ninguno de ellos, ni siquiera los más aislados o de una liturgia más criptica, existe sin referencia funcional a los otros; al menos si asumimos esta funcionalidad en un sentido tendencial.

Al margen de cualquier intento de balance activo capaz de proporcionarnos respuesta a la interrogante sobre qué está tomando en este momento presente específico, para su cosmogonía y para su liturgia, cada culto sincrético de los otros, presumo que puede ser reasumida la afirmación de Rómulo Lachatañeré de que la santería cubana era un sistema de cultos locales. En su momento tenía toda la razón; hoy tendríamos que hablar y no ya en sola referencia a la santería sino tocante a las cinco Reglas fundamentales vistas en conjunto de un probable Sistema de Sistemas de Cultos Locales, aproximación esta en la cual el término localidad se presentaría como muy preñando de accidentes.

Así, pues, los llamados cultos sincréticos están en el espacio de la cotidianidad, pequeña y familiar del cubano y al pretender adentrarnos en cualquiera de ellos habremos de tropezar quiérase que no con la totalidad de los restantes; de suerte que cada uno de los sistemas vive en su propio espacio reconocido como tal, y en los espacios equivalentes de los demás.

Ahora bien, no creo que podamos penetrar mucho dentro de semejante manigua si no recordamos lo que en algún momento fue denominado por mi, y hoy lo reafirmo, como principio rector de los Sistemas Mágico Religiosos Cubanos, a saber, la específica relación que en cada uno de ellos existe entre los dioses y los muertos.

Sólo en tanto esquema podríamos recordar entonces que semejante relación se da en la Regla de Ocha como supeditación total de los muertos a los orishas; en oggunismo o variante cubana del Vodú a través de la posibilidad de que los muertos devengan en luases; en Congo por el imperio operativo indiscutible de los muertos en una curiosa proyección que no disminuye la imagen cósmica de Inzambi; en el Espiritismo de Cordón por el sujetamiento a la voluntad divina cristiana del llamamiento a la incursión de los muertos; y por último, en Muertera como total dominio de los muertos en su derecho y en su capacidad de presentarse en la vida de los vivos espontánea e incontrolablemente. (l)

Así visto todo esto, pudiéramos decir que en el culto de impronta yoruba que se acostumbra a denominar como Regla de Ocha o Santería, los procedimientos litúrgicos que se llevan a cabo cuando un practicante de alguna jerarquía fallece, se encaminan a borrar las huellas de su paso por la vida; en cierta forma se procura atenuar la memoria de su existencia como requisito previo para enfatizar en el sentido de la unión trascendente con el orisha, contenido desde la perspectiva de Ocha en el acto de morir. En estricta referencia convencional el muerto, como entidad independiente, se aleja del mundo total de acá y de allá de lo existente.

En Congo, es decir en la Regla Palo Monte en todas sus modalidades, en cambio, los muertos se utilizan para el fortalecimiento por una vía o por otra, con una finalidad u otra de la potencia operativa de la familia de calderos, ngangas o prendas, de que se trate. Hay pues un permanente acercamiento del muerto a la totalidad litúrgica.

En Oggunismo o variante cubana del Vodú, hay una suerte de ambivalencia; el muerto se asume dentro de alternativas posibles de enriquecimiento del panteón, y con ello se aleja en principio para crear la apertura de ser atraído con otra naturaleza.

En el Espiritismo de Cordón los difuntos pueblan una concurrencia superior de vida; pasan a integrar un orden mayor de lo existente en permanente complementariedad con el orden de los vivos, y con ello se alejan y se acercan de estos en un repetitivo movimiento pendular.

En el caso de Muertera, que es un sistema en cuyo estudio nos encontramos en cambio, los muertos pasan a integrar el caos imposible de penetrar del más allá, correspondiente con el caos no menos incognocible de lo terrenal; en su capacidad permanente de irrupción los muertos siempre están cercanos y presentes.

Debemos subrayar que dentro de los sistemas mágico-religiosos cubanos hay determinadas regiones muy cargadas de magismo en las cuales y hasta donde nos permiten apreciar investigaciones de campo en proceso actualmente pueden encontrarse diferencias eidéticas e incluso funcionales de importancia entre los conceptos de muerto y de espíritu de alguien que fácticamente haya estado vivo. Pero sobre este particular no quisiera por ahora profundizar.

Es común en todas estas filiaciones religiosas, por otra parte, un significativo carácter colectivo en el acto de morir, lo cual comporta, obviamente, un correlato cultural de importancia. En el momento de fallecer siempre se procura acompañar al que muere de una manera activa, haciéndole más fácil su tránsito definitivo. Y no solamente se sufre con intensidad cuando esto sucede, cosa por demás natural, sino que esta intensidad es esperada en cierta manera hay una preparación para sentirla y en buena medida es evidenciada públicamente con ostentación.

El componente de desolación como secuela de todo fallecimiento encuentra su equilibrio en el sentido más profundo que la muerte tiene en todos estos Sistemas, expresable en términos de que la muerte es necesaria para la vida en razón de que sin la ayuda de los muertos asumidos de una u otra forma no se puede vivir, y en razón además de que el registro emocional de la muerte, el sufrimiento que ella ocasiona, es una constatación insustituible de la vida misma y, sobre todo, una evidencia de la calidad de la vida que cada vivo, efectivamente, vive. Pero por otra parte el sentido de la muerte está dado por la certidumbre de que es posible vencer a la muerte como ausencia, como soledad y como incomunicación.

Por más de una razón considero la Regla Conga o de Palo Monte, la de mayor complejidad y la más nutrida de posibilidades interpretativas y especulativas sobre todo ese universo relativo a la muerte y los muertos. Quizás la tensión dinámica existente entre la inclinación monoteísta encerrada en el culto a Inzambi y la variedad funcional de los centros de fuerza mágicos, constituidos por las ngangas o calderos, contribuya a otorgarle a la palería esa peculiar sustancia contextual impregnada de polivalencias, misterios y permanentes andanzas en y hacia lo desconocido. En cierta forma es en el terreno Mayombe donde encuentro más numerosas respuestas posibles a, digámosle así, preguntas no formuladas sobre la muerte en la cubanía.

Permítaseme remitirme a algunos extremos de la Regla de Palo Monte relativos a la apreciación de la muerte y el manejo de los muertos.

1. Un muerto no integrado al sistema litúrgico congo, un muerto no referido a caldero o ausente de la relación de posesión o trance, es la peor de las desgracias imaginables. Estar en la nganga y poder montar en caballo o ser un perro de prenda es una manera, nada despreciable y muy ambicionada por quizás ser la única de seguir viviendo.

2. Entre el muerto vivo en el caldero y aquellos que suelen manifestarse por trance o posesión pero sin encontrarse depositados en prenda alguna, existen diferencias. El difunto en la nganga sólo se manifiesta, es decir vive, a través del ngangulero con quien ha hecho el pacto; en cambio los otros muertos no sujetos a prenda pueden tomar contacto místico con lo temporal en la corporeidad física de cualquier sujeto; los muertos más fuertes de la conguería de Santiago de Cuba, por ejemplo: Pa Mundo, Pa Francisco, Pa Manuela, potencias de reconocimientos más nacionales, pueden montar en otros vivos distintos de sus hijos propiamente dichos. No obstante entre las diferencias dentro de estas dos categorías de muertos, se encuentra la dada por la circunstancia de que el ofrecimiento de ofrendas es mucho más seguro y abundante en los muertos de calderos de iniciación que en los otros muertos, es decir los no asentados.

3. De igual manera un oficiante o practicante en Palo un Tata Nganga pongamos por caso, puede ser montado por muertos distintos de aquél que habita en el caldero inicial o de aquél o de aquellos sin atadura a prenda que suelen visitarlo con regularidad. El palero puede recibir la visita posesiva de fallecidos nunca antes conocidos, y que, probablemente, nunca más volverá a conocer.

4. De lo que queda dicho puede colegirse hasta qué punto lo que hemos dado en denominar como Regla Muertera puede ser asumida como un desprendimiento una suerte de especialización o también como un antecedente, de la práctica palera según ésta se realiza en la zona oriental de Cuba.

5. Existe una cierta correspondencia entre circunstancias excepcionalmente contingentes, situaciones muy saturadas de carga dramática, y el establecimiento de específicos canales de comunicación con los muertos. Así por ejemplo, un individuo gravemente herido y dejado por muerto en una encrucijada determinada, pero que afortunadamente sobrevive, más tarde es apoderado por un muerto que en vida era conocido como un conspicuo bandolero y que había sido asesinado muchos años antes precisamente en ese lugar. La persona objeto de esa selección, de reconocida probidad y decencia, cuando es montada por el no invitado visitante, acostumbra a solicitar y consumir marihuana y realiza sugerencias y hasta actos indecorosos.

6. La vida vivida condena al muerto a una existencia en el orden espiritual consonante con la conducta tenida en su tránsito por lo temporal. En la perspectiva conga, la relación entre muertos y vivos se establece sin ningún componente de salvación, reivindicación o expiación por parte o en favor de los primeros. La biografía acabada con la última respiración obliga a un comportamiento correspondiente en el nuevo espacio existencial. No hay escapatoria posible. En el pacto entre vivos y muertos éstos sólo puede aspirar en pago a sus servicios, a que se le proporcionen goces semejantes a los estimados en vida.

7. En el transcurso de la vida del practicante sobre todo cuando se trata de un Tata tatandí de larga trayectoria su muerte venidera puede ser atisbada en momentos excepcionales gracias a la intersección de los muertos asentados en prenda.

8. Al morir un palero, el caldero que constituye la síntesis de todo lo existente y su razón de fuerza personal, puede tomar tres caminos distintos:
a) Pasar al servicio de uno de los ahijados del Tata fallecido. El poder de la nganga merma notablemente en este traspaso.
b) Ser llevado a manigua para su desactivación por disolución en la sustancia totalizadora de Inzambi.
c) Que se entierre bajo estricto secreto religioso, en la espera de ser descubierto por alguien. Este descubrimiento eventual puede ocurrir, a su vez, bien por puro accidente como quien descubre un tesoro, o bien porque el Tata fallecido y anterior dueño de la prenda lo revele por trance o posesión, por inducción o no. En cualquiera de las dos eventualidades azar o revelación mística el caldero se presenta con todas las fuerzas y poderes que lo caracterizaban antes de ser enterrado. Esta tercera alternativa es, pues, la única en que la prenda se conserva cabalmente como centro de fuerza mágico.

Es posible que por el tiempo transcurrido bajo tierra la casi totalidad de los elementos constitutivos de la nganga se hayan destruido; no importa. Semejante destrucción sólo significa que la descomposición sufrida ha concentrado todos los componentes de fuerza, en el matari, la piedra incorruptible, último punto de unión entre los muertos, los vivos e Inzambi. El período bajo tierra, pues, es un espacio de fortalecimiento por comunión directa de la prenda y por ende de su antiguo poseedor con los genios, mpungos o fuerza de la naturaleza, y con el propio Inzambi.

9. La última característica a enumerar en esta ocasión es que todo buen palero desea y muchas veces pide y hasta compromete para ello ser metido luego de muerto en algún caldero o prenda.

(l)Para ampliaciones sobre aspectos importantes de todos estos Sistemas remite en este propio libro al estudio “Apuntes sobre la Crisis de Posesión en Cuba”.

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sep 09

Regla Iyessá

Por: Hispanidad y Mestizaje

Por Iyessá fueron conocidos en Cuba los esclavos provenientes de la región nigeriana de Ilesha, importante centro agrícola y comercial del territorio yoruba, al noreste de la ciudad sagrada de Ifé, meca religiosa de los yorubas.

Según Rogelio Martínez Furé
“en las provincias de La Habana, Matanzas y Las Villas existieron varios cabildos de esta nación africana, pero siempre íntimamente relacionados con los pertenecientes a otras subtribus yorubas, con las que muchas veces se confundirían” (Diálogos Imaginários, La Habana, 1979, p.139).

Según las tradiciones orales guardadas entre los practicantes del sistema mágico-religioso que transculturaron los Iyessá, en la ciudad de Matanzas el 24 de junio de 1845, y apadrinado por catorce Babalawos pertenecientes al cabildo lucumí Santa Teresa, se fundó el cabildo Iyessá Moddú San Juan Bautista, quedando radicado en la calle Salamanca # 187, entre América y Dos de Mayo – Matanzas-, donde ha permanecido hasta nuestros días; siendo la única casa-templo puramente Iyessá que se mantiene plenamente activa en el continente americano.

En su análisis sistémico, la finalidad de esta religión es el “tránsito feliz de la vida a la muerte”.

Los factores étnicos que la integraron fueron personas provenientes de la región de Ilesha, en Nigeria…

Las motivaciones principales que tienen los practicantes son: problemas de salud, desenvolvimiento social y económico, relaciones afectivas, tradición familiar, influencia ambiental y vocación religiosa pura.

Sus antecedentes se centran en el culto a los antepasados, fetichismo, animismo, mana, y magia; siendo los componentes del sistema el culto a los antepasados, el culto a los Orissas, y la adivinación.

Este sistema está organizado en el orden jerárquico por los Babalochas, Iyaloshas, Osainistas, Akpuon y Olúos.

En el orden ceremonial integran las rogaciones, creación de adminículos rituales, ofrendas, ceremonias votivas, mundificaciones, ritos fúnemres, curanderismo, preparación de omiero y fiestas.

Los vehículos del culto son el osainismo o trabajo con hierbas, la lengua ritual, historias perémicas, artesanía ritual, el arte culinario, y el complejo danzario-musical.

Las formas de comunicación entre los creyentes y sus deidades se establecen mediante la adivinación, las oraciones y saludos rituales, así como por medio de los posesos en aquellos Orissas que contemplan tal estado.

Los Orissas

Como los practicantes de la Santería, los creyentes iyessá profesan fe en un único Dios, creador del Universo llamado Oloodumare; pero también han asimilado el dogma católico de la Santísima Trinidad, por lo que además reconocen a Olofi, como la segunda persona de la Trinidad (Jesucristo), y a Olorum como la tercera (Espíritu Santo). En realidad, aparte de algunas diferencias en la nomenclatura de los orissas, la mayor diferencia que podemos encontrar entre la Regla Iyessá y la de Osha está dada por la carencia de ritos de consagración entre los primeros, lo cual obliga a que una persona que practique esta religión deberá concurrir a un ilé-ocha si necesita asentarse algún orissa.

A juicio personal, ésto no es más que un resto de dependencia histórica trasladada desde Nigeria, donde los habitantes de Ilesha reconocen una dependencia religiosa hacia las ciudades de Oyó e Ifé, grupo étnico sedimental de la Santería cubana.

Como en el caso de los orishas en la Santería, entre los Iyessá los orissas constituyen mediadores entre los hombres y el Dios Supremo, pues Oloddumare no se coupa de las cosas de los hombres y para ello creó a los orissas.

Dentro de la comunidad de creyentes del cabildo San Juan Bautista tiene un peso muy importante las devociones hacia los orissas Dodewá (Oshún) y Ogún, por ser éstos los que mayor veneración tienen en su región ancestral.

Los orissas iyessá son:
Elegbara: (Elegguá) Sincretizado con el Niño de Atocha u su festividad es el 1 de enero. Usa los colores rojo y negro. Su adminículo principal es un garabato. Le tienen por dueño de los caminos y protector de las casas.

Ogún o Ibokú-bokú: (Oggún) Es San Juan Bautista con fiesta el 24 de junio. Le pertenece el color verde y sus atributos son la saya de güano o mariwó, el sombrero de güano y el machete. Le veneran como dueño de los metales y la guerra.

Ochossi: Sincretiza con San Norberto y tiene fiesta el 6 de junio. Usa color verde. Sus atributos son todo tipo de armas. Se le tiene por patrono de la caza, dueño de las cárceles y protector contra la policía.

Babalú-Ayé: Equiparado con el San Lázaro de las muletas y tiene fiesta el 17 de diciembre. Sus colores son el azul y blanco, aunque lo más usual es la utilización de la tela de saco o yute. Su atributo más importante es la escobilla de ramas de coco llamada Ja. Le adoran como médico milagroso.

Eddegú: (Obbatalá) Sincretiza con la Virgen de las Mercedes. Su color es el blanco y por atributo emplea una cola de caballo blanca (iruke). Le tienen por dueño de la paz y la tranquilidad.

Aladdé, Aranufe o Alamía: (Changó) Sincretiza con Santa Bárbara y su festividad es el 4 de diciembre. Sus colores resultan el rojo y blanco. Le tienen por dueño del rayo y el fuego.

Kedibé: (Yemayá) Se identifica con la Virgen de Regla y su celebración es el 7 de setiembre. Sus colores son el azul y el blanco, su adminículo es un abanico de plumas de pavo real llamado adbebe y le tienen por dueña del mar.

Oshún, Dodewá, Oddodewá: (Ochún) Es la Caridad del Cobre y su fiesta el 8 de setiembre. Su color el amarillo oro y sus adminículos los pulsos y cadenas de oro y cobre, así como el adbebe. Es la dueña de las riquezas, el amor, lo dulce y la rumba.

Nae: (Oyá) Sincretiza con Santa Teresa de Jesús y tiene por fiesta el 15 de octubre. Le pertenecen todos los colores y su atributo es una cola de caballo negra. Es la dueña de la muerte.

Uno de los aspectos más llamativos de la liturgia Iyessá es la música. Por lo general sus himnos son más rápidos y alegres que los de la Santería. Su orquesta se compone de cuatro tambores bimembranófonos y unipercusivos que afinan por un sistema de cuñas y cáñamos. El mayor de estos atabales se llama bajo y no siempre se percute. Al resto les denominan caja, segundo, y tercero (de mayor a menor). Excepto el bajo, los otros se percuten con un palillo de guayaba de unos 20 a 30 cms. de largo. Estos tambores pertenecen a Ogún y Oshún, por lo que se pintan en colores verde y amarillo.

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