oct 26

Las historias de Santos de la Regla de Ocha

Por: Lic. Andrés Rodríguez Reyes
Museo de la Ruta del Esclavo
Matanzas

Con el propósito de utilizarlos como mano de obra fuerte y barata, fueron traídos a Cuba esclavos africanos, hombres, mujeres y niños, de los más variados grupos étnicos. Los mayores asentamientos se localizaron en la provincia de Matanzas, debido a su mayor desarrollo en la economía de plantación azucarera de la época. Dicha provincia llegó a producir el 55.56% de todo el azúcar del país en la segunda mitad del siglo XIX.[1] Un gran porciento de los esclavos, introducidos en esta etapa, pertenecía al grupo étnico yoruba. Ellos fueron conocidos por la denominación étnica de lucumí, la cual agrupaba no sólo a los representantes del grupo étnico yoruba, sino también a los llamados takua (grupo étnico nupe).

Con el propósito de utilizarlos como mano de obra fuerte y barata, fueron traídos a Cuba esclavos africanos, hombres, mujeres y niños, de los más variados grupos étnicos. Los mayores asentamientos se localizaron en la provincia de Matanzas, debido a su mayor desarrollo en la economía de plantación azucarera de la época. Dicha provincia llegó a producir el 55.56% de todo el azúcar del país en la segunda mitad del siglo XIX.[1] Un gran porciento de los esclavos, introducidos en esta etapa, pertenecía al grupo étnico yoruba. Ellos fueron conocidos por la denominación étnica de lucumí, la cual agrupaba no sólo a los representantes del grupo étnico yoruba, sino también a los llamados takua (grupo étnico nupe).

Sus prácticas mágico religiosas, luego de un largo y complejo proceso de transculturación y de sincretismo religioso con el catolicismo español dieron como resultado al complejo mágico religioso de la Regla de Ocha-Ifá o Santería Cubana. La primera, la Regla de Ocha agrupa a los iniciados en el culto a los diferentes orichas o deidades de esta religión de base africana, mientras que la Regla de Ifá, lo hace con los iniciados en el culto especializado a Orula, oricha de la adivinación. Ambos sistemas mágico religiosos están estrechamente relacionados, pero mantienen entre ambos una independencia relativa. El presente trabajo se dirige, precisamente, al tema de las llamadas historias de santos en la Regla de Ocha. Estas conforman un complejo sistema mitológico que asciende a los antiguos mitos yoruba, y que se han ido transmitiendo de generación en generación de practicantes.

Por medio de rituales de carácter mágico religioso, los iniciados tratan de comunicarse con orichas y antepasados, con el fin de propiciar la intervención de sus protectores sobrenaturales, en la solución de problemas y conflictos que los afectan. Estos hallan una interpretación simbólicamente codificada en los marcos de ciertas ideas y representaciones mágico religiosas de alto contenido simbólico, que se expresan en las llamadas historias de santos. En ellas se narra la vida de los orichas yoruba, los cuales resultan entidades sobrenaturales de carácter antropomórfico que representan y simbolizan las fuerzas y fenómenos naturales, las características, emociones, virtudes, defectos y actividades humanas.

Estas historias son un serio material etnográfico para profundizar en los procesos de transculturación y de sincretismo religioso, con elementos del catolicismo español en Cuba, que sufrieron las prácticas mágico religiosas del culto yoruba a los orichas. Ejemplo de ello, es la siguiente historia sobre Oyá, oricha dueña de la centella, el viento y la puerta del cementerio, que según el santero matancero, Julio Enrique Rodríguez, de la localidad de Colón, relataban las llamadas lucumisas en la zona de Banagüises de este municipio matancero:

Hubo un tiempo en que Changó vivía con Oba, Ochún y Oyá. El no se presentaba cuando lo llamaban con tambores, pero Oyá estaba con él cuando quería.
Olofin llamó a Changó, y le dijo que tenía que decidirse por una de las tres. Changó le contestó que sería con la que mejor le preparara una harina con quimbombó.

Ochún le preparó una cena suculenta y con lujo, y le dijo a Oba que cuando le cocinara la suya a Changó, que se cortara y le echara sus dos orejas a la harina, que así le gustaría mucho a Changó. Oyá le dijo que ella no cocinaría nada, sólo recogió bledo, lo sazonó, lo puso en los platos, los dejó en la mesa, y se fue.

Oyá fue al monte del Calvario, y comenzó a gritar por Cristo, pero no la dejaban pasar. Cristo salió, y le preguntó que ella deseaba. Ella le pidió iguales poderes que Changó, y que este se casara con ella. Cristo lo tocó en la frente, y le dijo: ¡Serás Santa Teresa del Jesús! En ese momento, ella escupió, y en el banquete de los santos se oyó. Entonces Changó comprendió el poder alcanzado por Oyá.

Aquí encontramos el sincretismo de Oyá, oricha dueña de la centella, el viento y la puerta del cementerio, con Santa Teresa del Jesús, representante del Santoral Católico. En esta historia, Jesús Cristo, hijo del Dios cristiano, por analogía con Olofin, una de las manifestaciones de la deidad suprema de la Regla de Ocha, posee también la facultad de otorgar poder o gracia divina a una deidad de origen africano. Este es un claro ejemplo de una de las características funcionales más importantes de los mitos de origen yoruba: su gran capacidad de adaptación a las nuevas condiciones socio históricas y etnoculturales concretas con las cuales se enfrentaron al ser traídos los africanos, y sus descendientes, a Cuba como esclavos,

Otra historias de santos muestra el proceso de sincretismo entre una deidad de la Regla de Ocha y el llamado San fan Kon, una divinidad introducida por los culíes chinos en la Cuba del siglo XIX. Estos culíes fueron traídos como mano de obra barata, a partir de 1847, por contratos de ocho años. Esto se debió a que la trata negrera era ilegal desde 1820. Fueron engañados, y tratados en las mismas condiciones que los esclavos negros, con los que compartieron barracones y cimarronaje.

Esta historia de santo dice así:

Changó, oricha que representa la alegría y virilidad masculina, un día le pidió prestado un caballo blanco a Oggún, su hermano, dueño de los metales, oricha que representa la guerra. Y Changó sobre su caballo cabalgó tan lejos que llegó a la tierra de los filani, los chinos. Allí encontró una pagoda muy grande, y delante de ella estaban parados dos chinos con grandes espadas. El valiente Changó, con su espada, les cortó las cabezas, se apoderó de sus trenzas, y gritó: ¡Yo no lo maté, lo mató Oggún! Y se fue.
Las historias demuestran como el proceso de sincretismo religioso sirvió como mecanismo de asimilación de elementos que resultaban ajenos a la cultura yoruba. Estos representantes del imperio asiático, y sus prácticas mágicas religiosas, conocidas entre los esclavos como brujería china, resultaban demasiado enigmáticos e incomprensibles a los negros. Por dicha razón, los asimilaron por medio de la creencia mágico religiosa. De esta manera, el general deificado San Fan Kon, se convirtió para ellos en un camino de Changó, el Changó chino. Otro aspecto interesante de esta historia, es que este oricha declara al final que no mató a los guerreros chinos, sino Oggún, oricha que representa la guerra entre los yoruba. El motivo de dicha declaración consiste en que, aunque el mismo Changó, deidad del fuego, el rayo y los tambores, es un guerrero poderoso, el “autorizado” para hacer correr la sangre (eyé bale) es el propio Oggún.

Las llamadas historias de santos contienen las representaciones mágico religiosas de la Regla de Ocha que se actualizan en los diferentes rituales de la Regla de Ocha, en los actos de posesión. Toda acción del culto, en esta religión de origen africano, está respaldada por un trasfondo mítico cuyos secretos guardan celosamente sus iniciados. Esas historias poseen un profundo y variado contenido simbólico, cuya clara comprensión, y posibilidad de aplicación en la práctica ritual, dependen de los conocimientos poseídos por el iniciado, de la experiencia ritual acumulada, y funciones rituales ejercidas.

En el sistema ritual de la Regla de Ocha, el proceso de adivinación es fundamental, pues a través de sus signos, los orichas “hablan” con los creyentes. Y en la interpretación de los mensajes divinos transmitidos, el oficiante se vale de las historias de santos. Ellas confieren sentido a sus signos, los cuales consisten en las diferentes configuraciones numéricas que forman los 16 caracoles, del llamado diloggún, al caer boca arriba o boca abajo.

Una de esas mismas historias condiciona el uso de los obi, o cocos, el sistema adivinatorio más sencillo y difundido entre los santeros, mediante el cual “se pregunta” a los orichas acerca de cualquier aspecto del rito que se realiza: desde la efectividad de una “rogación de cabeza”, hasta el destino de un ebó, o trabajo mágico con sus diferentes implicaciones.

Mario Ayllón, santero de más de 70 años de la localidad de Perico, Matanzas, relataba esta historia de la siguiente manera:

Antiguamente el coco era todo blanco, por dentro y por fuera. Entonces era rey Olofin, Dios Todopoderoso, y lo hizo grande. Era muy orgulloso porque era blanco, y menospreciaba a toda la gente, los trataba muy mal, con mucho despotismo.
Un día vino un mendigo a pedirle limosna, y mientras lo hacia le puso la mano encima. Obi lo empujo con indignación y asco, diciéndole que no lo tocara porque estaba muy sucio.

Olofin que lo vio todo, empujó, y le dijo a Obi: — ¡Por zoquete y orgulloso a partir de este momento vivirás arrastrado por el piso, y tendrás una parte negra y otra blanca! Por eso cuando el coco se usa para adivinar, se tira al suelo.

Si en el proceso de adivinación por caracoles, o diloggún, al consultado “le sale”, por ejemplo, el signo Obbara (seis caracoles que han caído bocarriba), por el cual “hablan”, entre otros, Changó y Ochún, el consultante, entre otras cosas, puede vaticinarle lo siguiente:

— Ud. es una persona que tiene muchos problemas, y la vida se le hace difícil;
— Está pasando muchas necesidades. El dinero se le pierde. Se hace sal y agua;

— A Ud. no lo consideran las personas que le rodean;

— No ayude a nadie, porque el que Ud. ayude, sube, y Ud. baja… [2]

El sentido de estas frases está determinado por el hecho, de que el signo Obbara agrupa las historias de Changó, cuando, este junto a Ochún, se encontraba sin reino, pobre y despreciado por todos. En este signo se relata la historia de Obbara (Changó), Ochún y las calabazas. Esta también relatada por el santero Mario Ayllón, dice así:

Olofin invitó a una fiesta a todos los santos. Después que estos comieron y se divirtieron le regaló una calabaza a cada uno. Cuando los santos salieron se dijeron: — ¿Para queremos esto? Y las botaron. Pero Obbara (Changó) recogió en su alforja todas las calabazas y se las llevó. Cuando llegó a su casa, su mujer, Ochún, le preguntó: — ¿Qué traes ahí. ? El le contestó: — Calabazas que nos regaló Olofin a cada uno de nosotros, pero ellos las botaron, y como estamos pasando necesidades, las recogí. Así que cocínalas poco a poco para ir comiendo algo.
Al otro día Obbara se fue al campo para trabajar y cuando estaba en su chapea, su mujer, Ochún, llegó corriendo porque encontró oro al abrir una de las calabazas para cocinarla. Ella gritaba: — Obbara, Obbara, mira lo que encontré. Mira lo que tiene la calabaza, oro. Somos ricos.

El le respondió que había que ir donde estaba Olofin para devolverle las calabazas y el oro. Cuando llegó donde estaba Olofin le dijo: — Mira lo que mi mujer encontró dentro de tus calabazas, oro, y te lo vengo a devolver.

Entonces Olofin respondió: — No, eso es tuyo. Los demás despreciaron el regalo porque eran calabazas, pero tú fuiste agradecido y honrado, así que te las regalo. A partir de este día la calabaza pasó a ser alcancía suya y de Ochún.

En la historia se enfatiza, ante todo, la honradez y agradecimiento de Changó, así como se critica la actitud de arrogancia de los demás orichas. También muestra la razón del porqué la calabaza resulta ser uno de los tabúes alimenticios de los “hijos de Changó y Ochún”, y además, porqué algunos de los trabajos mágico-religiosos que se realizan con el objetivo de propiciar la prosperidad material del consultado, la tenga como uno de sus componentes fundamentales.

Otro ejemplo interesante es la historia de Abó (carnero), perteneciente al signo Osá (nueve caracoles bocarriba) del sistema de adivinación por caracoles o diloggún, por el cual “hablan” Oyá, Argayú, Obatalá, Ochún y Oba. Según Osvaldo Villamil Cárdenas, destacado santero de la ciudad de Matanzas ‚ ésta dice así:

Changó había prometido a Olofin instaurar la paz y la rectitud en las tierras que gobernaba, y estaba buscando a alguien que lo ayudara, porque su reino era muy grande. Abó, el carnero, se presentó a Changó y alardeando, le dijo que le traería a una persona noble, inteligente y que valía por 100 cabezas. Changó extrañado, y molesto, por el alarde de Abó, le contestó que si antes de terminar la noche no se lo traía, sería castigado.
Este personaje era Filoro, hijo de Oggún y de Oyá, y el mejor amigo de Abó. A Filoro, su madre, Oyá, le mandó a hacerse una rogación de cabeza, advirtiéndole que después de hacérsela no podía abrirle la puerta a nadie, porque le pasaría algo malo.

Abó fue a su casa, y por más que tocó, y llamó, Filoro no le abrió. Y le dijo que no podía, porque cogería un daño. Por más que Abó trató de convencerlo, Filoro no abrió la puerta. Hasta que al fin, Abó, pensando en el castigo de Changó, se molestó, y se fue. En la esquina se encontró con Igüí, el palo, y con Ogá, la soga, y les contó lo que había pasado con Filoro. Entonces Abó se acordó que a Filoro le gustaba el dulce de coco, y les propuso entonces a Igüí y a Ogá ir a su casa, ponerse al lado de la puerta, y cuando Filoro abriera para coger el dulce, uno le daba un palo, y el otro lo amarraba.

Abó tocó otra vez a la puerta de Filoro. Este preguntó: — ¿Quién es? Abó contestó: — Soy yo, tu amigo Abó. Se que estás aburrido, y te traigo el dulce de coco que te gusta tanto. Abre un poquito nada más para que cojas el plato. Eso fue lo que por glotón hizo Filoro. Y cuando abrió la puerta, Abó lo haló por el brazo, Igüí le dio un palo, y Ogá lo amarró. Lo metieron en un saco, y Abó se lo echó al hombro para llevárselo a Changó.

Oyá que había oído los ruidos, y sabía lo que pasaba, estaba esperando en los cuatro caminos. Cuando llegó Abó, ella formó un remolino, lo tumbó junto con el saco, y los puso a rodar. Entonces zafó el saco, y liberó a Filoro, dejando dentro del saco 9 de sus manillas para que supieran que había sido ella.

Oyá regañó a Filoro, y otra vez le dijo, que cuando se hace rogación de cabeza, no se sale de la casa. Y si de contra, le advierten a uno, que puede pasar una cosa mala, no se puede desobedecer.

Abó le dijo a Changó que no había podido traer al que le había prometido. Changó entonces contestó que él mismo, con todo lo que había andado y desandado por su reino, no había encontrado nunca a alguien que valiera 100 cabezas. Pero que si sabía, que él, Abó, había traicionado Filoro. Y con voz de trueno gritó: — Si le hiciste eso a tu mejor amigo, qué‚ me harías a mi.? Por ello pagarás con tu cabeza. Y esa fue la primera vez que Changó comió carnero.

Esta historia determina dos importantes aspectos de las prácticas mágico religiosas de la Regla de Ocha: no salir por la noche de casa después de una “rogación de cabeza”, so pena de “recoger lo malo” (ser objeto de una desgracia). Y además, explica porqué Abó, el carnero, se convierte en comida de Changó, y al decir de los santeros, la más grande. Ella también muestra el nacimiento de la traición, y su correspondiente castigo. Así se enfatiza otro aspecto fundamental de las historias de santos, el aspecto moral.

Al respecto escribe la estudiosa Luisa M. Martínez O’Farril:

En la Regla de Ocha la valoración moral, como aprobación o reprobación del desenvolvimiento de los actos de los hombres en la realidad social, adquiere suma importancia. Por ello en las historias y refranes aparece reflejada de una manera singular, a partir de las experiencias representadas en las actuaciones de los orichas, en el cumplimiento de sus tareas y funciones, los errores cometidos por estos en tales momentos…[3]

Se debe enfatizar el hecho, de que entre los yoruba, en la época de la trata de esclavos, la moral no se presentaba como un sistema de principios éticos, sino como un conjunto de normas elementales que regulaban la conducta social, y que aseguraban la cohesión del grupo humano, la armonía en las interrelaciones personales. Podemos también observar que sus conductas estaban reglamentadas por esas normas, las que expresaban las exigencias más esenciales de la convivencia social, las que prohibían o censuraban determinadas cualidades, tales como la crueldad, la mentira, la arrogancia o la envidia. Estas normas elementales podían incitar a la honradez, bondad, obediencia, y al respeto de la propiedad ajena. Esto denota rasgos aun gentilicio-tribales. Y al analizar a los orichas, esas entidades sobrenaturales, desde el punto de vista moral, se les puede considerar como un reflejo generalizador de la sociedad yoruba en dicha etapa histórica de su desarrollo.

Ya específicamente con relación a la Regla de Ocha, ese producto cultural y sincrético de los cultos tribales a los orichas en la Cuba colonial y esclavista, debemos tener en cuenta lo siguiente:

… en el caso especifico de los llamados cultos sincréticos en Cuba, el análisis del aspecto moral debe considerar su génesis en cultos tribales y su desarrollo entre clases, capas y sectores marginados en los regímenes clasistas prerrevolucionarios,… Esto permite explicar la ausencia de principios éticos y la relativa importancia de normas morales, en lo que incide la no existencia de una estructura institucional.[4]
Otra historia interesante es la del loro, la cual relataba a sus descendientes, a principios de siglo, el babalawo matancero Blas Cárdenas:

Una vez entre los pájaros se corrió la voz de que Olofin haría una fiesta en la loma más alta para darle un regalo al más hermoso.
Los pájaros que sabían que el loro tenía las plumas muy lindas, se pusieron de acuerdo, y le dijeron a éste que la fiesta iba a ser detrás del monte que se veía a lo lejos. Cuando llegó el día señalado, el loro echó a volar.

Y vuela que te vuela, vuela que te vuela, pero el monte no se acababa. Tenía sed, el sol lo quemaba, y cuando no pudo más, se dejó caer y empezó a caminar. Se caía, se ensuciaba con la tierra, se daba golpes con los palos, pero seguía adelante. En eso estaba, cuando de detrás de una mata de siguaraya apareció Elegguá, que está en todas partes, incluso, donde nadie lo espera. Y le dijo: — ¡Eh, loro! ¿Qué haces por aquí? ¿No vas a la fiesta?

El loro le respondió que le habían dicho que la fiesta era detrás del monte, pero parece que se había perdido. Elegguá dio tres vueltas y se rió; le dijo al loro que lo habían engañado porque la fiesta de los pájaros era en la punta de la loma más alta. El loro se tiró al suelo y se puso a llorar, pero Elegguá entonces le dijo que no fuera llorón, ya que el río que pasaba al pie de la loma de la fiesta estaba cerca, y si le pedía ayuda a ayapa, la jicotea, ella lo llevaría con mucho gusto.

Así hizo el loro, y cuando viajaba en el lomo de la jicotea, el agua lo refrescó, y limpió sus plumas. Al llegar al pie de la loma echó a volar, y cuando llegó a la fiesta esta acababa de empezar. Los pájaros le estaban diciendo a Olofin que el loro estaba borracho, y que como se había echado a dormir no vendría. Pero cuando Olofin vio llegar al loro volando, con sus plumas de muchos colores brillando al sol, dijo: — ¡Qué pájaro más hermoso. Te llevarás el premio, y serás rey entre los pájaros!

En este caso, por un lado se censura la envidia y la maledicencia de los semejantes, y por otro, se hace evidente que la belleza y la bondad triunfarán, a pesar de todas las trampas y dificultades. Así ocurrió con el loro, cuyas plumas son imprescindibles en la coronación ritual que tiene lugar en las ceremonias de iniciación de la Regla de Ocha. Se debe señalar, que en las historias de santos no sólo se manifiestan orichas, sino también hombres, mujeres y niños, así como animales o plantas, con carácter antropomórfico, que constituyen arquetipos de conducta humana.

Aunque en muchas de las historias de santos se manifiesta la reprobación divina a las actitudes y conductas negativas de hombres, orichas y otros seres sobrenaturales, también es posible escuchar historias como la relatada por el santero matancero, Osvaldo Villamil Cárdenas:

Una vez estaban dos amigos parados en una esquina y se juraban que no se separarían jamás; Elegguá que pasaba en ese momento por allí, los escuchó, fue a su casa, y se vistió con una ropa que por un lado era roja, y por el otro, era negra.
Fue otra vez por la esquina donde estaban los dos amigos, y como una flecha pasó entre ellos. Entonces los dos amigos empezaron a discutir acerca de que si el que pasó estaba vestido de rojo, o de negro. Como no se ponían de acuerdo, se entraron a golpes, y no se hablaron nunca más.

Otro ejemplo es la siguiente versión de la historia, acerca de las orejas de Oba, relatada por la ya fallecida santera, también de la ciudad de Matanzas, Francisca Villamil García:

Oba tenía celos de todas las mujeres, y esto estaba bien fundado, pues Changó, que era muy mujeriego, tenía siempre dos y tres amantes. Pero siempre Changó respetaba y amaba a Oba por encima de todas.
Oba siempre buscaba consejos de cómo mantener a Changó junto a ella, y acudió una vez a Ochún, sin saber que esta era una de las amantes de su marido. Ochún le dijo que se cortara una oreja, hiciera un caldo y que se lo diera a tomar a Changó, ya que esa era una manera muy efectiva de tenerlo siempre a su lado.

Así ella lo hizo, pero cuando Changó estaba más entusiasmado se encontró la oreja, y al ver que era de Oba la regañó muy fuerte. Desde entonces siguió respetándola, pero nunca más volvió a acostarse con ella. Y Oba, de tristeza, se fue a vivir al cementerio, donde está desde entonces.

En las historias de santos, el bien no siempre sale victorioso, pues Elegguá enreda por capricho los caminos; Oyá y Ochún envidian la lealtad de Oba hacia Changó, además de la existencia de otros actos de la conducta que no son dignos de imitar. Las mismas categorías del bien y el mal, que constituyen las formas más generales de la valoración moral están aquí relacionados con hechos y acciones concretas de la vida real, sin una elaboración teórica profunda. Ello es posible ilustrarlo con la siguiente historia que relataba, a principios de siglo, el babalawo matancero Blas Cárdenas:

En una ocasión Olofin, el Santísimo, viejo, cansado y alejado del mundo del mundo de los hombres, le pidió a Obatalá , representante de la paz y la pureza, que le trajera a probar el mejor plato que hubiera sobre la Tierra.
Obatalá fue y le trajo, en un plato, lengua cocinada. Olofin se asombró, y le preguntó por qué traía precisamente eso. Obatalá contestó que con la lengua se elogiaba, se decían las cosas más dulces y más tiernas, se hacia la caridad y mucho bien.

Al otro día Olofin le pidió a Obatalá, que entonces le trajera el peor plato que hubiera sobre la Tierra; Obatalá fue, y regresó con un plato, donde otra vez traía lengua cocinada. En esta ocasión Olofin extrañado, casi molesto, le dice a Obatalá: — ¿No te dije que quería ver el peor plato que existiera sobre la Tierra?

Entonces, Obatalá contestó que con la lengua se decían las cosas más lindas, más buenas. Con la lengua se dicen también las cosas más feas, las malas palabras, los chismes, las humillaciones, los enredos. Con la lengua se puede salvar a una persona, pero también causar su perdición. Y Olofin quedó convencido.

De los acontecimientos relatados en las historias de santos emanan también los correspondientes juicios, prohibiciones, valoraciones y moralejas, que pueden influir y regular, positiva o negativamente, en la conducta social de los practicantes de la Regla de Ocha. Ello se debe a que los valores relacionados con las ideas y representaciones mágico religiosas de la creencia en cuestión, pueden determinar el surgimiento de un sistema especifico de orientaciones valorativas que se pueden reflejar negativamente en la proyección social del iniciado y el practicante de esta religión de origen africano en Cuba.

Para concluir, es posible afirmar que en el proceso de transmisión, a través de las generaciones, de las ideas y representaciones mágico religiosas y morales de la Regla de Ocha, un lugar importante lo ocupan las historias de santos, pues a falta de un sistema teológico sistematizado en libros o escrituras sagradas, son un factor determinante en la interpretación ritual. Ellas resultan ser una fuente que nutre y precisa las sutilezas del contenido y las formas de expresión de las prácticas mágico religiosas en cuestión.

Estas historias poseen una gran importancia desde el punto de vista antropológico, pues reflejan las características de un grupo humano, el yoruba, en una determinada etapa de su desarrollo. Además, por medio de su estudio se puede conocer de la cultura, las creencias religiosas, alimentos, hábitos de trabajo, relaciones interpersonales y de poder, jerarquías sociales, roles de género, relación hacia la naturaleza, y muchos otros aspectos de la vida socioeconómica, cultural y comunitaria de este pueblo. Además, por medio de las mismas se pueden comprender muchos de los procesos de transculturación y de sincretismo religioso que sufrieron las religiones africanas en la Cuba esclavista, colonial y española.

Los rituales de la Regla de Ocha representan una hipotética comunicación con las fuerzas y seres sobrenaturales a los que se rinde culto, los orichas y antepasados. Son precisamente, las historias de santos las que les otorgan el sentido. Su rica variedad está determinada no sólo por lo colectivo y espontáneo de su reproducción y transmisión en el proceso de transmisión oral, sino también por la gran cantidad de representaciones mítico-mágico-religiosas contenidas en las mismas. El estudio histórico-comparativo con los mitos yoruba originales revelaría en todo su esplendor la gran capacidad de adaptación, de síntesis, y de transmisión espontánea, de las numerosas generaciones de practicantes, para los que todavía sigue vivo el aliento de las deidades, que con los esclavos africanos llegaron en los barcos de la Trata a nuestro país.

Referencias
Moreno Fraginal, Manuel. El Ingenio. T.1. Ed. Ciencias Sociales. La Habana. p. 141.
Libreta de santo anónima.
Ms. C. Luisa M. Martínez O’Farrill. “Acercamiento a la concepción filosófica del mundo de los yoruba”. Actas de la VIII Conferencia Internacional de Cultura Africana y Afroamericana. Centro Cultural Africano “Fernando Ortiz” . Santiago de Cuba. 2003.
Argüelles Mederos, Anibal e Ileana Hodge Limonta. Los llamados cultos sincréticos y el Espiritismo. Edit. Academia. La Habana. 1991. p. 114.

Bibliografía
Barnet, Miguel: La fuente viva. Edit. Academia, La Habana, 1983.
Barreal, Isaac: Retorno a las raíces. La Fuente Viva. Fundación Fernando Ortiz, Ciudad de la Habana, 2001.
Bolivar Arostegui, Natalia: Los orishas en Cuba. Edic. Unión, Ciudad de la Habana, 1990.
Cabrera, Lidia: El Monte. Colección del Chichirikú, Miami, 1986.
Guanche, Jesús: Procesos etnoculturales de Cuba. Edit Letras Cubanas, Ciudad de la Habana, 1983.
James Figarola, Joel: Sistemas mágico-religiosos cubanos: principios rectores. Edic. Unión, Ciudad de la Habana, 2001.
Leon, Argelier: Tras las huellas de las civilizaciones negras en América. La Fuente Viva. Fundación Fernando Ortiz, Ciudad de la Habana, 2001.
López Valdés, Rafael: Componentes africanos en el etnos cubano. Edit. Ciencias Sociales, La Habana, 1985.
Ramírez Calzadilla, Jorge: Religión y relaciones sociales. Edit. Academia, La Habana, 2000.
Religión, Cultura y Espiritualidad a las puertas del tercer milenio. Edit. Caminos, La Habana, 2000.
Ética. Ed. Prodgreso. Moscú. 1989.

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oct 19

De la africanía en Cuba

Por: Hispanidad y Mestizaje

En el pensamiento filosófico yoruba hay un oddun (Ojuani Alakentu) que expresa: “El que se aparte de sus raíces, niega su existencia”.

A ello habría que agregar que para saber quiénes somos y adónde vamos debemos, ante todo, conocer de dónde venimos. Hoy, cuando tanto se habla de identidad, el legado africano debe enfocarse con el requerido y justo rigor y actualidad; no como algo remoto, no como a un árbol fundacional, sino como a la esencia que él produce, no como a la rama donde apoyarnos, sino como a la raíz que nos da origen.

En las últimas tres décadas del siglo XX e incluso en lo que va del XXI, mucho se ha escrito y publicado sobre la presencia africana en América; autores e investigadores de casi todas las latitudes se han referido a estos temas. Son conocidos los esfuerzos de instituciones nacionales e internacionales que han desarrollado proyectos al respecto. Hoy, con las nuevas tecnologías, ya se cuenta con enciclopedias digitales referidas a África y en las redes de Internet podemos encontrar las más diversas y múltiples informaciones sobre esta materia.

Pero en honor a la verdad, hay que decir que para muchos en el mundo contemporáneo, África sigue siendo lo que en una época fue para Hegel — uno de los pensadores más ilustrados del siglo XIX —, quien describía a los negros como una raza infantil y a África como “… el espíritu ahistórico, el espíritu no desarrollado, aún envuelto en las condiciones de lo natural”.
Hay quienes todavía ignoran la existencia de las grandes civilizaciones que en una época poblaron ese Continente.

Aun cuando en determinados momentos surgieron algunas tímidas oposiciones a estas actitudes discriminatorias, también fueron apareciendo nuevos “estudios” de “hombres de ciencia” que quisieron demostrar cómo el negro era un ser inferior y de tal suerte, poseedor de un “temperamento innato”.
A estas teorías no escaparon sabios como el mismo Fernando Ortiz, quien, como sabio al fin, supo rectificar a tiempo.

Los historiadores, escritores, intelectuales — a esos que según Soyinka se les ve como brujos y herejes —, deben proceder al desmontaje o deconstrucción de la historia africana tradicional — escrita a la luz de los prejuicios de una mirada euro céntrica y dominadora — y asumir la reconstrucción crítica de un pasado ignorado.

En todo caso, no se trata de satisfacer la interrogante especulativa sobre qué hubiera sido de África si no hubiera existido el colonialismo, sino de preguntarse por los elementos del desarrollo autónomo de ese Continente, que son su aporte a la historia de la cultura humana, y seguramente, el cimiento de sus creaciones futuras.

No se trata de la intuición de Charles Darwin cuando escribió que era probable que nuestros primeros padres hayan vivido en África más que en cualquier otro lugar; no, ya eso está más que comprobado. La paleontología primero y luego la genética han demostrado que el primer hombre en la Tierra, el llamado Homo sapiens fue un negro que apareció en África del Este desde unos 50 000 años antes de Cristo. De ahí que, sin lugar a dudas, la cuna de la humanidad esté justamente en el Continente africano. Se ha demostrado, además, que no sólo antes de Colón sino también ocho o nueve siglos antes de Cristo, un grupo de negros de la costa occidental de África ya había llegado a las islas del Caribe y a las costas de Mesoamérica. Por otra parte, ya es bien conocida la tesis del académico afroamericano de origen guyanés, Ivan Van Sertima (Estados Unidos de América, 1990) según la cual la primera migración en la historia de la humanidad se produjo de África hacía Europa 40 000 años antes de Cristo.

“Migraron, pero no con el carácter de esclavos o sirvientes coloniales, sino en su calidad de padres de los primeros habitantes europeos, los creadores de sus primeras artes, herramientas y en algunos lugares y períodos históricos, sus maestros, invasores y comerciantes, y después sus más veneradas madonas, papas y santos”.

Moya Palencia (2003: 17) cita al autor Charles Finch cuando dice:
… observa que en la base de la evolución de los llamados caucasoides está, sin dudas, el Homo sapiens llegado de África al Viejo Continente hace 50 000 años. Grandes capas de hielo cubrían Europa y un periodo relativamente cálido, cuando el hielo se fue retirando, encontramos este tipo de hombre establecido incluso en la parte suroeste de Eurasia en Rusia. Sus huesos eran de tipo africoide, y permaneció en esa área aun cuando el hielo empezó a avanzar de nuevo, hace 40 000 años. Por los siguientes 10 000 años, ese hombre vagó en el frío extremo cubierto de pesadas pieles de animales y protegiéndose del cielo inclemente. Ante las afectaciones producidas por las grandes capas de hielo el hombre ya no podía generar suficiente vitamina D crucial para la adecuada mineralización de los huesos y su piel originalmente negra comenzó a cambiar. Ante esta mutación genética el hombre africoide empezó a transformarse en caucasoide” ¿Qué quiere decir esto? Que ese hombre blanco que durante tanto tiempo discriminó y aún discrimina al hombre negro por su color, desconoce tal vez, que sus orígenes están allí en hombres y mujeres de piel oscura”.

Si es verdad que el siglo XIX fue el Siglo de las Luces, es hoy una verdad reconocida que entre los siglos XII y XVI se vivieron los “grandes siglos” del África negra. Sus países conocieron en ese lapso un desarrollo vigoroso y equilibrado regulado por formaciones sociopolíticas bien integradas y asentadas en economías fuertes, las cuales culturalmente no tenían nada que envidiar al resto de las civilizaciones terrestres. Llegó el Occidente y con ellos el brutal e implacable colonialismo. En los treinta años que median entre 1880 y 1910, las potencias europeas conquistaron, ocuparon y sometieron a un continente cuyo territorio, en el ochenta por ciento estaba gobernado por sus dirigentes autóctonos y en un ciento por ciento estaba controlado por ellos mismos.

“Prácticamente todos los países europeos, incluyendo Francia e Inglaterra, estuvieron envueltos de hecho en el tráfico de esclavos desde el siglo XV hasta el XIX. No sólo fueron transportados a las colonias de estas naciones, sino que eran vendidos en pública subasta en las propias metrópolis como sirvientes domésticos, mascotas, soldados, artistas, etc.” (Moya Palencia, ob. cit.).

Resulta muy oportuno destacar que a pesar de la resistencia, que tuvo momentos brillantes, la colonización destruyó las formas auténticas de vida de esos países, fracturó su equilibrio cultural y material e instaló una relación de dependencia en virtud de la cual el capitalismo europeo, integrado en una forma de economía y de comercio mundiales, saqueó a través de sus compañías mineras, mercantiles y financieras los recursos de África y obligó a sus pueblos a trabajar, no para sí mismos sino para el desarrollo occidental.
Entonces hizo su aparición lo que se conoció como la trata. Cerca de cien millones de esclavos fue el saldo de una sangría inhumana que no tiene paralelo en la historia.

Entre 1790 y 1860 se introducen en Cuba 1 137 300 esclavos, sin tener en cuenta que según cálculos conservadores cada año eran echados al mar por los negreros al menos unos 300 esclavos vivos, con el propósito de escapar de los cruceros, o para liberarse de “mercancías” inutilizables por enfermedad. Vinieron esclavos Yoruba o Lukumí, Congo, Carabalí, Mandinga, Arará, Ibo, Mina, Gangá, Macua, entre otros.

“Embarcados en los navíos negreros, a los esclavos se les encerraba en la cala, en galeras, uno encima de otro. Cada cual ocupaba un espacio de 4 ó 5 pies de largo por 2 ó 3 de ancho, de tal forma que no podían ni estirar las piernas ni sentarse. Contrariamente a las falsedades propagadas por los esclavistas acerca de la docilidad de los negros, las sublevaciones y revueltas de éstos en los lugares de embarques, y también a bordo, eran incesantes. Para evitarlas se encadenaban los esclavos de pies y manos, unidos por filas a lo largo de una barra de hierro. En esta posición permanecían durante todo el viaje, y se levantaban sólo una vez al día para hacer algún ejercicio y ayudar a los marinos a vaciar las inmundicias acumuladas…Como observaba un escritor de su tiempo, en ningún lugar sobre la tierra se concentraba más miseria que en un barco negrero” (Luciano Franco, 1975: 95).

En la misma medida en que África fue crucial para la historia de la humanidad toda, también lo ha sido particularmente para la historia de Cuba. ¿Por qué? Porque si se puede afirmar que sin el africano el mundo no sería mundo, también se puede decir que sin el negro, Cuba no sería Cuba. Esto lo sentenció claramente don Fernando Ortiz en su tiempo.

Es imposible ignorar que el aporte del hombre de origen africano en Cuba fue determinante en lo económico, lo político y lo social. Fue con la mano de obra esclava africana que se construyó la economía cubana. Existía una sentencia que decía: “sin azúcar no hay país”, pues bien, sin el africano y sus descendientes no habría azúcar, como no habría tampoco café, ni minerales, ni agricultura, ni oficios, ni construcciones.

Fue alrededor de medio millón de trabajadores forzados, negros quienes multiplicaron por veinte la exportación de azúcar e hicieron que la riqueza nacional llegase en 1860 a la cifra de tres mil millones de pesos.
Si en el aspecto económico el papel del africano y sus descendientes fue fundamental, no menos lo fue en el terreno político.

Su rebeldía data desde los primeros momentos de la trata. El esclavo se subleva desde su captura hasta en los propios barcos negreros donde es trasladado a una tierra extraña totalmente desconocida para él. Surge el largo proceso del cimarronaje, donde se escribirán páginas de historia marcadas con el dolor y la sangre de millares de esclavos que van a internarse a los palenques para llevar una vida, aunque mísera y llena de dificultades, preferida a la de la esclavitud, carente del más mínimo sentido humano.

Sublevaciones hubo muchas y entre otras puede citarse la del negro Aponte, en 1812, la que alcanzó verdadero carácter nacional y donde participaron negros lucumí y macua, entre otros. Esta rebelión fue abortada y como muestra de escarmiento Aponte fue decapitado y su cabeza exhibida durante varios días en una de las principales calzadas de La Habana.

Cuando se analiza el proceso independentista cubano hay que señalar que durante las dos guerras de liberación contra el colonialismo español se calcula que más del 75 % de las tropas mambisas estuvieron integradas por africanos y sus descendientes. De entre los mejores generales de estas contiendas se destacaron negros y mulatos como el heroico General Antonio Maceo y su hermano José; Guillermón Moncada, Quintín Bandera y muchos otros que ofrendaron sus vidas por la independencia de Cuba.

La conservación del acervo cultural africano, a pesar de las condiciones negativas de la colonia y de los regímenes de explotación que le sucedieron constituye, sin lugar a dudas, una de las páginas más hermosa de resistencia a la destrucción por un sistema explotador, de los valores de una cultura, de la fidelidad a lo ancestral. Al hacer referencia a tal cualidad de los esclavos es preciso una observación acerca de la resistencia necesaria frente a la nueva cultura globalizadora que nuevamente intentan imponernos. Digo
“… una nueva cultura” porque ya en otros tiempos nos impusieron desde arriba, la euroccidental, mientras desde abajo brotaba la africana y de ella surgían los frutos y sabores que han dado los mayores y más fuertes ingredientes a lo que se ha dado en llamar el “ajiaco cubano”.

El infeliz esclavo fue traído desnudo a Cuba. Todo tuvo que dejarlo en su tierra nativa, no trajo nada material, todo lo que traía lo traía por dentro; pero a falta de familia y de bienes, trajo su espíritu, su cultura, sus cantos, su música, su danza, su lengua, su religión. Los negreros que lo despojaron de su libertad no pudieron despojarle de sus creencias ni de su afán de resistencia. ¡Que gran adquisición habría sido para los magnates del economismo colonial poder importar negros sin espíritu! Fue ese espíritu el que le dio vida a nuestra lengua, a nuestra música, a nuestro carácter, a nuestra forma de reír, gestear y de andar, a nuestra identidad nacional (F. Ortiz, 1919).

Fue en los cabildos y cofradías, en las prácticas de las religiones yoruba, conga o arará, en las sociedades secretas Abakuá, en los palenques y barracones, donde los negros africanos fueron cocinando “sus raíces y las raíces de sus raíces, para darnos lo que somos: un pueblo que junto al aporte español y de otras latitudes ha sabido forjar una nación cuyo misterio se hace cada vez más incontrovertible cuando se analiza su poder de resistencia.

Entre todos los aportes del negro a la cubanidad, Fernando Ortiz, a quien con justeza Humbolt calificó como el tercer descubridor de Cuba, cita tres manifestaciones principales:
“… el arte, la religión y el tono de la emotividad colectiva” (F. Ortiz, 1919: 25).

Anteriormente nos referimos al aporte del africano y sus descendientes en términos económicos y políticos. En el orden cultural estos aportes adquieren una mayor dimensión contribuyendo decisivamente en la construcción de una cultura, que como bien señala Inés María Martiatu
“… ha servido de inspiración a la llamada alta cultura y en no pocos casos le ha brindado su sello de originalidad” (I.M. Martiatu, 2000).

Comencemos por la música.
En África, la Subsahariana, el negro antes de nacer ya es musical. Cuando la mujer africana embarazada “pilonea” a la puerta de su casa o en el patio de la aldea, el niño o niña que esta en su vientre, sin lugar a dudas, se mueve al ritmo del pilón. Cuando la madre, ya parida, camina y sube lomas con el bebé a su espalda, en cada paso que da va marcando un movimiento repetido con ritmos, y hasta con elegancia.

No se puede hablar de la música cubana, así como tampoco de cualquier otro aspecto relacionado con la africanía en Cuba sin tener que referirnos a don Fernando. Sobre el tema de la música el maestro señala: La música afrocubana es indudablemente cubana, de plena cubanía; pero quien estudie desde un punto de mira histórico o etnográfico la música cubana, en lo que esta tiene de más entrañablemente nacional, no podrá prescindir de una nomenclatura apropiada mediante la cual pueda seignificarse lo afronegro que casi siempre hay en ella y que le dio sus tintes, sus curvas y sus calores. Según él la música popular cubana es cubana, pero para caracterizarla históricamente, para caracterizar su transculturación hay que referirla afrocubana, como el apellido necesario para definir a una persona y añade:

… bien puede decirse de Cuba lo que de Brasil dijo Euclides Cuña “el mulato nos llegó hecho de fuera”, pues en la Península Ibérica hubo millones de “morenos” y “pardos” mucho antes que en América y allí resonaban la música africana cuando Colón no había nacido. El mismo don Cristóbal tuvo que oír la música africana en Lisboa y Sevilla, y en la misma Guinea, antes de lanzarse a mar traviesa hacia el poniente ignoto. Y luego, de España se trajeron negros a Cuba y con ellos venían en sus tambores y vihuelas una música ya amulatada de Andalucía. Y en otra parte señala: No es menos indudable que la música más característica de Cuba, la que le ha dado siempre resonancia mundial, es aquella que fue fundida con raudales de africanía, en este crisol criollo puesto al fuego tropical; producto de una transculturación blanquinegra, desde los multiseculares tiempos de la zarabanda, el cumbé y otros bailes plebeyunos hasta los contemporáneos éxitos de los compositores cubanos Amadeo Roldán y Alejandro Caturla, quienes llevaron los valores afroides de Cuba a las “alta música sinfónica” de nuestros tiempos en el auditorum universal (F. Ortiz, 1993-13-15).

Y como en otros asuntos relacionados con las cualidades del africano y sus descendientes Ortiz se revelaba cuando escuchaba con menosprecio y el desprecio con el que se referían algunos al abordar el tema de la música de estos pueblos
“¿Cómo puede decirse que los negros africanos no conocen la melodía. ¿Acaso hay cantos sin melodía? La vida del negro africano es vida cantada. Se equivocan quienes sostienen que la música africana es solo ritmo sin valor de melodía”.

Y citando a Milligan señala:
“El negro lo canta todo, su alegría, como su dolor, su amor y su odio, su venganza y desesperación, hasta su esclavitud” (Ob. cit., p. 179).
Y en otro texto nos ofrece una anécdota:
“Nos contaba un anciano hacendado de Matanzas que el mayoral de uno de sus ingenios tuvo la sádica inventiva de que cuando había que azotar a un esclavo, en vez de propinarle el bocabajo haciendo que el infeliz contara en alta voz los zurrugazos uno a uno, o sea “llevando la cuenta” como era frecuente, aquel obligaba al negro a que cantara una determinada canción al ritmo del tambor, entonces los latigazos caían a ritmo sobre su espalda, el mayoral tuvo que abandonar el procedimiento” (F. Ortiz, 1940).

La influencia africana en la música cubana está en el son, la rumba, el changüí y en la mayoría de las expresiones de carácter popular, no sólo por la función tímbrica y expresiva, por la fuerza de sus ritmos, sino también por el uso de instrumentos que dan la sonoridad y el movimiento propios observado en estas manifestaciones. En términos de música, la rumba ha sido quizás una de las manifestaciones más destacadas como expresión de resistencia frente a los prejuicios raciales. Por su arraigo y sobrevivencia, Alberto Falla, un prestigioso músico cubano ha señalado, que en su opinión, debía ser considerada como el baile nacional de Cuba. Entre los grupos étnicos africanos presentes en Cuba los que más influyeron sin lugar a dudas los bantus y yorubas.

A la hora de valorar la importancia de la africanía en la música cubana no pueden dejar de citarse, entre otros, a figuras tales como: José White, Brindis de Salas, Miguel Faílde, Lico Jiménez, Aniceto Díaz, Pepe Sánchez, Manuel Corona, Amadeo Roldán, Alejandro García Caturla, Gilberto Valdés, José Urfé, Manuel Saumell, los hermanos Orestes e Israel López, Antonio Arcaño, Paulina Álvarez, María Teresa Vera, Sindo Garay, Miguel Matamoros, Ernesto Lecuona, Celia Cruz, Miguelito Valdés, Chano Pozo, Arsenio Rodriguez, Ignacio Piñeiro, Rita Montaner, Mario Bauzá, Antonio Machín, Machito, Enrique Jorrín, Barbarito Diez, Abelardo Barroso, Joseíto Fernández, Benny Moré, Bola de Nieve, José Antonio Méndez, Cesar Portillo de la Luz, Celeste Mendoza, Elena Burke, Omara Portuondo, Rafael Lay, Dámaso Pérez Prado, Vicentico Valdés, Pedro Izquierdo, Felix Chapotin, Pacho Alonso, Elio Revé, Juan Almeida, Tata Guines, Changuito, Juan Formel, Lázaro Ross, Chucho Valdés. Pudiéramos hacer un listado interminable.

En lo que respecta a las religiones de origen africano, es bien conocido que la música es consustancial con ellas. A Don Fernando corresponde el mérito de ser el primero en sacar la música africana de los barracones y del solar y llevarla a la Universidad y da gracias a Shangó, el dios de la música, después de haber llevado en 1936 los tambores batá y los cantos yoruba al recinto universitario habanero. Ortiz como nadie recoge el papel de la música en los ritos religioso africanos y particularmente en la religión de los yoruba o lucumi. Él mejor que nadie nos describe los toques a cada uno de los orishas del panteón Yoruba, los toques en el Igbodú, los Oru o cantos para hablar a los dioses, los toques en las ceremonias ñañigas, los toques y cantos congos.
Cuando a partir del dolarismo, y no me refiero a la época de los noventa cuando este resurge para imponerse como nunca, sino en la década de los cuarenta y Fernando lo llama así dolarismo, surge la explosión del uso y abuso de cantos a las deidades de las religiones africanas, no escatima en condenar estas actitudes mercantilistas. Desafortunadamente estas mismas actitudes vuelven a repetirse en nuestro país con un gran desparpajo en las composiciones musicales populares. Leyendo a don Fernando encontramos opiniones críticas suyas que bien pueden ajustarse a estos precisos momentos de la música popular cubana:

Sin duda, la popular música afrocubana está corriendo serios peligros, aparte de los impedimentos que todavía se le oponen por los prejuicios racistas. En el mismo campo del arte, no escasean quienes, aun estimándola, le hacen poco favor. La gozan, pero la enferman; la hacen lucir, pero no la cuidan; se entregan a ella como amantes de placer, pero no le hacen hogar de creación y buena prole. La explotan como el codicioso que tumba un monte de seculares caobos para vender sus ricas maderas, sabiendo que estos no volverán a crecer ni él habrá de ocuparse de la resiembra forestal (Ob. cit., p. 98).

Si se considera al africano el ser viviente más musical de la creación, hay que decir que también es poeta de nacimiento. Según don Fernando, en las plegarias es donde el hombre preletrado y agrámatico suele componer sus mejores poesías, por sus efectos sonoros y rítmicos, por sus inflexiones orales y melódicas, por su belleza y abundancia de sus imágenes, por la vehemencia de sus expresiones. La poesía de Nicolás Guillén es grandiosa en tanto suena africana. Fue justamente esta voz con timbre africano la que le dio nacimiento a su fama nacional e internacional por todos los tiempos. Cuenta Guillén:

… Una noche — corría el mes de abril de 1930 — habíame acostado ya, y estaba en esa línea indecisa entre el sueño y la vigilia, que es la duermevela, tan propicia a trasgos y apariciones, cuando una voz que surgía de no sé dónde articuló con precisa claridad junto a mí oído estas dos palabras: negro bembón.
— ¿Qué era aquello? — se pregunta el poeta, para de inmediato agregar. — Naturalmente, no pude darme una respuesta satisfactoria, pero no dormí más. La frase, asistida de un ritmo especial, nuevo en mí, estúvome rondando el resto de la noche, cada vez más profunda e imperiosa:
Negro bembón,
negro bembón,
negro bembón…

Me levanté temprano, y me puse a escribir. Como si recordara algo sabido alguna vez, hice de un tirón un poema en el que aquellas palabras servían de subsidio y apoyo al resto de los versos:

¿Po qué te pone tan brabo
cuando te disen negro bembón,
si tiene la boca santa,
negro bembón?
Te queja todabía,
negro bembón;
sin pega y con harina,
negro bembón; majagua de dri blanco,
negro bembón;
sapato de do tono,
negro bembón…

Escribí, escribí todo el día, consciente del hallazgo. A la tarde ya tenía un puñado de poemas — ocho o diez — que titulé de una manera general Motivos de son. Entre ellos uno “Sóngoro cosongo”, que daría título al libro que pareció un año después. ¿Qué eran los Motivos de son? Todo y nada. Regino Boti los ha llamado “el polvo de oro”.

Así, de esa forma se hizo grande la poesía cubana. ¿Y qué decir de la influencia en las artes plásticas?
Recuerdo una oportunidad en que estando en Nigeria, visité el Centro de Arte y Cultura Africana, situado en Lagos, la capital por aquel entonces. Cuán grande fue mi sorpresa cuando al entrar en la sección de artes plásticas observé las pinturas yoruba que allí se mostraban. Yo conocía aquellos rasgos, los había visto anteriormente.
— ¿De dónde, de dónde eran? Me preguntaba.

¡Lam!¡ Sí, Wifredo Lam! Allí estaba la mismísima Jungla. Posteriormente tuve conocimiento de la estancia del pintor cubano en París, de su aprendizaje con Pablo Picasso justamente cuando éste recibía toda la influencia africana. Supe que Lam había adoptado elementos de la cultura africana para crear un estilo pictórico que daba forma a sus oníricas imágenes.

Otra de las de las manifestaciones donde la cultura cubana se nutrió con mayor fuerza de la raíz africana fue, sin lugar a dudas, en la danza y el teatro. Volviendo a Fernando Ortiz éste nos relata cómo un viajero del siglo pasado descubrió en Cuba a un negro que bailaba con su sombra. Según él la danza religiosa de los yorubas era la de mejor arte en su género y refiere que los yoruba al bailar no tienen huesos.
“Se ha dicho que estas danzas pantomímicas con sus pasos, sus gesticulaciones y ademanes, sus piruetas, sus vestidos, sus adornos, sus adminículos emblemáticos, son a modo de ballet programáticos creados por un pueblo artístico como el yoruba, a quienes atribuye la mejor coreografía del África negra”.

Acerca del teatro entre los negros, Don Fernando apuntaba:
“… la función histriónica en África es tan general que hasta podemos señalar al negro africano como un actor de nacimiento”.
Y más adelante señala:
“El teatro se encuentra en toda África manifestado en sus expresiones germinales, a veces muy simples pero inequívocas, tanto que Woodson puede asegurar que ese incipiente teatro negro comprende los elementos de la farsa, de la ópera, del melodrama, de la comedia, de la tragicomedia y de la tragedia”.

Ortiz se oponía a esa simplicidad en que se tenía al negro en el teatro en su época y arremetía contra los que limitaban solo a hacer reír.
“El negro en Cuba, como ya lo hizo en Estados Unidos puede subir a la escena por algo más que para hacer reír, para interpretar toda la gama de las emociones humanas en la infinidad de las peripecias de la vida”.

Mucho ha tenido que sufrir y esperar el negro para que sus valores y capacidades artísticas, tanto en el teatro, en la danza, como en otras manifestaciones de la cultura puedan abrirse paso en medio de los más diversos prejuicios. A partir de 1941, con Argallú Solá On docó, de Paco Alfonso aparece el tema de la mitología yorubá como fuente de nuestra dramaturgia” (I.M. Martiatu, 2000: 153). Pero no fue hasta después del triunfo de la Revolución cubana en 1959, que llega para arrasar con todo el injusto orden que corroía a la Isla, que el teatro y la danza alcanzaron verdadero sello de autenticidad popular.
A partir del mismo triunfo de la Revolución se crearon instituciones con el objetivo de propiciar un arte más de pueblo y para el pueblo, alejado de toda etiqueta elitista.

Fue aquí donde la impronta de los ancestros africanos alcanzó un protagonismo sin precedentes. Así surgieron, desde los primeros momentos, el Conjunto Folklórico de Santiago de Cuba, el Grupo de Danza Moderna (hoy Danza Nacional de Cuba) que dio lugar a clásicas obras como Mulato, El milagro de Anaquillé, Suite yoruba, Historia para un Ballet; el Conjunto Folklórico Nacional, con obras como El Alafin de Oyó y otras de marcada influencia yoruba, abakuá, bantu, arará y de otras etnias africanas; el Guiñol Nacional estrenó obras como Chicherekú, La loma de Mambiala, Shangó de Imá, la ópera de cámara Ibeyi Añá de Rogelio Martinez Furé. Del buen teatro ahí está también María Antonia, una de las mejores puestas en escena del teatro cubano de todos los tiempos.

“En la obra logra trascender lo puramente costumbrista para alcanzar una categoría dramática inusual. Esto se muestra en las escenas populares en la plaza del mercado, en la posesión de la madrina que habla un lenguaje trágico como la personificación de Yemayá, en un trabajo inspirado en las expresiones de los “posesos” en la religión. Y alcanza un nivel dramático relevante en las escenas de la casa del babalawo Batabio cuando María Antonia comparece ante el representante de Ifá, investido con una mezcla de sencillez y majestuosidad” (I.M. Martiatu, 2000: 21).

Si de la influencia africana en la música cubana destacamos a sus mejores cultivadores, en el teatro y la danza habría que mencionar a otros como Algeliers León, Ramiro Guerra, Rogelio Martínez Furé, Eduardo Ribero, Eugenio Hernández, Tomás Morales, Roberto Blanco Gerardo Fulleda, Santiago Alfonso, Johane García y otros que se pierden en la memoria, sin olvidar a la paradigmática Nieve Fresneda, que también hicieron aportes significativos en estas manifestaciones.

Otro de los aspectos que Fernando Ortiz señala como aporte del negro a la cubanidad es el que se refiere a lo que él llama emotividad colectiva.
Ortiz estaba de acuerdo en que el estado espiritual del negro africano, cuando no está movido por la sensibilidad o por la pasión, es la apatía y agrega;
“… pero apenas una fuerte impresión externa que le interese hiere sus sentidos y los obliga a una tensión anormal, su emoción despierta su impulsividad, se carga y desborda en acción. Ese estado psíquico es el que en Cuba se denomina embullo que no es simplemente “bulla” o “bullicio” como dicen ciertos vocabularios, sino “animación” o sea “vivacidad y acción del ánimo”, de “animar”, que es dar vida”.

Ortiz, adentrándose en cada espacio de la personalidad del africano, se refiere a la verbosidad de éste y señala que no sólo expresa sus sentimientos en la música, sino en la palabra, y recuerda que el Apóstol cuando escribía sobre la facundia de los negros, expresó:
¡Y que manera de hablar! Una vez admiró el viajero la rápida palabra de los vascos; ahora ve que esta le es muy superior. Son locuaces con la lengua, con los ojos, con las caderas, con las manos. Tienen para cada letra una, no mirada, sino transición de ojos diferentes (F. Ortiz, La Africanía, p. 122).

Durante el proceso de amulatamiento, cuatro siglos y medio, de cuerpos y almas, la lengua no podía permanecer ajena.
En 1924 Fernando Ortiz dio a conocer su Glosario de Afronegrismos; veamos algunos de los términos más utilizados:
¡Ajila! Interjección para ordenar a alguien que se marche. ¡Váyase! ¡Lárguese!
Ampanga (venir de). Se dice de la persona tonta o estúpida. ¿Crees que yo vengo de Ampanga? Ampanga o Mpanga, capital de un antiguo reino del Congo.
¡Anjá! Tiene en Cuba no sólo un sentido de aprobación, sino otro de admiración y sorpresa, en cuyo caso pronúnciase con tono interrogativo ¿Anjá?
“Este sentido de admiración y sorpresa puede proceder del lucumí o yoruba ¡ja! interjección de igual significado que el criollo, según Bowen” (F. Ortiz, ob. cit., p. 32).

Bemba, Bembé, Berocos (testículos), Bilongo (lucumí), Biyaya, Bobo, Burundanga, Cocorioco (fealdad), Cumbancha, Changüí (congo) significa baile, Chévere, Féferes (trastos, cosas fútiles, adornos, tarecos), Fiñe (de reducido tamaño, encogido, raquítico), Guaguancó, Guagua (pudiera ser vocablo carabalí que al montar en sus ómnibus, dada su baratura, en vez de ir a pie, dijera en su lengua que iban aguagua o awawu, es decir “rápidamente” “Aguagua” en carabalí es “rápidamente” (F. Ortiz, ob. cit., p. 213).
Malembe, mayimbe, asere, ekobio, terepe, jorokón, mambo, ocambo, ñampearse, molopo (cabeza) (M. Furé, Diálogo imaginario, p. 207).

Las lenguas africanas que sobreviven, en mayor o menor grado, pero siempre más de lo que pudiera imaginarse, pertenecen a dos grandes familias lingüísticas, la sudanesa y la bantú. Al primer grupo corresponden el yoruba o lucumí, empleado en los ritos de la Santería, el fon o arará, utilizado por la religión del mismo nombre, y la lengua efik de la sociedad secreta Abakuá, traída por los carabalí del sur de Nigeria. Las tres se conservan principalmente en las provincias occidentales de Cuba. En cuanto a la familia bantú, corresponden a ella los restos de las lenguas empleadas en los ritos congo o paleros (M. Furé, ob. cit., p. 205).

El aporte del negro a la cubanidad no ha sido escaso. Aparte de su inmensa fuerza de trabajo, que hizo posible la incorporación económica de Cuba a la civilización mundial, y además de su pugnacidad libertadora, que franqueó el advenimiento de la independencia patria, su influencia cultural puede ser advertida en los alimentos, en la cocina, en el vocabulario, en la verbosidad, en la oratoria, en la amorosidad, en el materialismo, en la descrianza infantil, en esa reacción social que es el choteo, etc. (F. Ortiz, 1991-25).

Siempre resultará difícil poder escribir todo acerca de la africanía en Cuba, ha habido mucha sangre y sudor de por medio. Pero no obstante, como expresara Nicolás Guillén:

¡Aquí estamos!
La palabra nos viene húmeda de los bosques,
y un sol enérgico nos amanece entre las venas.
El puño es fuerte
y tiene el remo.

En el ojo profundo duermen palmeras exorbitantes.
El grito se nos sale como una gota de oro virgen.
Nuestro pie,
duro y ancho,
aplasta el polvo en los caminos abandonados
y estrechos para nuestras filas.
Sabemos dónde nacen las aguas,
y las amamos porque empujaron nuestras canoas bajo
los cielos rojos.

Nuestro canto
es como un músculo bajo la piel del alma,
nuestro sencillo canto.
Traemos el humo en la mañana,
y el fuego sobre la noche,
y el cuchillo, como un duro pedazo de luna,
apto para las pieles bárbaras;
traemos los caimanes en el fango,
y el arco que dispara nuestras ansias,
y el cinturón del trópico
y el espíritu limpio.
Traemos
nuestro rasgo al perfil definitivo de América.

¡Eh, compañeros, aquí estamos!
La ciudad nos espera con sus palacios, tenues
como panales de abejas silvestres;
sus calles están secas como los ríos cuando no llueve
en la montaña,
y sus casas nos miran con los ojos pávidos
de las ventanas.
Los hombres antiguos nos darán leche y miel
y nos coronarán de hojas verdes.
¡Eh, compañeros, aquí estamos!
Bajo el sol
nuestra piel sudorosa reflejará los rostros húmedos
de los vencidos,
y en la noche, mientras los astros ardan en la punta
de nuestras llamas,
nuestra risa madrugará sobre los ríos y los pájaros.

 

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oct 13

Del Misterio a la Esperanza

Por: Prof. Israel Moliner Castañeda
Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba

Uno de los aspectos más notorios en las transculturaciones nigero-yorubas en América resulta el culto a esos entes míticos conocidos generalmente bajo el nombre de orishas y a quienes se les atribuye la función de actuar como intermediarios entre el Dios Todopoderoso y los hombres.

Es evidente la existencia de una abundante literatura sobre los orishas tanto en Nigeria, como en Cuba y Brasil, pero las reflexiones comparativas entre las formas de concebir y dar culto a los mismos en el suelo ancestral y en las tierras americanas ciertamente son escasas. La notoriedad del tópico y la ya necesaria indagación analítica y comparativa, justifican altamente la encomienda de este estudio.

El establecimiento y posterior desarrollo de la cultura yoruba en el suroeste nigeriano fue el resultado de un largo proceso que abarcó cerca de ocho siglos.

Hacia mediados del siglo VIII D.C. coinciden en Sierra Leona dos factores muy importantes para el tema en cuestión. Por un lado, el Islam empieza a establecer vínculos comerciales progresivamente más fuertes y continuos con los pueblos ubicados al Sur del Sahara, llegando en un primer momento hasta los territorios de los actuales estados de Mauritania, Mali y Senegal, para después extenderse a Gambia, las Guineas y Sierra Leona. Tales relaciones que inicialmente se limitaban al trueque mutuamente beneficioso de mercaderías, paulatinamente transitan hacia lo cultural y religioso, trayendo en consecuencia que numerosos grupos que profesaban creencias tradicionales abrazaron el islamismo (1).

Por otro lado, de modo casi coincidente y quizás motivado por el mismo comercio islámico, los grupos de etnia Mendí en Sierra Leona van tornándose más poderosos y comienzan a desplazar a sus vecinos de etnia Akú, con los cuales habían tenido una pacífica coexistencia desde tiempos inmemoriales.

Muchos akús que tampoco estaban de acuerdo en renunciar a sus creencias ancestrales emprenden, hacia fines de la octava centuria, una emigración rumbo al este que los lleva a radicarse en una franja de costa más o menos extensa que podemos precisar entre los lugares que hoy ocupan las ciudades de Porto Novo en Benin y Lagos en Nigeria. Sostengo que tales inmigrantes son los más tarde conocidos por nagós.
Es muy posible que una segunda emigración se efectuara a principios del siglo décimo, porque está demostrado que sus participantes no conocían el trabajo con los metales, cuyo arte da inicio en Sierra Leona en la segunda mitad del mencionado siglo.

Esta oleada penetró más en el sureste nigeriano, asentándose al oeste del río Ochún en el amplio territorio que abarcaba desde la costa entre Lagoon y Mahín en el suroeste, mientras por el norte avanzaron hacia la región de Ondo, desplazando un poco a los originarios Ibó, como se observa en el famoso mapa confeccionado por Sanson D’Abbeville en 1656. Estimo que tales akú son los conocidos como lucumíes o ulcumíes.

La tercera y última migración se verificó en las postrimerías del siglo XII D.C. cuando ya los akús dominaban perfectamente la técnica de trabajar los metales (2). Los grupos más tradicionales se unieron en torno a un caudillo y líder religioso llamado Oddúddúa Olofi Oyó y al no poder sostenerse frente a los mendís en Sierra Leona, partieron por una bien conocida ruta hacia el poniente, llegando también a Nigeria, aunque algunos segmentos se radicaron y fueron asimilados por diversos pueblos que vivían en los actuales territorios de Ghana, Togo y Benin.
Este grupo de Oddúddúa penetró por una zona más al noroeste nigeriano que sus antecesores, ocupando territorios tradicionalmente ibó a quienes derrotan y desplazan hacia el oeste. Dichos akú constituyen el núcleo inicial e los posteriormente denominados oyoes o yorubás.

Me he permitido esta introducción histórica porque el culto a los orishas o entidades míticas yorubás tuvo su conformación definitiva en claros procesos de sincretismo y deculturaciones, ora sucesivos o coincidentes, tanto entre una cultura más fuerte representada por los oyoes o yorubás que eran los akús que dominaban los metales y grupos de menor desarrollo (sin conocer estas técnicas) como los nagós, lucumíes e ibós; pero también con culturas vecinas en relativa igualdad de fuerzas y desarrollo tal los adjas, ewes, y fong dahomeyanos o los nupes, takuas o empés que habitan el noroeste de Nigeria (3).

Es notorio que a la par de la ocupación que realizan los oyoes o yorubás y consolidada con la fundación de importantes ciudades como Oyó, Ogbomoso, Abeokuta, Ifé, Ilesha, Iponda, Osogbo, Ejigbó, Aramoko, Iré e Ibadam, vemos acontecer un proceso de establecimiento de cultos locales donde las divinidades de origen ibó y lucumí quedan suplantadas por las yorubás, restando huellas de las mencionadas sustituciones, ocasionalmente poco pacíficas, incorporadas a las formas y prácticas litúrgicas de los nuevos dioses.

Para ejemplificar, mencionaremos algunos orichas bien conocidos en la Regla de Ocha o Santería cubana:
El culto a Oddúdduá en Ifé relegó a un segundo plano el que tributaban en esa región a Orisanlá-Obaigbó, de ascendencia Ibó como se refleja en el segundo nombre. Sin embargo, los sacerdotes de la divinidad primaria quedaron vinculados a algunos ritos y ceremoniales propios del “oní” o rey de la ciudad.

Otro caso es el culto a Sámpónná, también llamado Obaluáyé que sustituyó al lucumí Naná Burukú Akitikata como protector contra la viruela y otras enfermedades contagiosas y cuya devoción también se extendió hacia el Este en territorio dahomeyano hasta el antiguo Malhi.

Por haber sido menos espectacular, no deja de tener importancia el culto rendido a Oshún, que barrió con muchos cultos menores de raíz ibó, especialmente entre grupos que habitaban cerca de los ibús o sitios profundos del río Ochún.

Cuando los oyoes o yorubás estrechan y perfeccionan sus relaciones comerciales, políticas y culturales con el reino de Empé, también asistimos a modificaciones en las originarias creencias akú. Como ejemplo es posible presentar la remoción ancestral que sentían los yorubás hacia jimaguas y gemelos, tenidos como augurios de fatalidades y propios de “gente miserable”; pero todo ello cambió cuando se fueron profundizando sus vínculos con los nupes o takuas, para quienes gemelos y jimaguas eran sagrados. Para esa mutación fue necesario la creación de nuevos orichas, los igbegis o idbeyis (Taiwó-Korné-Bomboché-Kainde-Alaba-Idou), y además la institución de notables privilegios sociales en beneficio a las madres que tenían partos de gemelos o jimaguas, tales como permitirlos cantar y danzar para obtener dinero en los mercados y plazas públicas (6).

Luego de establecida la tercera ola migratoria de los akú en Nigeria debió suceder un proceso definitorio para sus creencias tradicionales. A la par que los resortes propios del culto a los antepasados iban deidificando a los personajes más notorios del grupo, caudillos que habían dirigido la migración y las conquistas de los territorios donde se asentaron y quienes en su inmensa mayoría tenían algún vínculo sanguíneo con el líder Oddúdduá Olofi Oyó, así como también los descendientes de ellos hasta una tercera generación. Tales “nuevos dioses” sustituyen a los que antiguamente existían con idénticas atribuciones a las que ahora les otorgaban en los sitios ocupados donde inician sus cultos, así como también los aspectos más notables de las liturgias precedentes, cuando no son rechazados por incompatibles con el nuevo rito, quedan incorporados a los propios de los nuevos misterios.

En sentido estricto el término orisha debió ser reservado única y exclusivamente para Obbatalá y al conjunto de divinidades que integran su culto (Orishas Fun Fun u Orishas Blancos), mientras el apelativo correcto para los demás dioses masculinos resultaba ser ebolas, el término imolé que utiliza Empega abarcaría a la totalidad de los dioses yorubás; pero la costumbre ha santificado el error, generalizando de tal modo el empleo del término orisha que intentar una rectificación, además de una pedantería, es ya prácticamente imposible.

Nunca está de más reiterar, contra lo que han sostenido muchos investigadores en distintos momentos, que dentro de esta religión solamente hay un dios, único y supremo, llamado Oloddúmaré, de quien emanan todos los poderes y los orishas únicamente constituyen intermediarios entre ese Oloddúmaré y los hombres, pues al Dios Supremo no le interesan para nada los problemas humanos y para su atención creó a los orishas.

Luego, estos “dioses” u orishas no devienen en seres todopoderosos, ni incluso inmortales como las divinidades semitas, griegas o germánicas, por el contrario, su condición antropomorfa no está circunscripta a una apariencia física, sino que copia la totalidad de lo humano y así son capaces de sentir todo lo propio del hombre, pues odian, temen, aman, nacen, viven y mueren.

De acuerdo al carácter esencial que presentan las atribuciones relativas de cada orisha, que en buena medida quedaron preservadas en sus transculturaciones americanas, estos pueden ser agrupados en tres tipos diferentes:

a) Orishas Cosmológicos.-
Son aquellos que están íntimamente relacionados con la creación del mundo, la naturaleza, el hombre, y por lo tanto con el tiempo. Lo anterior lleva a establecer una subdivisión dentro del grupo, porque tendríamos “orishas creadores”, que resultan los de mayor jerarquía dentro del panteón yoruba, como es el caso de Obbatalá y los Fun Fun; a continuación y en un plano equivalente están los “oráculos” como Orumla Ifá y los “orishas de la naturaleza” como Osaín. Si analizamos detenidamente las características esenciales en el funcionamiento de la Religión de los Orishas puede verse como la médula misma de esta creencia gravita sobre estos tres subgrupos de orishas, pues los creadores otorgan la esencia plena de la fe; los oráculos legan los mecanismos principales de la comunicación entre las divinidades y sus creyentes, sin lo cual no puede existir propiamente ningún tipo de religión, y los orishas “naturales” aportan las técnicas litúrgicas.

b) Orishas Económicos.-
Aquí deben incluirse aquellos a quienes les son atribuidos los patronazgos sobre las funciones económicas fundamentales tales como la caza, pesca, agricultura y ganadería, así como otras derivadas de las anteriores cual el orden público, el comercio y las comunicaciones. Sin embargo, como la importancia o peso de estas divinidades está directamente vinculada con la importancia que tenga dicha acción económica específica para una determinada sociedad o región; cuando se producen las transculturaciones americanas el papel de estos orishas dentro de los nuevos sistemas de creencias va a estar muy estrechamente relacionado con la relevancia que guarden esas funciones en los nuevos medios socioeconómicos y la participación que en ello tengan sus creyentes.

Pero los negros esclavos y después los libertos, tuvieron muy poca participación como propietarios en las sociedades americanas, de modo tal que su propia existencia, salvo en el cimarronaje y los palenques, no dependía de la práctica de la caza, pesca, agricultura o ganadería, y cuando se ocupaban de estas labores era como ilotas o precarios asalariados cuya manutención realmente no dependía de ellos mismos o, al menos, el producto del trabajo no iba directamente a sus manos, por ello los orishas patrones de esas actividades quedaron muy disminuidos al transculturar, permaneciendo como parte de los nuevos sistemas mágico-religiosos en virtud de sus vínculos con la adivinación o por la participación que tenían ancestralmente dentro de las biografías míticas y, en las liturgias específicas de otros orishas.

Algunos resultaron tan modificados que sus atribuciones adquieren un sentido absolutamente contrario al del sistema original. Un ejemplo es el caso de Ochossi, el patrono de la caza. Como en las sociedades de cazadores son estos los que ejercen las funciones de “policías” o “guardianes”, al cuidar por las noches las aldeas, a tales se les estima como los representantes del orden. Sin embargo, en las nuevas realidades de las sociedades esclavistas y discriminatorias que en América encontraron esos esclavos y sus descendientes, ciertamente “el orden” les resultaba adverso, como propio de un marco socioeconómico que tendía a aplastarlos, por ello fue necesario que una de sus deidades asumiera la atribución de protegerlos contra ese “orden” y de esa forma Ochossi devino, al menos en la Santería cubana, como patrono de las cárceles y protector contra la policía.

c) Orishas cotidianos.-
Resultan los que se ocupan de aspectos tan comunes en la vida humana como la propia existencia o la muerte, el amor o el odio, el fuego o el agua, la maternidad o el matrimonio, la música o la danza, la prosperidad o la miseria, la salud o las enfermedades, la vejez o la infancia, etc. Tanto en el sistema originario como en sus transculturaciones este tipo de orishas suscita tamaña devoción popular que no pocas veces rebasa los propios límites del sistema religioso para devenir en un rasgo de identidad.

Para poder establecer una comparación entre la religión de los Orishas de Nigeria y la Regla de Ocha o Santería en Cuba existen cuatro aspectos que considero básicos a fin de concretar similitudes y dicotomías, los cuales meritan ser sometidos a análisis en ambos cultos.

Finalidad del Sistema.-
La religión de los Orishas de Nigeria se ubica en una zona donde la finalidad de las creencias tradicionales está centrada en “el tránsito feliz de la vida a la muerte”, según establecieron en la segunda mitad del siglo pasado los antropólogos británicos Augusto Mockler Perrymon y Mary Kingsley (7).
De acuerdo al sentido eminentemente práctico que prima en todas las religiones tradicionales al Sur del Sahara, es fundamental en la estructura sistémica de las mismas dicho aspecto de la finalidad, toda vez que ello genera el complejo de motivaciones que define la práctica de un determinado modo de religiosidad popular.

En este caso las atribuciones de tales orishas están en dependencia de ese “paso” o “transitar” que realiza el creyente desde el “ayé” o realidad concreta donde discurre su existencia hasta el “alem” o mundo de las realidades inefables donde moran los dioses y los espíritus de aquellos que antes marcharon hacia el “olum” o lo infinito. Cuando sumamos el espectro total de las atribuciones conferidas a los orishas, vemos como están asumidas todas sus vías para que el creyente pueda realizar el objetivo básico de su fe.

Relación entre la creencia y el marco socioeconómico donde radica.-
En el caso nigeriano vemos como existe una total correspondencia entre la realidad socioeconómica y el sentir religioso o. dicho de otra manera, entre la cultura material y la espiritual, donde ciertamente una es consecuencia de la otra y viceversa, pues si bien es cierto que en un primer momento las realidades objetivas del medio delinearon muchos de los aspectos fundamentales en el sistema religioso tradicional, a medida que la base económica (bienes de consumo, tecnología, etc.) se desarrolla; la cultura espiritual y dentro de ella lo religioso, impone los criterios que rigen el desenvolvimiento social, hasta el punto que tal vez pudiera calificar como reversión, cuando llega a determinar en no pocos aspectos dentro de las propias relaciones económicas.

Pero también hay que tener en cuenta que muchos de esos seres míticos son el resultado de un proceso de deificación que abarcó a personajes históricos o reales, idealizados en virtud de los mecanismos propios del culto a los antepasados y de los intereses de los grupos dominantes; personajes que existieron y cuya biografía abarcó sucesos, personas y lugares verídicos; sitios tal vez cotidianos para gran parte de los creyentes en Nigeria y otros lugares cercanos donde se practica esa religión, todo lo cual contribuye a un mayor estrechamiento entre lo mítico y lo real, pues para esos practicantes es muy fácil transgredir en ambas direcciones los límites entre lo sobrenatural y lo concreto.

Sistema de dependencia.-
En la religión de los Orishas nigeriana la relación entre los creyentes y los orishas está determinada por un sistema de dependencia que prácticamente excluye toda posibilidad de las arbitrariedades que implican el “gusto” o la “afinidad” conque estas devociones se desenvuelven en las transculturaciones afroamericanas.

Un creyente tradicional en Nigeria no está ligado a un orisha porque este sea el que le gusta o el más cercano a su tipo, sino por un acondicionamiento cultural que tiene tres grados o modos: el familiar, el comunitario (aldea, pueblo o ciudad) y el oficio.
Así el primer orisha que le pertenece es el de su propia familia; en segundo término, por ley natural está ligado al del lugar donde vive y finalmente, se vincula con el que patrocina el oficio, trabajo o función mediante el cual obtiene su sustento y el de su familia.
Con este máximo de tres posibilidades, que pueden ser dos o una, de acuerdo a las coincidencias que se produzcan entre las tres dependencias, el devoto tradicional en Nigeria soluciona todos sus problemas, sin tener que recurrir a ningún otro orisha fuera de los antes establecidos.

Morfología del Orisha.-
Como antes indiqué los orishas son tenidos por seres antropomórficos Intermediarios entre Oloddumaré y los hombres, todos y cada uno de ellos en Nigeria son capaces de solucionar totalmente las necesidades de sus devotos, pues hay en cada uno de ellos una integralidad que hace innecesario el concurso de otros orishas para atender las demandas de quienes en ellos creen.

Pero además, aunque por la extensión que puede abarcar el culto a un determinado orisha es susceptible que en ciertas regiones dicho orisha puede tener diferentes nombres, eso no implica que cada denominación corresponda a un orisha diferente, ni aún a caminos o advocaciones disímiles del mismo, sino que todos esos apelativos constituyen solamente maneras de llamarlo, las que a veces indican un lugar específico donde le rinden culto, o también los distintos títulos que posee dicho orisha.

Un ejemplo de lo antes expuesto brinda Pierre Verger al mencionar los siete títulos que acompañan al nombre de Ogún en el territorio de los yorubás, son estos Ogún Igiri en Adja Were; Ogún Edeyi en Ilodo; Ogún Ondó en Pobe, Igbo-Iso e Irokonyi; Ogún Igboibó en Ixedé; Ogún Elénjo en Ibanion y Modogan; Ogún Olópe en Exedé Ijé y Ogún Abesan en Ibarike Fudite, pero todos son el mismo Ogún, dios de la guerra y patrono de los herreros (8).

Por último hay que tener en cuenta el factor histórico en la mayoría de los orishas, siendo frecuente que diversas hazañas atribuidas por las fuentes tradicionales a estos personajes, hayan sido incorporadas a su biografía mítica cuando fueron deidificados y el factor de la cercanía física de los lugares que sirvieron de escenario a esos hechos notables, es un elemento que gravita en la conciencia religiosa de quienes profesan dicho culto en el suroeste nigeriano.

Si al formarse la religión de los Orishas en Nigeria asistimos a procesos donde se vinculaba una cultura más desarrollada (la akú) con otras menos evolucionadas (nagós, lucumíes e ibos) siendo la primera de ellas fundamental en la integración del sistema; en el caso de la Regla de Ocha en Cuba la situación es completamente diferente, porque aquí la cultura básica para el sistema es la del más débil, representada por las aportaciones yorubás-lucumies, frente a la cultura española sostenida por el colono indiano.

Pero a estas alturas del análisis prefiero hablar de dos planos culturales donde en primera instancia se efectúa el proceso o los procesos sincréticos, uno correspondiente a las culturas menos desarrolladas y otro perteneciente a las más evolucionadas. Es la realización de los mecanismos sincréticos en ambas dimensiones lo que he denominado como línea interna del sincretismo, mientras a los vínculos entre ambos planos los clasifico como línea externa del sincretismo, lo cual en alguna medida se corresponde con lo que algunos antropólogos o estudiosos de la fenomenología de las religiones hoy llaman bajo y alto sincretismo.

En el caso cubano las especies que integran uno u otro plano distan mucho de ser homogéneas, ni aún en el origen étnico; pues el factor negro de la santería no es únicamente akú (lucumies, yorubás) porque en él están presentes elementos de clara ascendencia nupe o takua, mandingas y ewe-fong, mientras tampoco la cultura más evolucionada que se les enfrenta tiene un sólo origen, ya que además de las diferencias regionales d e España que portaban los colonizadores ibéricos de acuerdo a sus procedencias, también hay que tener presente cuantas aportaciones musulmanas y hebreas coinciden en la matriz cultural hispana, a más de influencias anglo-sajonas, gálicas, flamingas y hasta germánicas, consecuentes a los intercambios culturales que el comercio y la economía europea de aquellos momentos hacían inexcusables. Por todo lo dicho es que sostengo la existencia de procesos internos de sincretismos, anteriores o simultáneos a que ambos planos comenzaran a influenciarse.

Por supuesto, que lo antes expresado es igualmente válido si cambiamos los nombres de los componentes del proceso y presentamos la Religión de los Orishas traída por los negros lucumíes y yorubas, frente al Cristianismo profesado por los colonos españoles.

Conviene destacar que fundamentalmente no va a ser el Cristianismo contenido en la doctrina oficial de la iglesia Católica Apostólica y Romana lo que va a actuar como factor modificante en las expresiones religiosas tradicionales de los negros en Cuba y otros países de Latinoamérica, sino las prácticas y valores de un catolicismo popular, en muchos aspectos al borde mismo de la herejía, coincidente en razonamientos y tipos de prácticas con las que ya habían desarrollado estos africanos tradicionales ahora sometidos a la esclavitud.

No cabe dudas que unos y otros se influyeron mutuamente hasta llegar a la base misma de sus creencias que reconocieron, cuando no equivalentes, por lo menos no antagónicas, ni mucho menos excluyentes; por eso cuando terminó la esclavitud y con ella gran parte de las prácticas cotidianas y legales que frenaban una total integración de las masas populares en la Isla, no fue extraño que las formas de religiones afrocubanas y sobre todo la Santería, comenzaran a ser practicadas igualmente por negros, mestizos y blancos.

Existían una serie de analogías entre la religiosidad tradicional que portaban los secuestrados de ascendencia yorubá-lucumí y la religiosidad popular de los blancos que encontraron al llegar a Cuba, similitudes que pueden ser resumidas en el siguiente cuadro:

ANALOGÍA RELIGION DE LOS ORISHAS CATOLICISMO POPULAR
Creencia en un sólo Dios Oloddumaré. Dios Padre
Creencia en la accion benéfica y propiciatoria de personajes intermediarios Los Orishas Vírgenes-Santos
Creencia en una vida más allá de la muerte Alem.
Paraíso, purgatorio e infierno

Pienso que las tres anteriores similitudes fueron puertas que permitieron a ambos grupos de practicantes reconocerse como compatibles y a partir de ellas se abrieron las vías para los mutuos intercambios, cada vez mayores para la parte negra a medida que fue concluyendo la trata y con ello cortándose el vínculo con el centro ancestral o punto de referencia para esa religiosidad.

Así, paulatinamente, la Iglesia Católica devino en el punto referencial de donde surgen los elementos modificantes a la religión de los Orishas en Cuba, conformando la transculturación que hoy conocemos por Regla de Ocha o santería, quedando introducidos en el nuevo culto valores dogmáticos, aspectos litúrgicos y usos tradicionales como:

-El dogma de la Santísima Trinidad, que posibilita la creación en la santería de Olofi y Olorum, no existentes como entidades míticas en la Religión de los Orishas y que aquí es necesario introducir para equipararlos con una Segunda y Tercera Persona de la Santísima Trinidad, esto es El Hijo (Olofi) y el Espíritu Santo (Olorum).

-Mediante Olofi es acortada significativamente la incomunicación de los creyentes con la Deidad Suprema, pues a Olofi se le dirigen jaculatorias y oraciones, sutiles ofrendas y hasta “habla” por determinados signos o “letras” de la adivinación.

-Queda establecida una dependencia con la Iglesia Católica que incluye el sacramento del bautismo como indispensable, así como el ofrecimiento de la misa en determinadas ocasiones.

-El uso de objetos de la práctica católica como crucifijos, imágenes, agua bendita, velas, etc.

Si utilizamos la anterior clasificación tipológica de los orishas, podemos arribar a las siguientes conclusiones cuando observamos sus resultados transculturales en Cuba:

a) Los orishas cosmogónicos preservaron su importancia dentro del nuevo sistema donde también se ubican en el nivel inmediato a la deidad suprema.

b) Los orishas económicos ven reducida su importancia, por las causas ya expuestas, incluso en muchos casos se mantienen dentro del sistema gracias a atribuciones secundarias que eran inherentes a su función principal

c) Los orishas cotidianos mantienen, por regla general, su nivel de importancia, aunque muchos se ven aumentados como es el caso de Shango, Oggún, Oshún, Yemayá, Babalú Ayé y Oyá. Es significativo que los cultos y creencias vecinas a Shangó-Santa Bárbara, Oshún-Caridad del Cobre, Babalú-ayé-San Lázaro de las Muletas, así como Yemayá-Virgen de Regla, constituyen los pilares fundamentales de la religiosidad popular cubana, hasta el punto de resultar valores indisolubles de la misma identidad nacional.

En la confluencia entre la Religión de los Orishas y el catolicismo en Cuba y Brasil se ha dado mucha importancia al llamado sincretismo entre los orishas y los santos y vírgenes, dando la impresión que ello ha sido lo esencial, cuando no fue mas, en principio, que una necesidad tenida por el africano de enmascarar sus creencias ante determinadas ordenanzas de policía que incluso no hubieran podido realizarse sin el concurso de las analogías ya señaladas.

Concedo que ese sincretismo entre orishas, santos y vírgenes tal vez ha sido lo más externo y llamativo del proceso, pero nunca realmente lo fundamental. Puedo afirmar que en la matriz ontológica de la Regla de Ocha la fusión nunca representó una integración total para el practicante avanzado, pues hay una dicotomía de principio que jamás resultó zanjada.

El orisha representa la materia, el mundo concreto de la vida y la muerte, lo crudo y lo real; por eso en sus cultos admite todo, desde la sangre de los animales a él sacrificados, hasta comidas, bebidas o flores, pero por encima de todo, tiene la posibilidad de materializarse mediante la posesión total de sus devotos.

En cambio, el santo o la virgen significa lo espiritual, lo incorpóreo e inmaterial, por ello en sus liturgias nunca aparecerá sangre de animales, pues simplemente requiere de flores, frutas, yerbas o perfumes.

Pero aún es más importante la función o capacidad asignada a cada uno. Aunque al orisha no debe pedirse ningún mal para nadie, es posible que algunos “trabajos” que el creyente realiza con el concurso de este impliquen perjuicios para otra u otras personas; sin embargo, ésto nunca podrá ser hecho con el santo porque el santo “vela”, “protege”, pero no “trabaja”.

Con el orisha el devoto puede y hasta está obligado a socorrer a quienes requieren y solicitan su ayuda, bien gratuita o con cierta remuneración, ya que en última instancia ese orisha constituye una “fuerza” siempre al servicio de la comunidad de creyentes; por el contrario, la relación con el santo o virgen es æpersonal” e æintranferible”, cada uno la vive y desarrolla de acuerdo con la dimensión de su propia fé.

Retomando las cuatro variantes aplicadas en el estudio al culto de los orishas nigerianos para analizar a sus similares en la Santería es posible observar:

Finalidad del sistema.-
En el resultado transcultural que representa la Regla de Ocha o Santería se ha preservado la finalidad u objeto esencial de la creencia primaria: “el tránsito feliz de la vida a la muerte”. Por ello en el espectro de las motivaciones más comunes que sustentan sus creyentes en todos los grupos de edades aparecen los problemas de salud como la causa principal que los lleva a practicarlo (9).
Existe entre dichos practicantes la creencia de que cada orisha rige sobre determinadas enfermedades o afecciones y consecuentemente pueden castigar produciendo determinadas formas de muerte. Partiendo de lo más común en la práctica de la Santería he confeccionado el siguiente cuadro:

Orisha. Enfermedad que cura Muerte que produce
1.-Ellegwa. Enfermedad de los nervios. Hemorroides. – Accidentes de tránsito.
2.-Oggún. Alteraciones de la presión. Golpes. Infartos cardiacos.
3.-Ochossi. Golpes y heridas en las extremidades Hemorragias.
4.-Inle. Enfermedades del cerebro Locura.
5.-Babalú Ayé. Enfermedades epidémicas y sanguineas- Lepra, viruela, gangrena, etc.
6.-Obbatalá. Enfermedades de la vista y parálisis Derrame cerebral y embolias.
7.-Agayú-Solá. Heridas Hemorragias.
8.-Shangó. Quemaduras Suicidios con fuego y muerte a causa de rayos.
9.-Yemayá. Enfermedades del estómago, instestinosy vientre Ulceras, Malos embarazos. Malos partos.
10.-Oshún. Enfermedades del útero, trastornos en menstruación Enfermedades en el bajo vientre.
11.-Oyá. Accidentes. Electrocutados.
12.-Yewá. Hígado, riñones, alcoholismo.- Trastornos hepáticos, biliares y de urea.

Relación entre la creencia y el marco socioeconómico donde radica.-
Si bien al momento de surgir la Santería no hay correspondencia entre el marco socioeconómico y el culto sincrético, lo cierto es que para convertirse en una práctica generalizada a escala popular fueron modificados no pocos aspectos de la religión ancestral.

Claro que existe una notoria diferencia entre la realidad física y socioeconómica de Nigeria y la de Cuba, la puesta de manifiesto en la biografía mítica de los orishas, que resulta esencialmente nigeriana, por lo cual muchos de esos patakines tuvieron que ser recreados para poder conservar la función parémica que tenían en el ancestro, quedando modificados aquellos aspectos, objetos, fauna, flora y hasta costumbres que nada significaban para los creyentes de la nueva realidad, mientras se inventaron otras para explicar y fundamentar las modificaciones operadas en distintas liturgias y prácticas del culto sincrético.

Sistema de dependencia.-
Una de las diferencias más notable entre la práctica nigeriana y la cubana radica en la ruptura que sufre el sistema originario de dependencia entre el creyente y los orishas, como resultado directo de un nuevo marco socioeconómico y cultural, pero también a consecuencia del proceso de amalgamiento contenido en la hibridación de múltiples cultos locales e incluso, a diferentes grupos étnicos que coinciden en los mecanismos de formación del sistema.

Por todo ello y ante una nueva realidad, los valores familia, comunidad y oficio adquieren otra connotación, mientras por el amargamiento a los orishas les fueron cercenas sus atribuciones, quedando la función de cada uno limitada a un aspecto específico o, dicho con otras palabras “parcelados” y “limitados”, por lo cual un devoto de santería necesita del concurso de varios orishas, de acuerdo al carácter de su práctica.

Así por ejemplo, requerirá de los guerreros (ellegwá, Oggún, Ochossi) para su protección y la de su casa; Obba para velar por su matrimonio, los Idbeyis en el cuidado de sus hijos, Obbatalá para concederle paz, etc…

Morfología del orisha.-
También en este tópico existe una diferencia muy importante entre ambos sistemas. Si bien es cierto que al transculturar al orisha conserva su carácter antropomórfico y su esencia humana como puede apreciarse en los patakines, además adquiere la capacidad de ser representado de múltiples maneras o lo que Joel James ha llamado “principio de la representación múltiple” o los diversos tipos que puede tener un mismo orisha.

Ese “principio” es lo que permite las diferencias morfológicas en los diferentes orishas; así como por ejemplo, Obbatalá Achó, Osakunún o Solobó son viejos y temblorosos, mientras Ayaguna Areribó, Obbamoró y Osagriñan, por el contrario, son jóvenes, viriles y guerreros, no obstante ser todos el mismo Obbatará. Algo semejante ocurre con Ayanó, Asojano o Yanko, leprosos y mutilados, si los comparamos con Omolú, Babaeribó u Obarileo, vigorosos y elegantes reyes, pero en su totalidad el mismo Babalú-ayé Andrónica Omobitasa.

Sin embargo hay otros aspectos más importantes, que yo entiendo como resultado de la “representación múltiple” y es la variedad de modos que puede tener el culto a un mismo orisha, maneras que en ocasiones pueden ser diametralmente opuestas. Así es explicable por qué Yemayá Achabá o Yemayá Asesú pueden ser asentadas en una cabeza humana, mientras Yemayá Olokum nunca lo será.

Además de todo lo tratado en estas reflexiones, hay algo que para mi constituye la médula de cuanta diferencia existe entre la Religión de los Orishas y la Regla de Ocha y es la función que cumple la creencia en el fundamento de la fé del devoto. Si es cierto que el criterio economicista de que la religión surge ante la insuficiencia del hombre por explicar la realidad que lo rodea, es el misterio lo que gravita en el origen de estas devociones tradicionales subsaharianas.

Pero cuando esos creyentes llegan a tierras de América no les va a ser necesario (o al menos no es lo fundamental) que su fé les explique lo que no conocen, ni pueden explicarse; sino que su devoción les otorgue la fuerza necesaria e imprescindible para soportar lo atroz de sus existencias y les otorgue la capacidad de poder imaginar un mañana mejor. Sostengo que es “la esperanza” el gran legado del cristianismo a estas creencias durante el proceso sincrético.

Cuando las masas populares en Cuba comenzaron a hacer suyas estas creencias, no lo hicieron buscando una explicación a lo ignoto, sino la vía para solucionar o aliviar algún problema que los laceraba, solución cuyo significado era un impulso más para continuar existiendo-resistiendo-viviendo. Fue a partir de entonces que se había concretado la transculturación pues ya estaba cubierto el camino que conduce… del misterio a la esperanza.

NOTAS
1.-BIOBAKU, S.).-Sources of yorubas history. Orfoxd 1973, p.14
2.-idem.p.17.
3.-BASCON, Williams.-The yorubas of south-western Nigeria. New York 1969, p.21.
4.-ADOMAKINUA, J.A.- Ifé, cradle of the yorubas. Lagos 1956, tomo 1, p.9.
5.-EMPEGA, Onadele.- The Mistery of the Yorubas Gods. Lagos 1931, p.25.
6.-JOHNANSON, Samuel.- The history of the Yorubas. Lagos 1937, p.24.
7.-LEON, Argeliers.- Del Sujeto al Objeto en la Creencia. EN: Revista del Caribe. Año V.No.12, 1988, p.4.
8.-VERGER, Pierre.- Orixas. Edit.Corrumpio Comercio LTD. Sao Paulo, Brasil 1981,p.89.
9.-Matanzas: Comité Provincial del PCC. Estudio sobre las motivaciones de los cultos sincréticos (Material mimeografiado). Matanzas 1987.
 

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oct 08

La Ceiba

Por:  Hispanidad y Mestizaje

Sus leyendas. Culto. Su importancia en la Magia y en la superstición del pueblo cubano. Los malos ojos. Los mayomberos y la ceiba. Jueves, Viernes Santo y Sábado de Gloria. El árbol sagrado por excelencia.

Lucumí: Iggi Olorun. Congo: madre Nganga. Muslna Nsambia.

“Ceiba, tú eres mi madre, dame sombra.”

La ceiba, como la palma real, es el árbol más característico de la Isla y el árbol sagrado por excelencia. Al extremo que cabría preguntarse si es objeto de un culto independiente, — culto a la ceiba, en el que comulgan por igual, con fervor idéntico, negros y blancos – si no supiéramos ya que todos los muertos, los antepasados, los “santos” africanos de todas las naciones traídas a Cuba y los santos católicos, van a ella y la habitan permanentemente.

Era también para los chinos que se importaron durante la colonia, y hoy para sus descendientes, “el trono de Sanfán Kón, “el mismo Santa Bárbara en China”.

Si se interroga a un campesino blanco, a “un guajiro”, sobre este misticismo que despierta la ceiba en todo el país, dirá invariablemente que “está bendita”, que sus mayores le han enseñado a adorarla, porque “es lo más sagrado y lo más grande de este mundo”. Y todos repetirán exactamente lo mismo: “¡La ceiba es santa!” “Es el árbol de la Virgen María”. “Es el árbol del Santísimo” o “del Poder de Dios”, o que es “árbol de misterio”. Prueba de ello, que los elementos desencadenados la respetan: no la abate, no la desgaja el huracán más fiero: no la fulmina el rayo.

– “El rayo respeta a la ceiba y a más nadie”.
¿Talar una ceiba’? ¡Qué atrocidad! La ceiba ni se corta ni se quema. Nadie sin hacer “ebbó” previamente, sin consultar a los orishas y tomar precauciones se atreverá a derribar uno de estos árboles imponentes que se secan centenarios, adorados y temidos de todos, en nuestros campos. Es comprensible que para la mayoría de nuestros negros y de nuestros campesinos, ambos en estrecha convivencia, respondiendo puramente a un atavismo, a un instinto religioso milenario, y en el fondo, común a todo el género humano, un árbol de tales proporciones y de belleza tan solemne y majestática, aparezca como la materialización de alguna poderosa divinidad: esta divinidad de la ceiba se impone sencillamente.

“La ceiba es un santo: Iroko”. “Es la Purísima Concepción”. “En ella está Arému, la Virgen de las Mercedes de los ararás”, y Yémmu.

A veces las explicaciones a este respecto, de mis viejos informantes, se hacen confusas. La ceiba es “asiento de Iroko, quien está allí presente”; y de la Purísima Cencepción “que viene a la ceiba”, y tiene en ésta su morada. Otros aseguran que “Iroko es la misma ceiba”. También “Babá está en la ceiba”. “La ceiba es de Oggún y de Orichaoko”. O de “Obbá y Changó”. “Aggayú, es ceiba”. Iroko se llamará cuando esté consagrada.

Mi centenaria amiga matancera, Addié, todas las mañanas se encomendaba a la ceiba, “porque para vivir hay que contar con el favor de madre ceiba todopoderosa”. “Quieras que no”, reza un canto de Ocha, “con Iroke hay que contar”. Y porque en la ceiba se saluda a los okús – a los muertos –; “están los muertos”.

Los negros de ascendencia conga la llaman nkunia casa Sambi (árbol casa de Dios); nkunia Lembán, nkunia mabúngu, Ñángue, Gúndu, (Mamá Ungundu) Naribé, Sánda, Fiame, Nfúmba y Fumbe (muerto) Mamá Fumbe. Los que se reclaman de lucumís: Arabbá, Iroko, Elúwere, Asabá. (Iggi-Arabbá) Iggi-Olorun. (árbol de Dios).

Algunos viejos coinciden al explicarme que en Cuba no había iroko, que es una especie de caoba africana, y que los lucumís llamaban arabbá a la goma francesa, (que Sandoval también conoce por gógó). Sin embargo, la ceiba les recordó a iroko y la denominaron y “consagraron” con el nombre que en África se daba a un árbol inmenso, muy semejante e igualmente venerado en toda la costa de Guinea. Ocurrió lo mismo con otros muchos árboles.

“Aunque la Ceiba no es iroko legítimo, se la considera como iroko; y se la conoce unas veces por iroko, y otras por arabbá”. “Aquí la ceiba es como Obbáburo: un árbol de África, donde se hace fiesta”.

“Iroko es del santo Oddúa, que vive arriba en la copa”. “Iroko, es tronco de Olofi; el palo más santo y misterioso”. Mas Iroko, o Iroke, “puro lucumí Oyó”, – “lóko, se llama en Dajomi” – es un orisha, dueño de la ceiba, y a ésta se la designa corrientemente con el nombre de Iroko “que es santo varón y viejo; tiene una mujer, Abomán, que vive también en la ceiba, y una hermana que se llama Ondó”.

Iroko se baila con un lindo bastón todo revestido de collares y una escoba adornada de cuentas rojas y blancas. Este santo que se adora en la ceiba pertenece a la rama de Naná Burukú y de Ayánu, San Lázaro, lucumí y arará. “Y no baja Iroko, como Oro, el que ronca”: se le sacrifica un torete que pasean alrededor del árbol los santeros, con velas encendidas, antes de degollarlo. Entre tanto, le sacrifican gallos, gallinas, patos de la Florida y guanajos blancos. Todos los meses se le ofrecen pollos blancos. Otros pretenden que la ceiba le pertenece, no a Abanlá – la Virgen Purísima -, sino a Aggayú — “el Brazo Fuerte” -, pero se está de acuerdo en que todos los orishas “van” a la ceiba, y a Aggayusolá, a Changó, a Náná, a todos, se les adora en la ceiba; y a Dádda Awuru Maggalá – Gebioso -, el Changó Mayor de los ararás.

“Fortuna-Mundo” y “Niña-Linda” le dicen en el campo los mayomberos “por cariño, para chiquearla”, y se supone que “como es santa y está bendita nunca se utiliza para nada malo”; “la ceiba llora lágrimas cuando le proponen una maldad”, esto es, que cuando rezuma el tronco, quiere decir, le advierte al brujo: “no hagas ese mal, que no le aprovecha a tu alma”. Pero… Dios da permiso para todo. “Dios dice: cosas de los hombres que a mí ni me van ni me vienen. Allá se las hayan, que yo no me meto en nada”. De modo que la ceiba “lo mismo mata que da la vida”. Con su poder se obtiene todo, y todo consiste, como sabemos, en pagarle su derecho.

Existe una ofrenda que parece ser decisiva para ganarnos la buena voluntad y el auxilio de Madre Ceiba. Se salcochan dieciséis huevos, se hace en la tierra, bajo el árbol y en dirección al naciente, una cruz con manteca de cacao. Sobre esta cruz se van colocando los huevos desprovistos de la cáscara y se repite la misma petición cada vez que se le ofrece uno. Por último se le dice: “Deseo que en tantos días me concedas lo que te pido”, (“porque es prudente fijarle un término”…) y todavía será más eficaz el ruego, y el resultado plenamente satisfactorio, si junto a cada huevo se coloca un centavo viejo. “Para que un enemigo se tranquilice y no nos haga más daño, se salcochan cuatro u ocho huevos, se untan de manteca de cacao, aceite de almendra y bálsamo tranquilo, se tapan con algodón, y cuando la tarde declina, se llevan y se colocan entre las raíces de la ceiba y se llama a quien se quiera tranquilizar. Se habla con Obatalá que está allí en su mismo trono, y ella, la apaciguadora, se encarga de amansar y hacer variar a ese enemigo”.

“Una hermana de Oyá, muy delicada, que se tiene en cazuela de barro, representada por dos caracoles torneados de nácar, vive al pie de Iroko, y come (recibe el sacrificio) sobre una mesa.”

“Madre de todas las prendas, le da sombra a todo el mundo, ampara al que le implora. Sin
Sanda-Naribé no hay nganga”.

Además de los muertos que van a posar en su fronda, y de todos los orishas, mpúngus, inkisos o nkitas y nfúmbis, “hay en ella un fodú (vodu) potentísimo que se llama Bóku”, (arará). También lo encontramos en la palma real. “Iroko, Bóku, Lóko… son santos que radican en la ceiba”.

- Buenas tardes, Madre Ceiba, la bendición”, le oía decir en alta voz y persignándose, a una octogenaria que me acompañaba en un ingenio matancero cuando saludaba en mi presencia alguna
ceiba, y me decía, que se dirigía a ésta “como a la Señora Madre de Dios”.

- “Con su permiso voy a pisar su sombra”, se le advierte, pues jamás se debe pasar junto a una ceiba sin antes cumplir esta formalidad. “¡No volverle nunca la espalda, mucho respeto, mucha
urbanidad con Iroko!” La sombra sagrada de Iroko no se cruza, no se pisa sin excusarse de antemano y sin solicitar respetuosamente su consentimiento. A. Z. se tendió desaprensivamente a descansar un rato bajo una joven ceiba. “No pidió permiso, ni andaba creyendo”, decía él, “en tantas historietas de negros viejos”. Perdió el conocimiento. El espíritu le hizo saber qué era “fúmbe”. “Simbao”, – es decir, inconsciente -, estuvo más de dos horas, y desde entonces…

Cuanto más importante un hombre en la tierra, cuanto más elevada su jerarquía, más pronto al expirar irá su espíritu a refugiarse en este árbol. Los espíritus de los más ilustres, “los grandes, las cabezas grandes” – los moana mutámba – se albergan en ella: y aún más, vienen de Guinea los antepasados, los abuelos desconocidos a parar en sus ramas vigorosas. “Iroko es el punto de reunión de las almas”. “Africanos y criollos muertos, todos los difuntos se encuentran en Iroko”. “Iroko es siempre una asamblea de espíritus”… “Munansó de los Fúmbe”.

“Con los espíritus del monte, de nfindo, cunánfindo y de los árboles, están los espíritus de los muertos.”

Los mayomberos como hemos visto, llaman Fúmbe a la ceiba.

Así una joven a quien el alma de su madre atormentó un tiempo impidiéndole dormir y apareciéndosele en sus sueños agitados, le llevaba todos los lunes en una cazuela nueva, (para ofrecerle comida a los muertos se emplea siempre un recipiente nuevo) frijoles negros, un plátano salcochado y un pedazo de tasajo, no al cementerio, pues su madre había sido enterrada en un pueblo distante de La Habana, sino a la ceiba. Es menester cuidar que esta cazuela no se rompa en el camino; se la sostiene todo el tiempo con la mano izquierda y se marcha siempre en línea recta.

Generalmente en el campo las familias dan de comer a sus muertos en las ceibas, “porque arriba del árbol hay una santa sentada que llama a los espíritus, a todas las ánimas. Las ánimas difuntas van al árbol. Se hace un trazo en la tierra, y sobre este trazo se les pone siempre, de preferencia en una jícara o en un plato blanco nuevo, la comida que más le apetecía en vida, sin iyó, (sal), porque los muertos no pueden probar la sal; agua, café, bebida – si era de su agrado -, o tabaco; y se encienden cuatro velas. Allí se llama al difunto y el difunto viene”.

Iroko o nkunia Sambi protege a todos por igual: “no distingue rico ni pobre, es como el sol”. “Cuando el diluvio universal, fue el único árbol que respetaron las aguas”. “Era poyata del cielo”. Pilar. Las aguas se detenían a cierta distancia y los hombres y animales que se refugiaron en ella se libraron de perecer ahogados. Así no se extinguió la especie humana. “Por ella bajaron los hombres a la tierra”. Este papel de salvadora de las especies lo desempeña, en ocasión de una sequía universal que extermina a todos los seres vivientes, el aura tiñosa, la no menos venerada icolé, colé-colé, egú lugú o caná-caná de los lucumís, en un camino o avatar de Oshun, compaña inseparable de esta diosa. Es el nsuso – pájaro, mayimbe de los congos. En cierta ocasión “en que el cielo y la tierra se emperraron, y el cielo, para castigar a la tierra, no llovía”, el aura llevó la rogativa que hombres y animales, víctimas de aquella rencilla, le enviaron con ella a Olóddumare, pidiendo y obteniendo al fin su perdón. Desde entonces este pájaro nauseabundo, pero que todos los negros tienen, con razón, por sagrado y semidivino, mereció que Olofi lo bendijese – por eso no tiene plumas en la cabeza – y le asegurara el sustento por la eternidad. Lo nombró, además, “mensajero de los hombres y de Dios”.

“Caná-caná es el animal que cuando todo el mundo muere de hambre siempre encuentra qué comer”. Y ya se sabe en qué consiste la alimentación de este cuervo, devorador de carroñas y basuras. “Pero todo el mundo tiene que darle de comer, porque es santa, y a la par que come Elegguá, el día de un tambor, se le echan las tripas de los animales en el tejado. Los santeros tienen que alimentarla”.

A las altas ceibas viejas sin verdor, interiormente carcomidas por el tiempo, que elevan al cielo sus brazos gigantescos y torcidos, este nsuso Mayimbe, me cuenta un nieto de congo, va siempre a lamentarse después de la lluvia. “Cuando lángo-lángo mámba Sambiánpungo, Mayimbe guari-guari”… Es decir, cuando Dios llueve, Mayimbe refunfuña y se siente mal. Mayimbe no tiene nso, no tiene casa propia. Vive en cualquier parte. “¡No puedo seguir así, sin un techo; tengo que fabricarme una casa para no mojarme”, rezonga mientras cae la lluvia. Cesa el chaparrón, brilla el sol de nuevo y Mayimbe, posada en un muñón de la ceiba, abre las alas mojadas, “se pone en cruz” como dice d pueblo, para que Tángo (el sol) la seque, y entonces, todo d mundo le lanza alguna indirecta, se burla de ella.

“¡Insambirirá!”, dice entonces Mayimbe, “Ntoto luweña musi-musi”… Pero, a la vez que protesta por lo bajo, ve desde lo alto de la ceiba — “Inguirico cuenda mensu vititi Ngombe que nfüire yo úrria kiá mbisi kiá kiá luweña musi-musi, Insambirirá” -, ve al buey que va a morir. “No tengo casa… pero el sol ya me secó”, dice Mayimbe, “después que me coma al buey (ngombe), ¡me ensucio en todo el mundo!” Y hasta el próximo aguacero abandona d proyecto de hacerse de un techo que la guarezca de la lluvia.

Además de las auras, las lechuzas. Susundamba, por su parentesco con la muerte, se relacionan también con las ceibas, y a la par que los muertos, van a ellas.

“Susundamba, pone huevo en la ceiba con Mayombe,
Huevo en la Ceiba, con Mayombe.”

Fugitiva la Virgen María con el niño Jesús, se escondió en el hueco de una ceiba, “la ceiba se abrió” para albergarla y allí burló a sus perseguidores: el tronco se cubrió de espinas para proteger a la Madre y al Niño Divino. Desde entonces “las ceibas se abren una vez al año, y aparece la Virgen”. Muchos han tenido la suerte de verla. “Naturalmente, su madera es sacrosanta, pues no sólo la Virgen María la bendijo, sino que estuvo en contacto con los divinos cuerpos de la Madre y del Hijo. Otra de las pruebas de la santidad de este palo para el guajiro, es su limpieza: no produce basuras, la tierra que la circunda y recibe sus divinas emanaciones está siempre exenta de hojas secas, y cuando florece y arroja el tenue vellón de sus flores casi impalpables, que se emplean en colchones y almohadas, lo esparce a lo lejos: “para no ensuciarse, de escrupulosa que es”.

Como otros árboles – la palma, el jagüey, padre de palos y la caña brava, la ceiba le habla al brujo que se prepara para conversar con ella. Este, “jura nganga” en la ceiba y golpea impetuosamente el tronco con su cabeza, ¡oh milagro! sin hacerse daño.

Se sabe que de noche las ceibas conversan, andan y se trasladan de un lugar a otro. “Caminan por la sabana”. Sobre este deambular nocturno de las ceibas, por odá, la sabana, Juan O’Farril nos relata la historia de un hombre que tuvo la suerte de sorprender el diálogo de dos ceibas.

Pero antes, entona el mambo que se les canta en los juegos de palo, a la media noche.
Sanda Naribé Ndinga mundo
Sanda Nkunia Naribé Pangalán boco.
Sanda fumandanga Medio tango
Dinga nguei Bobbela Ngúngu
Medio tango…
“Era un hombre muy pobre que tenía una caterva de hijos. Le sorprendió la noche en el campo, lejos de su casa; cansado, pero no queriendo volver sin llevarles algo de comer, se acurrucó a descansar un rato en el estribo de una ceiba. Se quedó dormido. Serían las doce, hora en que las ceibas caminan, cuando lo despertó un ruido. El ruido era un bulto negro grandísimo que venía hacia él, que quedó muy quieto donde estaba y que era otra ceiba que se acercaba.

Las ceibas saludándose: Malembe Nguei, Malembe Mpolo.

– ¿Kindiambo, kilienso guatuka nguei? (¿Qué hay de nuevo?)

- ¿Qué hay? Pues figúrate que yo vivo frente al palacio del alcalde – le dice la ceiba que va de paso a la otra, que empieza a mover las raíces para irse también de recorrido -, y que el
alcalde no hace más que llorar y llorar desde ayer, como si fuese una mujer, porque su hija ¡búta ndumba! (muchacha bonita) se le muere de una enfermedad que nadie sabe curar y que no tiene
más que un remedio.

– ¿Cuál? – pregunta a la otra ceiba.

- Si la envuelven en una sábana nueva y la tienen tres horas sobre una paila de guarapo llena de leche hirviendo con canela y miel, tomando el vapor de esa leche, y rezan sakula musakula múnbansa musu kuenda sanga ntiba karidi fuyánde… esa muchacha se salva.

- Es verdad, – dijo la ceiba -. Ese es el remedio. ¿Y ahora, adónde vas?

– Voy a ver a mi tía.

- Y yo a mi hermana.

- Buen lúmbo…

La ceiba no se había dado cuenta que tenía a aquel hombre escondido en los estribos, porque cuando él llegó, ella estaba durmiendo. El hombre se fué muy calladito, sin meter ruido, pero había oído lo suficiente…

De noche las ceibas se despiertan a eso de las doce y salen a hacerse visitas, tienen sus tertulias y sus diversiones. Esas se quedaron paliqueando hasta tarde y el pobre, kíangana, kíangana, kíangana, llegó al palacio de la Alcaldía y esperó a la puerta hasta que aclaró. Dijo que era un médico que no curaba más que a los enfermos muy graves, y el alcalde lo mandó a entrar.

- Si me curas a mi hija te haré rico. Si mi hija se muere mando que te tronchen la cabeza.

El hombre vio a la enferma, rezó e hizo todo lo que le había oído a la ceiba. ¡La muchacha sudando la gota gorda sobre la paila de leche hirviendo! A las tres horas la llevó a la cama bien envuelta, para que no se enfriase. Cada vez respiraba mejor. Mandó a abrir las ventanas que no se abrían desde hacía muchos días. Entró el rayo del sol: la enferma abrió los ojos. Ya se curó. El alcalde le dice al pobre: Yo quiero que usted sea el médico de la familia.

- Señor alcalde, yo no sé curar más que a los que no tienen cura.

Lo metieron en una volanta, se la llenaron de dinero, y se apareció en su casa. Ahora… ¡a comprar de todo!

Por estas cosas raras, de la noche a la mañana, se hace rico algún pobrete.”

Recinto del Todopoderoso, de Babbaddé, de todos los Obatalá – hembras y varones -, el que se encomienda a la ceiba y algo le ofrece a cambio de un favor, debe ser muy exacto en cumplirle lo prometido. En la leyenda, Madre Iroko-Oko castiga implacablemente al moroso que olvida la gracia concedida y dilata peligrosamente el pago de la deuda. He aquí una de estas historias que acompaña un canto muy conocido y gracioso, pues el narrador imita con los brazos – las ramas – y con los pies – las raíces – los movimientos de la danza del árbol grandioso.

Erubbá, la vendedora de frutas iba al mercado y cruzaba a diario junto a iroko con su canasta en la cabeza. Todos los días le dejaba alguna ofrenda y le pedía la gracia de concebir un hijo que la acompañase, y más tarde, la ayudase en sus trabajos. En pago de aquel favor Erubbá le prometió un carnero. Madre Ceiba atendió su ruego y “Erubbá… Achú kwán” – iya obi omó: dió a luz una niña. Sin embargo olvidó sus ofrecimientos. Dejó de visitar a Iroko. Así es el mundo, y casi nadie, sólo cuando truena, dice Changó que la gente se acuerda de decirle:

“Káwuo Kabie Si
Oggana malla malla junto
Déddé mitoné”

y de echarle agua en las puertas o quemar el guano bendito.

La niña creció, y un día Erubbá pasó con su hija por la sombra de Iroko. Erubbá saludó, más siguió de largo con su canasta de frutas en la cabeza. La niña se detuvo junto al árbol al que debía la vida. Recogió una piedrecilla, una yerba que le llamó la atención y no hizo caso de su madre que continuó andando más de prisa que de costumbre, como quien esquiva la explicación a que se siente obligado un deudor que se tropieza a su acreedor. Cuando a cierta distancia prudencial, Erubbá se volvió para llamar a su hija, vió a Iroko bailando:

“¿Yllón. yon, kuán, omó layón Kuán!”

La inmensa Iroko bailaba; abrían sus raigones un hoyo en la tierra y la niña se hundía en aquel hoyo. Erubbá corrió a rescatar a su hija, pero ésta sepultada ya en la tierra que se cerraba de nuevo en torno suyo, sólo tenía de fuera la cabeza.

– “Perdon, Iroko”, – gimió la mujer -, “te pagaré lo que te debo”. Y comenzó a ofrecerle:

“Curucarukú yeyé curé oguttá
Omolé ambio oumolé
Omolé ambio oumolé
Omolé ambio yán
Yán Yán Iroko”.

La ceiba, inexorable, continuaba bailando y le cantó a su vez:

“Yón-Yón-Yón kuá mi
Omólorayón kuán
Como layón kua mi”.

Y se tragó a la hija de Erubbá.

“Para lograr un hijo hay que hacer rogación al pie de Iroko, pedírselo, y todos los años, si lo concede, llevarle un carnero en pago”.

(No es Iroko, es Bomá quien da hijos a las mujeres.)

“Cosas muy grandes han sucedido siempre en las ceibas. María Kinga, – Yaya-lánde -, voló a su tierra desde una ceiba en un monte de la finca Valladares.”

“María Kinga se llamó en Cuba. En África dicen que María Kinga se llamaba Eyandé Laué y que era hija de un jefe brujo, un Nfumo. Que nació en una cueva de culebras y que se crió jugando con las iniokas (culebras). La robaron los traficantes. Vino a Cuba y la vendieron al Santa Ana del Limonar. El mayoral se enamoró de la negra. Ella no lo quiso. El mayoral mandó que le dieran componte. María Kinga huyó del barracón a un horno de cal. Pero se descubrió donde estaba, cercaron el horno y la negra escapó a vuelo y fué a parar a Alacranes, al pie de una ceiba grandísima. Los rancheadores la descubrieron sentada en un estribo. María Kinga los vió venir con los perros, y subió a lo más alto de la ceiba.

“Empezaron a derribar el árbol. De repente una tromba en forma de águila se abatió sobre la ceiba, y María Kinga desapareció con ella, y volando se fue a su tierra. Su padre era mfumo-Sánga, más que Kintoala. ¿Cómo no iba a protegerla la santísima ceiba, que es madre de los nkitas?”

Un taita nkisi me cuenta que el encuentro de Tubisi Insambi y de Mpúngu Nsambi, el Dios Mayor del Cielo y el de la Tierra, ocurrió, al principio del mundo, a la sombra de estos árboles.

Ambos tenían las piernas rígidas; “no podían doblar las rodillas. Eran enterizas. Tubisi Nsambi era Dios y Mpungu Nsambi era Santo. Nacieron separados, cada uno en un extremo del mundo: no se conocían y se runieron por casualidad junto a la ceiba, el árbol de Tubisi Nsambi y de Mpúngu Sambi: de Dios y de los santos. Bravos, peleones, no mataban, pero pegaban y eran invencibles. Cansados de ganarle a todo el que luchaba con ellos, salieron de sus respectivos territorios buscando algún rival más digno de enfrentárseles. Anduvieron mucho y en el medio del mundo se encontraron.

Oscureciendo, cada uno por un camino diferente, llegaron a una ceiba (que estaba en el centro de la tierra). Tubisián Nsambi llegó primero y se acostó. Un poco más tarde llegó Npúngu Nsambi y se tendió enfrente, al pie de otra ceiba cubierta por un jagüey. Al aclarar se despertaron: Tubisia Nsambi abrió los ojos y vio a Mpúngu bajo la ceiba-jagüey, bostezando y estirándose.

Dijo: – Buenos días, amigo. ¿Qué te trae por aquí?

- No me gustan las preguntas, contestó Mpúngu, y saltó sobre Tubisia Nsambi.

Tubisia, en la lucha, lanzaba al aire a Mpungu, y Mpungu caía derecho sobre sus piernas. Al fin los dos se partieron las piernas y Tubisia Nsambi-Nsambi dijo: Ya nadie nacerá con las piernas rectas.

Otro viejo mfumo-ngánga, al asegurarme que todo el que se acoge a la ceiba pídiéndole auxilio obtiene la protección de la Virgen María, ilustra su afirmación con esta historia: “Ngana Santa María, Ceiba, Fortuna Ngongo, tiene misericordia. Lo que le voy a contar, milagro de ceiba, fué así.

Una mujer parió una hija sarnosa. Le dio tanto asco que dijo: — ¡No quiero hija con tanta ñáñara! y la abandonó en un basurero al pie de una guásima. Ud. sabe, la guásima es árbol que no tiene responsabilidad; allí se cuelga a un hombre y no hay novedad. La justicia no indaga.

Vino un nsuso, un pájaro, la vio y dijo: ¡pero si es una criaturita de Dios, y está viva! Yo me la iba a comer, pero… también soy madre. La envolvió en un algodón y la depositó en la raíz de una ceiba. Al día siguiente la vio un tié tié. La recogió y la subió a la ceiba, y allí arriba le dijo: Con su permiso, ayúdeme, la voy a llevar al cielo. La ceiba le dio fuerzas, y con la niña bien envuelta en algodón, llegó al cielo cantando.

Yén yén yéguere mayém
Kiva mío
¡ Prúu!
Kwá mío Kwámio

Y tocó a la puerta y la misma Virgen le abrió.

-¿Quién es?

- Yo, Tié tié.

Dijo la Virgen:

– ¡Alabado sea! Tan lejos como estamos y hasta aquí nos persiguen ustedes…

-No, señora Mamita. Mira lo que traigo.

– ¿Pero quién parió ese muchacho? ¡Dámelo acá! Pobrecito…

Le dio un baño de yerbas y se le quitó del cuerpo el granerío. Y era una niña muy linda.

– Bueno, bueno, Tomeguín.

La Virgen escribió una carta.

- Dale esta carta al Gavilán, (el rey de los pájaros). Ahí le digo que al Tié tié ningún otro pájaro lo agarre en el monte. Y que él dé un bando ordenando que todos te ayuden y favorezcan.

Sí, el Tomeguín tiene muchas virtudes”. Lo veremos igual que al Zún Zún como un elemento de gran valor en la preparación de muchos filtros, polvos y amuletos. “Por eso cuando él hace su nido, los demás pájaros lo ayudan.

Arriba la niña recogida creciendo con la Virgen María, sana y bonita, y abajo, la mujer que la había echado a la basura por sarnosa, parió otra hija que nació sin bubas.

Un día que la mujer la mandó a su campo a pilar arroz, pues desde muy tierna la obligó a trabajar y la maltrataba, la hermana que estaba en el cielo la vé pilando, descascarando y aventando el arroz, recogiéndolo y guardándolo en una vasija. Y la que estaba en el cielo, con permiso de la Virgen, bajó por una cadena, con un pilón de oro, una mano de oro y un aventador. Y le dijo a su hermana:

- Descansa; acuéstate en el pajón, que yo trabajaré por ti. Y le dijo quien era y donde vivía. Le contó cómo su madre la había echado a morir en el basurero, como una basura más.

– ¡Ay! ¡yo quisiera ser también hija de la Virgen! ¿Es muy bonita?

- ¡Tás jugando! ¿si es bonita? ¡Lo más lindo que hay! Y bien vestida… ¡Echa un lujo! Pero… ¿cuanto arroz te mandó a pilar Mamá?

– Doce mancuernas.

- Descansa.

Y la hermana a dar pilón:

Amo góró baragá
Amo góró baragá
Abóngo fánga
fánga fánga

Cuando terminó, prontísimo, dice la otra asombrada:

– ¿Y como podré ahora cargar tanto arroz?

La hermana se lo llevó hasta la casa, porque el arrozal, el conuco, estaba a distancia de la casa.

La madre cada vez fué cargando más de trabajo a su hija, que rendía por cuatro. Era una mujer de muy malos sentimientos.

Prosperaba, y como no trabajaba, que el arroz se le daba tan abundante, y su hija todo se lo hacía, empezó a dar fiesta; y la chiquita metiendo el hombro para que su madre fiestease. Pero la hermana le decía. Juega, que yo termino pronto. Y en un momento despachaba la labor.

Ahora la madre prepara un banquetazo para todos los amigos y los parientes y había que pilar mucho, pero mucho arroz. Llevó a su hija al conuco, la dejó allí, y apenas volvió la espalda, bajó la hermana. Se besaron… (por eso, desde entonces en el mundo las mujeres se besan) y ese día, trajo chocolate del cielo y bizcochuelo y una botella de vino dulce, que su hermana no había probado nunca en la tierra.

Tanto arroz llegó una hora después a la casa que la mujer tavo sospechas de algo raro.

–¿Tú sola, pero tú sola, pilaste todo eso? ¿Nadie te ayudó?

– Yo sola… ¿Quien me va a ayudar?

Y la mujer le dijo en secreto a su marido:

- Ella sola no puede haber hecho eso. Por mucho que coman los invitados, sobrará arroz. Vé al pueblo a vender la mitad.

Y a la hija le dijo: Mañana apílame otro tanto.

La hija obedeció y fue temprano al conuco. Los padres se habían levantado antes que ella y se escondieron para observarla.

– La muchachita miró al cielo y llamó a su hermana.

– ¡Ngó! vamo a vé…

– Y la hermana enseguida bajó por la cadena.

Los padres vieron a la señorita que bajaba del cielo por una cadena, que abrazaba y besaba a su hija y luego le decía:

- No hay prisa. Siéntate que te voy a peinar. La peinó, la vistió con un vestido azul celeste que le traía, y luego los padres oyeron lo que hablaba. Sí, porque la del cielo hablaba alto con toda idea, para que la oyesen:

– Mi madre me tiró al basurero. Nuestra madre es malvada. Mayimbe me retiró de la basura y me llevó al estribo de Mamá Ungunda. Como es cosa de la Virgen, con favor de Ngunda, el tié tié me llevó al cielo, y en el cielo estoy con mi Madrina la Virgen Santísima. Ella me dió el pilón de oro y la mano de oro.

El padre no sabía lo que aquella mujer había hecho con su primera hija. El hombre no era tan malo. Aquello le dolió… A la madre, oyendo escondida, como era avariciosa, le entraron ganas de robarse el pilón y la mano de oro.

- Hoy no trabajamos. Magdalena y la Caridad del Cobre tienen visitas y voy a apilar en el cielo para los santos. Y se puso a bailar y a hacer como si apilara.

Yen yen Ngó
Mandarin fangara
Ko maranguen
Ke abororin

- ¡Y ahora, que si se me escapa para el cielo se me lleve el pilón y la mano de oro! pensó la mujer. Y con la rabia que le dio esta idea salió arrebatada para coger mano y pilón y a las hijas también; pero la hermana mayor, agarrando a la chiquita, se colgó de la cadena. Y las dos subieron sin olvidarse del pilón y de la mano y se perdieron de vista entre una nube.

El marido mató a la mujer como a un perro, y las muchachas, hasta ahora, en grande con la Virgen María, que en congo se llama Kéngue.

Ni el dinero se queda callado en ningún bolsillo, ni se queda sin castigo el daño que se hizo en esta vida”.

Hace mucho tiempo, – me cuenta también un joven babalao (Patakin de Odi-Melli) – “cuando empezaba el mundo”, los cadáveres no se enterraban, se llevaban al monte y se depositaban al pie de las ceibas. Fué un marido burlado, Mofá, quien puso fin a esta costumbre e hizo cavar la primera fosa para castigar a su mujer, a quien enterró viva… Este Mofá de la leyenda vivía prendado de su mujer, que no lo quería ni a él ni a su hijo, y tenía un ale, un amante que no valía lo que Mofá, y que estaba muy lejos de amarla como Mofá. Sin embargo, le decía a Mofá que no podía vivir sin él, y al amante, que no podía sufrir más la presencia de Mofá. Un día éste le preguntó si estaba dispuesta a deshacerse de su marido. El hombre había ideado que se fingiese muerta, y cuando la dejasen bajo la ceiba, él iría a buscarla de madrugada y la conduciría a su casa. Dicho y hecho: y aquella misma noche la mujer murió. La desesperación de Mofá no tuvo límites, pero llegó el momento en que no quedó más remedio que abandonarle el cadáver a Iroko, y el amante, como habían convenido, a la madrugada se la llevó del monte tan viva como estaba a la hora de su muerte, y después de su muerte repentina.

Pasó algún tiempo y el amante de la mujer de Mofá, que vendía quimbombó en la plaza, pensó que era ella quien debía vender d quimbombó y él quedarse en la casa sin hacer nada. Y la mujer ocupó su lugar en el mercado. Un día vio venir a su hijo que, sin sospechar quien era, tenía costumbre de comprarle el quimbombó al amante de su madre. El hijo la reconoció y le echó los brazos al cuello, pero aquella mujer lo rechazó con la mayor dureza protestaado que no era su madre, ni madre de nadie. Sin embargo, el muchacho no dudó un instante: volvió a su casa, le aseguró a Mofá que su madre vivía y que se hallaba en el mercado vendiendo quimbombó.

- Desgraciadamente tu iyá está muerta, hijo mío. Muerta la dejamos bajo la ceiba.

Tres días después, cediendo a la insistencia desesperada del muchacho, Mofá fue a la plaza y reconociendo al punto a la mujer que había adorado, también la quiso estrechar en sus brazos. Ella gritaba con toda la fuerza de sus pulmones, pero el pobre Mofá gritaba más recio, y un gentío que no tardó en rodearlos presenció aquella extraña escena.

Acudió el hijo de Mofá, que había seguido los pasos de su padre, y se descubrió públicamente la traición de la mala mujer que había hecho a la muerte cómplice de su delito. La muchedumbre pedía un castigo, y Mofá propuso – temiendo una nueva traición – que se abriera en la tierra un hueco muy hondo y quedase allí enterrada como una semilla. “No era costumbre en aquel pueblo”, especifica el babalawo, “que las mujeres tarreasen (sic) a sus maridos”. Y a partir de aquel suceso los cadáveres no se llevaron más a Iroko, como había sido costumbre, sino que se sepultaron a cuatro metros bajo tierra.

Enterrado hasta los hombros cabe una ceiba, estuvo largos años el gran dios Adivino Orula u Orúmila, — San Francisco, el padre Tiempo de los congos – que nació, según una versión, después del juramento que hizo Obatalá de no tener más hijos varones. Se comprende la terrible decepción que llevó a Obatalá a formular semejante juramento: su hijo Oggún había cometido incesto con su madre, Yému. Pero Changó, su hijo predilecto, su confidente desde la niñez, había escuchado de sus propios labios la historia de aquella tragedia familiar y odiaba a su hermano Oggún, maldito desde entonces por el Padre, y condenado a trabajar, eternamente, en forma de hierro.

Changó ya había vengado también de cierto modo a su padre, robándole a Oggún su mujer Oyá, y ahora deseaba salvar a su hermano Orúla. Sirviendo de pretexto cierta angustiosa y difícil situación por la que hubo de atravesar, como rey, Obatalá, y que acaso, debido a sus años, no podía vencer, Changó supo aprovechar una ocasión en que Obatalá se lamentaba en presencia de Yému, su mujer, y de Elegguá, el más pequeño de los orishas, de la adversidad que lo perseguía, aumentando a su edad, trabajos y quebrantos. Changó insinuó que el origen de aquellos males era sin duda el enterramiento de Orula.

- “¿Y que puedo hacer ahora?”, preguntó Obatalá. “Orula está en manos de Olofi. Yo mismo lo enterré vivo debajo de una ceiba. ¡Orula está en manos de Olofi!”

Ignoraba Obatalá que Elegguá lo había seguido aquella vez y había visto en qué lugar, – donde se alzaba inmensa al cielo una ceiba solemne – había sepultado a Orula, dejándole, – detalle que no recordaba el anciano y desmemoriado dios,- la cabeza y los hombros fuera de la tierra; que todos los días su madre Yému le enviaba de comer con Elegguá; que la ceiba lo protegía de todas las inclemencias; que Orula en fin, vivía, pero preso más que nada; por el juramento, la palabra, oro, de su padre.

- “Orula aún vive”, le dijo entonces Elegguá. “Al pasar junto a una ceiba vi un hombre, negro colorado, enterrado hasta los hombros. Y nunca desde que lo encontré he dejado de ir a la ceiba
a alimentarle”.

Recordó Obatalá y exclamó: “Ese hombre, al amparo de la ceiba, es Orula”.

- “Orula, Babami”, – volvió a decir Changó! “tiene la gracia de Olofi en su lengua y en sus ojos y puede poner fin a nuestros males”. Obatalá se aprestó a partir inmediatamente en busca de la ceiba que cobijaba a Orula. La leyenda añade que habiendo perdido la memoria, no recordaba ya el camino, y que Elegguá, para no herir su susceptibilidad, y orientarlo sin que el Viejo se percatase, se le aparecía en todas las esquinas y por el sendero, asumiendo formas distintas, hasta llevarlo a la ceiba. Y cada vez, también, que Obatalá se encontraba con un personaje diferente, le ofrecía un poco de comida que llevaba en una cazuela. Ibéru Babamí, le dijo Orula al verlo. “¡Ibósise, Orúmbila!” respondió Obatalá y lo desenterró. Cortó un pedazo del tronco, hizo un tablero de adivinar con la madera, que es sagrada para todos los babalawos, y se lo entregó a su hijo, a quien hizo dueño de Ifá y del tablero. Orula comenzó a “registrar” inmediatamente, y como bien había dicho Changó, halló los medios de triunfar de cuantas dificultades abrumaban en aquella época a Obalá y a los orishas.

En otra ocasión, Obatalá ordenó a tres de sus esclavos, a Aruma, a Addima-Addima y a Achama, que fuesen a cortar guano (marigwö) para hacerse una casa. Addima-Addima tuvo la precaución de hacer ebbó antes de internarse en el monte, pero Orula, le pidió para hacércelo el machete que llevaba – que no era suyo, sino de Obatalá – y cuando se reunió con Aruma y Achama, y le vieron sin machete, éstos se rieron de él. Le dijeron que cortase el guano con los dientes y lo dejaron solo.

Addima Addima dispuesto, no a cortar las pencas con los dientes, pero sí a arrancarlas con las manos, se entró en el monte buscando las palmeras más bajas. Una ceiba llamó enseguida su atención. Un bulto extraño colgaba atado al tronco. y Addima, ayudándose de un palo, logró desprenderlo y hacerlo caer. Halló dentro una gran cantidad de plumas de loro. El hallazgo era de una importancia incalculable… Obatalá en secreto buscaba con gran afán plumas de loros. Estos escaseaban extrañamente desde hacia tiempo, y nada podía tener tanto precio a los ojos del gran Orisha, modelador y rey del género humano, como aquellas plumas que a la sazón necesitaba urgentemente. Addima Addima sabia tejer. Tejió inmediatamente un cesto de mariguano y en él guardó y dispuso lindamente las plumas codiciadas. No había terminado de amarrar aquel precioso cesto cuando vio cerca de la ceiba un ayanáku, un elefante muerto. Le arrancó los dos colmillos blancos, magníficos, y los ató con las plumas.

Achama y Aruma llegaron mucho antes que Addima-Addima al ilé de Obatalá. Y el Orishánla preguntó por Addima. “No sabemos. No siguió con nosotros. Nos dijo que le había entregado a Orula su machete”. “¿Mi machete? ¿El machete que le di para que me sirviese?”, tronó Obatalá. Y llamó a Oggún y le dijo: “En cuanto llegue Addima-Addima, que ha perdido mi machete, cortale la cabeza y bébete su sangre”. Y Oggún, — unlo oló adá okutá, — afiló su machete y se sentó a esperar a Addima- Addima. Pero cuando éste apareció, lo primero que vio Obatalá fueron las plumas de loro y los espléndidos enjinrin, colmillos, que traía el muchacho muy ufano, y le hizo un gesto a Oggún que iba a ponerse de pie para cumplir sus órdenes.

Addima-Addima colocó ante Obatalá las plumas y los marfiles. Éste envió a buscar un chivo y se lo entregó a Oggún. “Toma este chivo, córtale la cabeza. bébete la sangre, y márchate”. Y en su alegría, Obatalá bendijo a Addima que “había visto lo que él necesitaba”; lo cubrió de riquezas, y por ifóyúe, igó, ciegos y estúpidos, castigó a Aruma y a Achama.

(“Addima-Addima,” dice N. “es Changó, pero ya muchas santeras jóvenes no lo saben”.)

 

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