ene 08

El Obe Kapanado o Cuchillo ¿Una Parafernalia Cubana?

Un sacerdote de Ifá acabado de salir del Igbodun, aunque haya recibido la ceremonia de Ijoye, aun no es considerado completamente sacerdote de Ifá hasta no pasar por la ceremonia de Obekapanadu también conocida por ADA ORISHA que está contenida en el Odu Osa Meyi (y otros), inclusive del Ifá Tradicional Nigeriano.

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dic 11

El Ijoye; Un Despiadado Acto de Brutalidad Cubana?

El llamado Ijoye, es un ritual que se efectúa en el séptimo día de la iniciación de Ifá y ese día es donde al iniciado se le entrega su Ifá. Por lo tanto el Ijo Oyé, como se explicó antes, quiere decir Día de la Coronación. En ese día también se le dan golpes al iniciado en nuestra tradición. Esto es un ritual que está avalado tanto en las escrituras de Ifá Afrocubano, como en las escrituras del Ifá tradicional y en los dos casos, el personaje central es Akala hijo de Orisa, de quien Orunmila se venga por las vicisitudes que Orunmila pasó con Akala. Continuar leyendo

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jul 09

Religión Yoruba en la Regla de Osha Afro Cubana

Se sabe que en el Nuevo Mundo existen diversos sistemas religiosos significativos generados entre una fe no cristiana y otra cristiana, a partir del siglo XVI, Regla de Osha Lucumí, Regla Osha Arara; El Candomblé, El Vudú y El Shangó de Trinidad, La Ubanda, La Macumba, La Kimbanda y El Batuke entre otras, nacidos de la fusión de dos ingredientes principales, a saber: las antiguas Tradiciones Religiosas Yorubas y el Catolicismo europeo entre otros factores.

Desde entonces son muchos los Babalawos, los santeros y santeras, los padres y madres de santo y, los hounganes y mambos del Vudú -incluyendo a una gran cantidad de devotos-, a los que se les oye decir con frecuencia, que ellos practican la “Religión Yoruba”, en lugar de referirse en particular al nombre de la religión afro americana específica de la cual son seguidores y/o simpatizantes. Continuar leyendo

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mar 26

Música y Danza Cubana con sabor Africano

Después del exterminio de la población aborigen por los conquistadores españoles, una nueva población cubana se desarrolla, resultado de la mezcla entre africanos y españoles. La danza y la música contienen elementos tomados de los diferentes grupos étnicos que formaron esta población Las tradiciones, creencias y costumbres traídas por estos inmigrantes fueron moldeadas a través de los siglos por las condiciones económicas, sociales, políticas y geográficas para dar lugar a lo que será la cultura nacional de Cuba. Las principales raíces son hispano-africanas que tuvieron más tarde los aportes franco-haitianos, asiáticos y otros, pero el pueblo cubano supo enriquecer cada vez su estilo de vida integrando estos diferentes componentes.

América fue descubierta por los españoles en 1492, pero no es hasta después de los comienzos de la conquista en 1511, que se implantan las costumbres españolas. Los esclavos africanos traídos desde principios hasta finales del siglo XIX, tuvieron una influencia directa en la sociedad cubana. Alrededor de un centenar de grupos étnicos africanos llegaron a Cuba durante los siglos de la Trata de Negros, pero solamente cinco de ellos han dejado ahí sus huellas: Los Yoruba (o Lucumíes) originarios de la parte occidental de Nigeria, los Congos (o Paleros) provenientes de la región próxima a la desembocadura del rio Congo, los Abakwá (o Ñanigos o también Carabalíes) del sur de Nigeria, los Arará de Benín y los Gangas de Sudán. La mayoría de sus modos de vida fueron integrados y adquirieron sus propias características.

El elemento religioso que provenía de estas etnias está profundamente ligado a muchas manifestaciones culturales (danza, música, etc.) y cohabita con las expresiones profanas desarrolladas paralelamente. Las percusiones y las danzas folklóricas cubanas reúnen elementos africanos y europeos, pero con un fuerte predominio de los primeros. Las percusiones y las danzas de origen Yoruba en Cuba se destacan por su variedad, expresividad y riqueza de movimientos. Los ritos y fiestas religiosas de la llamada Regla de Osha, más conocida con el nombre de Santería, constituyen la más fuerte expresión en Cuba.

Actualmente algunas danzas han perdido su carácter esotérico y se han incorporado al repertorio de los conjuntos de danza profesionales y aficionados, además, muchos movimientos y pasos de estas danzas se han integrado a las danzas populares de salón como el Mozambique, el Pilón y otros. Las danzas Congo de origen bantú, son una mezcla heterogénea de gestos y pasos. Son muy importantes en las ceremonias de los Paleros, como en todas las manifestaciones de orígenes africanos donde los cantos son primordiales, pero no tienen la riqueza mímica de los yoruba. Los Abakwá se expresan por intermedio de uno de los personajes más pintorescos del folklore cubano, el diablito o Iremé cuyas danzas se encuentran entre las más características del folklore en Cuba.

Es necesario mencionar el nacimiento de una fiesta, de origen negro, pero de orden totalmente laico llamada rumba, y que se convirtió muy pronto en sinónimo de la danza o más bien de las danzas del mismo nombre. Existen tres formas o estilos principales de Rumba: el Yambú, el Guaguancó y la Columbia.

De origen africano es también la Comparsa, danza de grupo que era ejecutada durante las fiestas profanas de los esclavos y los carnavales. A la danza y la percusión de la comparsa se les llama la Conga, que se ha convertido en la danza típica del carnaval gracias a su carácter colectivo y a la sencillez de sus pasos.

La música y la danza que forman el llamado ciclo popular vienen de la Contradanza (deformación de la palabra “Country Dance”, danza de origen inglés) traída en 1791 a Cuba por los colonos que huían de las sublevaciones de esclavos en Haití y Santo Domingo. Este ciclo popular es muy vasto pues a partir de la Contradanza siguieron más tarde la Danza, el Danzón, el Danzonete, posteriormente el Mambo y el Chachachá, para concluir con todos los ritmos y pasos danzarios elaborados durante estos últimos años, gracias a la creatividad de las orquestas de música popular y del pueblo mismo. Podemos citar entre otros, el Pilón, el Mozambique y el Songo. El Son, originario de “Oriente” (sudeste de la isla), es uno de los más antiguos géneros de la música popular y viene directamente de la fusión de los cantos de trabajo de los esclavos con las canciones españolas. La danza de origen campesino llegó a La Habana adoptando nuevos estilos. Es una de las danzas más populares en Cuba. Para completar el panorama, podemos citar también las percusiones y las danzas de origen haitiano de la parte oriental del país, la Tumba Francesa, y el Zapateo de origen hispánico.

De esta manera, las influencias musicales que provienen actualmente de Cuba repercuten en el interior de estilos diferentes como el jazz, el rock e incluso en la música clásica y contemporánea. La música afrocubana continúa siendo una fuente inagotable para los músicos y compositores de todos los horizontes.

El panteón Yorùbá y su mitología han sido comparados con los de la antigua Grecia. Los dioses Yorùbá tienen características humanas como el vicio y la virtud. En los mitos se relatan los hechos, las aventuras y la vida de estos dioses para posteriormente evocarlos en los ritmos, las danzas y los cantos.

Los tambores llamados Bàtá, con dos membranas o parches de diferente tamaño, el mayor llamado Inú y el más pequeño Chacha, se golpean con las manos y se sostienen horizontalmente sobre las rodillas. Existen tres tambores de tamaño diferente: (en orden decreciente) Iyá o el Mayor (la madre), Itótele o el Segundo y Okónkolo. El tambor mayor, Iyá, está provisto de hileras de campanillas (Shaworó). El sonido de la membrana se modifica al pegarle en su centro un anillo o aditamento resinoso. Además de los tambores hay unas maracas (Atsheré o Güiro).

Los Bàtá son utilizados en las fiestas religiosas presididas por un espíritu (Aña) que vive en los tambores y se encuentra simbolizado por un secreto (Fundamento) introducido en el interior de cada instrumento durante su consagración.

Existen varias intervenciones, por ejemplo, el Oru del Igbódù (u Oro Seco), donde los tambores Bàtá tocan solos en honor de los Orishas. Pero habitualmente, las percusiones acompañan a los cantos y danzas. Las fiestas en la Santería sirven para expresar la gratitud o el descontento hacia uno u otro de los dioses. Hay también fiestas que se llaman Bembé. Durante estos acontecimientos festivos no se deben utilizar los tambores sagrados sino los Güiros (llamados también Awes o Shekerés), un tambor más una guataca (tipo de pico).

En las regiones rurales se utilizan frecuentemente tambores llamados Tambores Bembé. Existe un cierto número de Orishas más o menos importantes unos que otros y cada uno de ellos puede tener varios ritmos, cantos y danzas diferentes. Todas estas danzas pueden ser clasificadas en independientes (los bailarines, agrupados frente a los tambores, bailan de manera introvertida y sin relación entre ellos) y las colectivas (Aro de Yemayá), en círculo donde uno se desplaza en el sentido contrario a las manecillas del reloj. Las danzas se ejecutan durante la presentación de los iniciados delante de los tambores Bàtá, por el aniversario del Dios y por el aniversario del día de la iniciación, Estas ceremonias se Llaman Wemilere. Los más importantes durante la celebración de estas fiestas son los tocadores de Bàtá (0lubatá) y el cantante solista (Akpwón), al cual responde el coro (Ankorí). Los bailarines se desplazan con relación a los tambores según sus niveles en la jerarquía de la Santería. Las danzas de la Santería son sin dudas las más variadas. Los movimientos más importantes son los realizados con la ondulación de la espalda que se transmite a los brazos y hasta los dedos. Aparente monotonía de los pasos que esconde una verdadera riqueza de movimientos.

La Rumba El origen de la Rumba es Ganga, es decir, que proviene de ese pueblo africano llevado a Cuba durante la esclavitud. Pero otros elementos musicales de origen Bantú, Yorùbá, Carabalí, etc…, son fácilmente reconocibles y su origen africano exacto es muy difícil de precisar.

La abolición de la Trata de Negros y de la esclavitud sólo fue un hecho concreto en Cuba hacia 1886. Con la liberación de más de un cuarto de millón de negros otro problema surgió: no poseyendo tierras y no pudiendo procurarse un lugar donde vivir, afluyen en gran número hacia la periferia de las grandes ciudades. Es el comienzo de los barrios marginales de Regla, Guanabacoa, etc. Para divertirse fuera de todo contacto religioso, el negro de origen humilde creó una forma de música (mezcla del ritmo que viene del África Central y del canto proveniente de España) en la que comentaba los acontecimientos políticos o sociales que le afectaban de una u otra forma. Era un género que se cantaba y se bailaba, cuyos diferentes estilos constituyen el complejo rítmico y musical de la Rumba: su objetivo era el de satirizar a un gobernador corrupto, comentar una traición amorosa, o bien, según la imaginación, improvisar textos profundamente surrealistas. De las numerosas formas antiguas de la rumba tales como Jiribilla, Palatino, Reseda, Mamá-buela, Mandunga e incluso Yambú, ninguna ha sobrevivido fuera del teatro.

En la actualidad no existe más que el Guaguancó como elemento verdaderamente popular, mientras que la Columbia continúa siendo exclusivamente patrimonio de algunos excelentes y virtuosos bailadores… por supuesto varones. Al principio el acompañamiento rítmico era garantizado al golpear sobre el fondo de cajones vacíos. Finalmente tocando con verdaderos tambores (con una sola membrana o parche). Existen tres tambores, el más grave se llama Salidor (o Tumba o Tumbadora o Hembra) – lo que corresponde a la concepción matriarcal de la sociedad africana; el mediano, Tres-Dos (o Tres-Golpes o Llamador o Macho) y el más agudo Quinto, esto en concordancia con los Requitos en las fanfarrias militares españolas. El músico, que continuaba la tradición de los cajones golpeando sobre los flancos de los tambores con baquetas de madera, recibió el nombre de Cáscara. Actualmente su papel es desempeñado por otro músico que toca sobre una plancha o pedazo de bambú suspendido en un marco de madera, la Catá o la Guaguá. Además, el cantante marca el ritmo con un par de Claves (pequeños pedazos de madera dura que se entrechocan).

El Yambú, el Guaguancó y la Columbia se distinguen perfectamente entre sí por el ritmo y el estilo de la danza; se mantienen vigentes en los barrios más humildes de la población cubana. El Yambú parece ser uno de los estilos más antiguos. Comprende una parte cantada y otra bailada. Su ritmo es lento. Comienza con un Lalaleo cantado en coro, sílabas repetidas a la manera de una llamada de clarín, que se le llama diana. Luego el solista canta algunas estrofas que se les llama Decimar, aunque esto no tiene nada en común con la forma poética española de la “décima”. La parte solista y la parte retomada por el coro alternan hasta que el estribillo comienza, momento en el cual interviene una pareja de bailadores. El baile es lento y los movimientos ceremoniosos. Representa la coquetería de la mujer hacia el hombre y es muy característico por el hecho de que no hay ningún gesto que tenga un sentido erótico: es a lo que se le llama Vacunao (en el Yambú no se vacuna).

El Guaguancó tiene indudablemente su origen en el Tambor Yuka. Es de origen urbano (de la Habana) y en él se narran hechos anecdóticos en forma de poesía. En la actualidad a la parte cantada se le agrega una parte bailada (Rumba de Guaguancó), pero los más viejos aseguran que el Guaguancó propiamente dicho es la parte narrativa. El baile representa la persecución de la mujer por el hombre: éste deseando “vacunarla” (movimiento pélvico de sentido erótico) y aquella tratando de protegerse del ataque. Esta persecución y esta huida demuestran la habilidad de los bailadores. Hoy en día, el Vacunao ha sido considerablemente estilizado; es evocado por un movimiento de una parte cualquiera del cuerpo del hombre o por un movimiento del pañuelo que lleva la mujer. La Columbia, originaria de la provincia de Matanzas, está constituida por oraciones simples, utilizando muchos vocablos africanos. El cantante emite quejas o lamentos que se Llaman Llorao. Su construcción es la misma (solista-coro) que la de los otros estilos de la Rumba. Cuando llega el Capetillo o parte bailada, un bailarín (Columbiano), que sale del grupo de los ejecutantes, despliega su habilidad coreográfica colocándose delante de uno de los tambores, el quinto, y lo provoca en el marco de una especie de combate rítmico cada vez más complejo. Posteriormente otros bailarines ocupan su lugar e intentarán superarlo.

Los expertos y especialistas concuerdan en establecer una relación entre la Columbia y las danzas de los Diablitos (o Iremé) de la sociedad secreta Abakwá. La Comparsa La Comparsa es una danza de procesión, de marcha. De origen africano, era ejecutada durante las fiestas profanas de los esclavos y en las que eran autorizadas por los amos para los carnavales (El Día de los Reyes Mabos y de las procesiones del Corpus). Sólo la música y algunos pasos de danza recuerdan aún estos orígenes. Durante el desarrollo frenético de este desfile, blancos, negros y mestizos se confunden. Toda la población de Santiago se vuelca a la calle durante el período de carnaval y continúa bailando detrás de las Comparsas. Al frente de cada comparsa caminan los músicos seguidos por los bailadores disfrazados, que llevan detrás de ellos a una multitud que el ritmo de la danza ha atrapado irresistiblemente.

El fenómeno de integración producido por la Comparsa no es solamente de tipo racial, sino social, puesto que todo el mundo participa activamente en ella sin distinción de nivel social o económico. El conjunto de los músicos utiliza tambores creoles que recuerdan a aquellos de origen bantú (Ngoma), y a otros de origen dahomeyano (Tam-Tam) adaptando el gran tambor militar a un tambor de muy poco fondo adornado con dos cueros o membranas de gran tamaño que se llama “Galleta”. Además, utilizan Atsheres o las matracas tradicionales de los carnavales. Se sirven igualmente de campanas o campanillas y sobre todo actualmente con llantas de ruedas de autos y camiones sobre las que golpean con finos tubos de hierro. Para sobrepasar la potencia sonora de todas estas percusiones, el tema principal de los cantos se le confía a una trompeta o a un cornetín de pistones, y muy a menudo, a la Trompeta China que emite sonidos extremadamente agudos que pueden ser escuchados desde muy lejos.

El conjunto de los participantes de la Comparsa puede de esta manera responder en coro. Además, cada uno posee un silbato, una matraca o un objeto cualquiera devenido instrumento de percusión para apoyar el ritmo de la música que los arrastra. La música de la Comparsa es casi siempre improvisada, sobre la base de un tema sencillo impuesto por el cornetín de pistones y al que responde el coro. El texto es casi siempre un estribillo incongruente, más rítmico que poético. Estos textos eran utilizados antiguamente para atacar indirectamente a los gobernantes, o como una crítica social. Hoy en día, muchos de estos estribillos reflejan la satisfacción del pueblo respecto a la Revolución… El ritmo general de la Comparsa varía casi siempre, lo que da lugar a diversas figuras coreográficas por parte de los bailarines. Cada vez que el instrumento solista ejecuta el tema, realiza una serie de variaciones y de improvisaciones, pero el coro retoma el estribillo sin ninguna variante y sobre un ritmo igual. La parte rítmica y bailada de la Comparsa se llama la “Conga”.

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ene 01

¿Adios al sincretismo? (III y final)

Por: Rosa María de Lahaye Guerra

“Adiós al sincretismo” significa en el caso que nos ocupa: adiós a la cubanidad de esta religión. Y el reparo que ponemos no tiene su raíz en un sentimiento nacionalista, en el empeño en proteger a toda costa los valores patrios, sino en el más elemental apego a los hechos, testarudos como arrecifes, en el estudio de la práctica de las religiones cubanas, de sus representaciones individuales y colectivas, de sus creencias y relaciones sociales, de sus mitos y ritos. Con palabras de Miguel Barnet, escritas en un generoso comentario a un ensayo nuestro, “la Santería o Regla de Ocha, religión de versiones múltiples, de variantes regionales: dúctil, democrática, flexible, oxigenada en un nuevo ambiente ecológico y social, supera con creces las estructuras regionales y tribales del pueblo yoruba en Nigeria. Los cultos a Yemayá, Oggún, Obbatalá u otros que en Nigeria se ubican geográficamente, se fusionaron en Cuba y son ya otra cosa: un sistema religioso muy integrado a la urdimbre social y de naturaleza colectiva y fraternal que quiebra cualquier canon familiar o tribal”.

Compárese esta idea con otra expresada por una informante nuestra, mujer culta y con vocación teológica, que  resumimos a continuación: “Cuando comparas las liturgias católicas con las de la santería, te percatas de que son ritos diferentes, fundados en diferentes mitos. Lo mismo ocurre al comparar a los orichas con los santos católicos. Es por ello que surge la pregunta, ¿es el sincretismo una cuestión de esencia o es algo meramente superficial? Yo creo que se trata de un fenómeno superficial, de una apariencia sin sustancia que se fue trasmitiendo de boca en boca y de generación en generación y llegó a convertirse en una “verdad”, bien entre comillas. Pienso que el sincretismo fue el resultado de la autodefensa de los negros esclavos frente al amo que prohibía y despreciaba sus creencias y las tildaba de “brujería”. Detrás de la imagen del santo católico, estaban siempre los orichas, sus verdaderas deidades”.

En la visión de Miguel Barnet, lo que prima es la idea de la metamorfosis, la transfiguración, la transculturación, auténticos demonios que barren con todo lo estático y anquilosado; en la de nuestra informante, la analogía inmóvil y la reflexión externa al proceso histórico. En el primer caso, más allá del razonamiento aparentemente pulcro que acomoda la Lógica Formal los retorcimientos paralógicos del pensamiento mítico y la práctica religiosa, la santería se concibe como un producto legítimo del desarrollo histórico de la cultura cubana; en el segundo caso, el pensamiento se atasca en la diferencia de origen, reproduce acríticamente los argumentos teológicos o cuasi teológicos del religioso instruido y se ve tentado a considerar una “mentira” nada más y nada menos que el proceso histórico real.

Es justo reconocer que esta segunda postura podría llevar implícita una idea de capital importancia para la comprensión del proceso de formación de la nacionalidad cubana que no siempre ha estado presente en las investigaciones sobre las religiones populares en nuestro país. Me refiero a la idea de la resistencia cultural: la tendencia inherente a las comunidades humanas, a conservar, frente al poder avasallador de las culturas e ideologías dominantes, la propia identidad, el mundo propio de valores, símbolos, cosmovisiones, patrones de conducta y formas de comunicación. El proceso de deculturación a que fueron sometidos los esclavos -escribe Manuel Moreno Fraginals- “sólo podía ser resistido mediante el clandestinaje de los valores culturales originarios. Se origina así una lucha entre la cultura dominante que pretende ser un factor integrador y de sometimiento, y la cultura dominada, como factor integrador de la resistencia”.

No cabe duda de que sólo la resistencia múltiple y diversa pudo impedir que las culturas africanas fueran borradas de la faz de la isla sobre la que recién habían sido vomitadas. Sin embargo, sería erróneo convertir esta idea fértil para la comprensión del proceso de formación de la cubanía en una suerte de teoría del “camuflaje” o bien del “clandestinaje” cultural, en cuyo seno el sincretismo sería apenas un “fenómeno superficial”, vinculado a una cierta “inteligencia” y habilidad para esconder orichas detrás de vírgenes y santos, y hacerlos vivir una vida clandestina.

Ni armados de una coraza anímica hubieran podido los esclavos africanos cerrar las puertas de su espíritu al poderoso influjo del proceso de deculturación y coloniaje cultural al que fueron sometidos. Tanto más cuanto que, a diferencia de los indios americanos o de los africanos que no cruzaron el océano a golpes de látigo, aquellos no contaron con la gracia divina de haber sido avasallados y esclavizados en su propia tierra y haber permanecido mal que bien integrados a una comunidad ancestral de historia y lenguaje comunes, de cultura material y espiritual definidas y fijadas por la tradición. Su resistencia fue la resistencia sobremanera vulnerable que podían ofrecer seres humanos extrañados de sí mismos, transplantados, privados de su geografía, su economía, sus relaciones de poder, sus instituciones, su lengua, sus nexos familiares y tribales; vendidos y desagregados según el capricho del comprador, arrojados en barracones junto a representantes de otras culturas, con los cuales, en un proceso traumático de integración interétnica, se vieron obligados a comunicarse en el lenguaje del dominador y a amalgamar su ser y su pensamiento, pese al esfuerzo de aquel por impedirlo; hombres sometidos a las más diversas influencias cosmovisivas y, en particular, a una política evangelizadora que, aunque asistemática, imponía el bautismo, la comunión, el casamiento canónico, la asistencia a misa, el aprendizaje rudimentario de la doctrina católica y la obligación de sostener el culto con el propio trabajo esclavo.

Ni la creación de cofradías y cabildos secretos, por una parte, ni el protagonismo casi exclusivo en motines, sublevaciones e insurrecciones aisladas, por otra, podían representar vías a un tiempo eficaces y duraderas de resistencia para un hombre obligado por las circunstancias a entrelazar su destino con el de cubanos blancos, negros y mestizos, a peninsulares y canarios, a chinos y yucatecos o, en términos sociales, a arrendatarios, aparceros, precaristas, artesanos, obreros manuales e, incluso, a hacendados asfixiados por el sistema colonial.

Las Guerras de Independencia, poderoso motor etnocultural que hizo convergir en un mismo movimiento el propósito abolicionista y la aspiración independentista -y de manera perspectiva, la emancipación social del esclavo y la constitución de una nación soberana y una cultura nacional- abrirían el camino centenario de una segura resistencia a la dominación y al vasallaje. No era simplemente el camino de la reinvindicación de valores primigenios, sino el de la legitimación y la consolidación sobre nuevas bases de un proceso de integración transcultural y de forja de una nueva cultura.

A la vuelta de un siglo largo de resistencia y creación, esta cultura, la cubana, no necesita -más bien repulsa- ningún género de regresos a lejanías hispánicas o africanas, tanto en términos económicos como políticos, éticos, artísticos o religiosos. La santería y, en general, las religiones populares cubanas -con su creciente sincretización de mitos, ritos, creencias, representaciones, jerarquías, tabúes, rezos, voces, saludos, vestimentas- constituyen un resultado incontestable de este proceso irreversible de transculturación.

Al intentar recorrer el trecho, camino a El Rincón, que va de Babalú Ayé a San Lázaro y de un ebbó al signo de la cruz, la reflexión externa a la historia empírica no logrará construir un silogismo acabado, en consonancia con los principios de la identidad, el veto de la contradicción y el tercero excluido. Hablará de eclecticismo, compromiso, camuflaje, modernización, asimilación acrítica e ignorancia, y se empeñará en un ejercicio desincretizador carente de fundamentos sociológicos y culturales que probablemente encontrará el aplauso de algún colega cristiano, celoso también de la pureza de su credo. A contrapelo de estos dolores de parto de la especulación, la práctica religiosa continúa y continuará su curso sincrético, tolerante, ancho, abierto y electivo a un tiempo, en tanto sea capaz de expresar, de forma creadora, el complejo sociocultural cubano y el mundo espiritual de un sector importante de sus hombres y mujeres.

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dic 12

El uso de collares en la Santería cubana

Por: Lourdes S. Domínguez

El hombre en su larga vida ha usado diferentes formas al adornarse ya sea con adminículos encima, haciéndose cambios en su propio cuerpo o también pintándose, tatuándose o escarificándose la piel, también puede cambiar la forma de su cabeza, o de otra parte de su cuerpo, puede horadar sus orejas, las narices, los labios, los órganos genitales etc. en fin cualquier otra forma similar cuyo resultado funja como adorno.

Creemos que los collares son una de las formas de adorno, tal vez los más sencillos y se han usado en todo lugar y tiempo, considerados a veces su uso casi obligatorio en cualquier estadio del desarrollo cultural.

El caso que nos ocupa los collares usados en la Santería cubana conocidos con el nombre de Elekes están confeccionados con cuentas de cristal o vidrio de muy variados colores y forman parte del ritual de la religión de origen Yoruba, conocida en Cuba como Regla de Osha.

Entendemos por “collar de santo” al sistema de ensartes de cuentas de cristal translúcido o mate, que reciben el nombre de “matipos”. El análisis de las formas de hacerlos ya fueran sencillos o de mazo, así como la variación de sus colores los cuales pueden ser primarios, secundarios y neutros, alternados o en un solo color serán el motivo de este trabajo.

Tanto las formas como los colores juegan en su confección un rol específico en relación a la deidad u Orisha representado tanto en el panteón Yoruba como en la representación de la Religión Católica a partir del sincretismo.

Terminada la confección de estos collares y anterior a su imposición ritual se les debe ejecutar una serie de ritos especiales a los mismos collares los cuales son considerados la iniciación a la vida de ellos, de aquí las ideas animistas que acompañan al uso de los collares de santo, le dan vida a los mismos y hacen que formen parte de la vida del que los usa.

Para el estudio de estos “collares de santo” hemos utilizado el método bibliográfico y la búsqueda documental además del método descriptivo en algunos momentos.

La bibliografía utilizada para el estudio que abordaremos es bien escasa, el principal material que hemos utilizado un artículo de Rogelio Martínez Furé publicado en la Revista Actas del Folklore en 1961 el cual es bien conciso pero muy valioso en información sobre el tema, presentando un rastreo bibliográfico que sintetiza el conocimiento que hasta ese momento existía de los collares de base, por lo que hemos considerado este documento como referencia principal para nuestro trabajo.

Existen otros libros en los cuales se han insertado criterios sobre los collares, como por ejemplo el de Jesús Guanche, llamado Procesos etnoculturales, en el cual se habla de la confección de los collares y se hace una breve reseña del ritual de imposición, así como también la valoración que presenta sobre estos collares y la función que ejercen en la vida cotidiana del iniciado, como es el uso diario de los mismos y hasta la dirección de su actividad sexual.

La obra de Natalia Bolívar es muy completa y hace referencia en el estudio de cada Orisha de sus collares correspondientes, es bueno señalar que esta autora ha tenido un amplio acceso a la obra de Lidia Cabrera y Rómulo Lachatañeré, eminentes etnólogos dedicados por completo al estudio de la cultura afroamericana en Cuba hace algunos años.

Una de las razones por las cuales nos ha interesado este estudio es por la actualidad del empleo de estos collares, ya hoy en día son usados ostensiblemente, por su variedad, todo lo que incita a una pesquisa más profunda, y porque consideramos que se encuentran inmersos en el “boom” de las creencias afroamericanas en la región caribeña, posterior al éxodo cubano de 1959, y que se acrecientan muy especialmente en Miami, Puerto Rico, Venezuela y Santo Domingo.

En esta reseña se puntualizan los cánones establecidos para la confección de los collares, las exigencias de consagración y destino y el ceremonial hasta donde sea posible dentro del secreto religioso.

Se podría plantear como hipótesis de trabajo que dentro de las religiones afroamericanas la Yoruba posee una base materialista, ya que las deidades que conforman su Panteón son de naturaleza igual al hombre, sienten y padecen, son humanas y terrenales, por esta razón su culto está lleno de artefactos de la vida cotidiana y presentan un simbolismo que mezcla lo anímico y lo sincrético como producto lógico del proceso transcultural que lo conforman.

El ritual adjunto a estos collares está inmerso dentro de ceremonias en las cuales se emplean abalorios que poseen doble intención y que están en muy estrecha correspondencia con el mundo espiritual que la conforma, de esta manera el manejo de los collares de cuentas posee un profundo valor ya que para su ancestros así lo fue, de aquí uno de los valores del estudio realizado.

El uso de los collares de santo o Elekes ha mantenido gran vigencia en épocas anteriores y en el presente, así como las normas de confección y en su función, aunque como es lógico hay gran variedad. El valor de este collar es muy sui géneris ya que tan pronto es abalorio como en otro momento cobra vida y la genera.

Trataremos de definir el collar o collares que le corresponden a cada santo, hablando de la cantidad de cuentas, del tipo de las mismas, de los colores usados y de los otros elementos que a veces se insertan en el collar, se hablará también de los avatares o caminos que pueden ser incorporados en cada collar ante su imposición por el padrino y que se determina cuando el tablero de Ifá marca y dice lo que será bueno para el iniciado.

Orishas y Collares

Señalaremos seguidamente el nombre de cada santo u Orisha, su correspondiente personaje sincrético en la religión católica así como el número o marca que es propio del santo y con el cual y bajo su férula se ha confeccionado el collar, los colores usados en los collares de base así como los tipos de cuentas las intensidades del color, etc….

Para continuar la lectura descargue gratuitamente éste ebook.

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Detalles: Los collares usados en la Santería cubana conocidos con el nombre de Elekes están confeccionados con cuentas de cristal o vidrio de muy variados colores y forman parte del ritual de la religión de origen Yoruba, conocida en Cuba como Regla de Osha.

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jul 01

Religiosidad Popular Cubana

Por: Hispanidad y Mestizaje

Por Religiosidad Popular, en sentido general, se entiende al conjunto de creencias y prácticas animistas, fetichistas y mágicas que no pueden ser enmarcadas en los sistemas teológicos y rituales de las religiones entendidas como universales; pero por el papel tan importante que tiene la religiosidad popular en la cosmovisión y la vida cotidiana de las grandes masas populares, constituye el elemento más importante de la cultura popular y no pocas veces, el nexo fundamental de muchas nacionalidades.

No sin razón en la reunión del Episcopado Latinoamericano efectuado en Puebla, México, se definió: “Esta religión del pueblo es vivida preferentemente por los pobres y sencillos, pero abarca todos los sectores sociales y es, a veces, uno de los pocos vínculos que reune a los hombres de nuestras naciones políticamente tan divididas” . (Doc. Final pág. 130. Edit. Labrusa, Lima, 1979).

Ante la insuficiencia conque la Iglesia desarrolló su labor evangelizadora en la Isla de Cuba durante el período colonial y en la mayor parte del siglo XX, quedaron a su libre albedrío en materia de religión, amplios sectores del espectro social del país. Estas capas poblacionalessuplieron las necesidades en ellos provocadas por las desigualdades, injusticias y frustraciones generadas por las diferencias de clases, con la asimilación, adaptación y creación de una variada gama de creencias a las que calificamos de religiosidad popular.

De esta razón, la religiosidad popular cubana se nutrió con la integración a las creencias populares del sur de España e Islas Canarias, de los sistemas mágico-religiosos de ascendencia africana y expresiones menos rigurosas del espiritismo.
 

A pesar de lo disímil de estas prácticas vemos que todas presentan una serie de características esenciales que son comunes a todos sus modos, las que se pueden resumir en:
Compatibilidad y tendencia a la interrelación entre las distintas variantes que la componen.
Carácter espontáneo.
Carencia de un código ético.
Mutabilidad constante.
Inexistencia de una organización institucional.
Interpretación personal.

La religiosidad popular constituye el elemento más importante en la cultura popular cubana y de hecho ha devenido en un valor de identidad indisoluble del concepto de lo cubano.
Nos encontramos con un conjunto de ritos y creencias que se asumen como católicas, pero que en sentido estricto no llegan a serlo, pues cada uno de sus prácticantes declara “creer a su manera” lo que significa una independencia con respecto a las normas y cánones de la Iglesia.

Acepta algunos sacramentos como el bautismo, de manera general; en menor grado la unción de enfermos; y muy pocas veces la comunión, la confesión y el matrimonio. Abundan los votos y promesas que no pocas veces están llenas de estoicismo; nunca falta una misa a los nueve días del fallecimiento de un familiar o amigo cercano. Es una religiosidad que gusta de oraciones, estampas, agua bendita y peregrinaciones.

No obstante lo señalado, no puede ocultarse que mediante esta religiosidad de pueblo, muchos valores y principios del cristianismo han calado y quedaron asimilados en la conciencia cubana a lo largo de medio milenio. Hacia el final de la dominación española en la Isla, surguió el incoar de un proceso que paulatinamente provocó que esa religiosidad popular -y muy especialmente los sistemas mágico religiosos de origen africano- rebasase el marco étnico para abarcar amplios sectores populares, cuya oriundez más que racial resultó económica.

En la diuturnidad republicana fue la religiosidad popular el bálsamo más recurrido por la mayoría del pueblo cubano ante las frustraciones generadas por las discriminaciones de razas y clases; pero en el sentido estricto no puede decirse que fuese sólo recurso exclusivo de los menos pudientes, pues con la amplia gama de sus componentes abarcó la casi totalidad del espectro social del país.

En estas últimas décadas se inició el gran duelo; ha resucitado una iglesia donde gran parte de la población recurre hoy día a buscar en las aguas bautismales un pretendido socorro a sus males de este mundo.

Consecuentemente, muchas expresiones de la religiosidad popular cubana, especialmente los sistemas mágico religiosos, tuvieron que sufrir modificaciones a veces bastante sustanciales para continuar existiendo; otras, como la arraigada devoción mariana, el bautismo de niños, el peregrinaje a santuarios, la misa de los difuntos, etc., continuaron inconmovibles como marmoreas columnas de la cubanidad.

La cuestión radica ahora en preguntarse: ¿dónde está la significación y trascendencia cotidiana de toda esta religiosidad popular?

Pues, en que es la fuerza generadora del característico e irreductible amor a la verdad del pueblo cubano, la generosidad implícita que los lleva al desinteresado ofrecimiento de lo que casi no tienen; y que es, pese a todo lo que la vida moderna conspira contra ello, el cordón umbilical que tiende a mantener los nexos de unión tradicional en la familia cubana.

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may 01

Las religiones populares,una expresión de la cultura afro-cubana

Por:  Lázaro David Najarr

Según afirman diversos estudiosos, un alto por ciento de la población cubana profesa alguna creencia religiosa, fundamentalmente de la religión popular, aunque la mayoría de estas personas no tiene afiliación directa con esas organizaciones.

La santería forma parte del patrimonio cultural del pueblo de la isla caribeña y está presente en distintas formas de expresión estética y literaria. Fue introducida en la nación por los Yoruba y se mezclan las religiones cristianas con el espiritismo y con religiones africanas. Aparece como el resultado cubano de la integración y continuidad cultural de elementos étnicos y religiosos de los participantes africanos y españoles. Sobreviven cultos a los orichas o divinidades de origen africano, principalmente yoruba, bajo el culto a las imágenes de santos católicos.

El estudioso de la etnografía Rafael López Valdés, considera que “la formación del etnos cubano implicó un proceso de siglos en el que intervinieron dos grandes raigambres, una hispánica y la otra africana. Al tiempo de la llegada de los europeos y del inicio del tráfico de esclavos con destino a Cuba, cada una de estas grandes raigambres representaba, de hecho, un conglomerado étnico”.

Desde el siglo XVI y hasta bien avanzado el siglo XIX, millones de seres humanos fueron arrastrados de África y traídos al Nuevo Mundo y con ellos llegaron a la Isla: mitos, leyendas, tradiciones, cantos, bailes, recetas y rituales. Pero también la cultura dominante imponía a los esclavos el culto a la religión oficial católica, que no prosperó y como dijera Arango y Parreño, “vienen negros infieles e infieles se mueren muchos”. Nunca se conocerá exactamente la cifra de africanos traídos a Cuba durante casi cuatro siglos de esclavitud colonial, desde toda África Occidental y también de África Oriental, tanto de las comunidades con costas como de la profundidad del continente.

La identificación étnica de los esclavos es sumamente compleja y está presente en la formación del pueblo y la cultura actual cubana. Para María Teresa Linares, antigua directora del Museo Nacional de Música de Cuba “el auge de los numerosos cabildos permitidos por las autoridades coloniales coincide con la consolidación de la nacionalidad cubana, y los datos referenciales recogidos en la bibliografía histórica que permite conocer los múltiples grupos prevenientes de tres grandes conglomerados africanos que concurrieron en nuestra nación: los yorubas, los dahomeyanos, los bantús”.Mientras que Rafael López Valdés considera que “la esfera religiosa ha sido, entre las formas de conciencia social, la que ha conservado en mayor las influencias africanas.

Se trata de distintas religiones de origen africana, conservadas en Cuba, que fueron objetos de discriminación y aún de persecuciones en el pasado por parte de las antiguas clases dominantes, y que hoy día, en contraposición, disfrutan de la libertad de culto que garantiza la Revolución.” En Cuba los africanos introdujeron una forma de organización religiosa, la Sociedad Secreta Abakúa, (se desarrolló junto al puerto y los muelles, particularmente en los de La Habana, Matanzas y Cárdenas, en la costa norte de la zona occidental del país e integrada solamente por hombres) la única existente en América, que constituye un fenómeno común en África Occidental, y también Las firmas de los santos en el Palo Monte o Regla Conga, un culto religioso de origen Bantu practicado en la Isla.

Entre los Abakúa, se rigen una serie de características organizativas y están formados por pequeños grupos llamados juegos o potencias. Se profesa la solidaridad entre los hermanos de cada juego, los ekobios, y también la rivalidad entre distintos juegos que han conducido a hechos de sangre. Para el Abakúa o ñañigo el sentido del honor se manifiesta en torno a la hombría. Era una sociedad de ayuda mutua, primero en los antiguos cabildos de nación, entre los esclavos, luego con la participación de negros criollos y más tarde de mulatos, blancos y hasta chinos. Para ejecutar sus ceremonias se comunicaban a través de cantos y parlas (enkames). Las firmas de los santos en el Palo Monte abarca diversas liturgias: mayombe, a los que pertenecen los que cogen los muertos; la kimbisa o embisa, que elabora los brebajes destinados a las curas de enfermedades; el Kinfuiti, que tiene la función de “llorar a los muertos” y la briyumba, que lo abarca todo.

Después de abolida la esclavitud, principalmente en la republica neocolonial, en las capas más humildes del pueblo cubano se profesaba el culto a los orishas o santos. De igual forma los españoles de boina y alpargata se fueron incorporando a esta religión, con el objetivo de obtener respuestas a sus problemas en aquella sociedad que se les presentaba hostil. Asimismo, las clases más pudientes de la sociedad acudían a santeros y babalawos en busca de “amarres”, “despojos” y “bilongos”. Generalmente, a inicios de la zafra azucarera, se organizaban ceremonias propiciatorias, entre toques solemnes de tambor batá, que culminaban con el sacrificio de animales lanzados a las mazas de aceros de los molinos de los ingenios.

La santería incluye distintos niveles de iniciación y de categorías sacerdotales. Entre las más conocidas está la de babaloshas e iyaloshas, conocidas en la Isla como de santeros y de santeras. Un sitial importante ocupan la de awuses o babalawos, una palabra Yoruba que proviene etimológicamente de baba (“padre”) y awó (“secreto”).

Diversas categorías intermedias se practican en Cuba que requieren de un conocimiento incalculable y un talento artístico para su culto, como los alú batá o tamboleros, responsabilizados con la interpretación de la música ritual de los orishas; se utilizan para la ceremonia tres tambores batá: el iyá, el mayor, el itótele, y el tercero, más pequeño, el okónkolo. Los ilé-ocha de santerías son los llamados toque de santo, en cuyas ceremonias puedan haber distintas funciones: de iniciación, de presentación al tambor, de cumpleaños, de funeral o del día del santo católico, así como las fiestas para “divertirse” con los santos que son los toques de güiro (abwe o cekeré). Ningún santero puede iniciarse si no está bautizado en la iglesia católica, aunque en su vida de santero se acogerá a la Regla de Ocha.

Todos los 8 de septiembre en el ultramarino pueblo de Regla, en La Habana, se se realizan ceremonias para rendirle tributo a la Virgen de Regla por todos los hijos de Yemayá. Otras de las celebraciones en Cuba son la de Santa Bárbara, el 4 de diciembre y la de Babalú-ayé (San Lázaro),el 17 de diciembre. El rey Changó yoruba, dueño del rayo, está representado con el hacha y la espada guerrera y la Santa Bárbara católica, guerrera también, representada con una corona de reina y una espada en la mano, a quién se invoca cuando truena.

Como parte de lo que se denominó la cultura Yoruba se asentó una religión conocida popularmente con el nombre de Regla de Ocha o santería, asumido a partir del culto a los santos, orishas, o deidades africanas identificados a otros santos de la religión católica. El proceso de iniciación de los Yoruba se prolonga por un largo período que dura varios años, tiempo en que el neófito debe dominar todo el ritual: memorizar oraciones, cantos e historias relativas a los signos adivinatorios, mientras que el culto de Ifá esta asociado a Orula, Orúmila o Ifá.

En Cuba se manifiestan, entre los babalawos, tres grandes categorías de iniciación: la consagración primaria, la de “recibir cuchillo” (guanaddó) —donde el neófito queda capacitado para realizar sacrificios de animales de cuatro patas: chivos, carneros, cerdos y hasta jicoteas— y la tercera y gran categoría de babalawos está compuesta por aquellos que han recibido a Olofin en virtud de ceremonias especiales. De igual forma en los Yoruba existe tres niveles de sacerdotes de Ifá: el Olori, el Orisha y el Awon ti a te ni Ifá. La primera rinde culto, sin ejercer la adivinación; la siguiente, además del culto, realiza prácticas geománticas y la tercera, tiene la facultad de comer de cualquier sacrificio.

Apunta el investigador Rafael López Valdés que “la posesión de Olofin es de suma importancia en el culto en Cuba, pues sin Olofin no se puede efectuar ninguna iniciación de babalawos: el cofre que contiene los atributos sacros que representan en conjunto a esta deidad, debe encontrarse en el recinto donde tienen lugar los ritos de paso, todo el tiempo que duren éstos, que es habitualmente siete días”. “Todo parece indicar que la representación de Olofin y su papel en el culto lucumí de Cuba es fruto del sincretismo afro-católico; por cuanto esta deidad carece de representación y de función alguna entre los Yoruba de África. Olofin es el equivalente al Dios de los católicos en las creencias de origen Yoruba de Cuba, y disfrutó de una relevancia, en ciertos cultos de mayor solemnidad, que nunca tuvo entre los Yoruba de África.

Aunque en el catolicismo no se rinde culto especial a Dios, ciertos objetos del ritual, como el sacrificio que sirve de representación del hijo de Dios (…), se encuentran siempre presentes en el ceremonial, con frecuencia en lugar destacado, lo cual puede haber contribuido a inducir esta forma de sincretismo”. Son tan complejos todos estos rituales, que por ejemplo entre los babalawos se pueden encontrar más de 600 historias por cada uno de los 256 odu o signos adivinatorios, llamado hábeas literario-adivinatorio de Ifá, que de forma poética se transmite oralmente de unas a otras generaciones, aunque no ha dejado tampoco de sufrir algunas modificaciones. Y en estas religiones de origen africana se utiliza cierto lenguaje esotérico como el ideal para la comunicación con las fuerzas sobrenaturales que a a veces se reduce con fórmulas o palabras que para ellos están dotadas de poderes mágicos. En la santería es el culto en que se ha conservado con mayor coherencia la lengua Yoruba como lenguaje ritual. En Cuba, algunas de esas palabras se pueden escuchar en la vida cotidiana.

En las religiones de origen africana se narran mitos como el de los gemelos. El estudioso de la etnografía, Rafael López Valdés, enfatiza que “en los mitos de los gemelos entre distintos pueblos se pone de manifiesto esta paternidad dual, de lo cual resultan en muchos casos que uno de los gemelos es inmortal mientras que el otro no lo es, así como resaltan diferencias sustanciales de carácter de cada uno de los gemelos divinos.

Instituciones culturales cubanas organizan importantes eventos vinculados con las religiones populares. En la Villa de La Asunción de Guanabacoa, en La Habana, se realiza todos los años —siempre en la última semana de noviembre— el Festival Internacional de Raíces Africanas Wemilares, palabra que significa fiesta profana dedicado a los orishas (dioses) o reunión de todos ellos. En la Octava Conferencia Internacional de Cultura Africana y Afroamericana, que se realizó en el mes de abril de 2004 en Santiago de Cuba —en el oriente del país—, prestigiosos investigadores, expusieron pasajes históricos de la identidad africana, en el que se mezclaron las artes plástica, la danza y el cine.

Se inauguró una exposición de pintura de varios artistas y se presentó una veintena de piezas en acrílico que muestran tendencias religiosas africanas vigentes en la Isla como: La Abakuá, Vodú y Yoruba, entre otras. Aunque en una etapa la afiliación a las religiones populares en la Mayor de las Antillas estaba sustentada por razones de base social por nativos descendientes de africanos; ya desde el siglo XIX estas creencias y prácticas religiosas son compartidas con personas de diversa pigmentación racial en correspondencia con la propia diversidad del pueblo cubano. Por ello un viejo proverbio que dice que en Cuba el que no tiene de congo tiene de karabalí.

El sabio cubano Fernando Ortíz tiene la convicción de que “esta transculturación originó también una sincretización religiosa entre creencias que resultaron, a la larga, espectacularmente parecidas entre sí como confirmando que el mundo es uno solo y una sola la concepción humana que debiera regirlo”.

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feb 02

La Regla de Ocha: Sus valores religiosos en la sociedad cubana contemporánea

Por: Lic. Ana Celia Perera Pintado

La dinámica actual de globalización y crisis y todos los problemas que han generado en la espiritualidad de los pueblos demandan una atención especial a los valores y a la formación de aquellos que pueden contribuir con la instauración de un mundo mejor. Cuba, en particular, enfrenta hoy un período de crisis socioeconómica muy difícil y en este contexto algunos hablan de crisis de valores por la magnitud de los cambios, otros simplemente de transformaciones, pero lo cierto es que los valores constituyen una preocupación para todos los que se esfuerzan en la recuperación del país.

El artículo que se presenta pretende mostrar una arista poco estudiada de los valores, aunque no menos importante: los valores religiosos. En países como el nuestro donde la mayoría de la población tiene creencias religiosas y la religión ejerce influencia a nivel de la vida cotidiana, el papel de los valores religiosos en la orientación de las personas no debe ser obviado.

Especialmente el artículo se detiene en aquellos valores religiosos presentes en las religiones de origen africano, centrándose en la santería o Regla Ocha por ser la más extendida y de mayor fuerza en Cuba.

Por constituir un modo diferente de cosmovisión, por no seguir la lógica del pensamiento occidental, la presencia de valores en expresiones religiosas de origen africano ha sido un tema prácticamente ignorado. Algunos, incluso, suelen tratar el tema desde los contravalores.

¿ Cuáles son los valores que regulan la vida de los creyentes en la Regla Ocha?. ¿ Cómo limitan o contribuyen al desarrollo de la sociedad en una coyuntura de profundos cambios sociales?. ¿Cómo se ha ido articulando esta expresión religiosa con la situación especial que se vive?. Éstas son algunas de las preguntas que orientan el trabajo.

Tradicionalmente desde la óptica de diferentes disciplinas han sido abordados aspectos relacionados con el contenido de la categoría valores y sus características. Sociólogos, psicólogos, filósofos y antropólogos han investigado sobre valores sociales presentes en la familia y sobre aquellos asociados con la ideología, la moral, el trabajo, lo estético, en fin, sobre la presencia de valores en variadas esferas de la realidad.

En el tratamiento de dicha categoría las opiniones no han sido homogéneas. Unos priorizan su vínculo con características externas de los objetos y fenómenos o con su materialidad, otros acentúan el papel de la subjetividad, hay quienes la centralizan en lo que consideran moral, algunos la asumen desde la óptica social, estudiosos la enmarcan en la personalidad, especialistas la asocian sólo a lo entendido como positivo dentro de una sociedad, y pueden encontrarse los que le atribuyen el sentido de la vida.

El énfasis en cualesquiera de estos aspectos, aunque no necesariamente implique la exclusión de otros elementos en el contenido de la categoría valores, evidencia una diversidad de puntos de partida al conceptualizarla, y de formas de acercarse a su estudio.

A nuestro entender los valores son resultado de un proceso que se da en la conciencia en el que se interpreta de modo peculiar, por el individuo, todo lo que le rodea. De esta manera, los objetos y fenómenos de la realidad con los que interactúa serán valorizados, otorgándoseles determinado papel en la vida. Quiere ésto decir que todo aquello que se relacione de una forma u otra con el sujeto será evaluado en dependencia de múltiples condicionantes sociales y personales; por tanto encontraremos en una sociedad y en un individuo disímiles valores con diferente jerarquía.

Ello implica que los valores penetran todas las esferas de la actividad de los hombres y están presentes en todas las formas de producción espiritual. De este modo como mismo puede hablarse de valores morales, valores materiales, culturales u otros, también existen los religiosos. Aunque poco tratados y a veces excluidos, la presencia de los valores religiosos en los creyentes es innegable. No puede obviarse que para un creyente que por diferentes motivos se acercó a lo religioso y mantiene sus creencias en la idea de lo sobrenatural; para el cuál dichas creencias tienen determinada connotación afectiva, y repercuten en su vida; a la vez que pueden presentársele valores donde lo sobrenatural no constituye un elemento central, también se encuentran los relacionados con su forma de reflejar e interpretar el mundo.

Los valores religiosos muestran todo aquello, que a partir de la referencia a la idea de lo sobrenatural, es significativo para el creyente en la medida en que le reporta utilidad y/o sentido, logra movilizarlo y orientarlo con cierto grado de estabilidad en su vida, de acuerdo a sus necesidades e intereses. Eso responde a lo que cree conveniente conforme a su fe, a lo que considera necesario en su comportamiento religioso, y en lo que debe regir sus relaciones con la idea de lo sobrenatural, con el resto de los creyentes, con la naturaleza y la sociedad en su conjunto.

Los valores religiosos no son exclusivos del comportamiento y relaciones que se establecen dentro de un grupo de creyentes, no son exclusivos del marco estrecho donde se pueda dar la relación entre el creyente y las figuras y símbolos a los que se les atribuye un contenido sobrenatural; ellos trascienden a otras esferas interviniendo en las emociones, sentimientos, pensamientos y conducta.

Al identificar los valores religiosos debe considerarse que existen valores religiosos intrínsecos a la religión y otros extrínsecos o no propiamente religiosos, como pueden ser los universales, que siempre que se vinculen a la creencia en lo sobrenatural se comportan como valores religiosos.

En la religiosidad del cubano (1) aparecen un conjunto de valores religiosos que guían, movilizan e intervienen en la vida del creyente. Estos valores adquieren una forma de manifestación específica en la Regla Ocha, expresión religiosa de origen africano; teniendo en cuenta su extensión, popularidad, características de este tipo de práctica, forma de su introducción en Cuba y posterior desarrollo.

Algunos pudieran preguntarse acerca de la importancia del tratamiento de este tema en el contexto de la religiosidad en América Latina. Al respecto puede argumentarse que la Regla Ocha no constituye un fenómeno exclusivo de Cuba. Esta expresión religiosa se ha extendido a países como Venezuela, Brasil, Puerto Rico y México, lo cual evidencia sus posibilidades de proliferación y afianzamiento en el continente. El número de iniciados en Cuba en esta religión procedentes de otras regiones del continente se ha ido incrementando y se hace más habitual el interés de turistas por conocer sobre estas prácticas religiosas y recurrir a sus métodos de adivinación. Los conflictos, crisis de identidad , carencias materiales y espirituales reinantes en este mundo donde prevalecen los problemas de un contexto globalizador han contribuído con la extensión de prácticas religiosas como éstas que implican una nueva forma de concebir la vida distinta a la tradicional occidental

Por constituir un modo diferente de cosmovisión, por no seguir la lógica del pensamiento occidental, la presencia de valores en expresiones religiosas de origen africano ha sido un tema olvidado y cuando se ha tratado, se asocia fundamentalmente a valores negativos o contravalores. Este no es el caso de los valores atribuídos al catolicismo o a la ética protestante. Lo común ha sido escuchar que estas expresiones religiosas no tienen en cuenta lo moral, que desencadenan machismo o, aparecen asociadas a rasgos no positivos de la personalidad, o a conductas opuestas al desarrollo social. Pero pocas veces han sido abordadas las potencialidades que encierran los valores que promueve.

Cuando se realiza un enfoque histórico o sociológico de las diferentes expresiones religiosas de origen africano presentes en el continente es importante entender que los valores forman parte de los mecanismos movilizativos y regulativos de la actividad y que intervienen, junto a otros factores, en la historia que construyen día a día los pueblos; así también su conocimiento permite interpretar en alguna medida la conducta de los hombres y pronosticar sobre el futuro.

Para comprender los valores religiosos de la Regla Ocha es preciso explicar elementos esenciales de esta expresión religiosa. La misma comenzó a practicarse en Cuba desde el Siglo XIX, sufriendo transformaciones posteriores como resultado de un proceso de sincretización en el que intervinieron expresiones religiosas como el catolicismo, el espiritismo y otros cultos africanos.

La Regla Ocha (2) es, de las religiones de origen africano, la más extendida y de mayor arraigo popular en Cuba. Su culto se basa en los orishas o deidades yorubas. Sus concepciones religiosas tienen una gran carga de elementos mítico-mágico-supersticiosos que dominan pensamiento y actuación de los creyentes. La referencia fundamental de esta religión se realiza en función de la terrenalidad, de resolver los problemas y buscar protección en el mundo de los vivos, y en este sentido juegan un papel vital los métodos de adivinación destinados a desentrañar el pasado, el presente y el futuro.

Entre los principales valores religiosos para los creyentes de la Regla Ocha se encuentran, aquellos que se relacionan con la concepción del mundo de los creyentes, el comportamiento litúrgico, y los vinculados a la proyección social. A tal efecto pueden mencionarse como importantes:

-La veneración a la naturaleza.

-La connotación otorgada a sus creencias y prácticas religiosas, tanto en lo que se refiere a la fortaleza que conceden a su fe, como en el respeto hacia sus normativas religiosas.

- El reconocimiento y defensa del grupo religioso como familia religiosa.

- La concepción de que un individuo apoyándose en sus deidades puede intervenir en el curso de los acontecimientos.

- El afán de conocimientos, sobre todo religiosos.

- El deseo de lograr el reconocimiento social de la imagen del creyente en esta religión.

- El establecimiento de buenas relaciones humanas.

- El reconocimiento de la necesidad del trabajo.

- El papel que le otorgan a la religión en la espiritualidad.

- La significación del bienestar asociado a un status económico favorable.

- La aspiración de ocupar determinadas posiciones jerárquicas dentro del grupo religioso.

La confianza en la fe y el respeto a las normativas religiosas se encuentran indisolublemente unidas al sustento y funcionamiento de esta expresión religiosa. En el contenido de este valor se expresan aspectos vitales de la relación del hombre, la naturaleza y la sociedad y en concordancia, de su vínculo con los orishas, ceremonias y ritos religiosos. Ellos son constatables lo mismo en la significación que se le concede al poder de los orishas y antepasados; que en la obediencia incuestionable al Ita (predicciones acerca del pasado, presente y futuro que rigen la conducta de un iniciado en estas practicas); o en el respeto a los principios y patrones que impone la religión; en la dedicación y responsabilidad que, estiman los creyentes, imponen los conocimientos y poderes que la religión les brinda; o en la mesura que deben tener ante los mayores religiosos y en general en la opinión de que sin la fe en todas sus creencias no es posible constatar los beneficios por la intervención de lo sobrenatural. Todos estos elementos constituyen requisitos normativos para un creyente en la Regla Ocha.

Al abordar lo normativo se debe mencionar que los principios regulativos de esta religión no forman parte de complejas abstracciones teóricas, como si sucede en las denominaciones cristianas. Estos principios se circunscriben, esencialmente, a las categorías del bien y el mal, a lo que se entiende por beneficioso y a lo que se considera contraproducente y dañino.

El cumplimiento de cualesquiera de las normas adquiere un carácter, mayor o menor de obligatoriedad, según sea la influencia del grupo religioso y los dirigentes de culto sobre los iniciados, el tipo y magnitud de los problemas y conflictos por los que ha atravesado y/o atraviesa el creyente, la motivación de acercamiento y permanencia en la religión, las experiencias positivas vivenciadas con las prácticas de sus creencias, y la valoración que se haga de la interrelación vida-muerte-religión. Esta última condicionante adquiere especial connotación en los marcos de la contradicción confianza-temor, ya que para los creyentes en la Regla Ocha el poder de las deidades y de la naturaleza pueden ponerse en función, tanto de la protección, gratificación y la ayuda, como del castigo o la muerte por incumplimientos y desobediencias.

Como se observará, en este tipo de creencias y prácticas religiosas, donde persiste lo mítico, el pensamiento funciona básicamente por antinomias y analogías que encuentran un referencial en la vida cotidiana de los hombres (3).

Se conoce que la forma en que es percibido el orisha que representa a cada iniciado incide en la conducta, bien reforzando actitudes y comportamientos existentes o transformándolos. Es común en estos creyentes el deseo de parecerse a lo que califican su “ángel de la guarda”, por lo que de acuerdo a la imagen que tengan de él, orientarán su conducta como muestra de fidelidad. Suele oirse decir por ejemplo, que los hijos de Shangó son valientes, dispuestos siempre a enfrentar los problemas con agresividad y los hijos de Ochún son duchos en el amor. Un estudio realizado por el Departamento de Estudios Religiosos, permitió conocer que dicha imagen puede introducir variaciones, además, en características de la personalidad como la seguridad o nó, el carácter, el gusto y los intereses.

Si bien la connotación otorgada a las creencias y prácticas religiosas, tanto en lo referido a la fe como al respeto a las normativas religiosas, si bien generalmente actúa como el impulsor principal en la vida, no existe una unidad de criterios respecto a su aplicación. La diversidad de interpretaciones de cada uno de los oddun (caminos), transmitidos en lo fundamental oralmente, traen consigo diferenciaciones en cuanto a cómo dar a conocer el respeto a la religión y a su vez conductas variadas con consecuencias personales y sociales diversas.

Junto al valor anteriormente señalado suelen destacarse otros más vinculados con la proyección social de los creyentes, entre los que resaltan el reconocimiento de la familia y la concepción de que un individuo apoyado en sus deidades puede intervenir en el curso de los acontecimientos.

La familia es considerada tan importante para los iniciados como el respeto a las normativas religiosas. Cuando se habla de familia en la Regla Ocha no se establecen distinciones entre la familia consanguínea y la de religión en cuanto a los roles a cumplir por sus miembros y las relaciones que deben darse entre ellos. Las características de la familia consanguínea son transferidas a la de religión, por lo que un padrino es interpretado como un padre, una madrina como una madre, un ahijado como un hijo y los ahijados de una misma madrina y/o padrino, como hermanos. La elevada significación de la familia, puede decirse, que deviene de la simbiosis que se establece entre la consanguínea y la derivada de las relaciones en el grupo religioso.

De forma bastante generalizada se aprecia que para un practicante de la Regla Ocha quien no es buen hijo, buen padre, buena madre, no puede ser buen ahijado, buena madrina, buen padrino y viceversa; quien no tiene solucionados los problemas en el hogar no puede ayudar a resolver aquellos de los integrantes del grupo religioso, quien no busque la armonía y la tranquilidad en su casa, no puede luchar porque existan entre los creyentes que le rodean. Así también, la veneración a los antepasados, esencial en esta expresión religiosa, adquiere una forma de manifestarse en el gran respeto a la familia, a sus mayores y en el amor que florezca en ella.

Es opinión de muchos de los iniciados que si no existen buenas relaciones sobre la base del respeto, la comprensión y la ayuda no se está cumpliendo con la religión.

Es innegable el lugar que ocupa la familia en la vida de estos creyentes, lo cual permite reflexionar sobre el papel que puede desempeñar en ellos la religión. Aquellos que logren ser consecuentes con sus concepciones acerca de la familia y que luchen efectivamente y lleguen a alcanzar una convivencia armoniosa, estarán luchando y alcanzando también tranquilidad, equilibrio emocional y por ende estarán en mejores condiciones de dar su aporte a la sociedad.

No obstante lo positivo de este valor, no podemos obviar que en ocasiones la familia se convierte en un círculo cerrado fundamentado en la defensa a ultranza de sus integrantes y en el no reconocimiento de los errores que sus miembros puedan cometer.

Por su parte, la posibilidad de intervenir en el curso de los acontecimientos y más específicamente la de influir y solucionar los problemas de las personas no debe aislarse de las concepciones acerca de la familia o de las asociadas a la fe. Algunos iniciados refieren que es la religión la que les permite ayudar a los demás y es sobre la familia donde ejercen su mayor incidencia.

La capacidad de brindar ayuda siempre que alguien la necesite constituye un factor valioso en la solidaridad humana, una contribución en la búsqueda de una mejor convivencia, en el mejoramiento de las relaciones entre los hombres y un aporte a la paz y a la tolerancia.

Es necesario aclarar que algunos de estos creyentes distorsionan este valor y transforman por ejemplo, la solidaridad y la disposición a actuar en favor de los demás en conductas justificativas y acríticas ante actividades ilegales y determinados delitos que cometen personas que acuden a las prácticas de la Regla Ocha para evadir la justicia.

La connotación que adquieren la confianza en la fe, el respeto a las normativas religiosas, la familia, y la creencia en la posibilidad que tiene el iniciado de intervenir en los acontecimientos de la vida, garantizan la cohesión del grupo religioso en torno a dirigentes de culto, casas culto y determinadas formas de prácticas religiosas. Todo lo cual permite inferir la existencia de vínculos estrechos entre los miembros de un grupo estable de creyentes en la Regla Ocha.

Si se continuara el análisis de cada uno de los valores presentes en esta expresión religiosa, observaríamos igualmente que promueven cualidades valiosas en el ser humano, pero que en ocasiones, llegan a convertirse en un freno para el desarrollo personal o social. Los valores religiosos de la Regla Ocha no son por su contenido, ni positivos ni negativos. Ellos adquieren este carácter según sea su manifestación en un individuo concreto.

El estudio de los valores religiosos de la Regla Ocha sugiere la existencia de un proceso de conservación y ruptura con sus religiones originarias africanas. Si se profundiza en los principios que rigen la vida de los yorubas, se encontrarán puntos de contacto entre ellos y los iniciados en Ocha cubanos. La religión yoruba se dirige a la formación del individuo Omuluwabi, que según sus percepciones es presentado como aquel que es capaz de respetar a sus mayores, que sea leal a su familia y a sus tradiciones, que sea honesto, que asista al necesitado, entre otras cualidades. Para los pueblos yorubas mantener la solidaridad en el grupo es elemental, así también lo son la hospitalidad y el compañerismo (4). Como se observará, los aspectos anteriores se encuentran, de una u otra forma, reflejados en los valores que guían a los creyentes en Cuba, sin negar la autoctonía y riqueza que le aportan las determinantes sociohistóricas de nuestro país.

Valores religiosos y cambio social

Los valores forman parte de la realidad social, ellos se encuentran en el centro de la relación de significación entre los distintos procesos y fenómenos de la vida social y las necesidades e intereses que se dan a un nivel societal e individual.

Los valores conforman todo un sistema, ya sea a escala social, grupal o personal. La presencia de ellos y su jerarquía depende de condiciones sociohistórico-concretas que les otorgan determinadas pecualiaridades. El hombre valoriza fenómenos y objetos de acuerdo a sus conocimientos, vivencias, características personales y de la sociedad y valores transmitidos por la familia, personas allegadas e instituciones sociales. En este proceso ejerce influencia, tanto el pasado (vivido o transmitido), el presente, como la idea que se tenga del futuro.

El hombre en la búsqueda de la armonía psíquica y física tiene que lograr cierta correspondencia entre necesidades e intereses sobre los que se estructura su sistema de valores y los estatuidos socialmente. De ahí que los valores funcionan lo mismo formando parte de un mecanismo reflejo de la realidad, que como un mecanismo de respuesta alternativa ante cualquier situación de inestabilidad o conflicto.

Es necesario destacar que el sistema de valores es dinámico y por lo tanto un cambio en el decursar de la vida de un individuo o de una sociedad repercute en el proceso reflejo de la conciencia, y consecuentemente en todo aquello que regula la conducta, moviliza y orienta la actividad con cierto grado de estabilidad.

Los valores religiosos, al igual que el resto de los valores funcionan en interrelación con todo un mundo psíquico, social e histórico determinado. Los valores religiosos se comportan como cualquier otro valor del sistema y así también reciben las afectaciones de la realidad e intervienen en ella.

Al analizar la interacción entre los valores religiosos de la Regla Ocha y la sociedad cubana contemporánea, se tiene que tener en cuenta que entre las expresiones que conforman el cuadro religioso en nuestro país, ésta ha sido una de las que, en sentido general como grupo, no se ha proyectado en contra del proceso revolucionario; por lo que la dialéctica entre los valores religiosos que esta religión profesa y los valores de la Revolución, ha sido menos conflictiva.

Entre los principales valores promovidos socialmente en los últimos 35 años se encuentran aquellos relacionados con la solidaridad, la independencia, la justicia y la educación. Cada uno de esos valores adquieren una forma de expresarse en los creyentes de la Regla Ocha.

De esta forma se pudieran mencionar valores religiosos como el afán de conocimientos y la necesidad de ayudar a los demás. En el primero ha incidido la importancia que ha ido cobrando la superación en las últimas cuatro décadas. Antes de 1959 la procedencia social de estos creyentes era muy humilde, por lo que no contaban con los recursos disponibles para realizar estudios. La gran mayoría de ellos vivían en condiciones muy adversas que impedían proyectar objetivamente intereses, necesidades, aspiraciones y planes para la vida en la educación.

Es válido agregar que la composición socioclasista al interior de la Regla Ocha, ha estado marcada por personas de la raza negra, lo cual debido a la intensa discriminación racial existente antes del año 1959, constituía una condicionante que frenaba expectativas y sueños de superación.

En estos momentos, a la vez que existe la posibilidad real de adquirir conocimientos, también se encuentra instituido lo imprescindible de estudiar para lograr un mayor desarrollo personal. Sólo en la actualidad se hace real para estos creyentes pensar, tanto en el aprendizaje escolar como en el religioso.

Por su parte, la necesidad de ayudar a los demás a pesar de ser inherente a esta expresión religiosa adquiere sus peculiaridades como manifestación de la solidaridad. Es conocido a nivel internacional que la práctica solidaria con otros países ha regido como principio del proceso revolucionario efectuado en el país a partir de fines de la década del cincuenta. En tales circunstancias babawos y santeros, formando parte del pueblo cubano, han hecho válida esta práctica inspirados en la importancia que tiene para la Regla Ocha demostrar la capacidad de ayudar al resto de los hombres, de atenuar, eliminar o evitar males a la humanidad que los rodea.

La connotación que adquieren la confianza en la fe, el respeto a las normativas religiosas, la familia, y la creencia en la posibilidad que tiene el iniciado de intervenir en los acontecimientos de la vida, garantizan la cohesión del grupo religioso en torno a dirigentes de culto, casas culto y determinadas formas de prácticas religiosas. Todo lo cual permite inferir la existencia de vínculos estrechos entre los miembros de un grupo estable de creyentes en la Regla Ocha.

Al tratarse el tema de la independencia, tan abordado en todas nuestras etapas históricas, debe comprenderse que su percepción puede ser en un sentido político o tener su referencial en la cotidianidad. De igual forma en la misma medida en que constituye un valor social, también puede expresarse a nivel grupal o individual. Es de suponer que en los creyentes de la Regla Ocha este valor haya ejercido su influencia. Si nos detenemos por ejemplo en el funcionamiento de los grupos religiosos que practican esta religión, evidenciamos que este término es entendido como la libertad de actuación del ser humano. Conforme a esa interpretación cada grupo desarrolla sus propias concepciones, y se siente con el derecho de seguir sus propias líneas religiosas, no compartiendo la idea de una integración en las que un grupo de babalawos determinen y rijan sobre los restantes creyentes. Con esta manera de pensar, que ha estado presente desde el mismo surgimiento de la Regla Ocha en Cuba, se han entrecruzado diferentes concepciones sobre la libertad de expresión y libertad religiosa, la falta de una doctrina homogénea que trace pautas a seguir y prejuicios, entre tantos factores existentes.

Cuando se aborda la relación entre valores presentes en esta expresión religiosa y la sociedad, no debe obviarse la necesidad de reconocimiento que manifiestan sus creyentes, la que esperan alcanzar a través de los conocimientos, de la ayuda a los demás, de las buenas relaciones, de sus poderes religiosos, condiciones ventajosas de vida o dedicación a las deidades religiosas. Al respecto valdría la pena preguntarse:

¿Por qué insisten tanto en distinguirse del resto de los hombres?

¿Por qué entre las preocupaciones fundamentales de estos creyentes está la necesidad de demostrar la validez que tienen sus prácticas y lograr el afecto y admiración como religiosos y seres humanos?

En la búsqueda de esos por qué no se deben dejar de desentrañar sus raíces históricas, el tratamiento discriminatorio a que fueron objeto estos creyentes, las formas de introducción en Cuba de este tipo de religión y su posterior desarrollo lleno de obstáculos y limitaciones.Las contradicciones que se les fueron presentando a estos creyentes en las condiciones cubanas, les han impuesto la búsqueda de un espacio para insertarse en la sociedad de la que forman parte.

En la actualidad debido a la apertura religiosa que vivencia el país, como parte de la adecuación de la política a la realidad, estas personas se encuentran en mejores condiciones de olvidar frustraciones y ansias reprimidas y transformarlas en deseos de luchar y ser mejores; lo cual los convertiría en ciudadanos más útiles.

Evidentemente esta apertura religiosa se ha producido en los marcos de un período crítico para la sociedad cubana, por lo que no necesariamente ha desencadenado la extensión del amor. Insatisfacciones y carencias materiales unido a otros precedentes, han afianzado y promovido el lucro, la ambición y la comercialización religiosa. La adquisición del poderío económico se erige como un valor incuestionable para una porción de los practicantes de la Regla Ocha. Sobre esta base algunos engañan y explotan a los que reclaman por ayuda y buscan compensación.

No obstante esta tendencia negativa asociada a la alta significación del dinero y los bienes materiales y la posibilidad de alcanzarlos por medio de la religión, no siempre puede asociarse a conductas deformadas, ya que en ocasiones constituye un estímulo en la búsqueda de soluciones para enfrentar determinadas situaciones conflictivas.

Cualquier período de crisis de un país trae aparejado cambios en los sistemas de valores. Dichos cambios provocan lo mismo el surgimiento de nuevos valores, el afianzamiento de otros, transformaciones en la forma de manifestarse, depauperación o crisis de valores.

Los síntomas de una crisis de valores, según el Doctor José Ramón Fabelo (5) son, la “perplejidad e inseguridad de los sujetos sociales acerca de cuál es el verdadero sistema de valores, qué considerar valioso y qué antivalioso”; el “sentimiento de pérdida de validez de aquello que se consideraba valioso y, en consecuencia, atribución de valor a lo que hasta ese momento se consideraba indiferente o antivalioso; cambio de lugar de los valores en el sistema jerárquico subjetivo, otorgándosele mayor prioridad a valores tradicionalmente más bajos y viceversa”. Ël agrega, además, que “todo esto provoca en la práctica conductas esencialmente distintas”.

Teniendo en cuenta estos síntomas, pudiera hablarse tanto devalores religiosos debilitados, como son el colectivismo, la importancia del trabajo y de algunas normas y principios morales, así como también, en contraposición, de que otros que se consolidan en respuesta a la difícil coyuntura como el de la familia. En este caso la familia concebida dentro del grupo de los practicantes de la Regla Ocha, al igual que lo que ocurre a nivel social, se ha convertido en un mecanismo de estabilidad psíquica y material de gran connotación para atenuar los efectos del período especial (6).

El reflexionar acerca de la crisis en que se sumergen algunos valores en la sociedad cubana y, en general en el mundo, implica no sólo describir el fenómeno sino analizar las potencialidades con que se cuenta para enfrentarla y superarla. En este sentido es válido referirse al papel que está jugando y puede llegar a alcanzar la religión debido a los valores que promueve.

Los valores religiosos de la Regla Ocha pueden desencadenar la constante preocupación y el esfuerzo por superar las dificultades; el no conformismo con los problemas, la resistencia ante conflictos; la sensibilidad humana, la alta valoración de la vida y la familia; el respeto a las personas; la búsqueda de las buenas relaciones; la fidelidad; a la vez que la fe religiosa brinda compensación, protección y para algunos se convierte en vía para lograr la realización personal a través del reconocimiento social. Todos estos aspectos, siempre que lleguen a formar parte de la práctica cotidiana de los creyentes (lo que no siempre sucede), se convierten en mecanismos alternativos de incuestionable importancia en la búsqueda del equilibrio en un individuo y en la sociedad.

Ante la actual situación del mundo donde prevalecen palabras como crisis o reorientación de valores se hace necesario promover un enfoque desprejuiciado de esta religión y en correspondencia dirigir un trabajo de promoción, rescate y divulgación de valores religiosos que puedan ser capaces de desarrollar cualidades positivas de la personalidad.

A la sociedad no le debe interesar quién promueve los valores, si es la religión o nó, o el tipo de expresión religiosa que lo haga, sino cómo esos valores se dirigen o nó al desarrollo integral de un hombre culto, justo, solidario, tolerante, activo en la transformación de su propia realidad y preparado para las adversidades del Siglo XXI.

NOTAS Y REFERENCIAS

(1) Al hablar de la religiosidad del cubano no sólo estamos pensando en religiones institucionalizadas, sino en aquella que se fué conformando a partir del aporte de creencias y prácticas religiosas legadas por los diferentes troncos etnoculturales asentados en la Isla.

(2) La Regla Ocha también es conocida entre creyentes por santería. De igual forma un iniciado en la Regla Ocha se conoce también como santero.

(3) Ver Fariñas, Deisy. Formas tempranas de religión en Cuba. Tesis de Doctorado 1994. Capítulo I.

(4) Según estudios de Ferraudy Espino, Heriberto, expuestos en el libro “Yoruba. Un acercamiento a nuestras raíces”. Editora Política. La Habana 1993.

(5) Fabelo, José Ramón en su intervención en la Audiencia Pública convocada por la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba acerca de la formación de valores en las nuevas generaciones. 1995.

(6) Puede profundizarse en el resultado de investigación del Departamento de Familia del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas acerca de los impactos del período especial en la familia cubana (1994).

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