Por: Hispanidad y Mestizaje
Sus leyendas. Culto. Su importancia en la Magia y en la superstición del pueblo cubano. Los malos ojos. Los mayomberos y la ceiba. Jueves, Viernes Santo y Sábado de Gloria. El árbol sagrado por excelencia.
Lucumí: Iggi Olorun. Congo: madre Nganga. Muslna Nsambia.
“Ceiba, tú eres mi madre, dame sombra.”
La ceiba, como la palma real, es el árbol más característico de la Isla y el árbol sagrado por excelencia. Al extremo que cabría preguntarse si es objeto de un culto independiente, — culto a la ceiba, en el que comulgan por igual, con fervor idéntico, negros y blancos – si no supiéramos ya que todos los muertos, los antepasados, los “santos” africanos de todas las naciones traídas a Cuba y los santos católicos, van a ella y la habitan permanentemente.
Era también para los chinos que se importaron durante la colonia, y hoy para sus descendientes, “el trono de Sanfán Kón, “el mismo Santa Bárbara en China”.
Si se interroga a un campesino blanco, a “un guajiro”, sobre este misticismo que despierta la ceiba en todo el país, dirá invariablemente que “está bendita”, que sus mayores le han enseñado a adorarla, porque “es lo más sagrado y lo más grande de este mundo”. Y todos repetirán exactamente lo mismo: “¡La ceiba es santa!” “Es el árbol de la Virgen María”. “Es el árbol del Santísimo” o “del Poder de Dios”, o que es “árbol de misterio”. Prueba de ello, que los elementos desencadenados la respetan: no la abate, no la desgaja el huracán más fiero: no la fulmina el rayo.
– “El rayo respeta a la ceiba y a más nadie”.
¿Talar una ceiba’? ¡Qué atrocidad! La ceiba ni se corta ni se quema. Nadie sin hacer “ebbó” previamente, sin consultar a los orishas y tomar precauciones se atreverá a derribar uno de estos árboles imponentes que se secan centenarios, adorados y temidos de todos, en nuestros campos. Es comprensible que para la mayoría de nuestros negros y de nuestros campesinos, ambos en estrecha convivencia, respondiendo puramente a un atavismo, a un instinto religioso milenario, y en el fondo, común a todo el género humano, un árbol de tales proporciones y de belleza tan solemne y majestática, aparezca como la materialización de alguna poderosa divinidad: esta divinidad de la ceiba se impone sencillamente.
“La ceiba es un santo: Iroko”. “Es la Purísima Concepción”. “En ella está Arému, la Virgen de las Mercedes de los ararás”, y Yémmu.
A veces las explicaciones a este respecto, de mis viejos informantes, se hacen confusas. La ceiba es “asiento de Iroko, quien está allí presente”; y de la Purísima Cencepción “que viene a la ceiba”, y tiene en ésta su morada. Otros aseguran que “Iroko es la misma ceiba”. También “Babá está en la ceiba”. “La ceiba es de Oggún y de Orichaoko”. O de “Obbá y Changó”. “Aggayú, es ceiba”. Iroko se llamará cuando esté consagrada.
Mi centenaria amiga matancera, Addié, todas las mañanas se encomendaba a la ceiba, “porque para vivir hay que contar con el favor de madre ceiba todopoderosa”. “Quieras que no”, reza un canto de Ocha, “con Iroke hay que contar”. Y porque en la ceiba se saluda a los okús – a los muertos –; “están los muertos”.
Los negros de ascendencia conga la llaman nkunia casa Sambi (árbol casa de Dios); nkunia Lembán, nkunia mabúngu, Ñángue, Gúndu, (Mamá Ungundu) Naribé, Sánda, Fiame, Nfúmba y Fumbe (muerto) Mamá Fumbe. Los que se reclaman de lucumís: Arabbá, Iroko, Elúwere, Asabá. (Iggi-Arabbá) Iggi-Olorun. (árbol de Dios).
Algunos viejos coinciden al explicarme que en Cuba no había iroko, que es una especie de caoba africana, y que los lucumís llamaban arabbá a la goma francesa, (que Sandoval también conoce por gógó). Sin embargo, la ceiba les recordó a iroko y la denominaron y “consagraron” con el nombre que en África se daba a un árbol inmenso, muy semejante e igualmente venerado en toda la costa de Guinea. Ocurrió lo mismo con otros muchos árboles.
“Aunque la Ceiba no es iroko legítimo, se la considera como iroko; y se la conoce unas veces por iroko, y otras por arabbá”. “Aquí la ceiba es como Obbáburo: un árbol de África, donde se hace fiesta”.
“Iroko es del santo Oddúa, que vive arriba en la copa”. “Iroko, es tronco de Olofi; el palo más santo y misterioso”. Mas Iroko, o Iroke, “puro lucumí Oyó”, – “lóko, se llama en Dajomi” – es un orisha, dueño de la ceiba, y a ésta se la designa corrientemente con el nombre de Iroko “que es santo varón y viejo; tiene una mujer, Abomán, que vive también en la ceiba, y una hermana que se llama Ondó”.
Iroko se baila con un lindo bastón todo revestido de collares y una escoba adornada de cuentas rojas y blancas. Este santo que se adora en la ceiba pertenece a la rama de Naná Burukú y de Ayánu, San Lázaro, lucumí y arará. “Y no baja Iroko, como Oro, el que ronca”: se le sacrifica un torete que pasean alrededor del árbol los santeros, con velas encendidas, antes de degollarlo. Entre tanto, le sacrifican gallos, gallinas, patos de la Florida y guanajos blancos. Todos los meses se le ofrecen pollos blancos. Otros pretenden que la ceiba le pertenece, no a Abanlá – la Virgen Purísima -, sino a Aggayú — “el Brazo Fuerte” -, pero se está de acuerdo en que todos los orishas “van” a la ceiba, y a Aggayusolá, a Changó, a Náná, a todos, se les adora en la ceiba; y a Dádda Awuru Maggalá – Gebioso -, el Changó Mayor de los ararás.
“Fortuna-Mundo” y “Niña-Linda” le dicen en el campo los mayomberos “por cariño, para chiquearla”, y se supone que “como es santa y está bendita nunca se utiliza para nada malo”; “la ceiba llora lágrimas cuando le proponen una maldad”, esto es, que cuando rezuma el tronco, quiere decir, le advierte al brujo: “no hagas ese mal, que no le aprovecha a tu alma”. Pero… Dios da permiso para todo. “Dios dice: cosas de los hombres que a mí ni me van ni me vienen. Allá se las hayan, que yo no me meto en nada”. De modo que la ceiba “lo mismo mata que da la vida”. Con su poder se obtiene todo, y todo consiste, como sabemos, en pagarle su derecho.
Existe una ofrenda que parece ser decisiva para ganarnos la buena voluntad y el auxilio de Madre Ceiba. Se salcochan dieciséis huevos, se hace en la tierra, bajo el árbol y en dirección al naciente, una cruz con manteca de cacao. Sobre esta cruz se van colocando los huevos desprovistos de la cáscara y se repite la misma petición cada vez que se le ofrece uno. Por último se le dice: “Deseo que en tantos días me concedas lo que te pido”, (“porque es prudente fijarle un término”…) y todavía será más eficaz el ruego, y el resultado plenamente satisfactorio, si junto a cada huevo se coloca un centavo viejo. “Para que un enemigo se tranquilice y no nos haga más daño, se salcochan cuatro u ocho huevos, se untan de manteca de cacao, aceite de almendra y bálsamo tranquilo, se tapan con algodón, y cuando la tarde declina, se llevan y se colocan entre las raíces de la ceiba y se llama a quien se quiera tranquilizar. Se habla con Obatalá que está allí en su mismo trono, y ella, la apaciguadora, se encarga de amansar y hacer variar a ese enemigo”.
“Una hermana de Oyá, muy delicada, que se tiene en cazuela de barro, representada por dos caracoles torneados de nácar, vive al pie de Iroko, y come (recibe el sacrificio) sobre una mesa.”
“Madre de todas las prendas, le da sombra a todo el mundo, ampara al que le implora. Sin
Sanda-Naribé no hay nganga”.
Además de los muertos que van a posar en su fronda, y de todos los orishas, mpúngus, inkisos o nkitas y nfúmbis, “hay en ella un fodú (vodu) potentísimo que se llama Bóku”, (arará). También lo encontramos en la palma real. “Iroko, Bóku, Lóko… son santos que radican en la ceiba”.
- Buenas tardes, Madre Ceiba, la bendición”, le oía decir en alta voz y persignándose, a una octogenaria que me acompañaba en un ingenio matancero cuando saludaba en mi presencia alguna
ceiba, y me decía, que se dirigía a ésta “como a la Señora Madre de Dios”.
- “Con su permiso voy a pisar su sombra”, se le advierte, pues jamás se debe pasar junto a una ceiba sin antes cumplir esta formalidad. “¡No volverle nunca la espalda, mucho respeto, mucha
urbanidad con Iroko!” La sombra sagrada de Iroko no se cruza, no se pisa sin excusarse de antemano y sin solicitar respetuosamente su consentimiento. A. Z. se tendió desaprensivamente a descansar un rato bajo una joven ceiba. “No pidió permiso, ni andaba creyendo”, decía él, “en tantas historietas de negros viejos”. Perdió el conocimiento. El espíritu le hizo saber qué era “fúmbe”. “Simbao”, – es decir, inconsciente -, estuvo más de dos horas, y desde entonces…
Cuanto más importante un hombre en la tierra, cuanto más elevada su jerarquía, más pronto al expirar irá su espíritu a refugiarse en este árbol. Los espíritus de los más ilustres, “los grandes, las cabezas grandes” – los moana mutámba – se albergan en ella: y aún más, vienen de Guinea los antepasados, los abuelos desconocidos a parar en sus ramas vigorosas. “Iroko es el punto de reunión de las almas”. “Africanos y criollos muertos, todos los difuntos se encuentran en Iroko”. “Iroko es siempre una asamblea de espíritus”… “Munansó de los Fúmbe”.
“Con los espíritus del monte, de nfindo, cunánfindo y de los árboles, están los espíritus de los muertos.”
Los mayomberos como hemos visto, llaman Fúmbe a la ceiba.
Así una joven a quien el alma de su madre atormentó un tiempo impidiéndole dormir y apareciéndosele en sus sueños agitados, le llevaba todos los lunes en una cazuela nueva, (para ofrecerle comida a los muertos se emplea siempre un recipiente nuevo) frijoles negros, un plátano salcochado y un pedazo de tasajo, no al cementerio, pues su madre había sido enterrada en un pueblo distante de La Habana, sino a la ceiba. Es menester cuidar que esta cazuela no se rompa en el camino; se la sostiene todo el tiempo con la mano izquierda y se marcha siempre en línea recta.
Generalmente en el campo las familias dan de comer a sus muertos en las ceibas, “porque arriba del árbol hay una santa sentada que llama a los espíritus, a todas las ánimas. Las ánimas difuntas van al árbol. Se hace un trazo en la tierra, y sobre este trazo se les pone siempre, de preferencia en una jícara o en un plato blanco nuevo, la comida que más le apetecía en vida, sin iyó, (sal), porque los muertos no pueden probar la sal; agua, café, bebida – si era de su agrado -, o tabaco; y se encienden cuatro velas. Allí se llama al difunto y el difunto viene”.
Iroko o nkunia Sambi protege a todos por igual: “no distingue rico ni pobre, es como el sol”. “Cuando el diluvio universal, fue el único árbol que respetaron las aguas”. “Era poyata del cielo”. Pilar. Las aguas se detenían a cierta distancia y los hombres y animales que se refugiaron en ella se libraron de perecer ahogados. Así no se extinguió la especie humana. “Por ella bajaron los hombres a la tierra”. Este papel de salvadora de las especies lo desempeña, en ocasión de una sequía universal que extermina a todos los seres vivientes, el aura tiñosa, la no menos venerada icolé, colé-colé, egú lugú o caná-caná de los lucumís, en un camino o avatar de Oshun, compaña inseparable de esta diosa. Es el nsuso – pájaro, mayimbe de los congos. En cierta ocasión “en que el cielo y la tierra se emperraron, y el cielo, para castigar a la tierra, no llovía”, el aura llevó la rogativa que hombres y animales, víctimas de aquella rencilla, le enviaron con ella a Olóddumare, pidiendo y obteniendo al fin su perdón. Desde entonces este pájaro nauseabundo, pero que todos los negros tienen, con razón, por sagrado y semidivino, mereció que Olofi lo bendijese – por eso no tiene plumas en la cabeza – y le asegurara el sustento por la eternidad. Lo nombró, además, “mensajero de los hombres y de Dios”.
“Caná-caná es el animal que cuando todo el mundo muere de hambre siempre encuentra qué comer”. Y ya se sabe en qué consiste la alimentación de este cuervo, devorador de carroñas y basuras. “Pero todo el mundo tiene que darle de comer, porque es santa, y a la par que come Elegguá, el día de un tambor, se le echan las tripas de los animales en el tejado. Los santeros tienen que alimentarla”.
A las altas ceibas viejas sin verdor, interiormente carcomidas por el tiempo, que elevan al cielo sus brazos gigantescos y torcidos, este nsuso Mayimbe, me cuenta un nieto de congo, va siempre a lamentarse después de la lluvia. “Cuando lángo-lángo mámba Sambiánpungo, Mayimbe guari-guari”… Es decir, cuando Dios llueve, Mayimbe refunfuña y se siente mal. Mayimbe no tiene nso, no tiene casa propia. Vive en cualquier parte. “¡No puedo seguir así, sin un techo; tengo que fabricarme una casa para no mojarme”, rezonga mientras cae la lluvia. Cesa el chaparrón, brilla el sol de nuevo y Mayimbe, posada en un muñón de la ceiba, abre las alas mojadas, “se pone en cruz” como dice d pueblo, para que Tángo (el sol) la seque, y entonces, todo d mundo le lanza alguna indirecta, se burla de ella.
“¡Insambirirá!”, dice entonces Mayimbe, “Ntoto luweña musi-musi”… Pero, a la vez que protesta por lo bajo, ve desde lo alto de la ceiba — “Inguirico cuenda mensu vititi Ngombe que nfüire yo úrria kiá mbisi kiá kiá luweña musi-musi, Insambirirá” -, ve al buey que va a morir. “No tengo casa… pero el sol ya me secó”, dice Mayimbe, “después que me coma al buey (ngombe), ¡me ensucio en todo el mundo!” Y hasta el próximo aguacero abandona d proyecto de hacerse de un techo que la guarezca de la lluvia.
Además de las auras, las lechuzas. Susundamba, por su parentesco con la muerte, se relacionan también con las ceibas, y a la par que los muertos, van a ellas.
“Susundamba, pone huevo en la ceiba con Mayombe,
Huevo en la Ceiba, con Mayombe.”
Fugitiva la Virgen María con el niño Jesús, se escondió en el hueco de una ceiba, “la ceiba se abrió” para albergarla y allí burló a sus perseguidores: el tronco se cubrió de espinas para proteger a la Madre y al Niño Divino. Desde entonces “las ceibas se abren una vez al año, y aparece la Virgen”. Muchos han tenido la suerte de verla. “Naturalmente, su madera es sacrosanta, pues no sólo la Virgen María la bendijo, sino que estuvo en contacto con los divinos cuerpos de la Madre y del Hijo. Otra de las pruebas de la santidad de este palo para el guajiro, es su limpieza: no produce basuras, la tierra que la circunda y recibe sus divinas emanaciones está siempre exenta de hojas secas, y cuando florece y arroja el tenue vellón de sus flores casi impalpables, que se emplean en colchones y almohadas, lo esparce a lo lejos: “para no ensuciarse, de escrupulosa que es”.
Como otros árboles – la palma, el jagüey, padre de palos y la caña brava, la ceiba le habla al brujo que se prepara para conversar con ella. Este, “jura nganga” en la ceiba y golpea impetuosamente el tronco con su cabeza, ¡oh milagro! sin hacerse daño.
Se sabe que de noche las ceibas conversan, andan y se trasladan de un lugar a otro. “Caminan por la sabana”. Sobre este deambular nocturno de las ceibas, por odá, la sabana, Juan O’Farril nos relata la historia de un hombre que tuvo la suerte de sorprender el diálogo de dos ceibas.
Pero antes, entona el mambo que se les canta en los juegos de palo, a la media noche.
Sanda Naribé Ndinga mundo
Sanda Nkunia Naribé Pangalán boco.
Sanda fumandanga Medio tango
Dinga nguei Bobbela Ngúngu
Medio tango…
“Era un hombre muy pobre que tenía una caterva de hijos. Le sorprendió la noche en el campo, lejos de su casa; cansado, pero no queriendo volver sin llevarles algo de comer, se acurrucó a descansar un rato en el estribo de una ceiba. Se quedó dormido. Serían las doce, hora en que las ceibas caminan, cuando lo despertó un ruido. El ruido era un bulto negro grandísimo que venía hacia él, que quedó muy quieto donde estaba y que era otra ceiba que se acercaba.
Las ceibas saludándose: Malembe Nguei, Malembe Mpolo.
– ¿Kindiambo, kilienso guatuka nguei? (¿Qué hay de nuevo?)
- ¿Qué hay? Pues figúrate que yo vivo frente al palacio del alcalde – le dice la ceiba que va de paso a la otra, que empieza a mover las raíces para irse también de recorrido -, y que el
alcalde no hace más que llorar y llorar desde ayer, como si fuese una mujer, porque su hija ¡búta ndumba! (muchacha bonita) se le muere de una enfermedad que nadie sabe curar y que no tiene
más que un remedio.
– ¿Cuál? – pregunta a la otra ceiba.
- Si la envuelven en una sábana nueva y la tienen tres horas sobre una paila de guarapo llena de leche hirviendo con canela y miel, tomando el vapor de esa leche, y rezan sakula musakula múnbansa musu kuenda sanga ntiba karidi fuyánde… esa muchacha se salva.
- Es verdad, – dijo la ceiba -. Ese es el remedio. ¿Y ahora, adónde vas?
– Voy a ver a mi tía.
- Y yo a mi hermana.
- Buen lúmbo…
La ceiba no se había dado cuenta que tenía a aquel hombre escondido en los estribos, porque cuando él llegó, ella estaba durmiendo. El hombre se fué muy calladito, sin meter ruido, pero había oído lo suficiente…
De noche las ceibas se despiertan a eso de las doce y salen a hacerse visitas, tienen sus tertulias y sus diversiones. Esas se quedaron paliqueando hasta tarde y el pobre, kíangana, kíangana, kíangana, llegó al palacio de la Alcaldía y esperó a la puerta hasta que aclaró. Dijo que era un médico que no curaba más que a los enfermos muy graves, y el alcalde lo mandó a entrar.
- Si me curas a mi hija te haré rico. Si mi hija se muere mando que te tronchen la cabeza.
El hombre vio a la enferma, rezó e hizo todo lo que le había oído a la ceiba. ¡La muchacha sudando la gota gorda sobre la paila de leche hirviendo! A las tres horas la llevó a la cama bien envuelta, para que no se enfriase. Cada vez respiraba mejor. Mandó a abrir las ventanas que no se abrían desde hacía muchos días. Entró el rayo del sol: la enferma abrió los ojos. Ya se curó. El alcalde le dice al pobre: Yo quiero que usted sea el médico de la familia.
- Señor alcalde, yo no sé curar más que a los que no tienen cura.
Lo metieron en una volanta, se la llenaron de dinero, y se apareció en su casa. Ahora… ¡a comprar de todo!
Por estas cosas raras, de la noche a la mañana, se hace rico algún pobrete.”
Recinto del Todopoderoso, de Babbaddé, de todos los Obatalá – hembras y varones -, el que se encomienda a la ceiba y algo le ofrece a cambio de un favor, debe ser muy exacto en cumplirle lo prometido. En la leyenda, Madre Iroko-Oko castiga implacablemente al moroso que olvida la gracia concedida y dilata peligrosamente el pago de la deuda. He aquí una de estas historias que acompaña un canto muy conocido y gracioso, pues el narrador imita con los brazos – las ramas – y con los pies – las raíces – los movimientos de la danza del árbol grandioso.
Erubbá, la vendedora de frutas iba al mercado y cruzaba a diario junto a iroko con su canasta en la cabeza. Todos los días le dejaba alguna ofrenda y le pedía la gracia de concebir un hijo que la acompañase, y más tarde, la ayudase en sus trabajos. En pago de aquel favor Erubbá le prometió un carnero. Madre Ceiba atendió su ruego y “Erubbá… Achú kwán” – iya obi omó: dió a luz una niña. Sin embargo olvidó sus ofrecimientos. Dejó de visitar a Iroko. Así es el mundo, y casi nadie, sólo cuando truena, dice Changó que la gente se acuerda de decirle:
“Káwuo Kabie Si
Oggana malla malla junto
Déddé mitoné”
y de echarle agua en las puertas o quemar el guano bendito.
La niña creció, y un día Erubbá pasó con su hija por la sombra de Iroko. Erubbá saludó, más siguió de largo con su canasta de frutas en la cabeza. La niña se detuvo junto al árbol al que debía la vida. Recogió una piedrecilla, una yerba que le llamó la atención y no hizo caso de su madre que continuó andando más de prisa que de costumbre, como quien esquiva la explicación a que se siente obligado un deudor que se tropieza a su acreedor. Cuando a cierta distancia prudencial, Erubbá se volvió para llamar a su hija, vió a Iroko bailando:
“¿Yllón. yon, kuán, omó layón Kuán!”
La inmensa Iroko bailaba; abrían sus raigones un hoyo en la tierra y la niña se hundía en aquel hoyo. Erubbá corrió a rescatar a su hija, pero ésta sepultada ya en la tierra que se cerraba de nuevo en torno suyo, sólo tenía de fuera la cabeza.
– “Perdon, Iroko”, – gimió la mujer -, “te pagaré lo que te debo”. Y comenzó a ofrecerle:
“Curucarukú yeyé curé oguttá
Omolé ambio oumolé
Omolé ambio oumolé
Omolé ambio yán
Yán Yán Iroko”.
La ceiba, inexorable, continuaba bailando y le cantó a su vez:
“Yón-Yón-Yón kuá mi
Omólorayón kuán
Como layón kua mi”.
Y se tragó a la hija de Erubbá.
“Para lograr un hijo hay que hacer rogación al pie de Iroko, pedírselo, y todos los años, si lo concede, llevarle un carnero en pago”.
(No es Iroko, es Bomá quien da hijos a las mujeres.)
“Cosas muy grandes han sucedido siempre en las ceibas. María Kinga, – Yaya-lánde -, voló a su tierra desde una ceiba en un monte de la finca Valladares.”
“María Kinga se llamó en Cuba. En África dicen que María Kinga se llamaba Eyandé Laué y que era hija de un jefe brujo, un Nfumo. Que nació en una cueva de culebras y que se crió jugando con las iniokas (culebras). La robaron los traficantes. Vino a Cuba y la vendieron al Santa Ana del Limonar. El mayoral se enamoró de la negra. Ella no lo quiso. El mayoral mandó que le dieran componte. María Kinga huyó del barracón a un horno de cal. Pero se descubrió donde estaba, cercaron el horno y la negra escapó a vuelo y fué a parar a Alacranes, al pie de una ceiba grandísima. Los rancheadores la descubrieron sentada en un estribo. María Kinga los vió venir con los perros, y subió a lo más alto de la ceiba.
“Empezaron a derribar el árbol. De repente una tromba en forma de águila se abatió sobre la ceiba, y María Kinga desapareció con ella, y volando se fue a su tierra. Su padre era mfumo-Sánga, más que Kintoala. ¿Cómo no iba a protegerla la santísima ceiba, que es madre de los nkitas?”
Un taita nkisi me cuenta que el encuentro de Tubisi Insambi y de Mpúngu Nsambi, el Dios Mayor del Cielo y el de la Tierra, ocurrió, al principio del mundo, a la sombra de estos árboles.
Ambos tenían las piernas rígidas; “no podían doblar las rodillas. Eran enterizas. Tubisi Nsambi era Dios y Mpungu Nsambi era Santo. Nacieron separados, cada uno en un extremo del mundo: no se conocían y se runieron por casualidad junto a la ceiba, el árbol de Tubisi Nsambi y de Mpúngu Sambi: de Dios y de los santos. Bravos, peleones, no mataban, pero pegaban y eran invencibles. Cansados de ganarle a todo el que luchaba con ellos, salieron de sus respectivos territorios buscando algún rival más digno de enfrentárseles. Anduvieron mucho y en el medio del mundo se encontraron.
Oscureciendo, cada uno por un camino diferente, llegaron a una ceiba (que estaba en el centro de la tierra). Tubisián Nsambi llegó primero y se acostó. Un poco más tarde llegó Npúngu Nsambi y se tendió enfrente, al pie de otra ceiba cubierta por un jagüey. Al aclarar se despertaron: Tubisia Nsambi abrió los ojos y vio a Mpúngu bajo la ceiba-jagüey, bostezando y estirándose.
Dijo: – Buenos días, amigo. ¿Qué te trae por aquí?
- No me gustan las preguntas, contestó Mpúngu, y saltó sobre Tubisia Nsambi.
Tubisia, en la lucha, lanzaba al aire a Mpungu, y Mpungu caía derecho sobre sus piernas. Al fin los dos se partieron las piernas y Tubisia Nsambi-Nsambi dijo: Ya nadie nacerá con las piernas rectas.
Otro viejo mfumo-ngánga, al asegurarme que todo el que se acoge a la ceiba pídiéndole auxilio obtiene la protección de la Virgen María, ilustra su afirmación con esta historia: “Ngana Santa María, Ceiba, Fortuna Ngongo, tiene misericordia. Lo que le voy a contar, milagro de ceiba, fué así.
Una mujer parió una hija sarnosa. Le dio tanto asco que dijo: — ¡No quiero hija con tanta ñáñara! y la abandonó en un basurero al pie de una guásima. Ud. sabe, la guásima es árbol que no tiene responsabilidad; allí se cuelga a un hombre y no hay novedad. La justicia no indaga.
Vino un nsuso, un pájaro, la vio y dijo: ¡pero si es una criaturita de Dios, y está viva! Yo me la iba a comer, pero… también soy madre. La envolvió en un algodón y la depositó en la raíz de una ceiba. Al día siguiente la vio un tié tié. La recogió y la subió a la ceiba, y allí arriba le dijo: Con su permiso, ayúdeme, la voy a llevar al cielo. La ceiba le dio fuerzas, y con la niña bien envuelta en algodón, llegó al cielo cantando.
Yén yén yéguere mayém
Kiva mío
¡ Prúu!
Kwá mío Kwámio
Y tocó a la puerta y la misma Virgen le abrió.
-¿Quién es?
- Yo, Tié tié.
Dijo la Virgen:
– ¡Alabado sea! Tan lejos como estamos y hasta aquí nos persiguen ustedes…
-No, señora Mamita. Mira lo que traigo.
– ¿Pero quién parió ese muchacho? ¡Dámelo acá! Pobrecito…
Le dio un baño de yerbas y se le quitó del cuerpo el granerío. Y era una niña muy linda.
– Bueno, bueno, Tomeguín.
La Virgen escribió una carta.
- Dale esta carta al Gavilán, (el rey de los pájaros). Ahí le digo que al Tié tié ningún otro pájaro lo agarre en el monte. Y que él dé un bando ordenando que todos te ayuden y favorezcan.
Sí, el Tomeguín tiene muchas virtudes”. Lo veremos igual que al Zún Zún como un elemento de gran valor en la preparación de muchos filtros, polvos y amuletos. “Por eso cuando él hace su nido, los demás pájaros lo ayudan.
Arriba la niña recogida creciendo con la Virgen María, sana y bonita, y abajo, la mujer que la había echado a la basura por sarnosa, parió otra hija que nació sin bubas.
Un día que la mujer la mandó a su campo a pilar arroz, pues desde muy tierna la obligó a trabajar y la maltrataba, la hermana que estaba en el cielo la vé pilando, descascarando y aventando el arroz, recogiéndolo y guardándolo en una vasija. Y la que estaba en el cielo, con permiso de la Virgen, bajó por una cadena, con un pilón de oro, una mano de oro y un aventador. Y le dijo a su hermana:
- Descansa; acuéstate en el pajón, que yo trabajaré por ti. Y le dijo quien era y donde vivía. Le contó cómo su madre la había echado a morir en el basurero, como una basura más.
– ¡Ay! ¡yo quisiera ser también hija de la Virgen! ¿Es muy bonita?
- ¡Tás jugando! ¿si es bonita? ¡Lo más lindo que hay! Y bien vestida… ¡Echa un lujo! Pero… ¿cuanto arroz te mandó a pilar Mamá?
– Doce mancuernas.
- Descansa.
Y la hermana a dar pilón:
Amo góró baragá
Amo góró baragá
Abóngo fánga
fánga fánga
Cuando terminó, prontísimo, dice la otra asombrada:
– ¿Y como podré ahora cargar tanto arroz?
La hermana se lo llevó hasta la casa, porque el arrozal, el conuco, estaba a distancia de la casa.
La madre cada vez fué cargando más de trabajo a su hija, que rendía por cuatro. Era una mujer de muy malos sentimientos.
Prosperaba, y como no trabajaba, que el arroz se le daba tan abundante, y su hija todo se lo hacía, empezó a dar fiesta; y la chiquita metiendo el hombro para que su madre fiestease. Pero la hermana le decía. Juega, que yo termino pronto. Y en un momento despachaba la labor.
Ahora la madre prepara un banquetazo para todos los amigos y los parientes y había que pilar mucho, pero mucho arroz. Llevó a su hija al conuco, la dejó allí, y apenas volvió la espalda, bajó la hermana. Se besaron… (por eso, desde entonces en el mundo las mujeres se besan) y ese día, trajo chocolate del cielo y bizcochuelo y una botella de vino dulce, que su hermana no había probado nunca en la tierra.
Tanto arroz llegó una hora después a la casa que la mujer tavo sospechas de algo raro.
–¿Tú sola, pero tú sola, pilaste todo eso? ¿Nadie te ayudó?
– Yo sola… ¿Quien me va a ayudar?
Y la mujer le dijo en secreto a su marido:
- Ella sola no puede haber hecho eso. Por mucho que coman los invitados, sobrará arroz. Vé al pueblo a vender la mitad.
Y a la hija le dijo: Mañana apílame otro tanto.
La hija obedeció y fue temprano al conuco. Los padres se habían levantado antes que ella y se escondieron para observarla.
– La muchachita miró al cielo y llamó a su hermana.
– ¡Ngó! vamo a vé…
– Y la hermana enseguida bajó por la cadena.
Los padres vieron a la señorita que bajaba del cielo por una cadena, que abrazaba y besaba a su hija y luego le decía:
- No hay prisa. Siéntate que te voy a peinar. La peinó, la vistió con un vestido azul celeste que le traía, y luego los padres oyeron lo que hablaba. Sí, porque la del cielo hablaba alto con toda idea, para que la oyesen:
– Mi madre me tiró al basurero. Nuestra madre es malvada. Mayimbe me retiró de la basura y me llevó al estribo de Mamá Ungunda. Como es cosa de la Virgen, con favor de Ngunda, el tié tié me llevó al cielo, y en el cielo estoy con mi Madrina la Virgen Santísima. Ella me dió el pilón de oro y la mano de oro.
El padre no sabía lo que aquella mujer había hecho con su primera hija. El hombre no era tan malo. Aquello le dolió… A la madre, oyendo escondida, como era avariciosa, le entraron ganas de robarse el pilón y la mano de oro.
- Hoy no trabajamos. Magdalena y la Caridad del Cobre tienen visitas y voy a apilar en el cielo para los santos. Y se puso a bailar y a hacer como si apilara.
Yen yen Ngó
Mandarin fangara
Ko maranguen
Ke abororin
- ¡Y ahora, que si se me escapa para el cielo se me lleve el pilón y la mano de oro! pensó la mujer. Y con la rabia que le dio esta idea salió arrebatada para coger mano y pilón y a las hijas también; pero la hermana mayor, agarrando a la chiquita, se colgó de la cadena. Y las dos subieron sin olvidarse del pilón y de la mano y se perdieron de vista entre una nube.
El marido mató a la mujer como a un perro, y las muchachas, hasta ahora, en grande con la Virgen María, que en congo se llama Kéngue.
Ni el dinero se queda callado en ningún bolsillo, ni se queda sin castigo el daño que se hizo en esta vida”.
Hace mucho tiempo, – me cuenta también un joven babalao (Patakin de Odi-Melli) – “cuando empezaba el mundo”, los cadáveres no se enterraban, se llevaban al monte y se depositaban al pie de las ceibas. Fué un marido burlado, Mofá, quien puso fin a esta costumbre e hizo cavar la primera fosa para castigar a su mujer, a quien enterró viva… Este Mofá de la leyenda vivía prendado de su mujer, que no lo quería ni a él ni a su hijo, y tenía un ale, un amante que no valía lo que Mofá, y que estaba muy lejos de amarla como Mofá. Sin embargo, le decía a Mofá que no podía vivir sin él, y al amante, que no podía sufrir más la presencia de Mofá. Un día éste le preguntó si estaba dispuesta a deshacerse de su marido. El hombre había ideado que se fingiese muerta, y cuando la dejasen bajo la ceiba, él iría a buscarla de madrugada y la conduciría a su casa. Dicho y hecho: y aquella misma noche la mujer murió. La desesperación de Mofá no tuvo límites, pero llegó el momento en que no quedó más remedio que abandonarle el cadáver a Iroko, y el amante, como habían convenido, a la madrugada se la llevó del monte tan viva como estaba a la hora de su muerte, y después de su muerte repentina.
Pasó algún tiempo y el amante de la mujer de Mofá, que vendía quimbombó en la plaza, pensó que era ella quien debía vender d quimbombó y él quedarse en la casa sin hacer nada. Y la mujer ocupó su lugar en el mercado. Un día vio venir a su hijo que, sin sospechar quien era, tenía costumbre de comprarle el quimbombó al amante de su madre. El hijo la reconoció y le echó los brazos al cuello, pero aquella mujer lo rechazó con la mayor dureza protestaado que no era su madre, ni madre de nadie. Sin embargo, el muchacho no dudó un instante: volvió a su casa, le aseguró a Mofá que su madre vivía y que se hallaba en el mercado vendiendo quimbombó.
- Desgraciadamente tu iyá está muerta, hijo mío. Muerta la dejamos bajo la ceiba.
Tres días después, cediendo a la insistencia desesperada del muchacho, Mofá fue a la plaza y reconociendo al punto a la mujer que había adorado, también la quiso estrechar en sus brazos. Ella gritaba con toda la fuerza de sus pulmones, pero el pobre Mofá gritaba más recio, y un gentío que no tardó en rodearlos presenció aquella extraña escena.
Acudió el hijo de Mofá, que había seguido los pasos de su padre, y se descubrió públicamente la traición de la mala mujer que había hecho a la muerte cómplice de su delito. La muchedumbre pedía un castigo, y Mofá propuso – temiendo una nueva traición – que se abriera en la tierra un hueco muy hondo y quedase allí enterrada como una semilla. “No era costumbre en aquel pueblo”, especifica el babalawo, “que las mujeres tarreasen (sic) a sus maridos”. Y a partir de aquel suceso los cadáveres no se llevaron más a Iroko, como había sido costumbre, sino que se sepultaron a cuatro metros bajo tierra.
Enterrado hasta los hombros cabe una ceiba, estuvo largos años el gran dios Adivino Orula u Orúmila, — San Francisco, el padre Tiempo de los congos – que nació, según una versión, después del juramento que hizo Obatalá de no tener más hijos varones. Se comprende la terrible decepción que llevó a Obatalá a formular semejante juramento: su hijo Oggún había cometido incesto con su madre, Yému. Pero Changó, su hijo predilecto, su confidente desde la niñez, había escuchado de sus propios labios la historia de aquella tragedia familiar y odiaba a su hermano Oggún, maldito desde entonces por el Padre, y condenado a trabajar, eternamente, en forma de hierro.
Changó ya había vengado también de cierto modo a su padre, robándole a Oggún su mujer Oyá, y ahora deseaba salvar a su hermano Orúla. Sirviendo de pretexto cierta angustiosa y difícil situación por la que hubo de atravesar, como rey, Obatalá, y que acaso, debido a sus años, no podía vencer, Changó supo aprovechar una ocasión en que Obatalá se lamentaba en presencia de Yému, su mujer, y de Elegguá, el más pequeño de los orishas, de la adversidad que lo perseguía, aumentando a su edad, trabajos y quebrantos. Changó insinuó que el origen de aquellos males era sin duda el enterramiento de Orula.
- “¿Y que puedo hacer ahora?”, preguntó Obatalá. “Orula está en manos de Olofi. Yo mismo lo enterré vivo debajo de una ceiba. ¡Orula está en manos de Olofi!”
Ignoraba Obatalá que Elegguá lo había seguido aquella vez y había visto en qué lugar, – donde se alzaba inmensa al cielo una ceiba solemne – había sepultado a Orula, dejándole, – detalle que no recordaba el anciano y desmemoriado dios,- la cabeza y los hombros fuera de la tierra; que todos los días su madre Yému le enviaba de comer con Elegguá; que la ceiba lo protegía de todas las inclemencias; que Orula en fin, vivía, pero preso más que nada; por el juramento, la palabra, oro, de su padre.
- “Orula aún vive”, le dijo entonces Elegguá. “Al pasar junto a una ceiba vi un hombre, negro colorado, enterrado hasta los hombros. Y nunca desde que lo encontré he dejado de ir a la ceiba
a alimentarle”.
Recordó Obatalá y exclamó: “Ese hombre, al amparo de la ceiba, es Orula”.
- “Orula, Babami”, – volvió a decir Changó! “tiene la gracia de Olofi en su lengua y en sus ojos y puede poner fin a nuestros males”. Obatalá se aprestó a partir inmediatamente en busca de la ceiba que cobijaba a Orula. La leyenda añade que habiendo perdido la memoria, no recordaba ya el camino, y que Elegguá, para no herir su susceptibilidad, y orientarlo sin que el Viejo se percatase, se le aparecía en todas las esquinas y por el sendero, asumiendo formas distintas, hasta llevarlo a la ceiba. Y cada vez, también, que Obatalá se encontraba con un personaje diferente, le ofrecía un poco de comida que llevaba en una cazuela. Ibéru Babamí, le dijo Orula al verlo. “¡Ibósise, Orúmbila!” respondió Obatalá y lo desenterró. Cortó un pedazo del tronco, hizo un tablero de adivinar con la madera, que es sagrada para todos los babalawos, y se lo entregó a su hijo, a quien hizo dueño de Ifá y del tablero. Orula comenzó a “registrar” inmediatamente, y como bien había dicho Changó, halló los medios de triunfar de cuantas dificultades abrumaban en aquella época a Obalá y a los orishas.
En otra ocasión, Obatalá ordenó a tres de sus esclavos, a Aruma, a Addima-Addima y a Achama, que fuesen a cortar guano (marigwö) para hacerse una casa. Addima-Addima tuvo la precaución de hacer ebbó antes de internarse en el monte, pero Orula, le pidió para hacércelo el machete que llevaba – que no era suyo, sino de Obatalá – y cuando se reunió con Aruma y Achama, y le vieron sin machete, éstos se rieron de él. Le dijeron que cortase el guano con los dientes y lo dejaron solo.
Addima Addima dispuesto, no a cortar las pencas con los dientes, pero sí a arrancarlas con las manos, se entró en el monte buscando las palmeras más bajas. Una ceiba llamó enseguida su atención. Un bulto extraño colgaba atado al tronco. y Addima, ayudándose de un palo, logró desprenderlo y hacerlo caer. Halló dentro una gran cantidad de plumas de loro. El hallazgo era de una importancia incalculable… Obatalá en secreto buscaba con gran afán plumas de loros. Estos escaseaban extrañamente desde hacia tiempo, y nada podía tener tanto precio a los ojos del gran Orisha, modelador y rey del género humano, como aquellas plumas que a la sazón necesitaba urgentemente. Addima Addima sabia tejer. Tejió inmediatamente un cesto de mariguano y en él guardó y dispuso lindamente las plumas codiciadas. No había terminado de amarrar aquel precioso cesto cuando vio cerca de la ceiba un ayanáku, un elefante muerto. Le arrancó los dos colmillos blancos, magníficos, y los ató con las plumas.
Achama y Aruma llegaron mucho antes que Addima-Addima al ilé de Obatalá. Y el Orishánla preguntó por Addima. “No sabemos. No siguió con nosotros. Nos dijo que le había entregado a Orula su machete”. “¿Mi machete? ¿El machete que le di para que me sirviese?”, tronó Obatalá. Y llamó a Oggún y le dijo: “En cuanto llegue Addima-Addima, que ha perdido mi machete, cortale la cabeza y bébete su sangre”. Y Oggún, — unlo oló adá okutá, — afiló su machete y se sentó a esperar a Addima- Addima. Pero cuando éste apareció, lo primero que vio Obatalá fueron las plumas de loro y los espléndidos enjinrin, colmillos, que traía el muchacho muy ufano, y le hizo un gesto a Oggún que iba a ponerse de pie para cumplir sus órdenes.
Addima-Addima colocó ante Obatalá las plumas y los marfiles. Éste envió a buscar un chivo y se lo entregó a Oggún. “Toma este chivo, córtale la cabeza. bébete la sangre, y márchate”. Y en su alegría, Obatalá bendijo a Addima que “había visto lo que él necesitaba”; lo cubrió de riquezas, y por ifóyúe, igó, ciegos y estúpidos, castigó a Aruma y a Achama.
(“Addima-Addima,” dice N. “es Changó, pero ya muchas santeras jóvenes no lo saben”.)
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