Por: José Alberto Cabán Torres
Facultad de Humanidades
Universidad de Puerto Rico en Río Piedras
Antes de que se comience cualquier lectura de este texto considero que es meritorio aprovechar algún espacio para aclarar un aspecto importante. Debo ofrecer una definición, aunque sea mínima, de un concepto clave en este trabajo, a saber, operador. Técnicamente, un operador es algo o alguien que, al actuar o ser utilizado, produce efectos específicos. Aquello a través de lo cual algo deviene o se transforma es entendido aquí como un operador o algo operaticio.
Yoruba es el etnónimo de un grupo que, desde hace una buena cantidad de siglos, se ha asentado en la parte occidental del continente africano, específicamente en la parte sur occidental de Nigeria y la parte sur oriental de la República de Benin. No se trata de un grupo humano homogéneo. Por el contrario, se trata de un gran grupo, a su vez, segmentado en pequeñas agrupaciones, entre las cuales existen rasgos culturales en común. Esta comunidad que existe puede entenderse, históricamente, si tomamos en cuenta que las agrupaciones mencionadas arriba emergen de otras ya establecidas. De tal manera que, al emerger de esta forma, adoptan y redefinen cuestiones culturales de sus predecesores. Por otro lado, no hay que minusvalorar las luchas de poder que entre diferentes sub grupos yoruba han ocurrido y que han llevado, en algunas ocasiones, a que algún grupo domine políticamente a otros. El dominio político puede llevar a que la cultura del dominador y, de hecho, del dominado, entren en un interplay que resulte en viajes, de un lado para el otro, de prácticas significantes y que lleve a que se concreten ciertas similitudes entre diversos sub grupos. Este último caso se ha evidenciado con la relación que el imperio de Oyo sostuvo con otras jefaturas yoruba entre los siglos XVIII y XIX. En última instancia debe tomarse en cuenta que, también, las comunidades, se han generado a partir de intercambios del tipo comercial y por las migraciones de un lado para otro que han sido una constante no sólo entre los yoruba sino en el continente africano en general.
Entre los aspectos culturales que comparten los diferentes subgrupos yoruba está la religión. No quiero con esto establecer que todos los subgrupos practican de manera idéntica sus ritos. A lo que me refiero, por ejemplo, es que entre todos los subgrupos existen elementos que son comunes. Uno de ellos es la creencia en la existencia y los poderes de los orisha, es decir, deidades. Existen, de hecho, orisha pan yoruba y orisha locales. Aquellos orisha, cuyo culto ha sido adoptado por la mayoría de los subgrupos se les conoce como orisha pan yoruba. Sin embargo, deberá tenerse en cuenta que paralelamente al culto de estos orisha pan yoruba, existen los cultos a orisha locales, distintivos de cada región. Entre los orisha pan yoruba generalmente se incluyen a Obatalá, Oshún, Yemojá, Shangó, Ogún, Oyá y a Eshu. Por otro lado, algunos orisha locales son Asogborodero (de la localidad de Ketu), Aitonlá (también de Ketu) y Ondo (de la localidad de Ipobé), entre muchos otros.
De todos los orisha antes mencionados, en el que centraré la atención es en Eshu. Las razones para ello quedarán claras más adelante pero, por ahora, bastará adelantar que este orisha ciertamente permite establecer un vínculo trasatlántico entre África y Puerto Rico y, como tal, me permite visualizar de una manera particular como se manifiestan las africanías en el Caribe.
Como resultado de trabajo de campo, entrevistas, conversaciones, lecturas y observaciones de campo se desprende que el orisha Eshu es considerado como uno de carácter sine qua non en la religión yoruba, tanto en Africa occidental como en la diáspora. Entre sus múltiples características, y a modo de ráfaga, se podrían mencionar las siguientes: tramposo; mentiroso; burlón; caprichoso; juguetón; malvado; estorboso; manipulador; escurridizo; bebedor; fumador (de tabaco y marihuana); glotón; subterráneo (afín con actividades ilegales); cizañero; obstaculizador; viril; omnipotente; agitador; interesado; desafiante; hipócrita; niño; anciano; perturbador; destructor; omnisciente; omnividente; todo lo escucha; siempre se sale con la suya; harapiento; bien vestido; maloliente; perfumado; amigable; enemigo acérrimo; primero; último; comparado con Satán y benevolente a la vez. Sin embargo, además de todas estas características importantes de Eshu, este orisha posee otras que son, seguramente, más importantes para el argumento central de este texto y me refiero a que Eshu es considerado como mutante; viabilizador; posibilitador; comunicador; transportador; enlace y dueño del ashé. Ante todo, Eshu es un orisha que, entre otras funciones, posee la de intervenir y hacer que algo ocurra o se transforme.
Sin ánimos de caer en el fetichismo de la evidencia pero, tampoco queriendo que las características de tan importante orisha queden expuestas y nada más, es importante remitir a algunos mitos en los cuales se evidencian, sobre todo, las últimas características mencionadas de este personaje. Cabrá también tener en cuenta que originalmente todo el saber comprendido en el sistema de conocimiento yoruba llamado Ifá era ágrafo. En la medida en que la tecnología de la escritura se hizo accesible a iniciados de esta religión, tanto en Africa como en el Caribe, muchos mitos hicieron su viaje desde la oralidad hasta la escritura. Como resultado de ello, surgieron, y han seguido surgiendo, libros que contienen cierta cantidad de mitos o patakí, conocidos comúnmente en el Caribe con el título de Tratado de Odu de Ifá. Ningún tratado es más fidedigno que otro ya que se trata de información venida de la oralidad y en las tradiciones ágrafas la originalidad y la autenticidad no son criterios que necesariamente sirvan para evaluar algún relato. En este caso, pueden existir, y es lo que quiero establecer, tantos mitos sobre Eshu como sean capaces las imaginaciones creadoras de los iniciados e iniciadas en la religión yoruba. Por otro lado, también es necesario que se tenga en cuenta que los mitos están organizados por signos adivinatorios. Los iniciados en la religión yoruba reconocen un total de 256 signos adivinatorios. Cada uno de ellos posee cierta cantidad de relatos míticos en los cuales los diversos orisha fungen como personajes.
En el odu Ifá (signo adivinatorio de Ifá) Ejiogbe se narra que en una época, Eshu, habiendo sido propiciado por Orunmila, orisha dueño del sistema adivinatorio de Ifá, le llevaba información a éste que recopilaba de los actos rituales de otros orisha. Es decir, Eshu le llevaba a Orunmila conocimiento religioso específico, Orunmila lo anotaba en una libreta y luego lo estudiaba. Esto ocurrió asi por un tiempo indeterminado hasta que en una ocasión, los orisha escucharon que Orunmila tenía fama de sabio. Ellos decidieron ir a probar a Orunmila. Cuando llegaron a su casa y comenzaron a probarlo, Orunmila demostró poseer gran sabiduría sobre ritos, procedimientos y mitos religiosos. En este primer mito expuesto, puede verse claramente que fue Eshu el que, con sus acciones, permitió el paso desde la ignorancia hasta la sabiduría. De hecho, en este odu se establece la importancia de propiciar a Eshu para obtener todo aquello que se desee en la vida. Eshu es presentado precisamente como posibilitador y viabilizador, características que se habían resaltado antes. En ese mismo odu también se narra cómo Orunmila pudo acceder al control del mundo con la ayuda de Eshu. Se narra que Olofin, Dios supremo de los yoruba, estaba cansado y quiso delegar el control del mundo. Sin embargo, no estaba muy seguro de a quién dejárselo. Como posibles candidatos aparecieron ante él la muerte (Ikú) y Orunmila. Olofin dispuso que debía haber una competencia entre ellos y que quien resultara ganador sería declarado regente del mundo. La competencia consistiría en ver quién podía estar sin comer por tres días. Olofin les advirtió a los competidores que Eshu los estaría vigilando todo el tiempo y en todo lugar para ver si alguien hacía trampa. Comenzó pues la competencia y llegado el segundo día ambos competidores estaban hambrientos. Entonces, narra el mito que Eshu se le acercó a Orunmila y le dijo que si le ofrecía un gallo él dejaría que comiera y de esa forma no pereciera de hambre y ganara la competencia. Orunmila le ofreció el gallo a Eshu y luego de sacrificado juntos se lo comieron. Después de abastecerse bien, ambos enterraron las sobras para que no quedara evidencia. Inmediatamente después de haber enterrado las sobras llegó la Muerte al lugar en donde se encontraban y al verlos con cara de satisfacción, sospechó y comenzó a buscar en la basura para ver si encontraba evidencia de que Eshu y Orunmila habían violado la reglas de la competencia. Sin embargo, al buscar en la basura le dio motivos a Eshu para informarle a Olofin que la Muerte estaba buscando comida en la basura y no había cumplido con las reglas establecidas. Finalmente, Orunmila fue declarado ganador y, como tal, regente del mundo. Como puede verse claramente, Eshu aquí aparece como aquél que posibilita, nuevamente que hace viable, que permite el paso de una situación a otra. Aparecen también aquí las cualidades de embustero y tramposo de Eshu, características fundamentales ya que es a través de estos artilugios que Eshu, generalmente, permite la ocurrencia o la transformación. Estas características seguirán siendo una constante en los mitos subsiguientes.
En el odu Ifá Orbe Ka se narra que Orunmila se disponía a comenzar un viaje y antes de salir adivinó para él mismo. El oráculo de Ifá le advirtió que antes de que saliera hiciera una obra de limpieza para que no enfrentara dificultades en su viaje. Orunmila pensó que no se trataba de algo grave y decidió hacer dichas obras durante su viaje. Habiendo llegado a un pueblo desconocido por él, Orunmila vio en la entrada de ese pueblo que las ramas de un árbol de nuez de kola rebasaban un muro de cemento. Como Orunmila vio que dichas ramas daban para la calle, decidió sacar su cuchillo y cortar varias de esas nueces para comer. Mientras estaba cortando algunas nueces apareció el dueño del predio en donde estaba sembrado el árbol e increpó a Orunmila y lo acusó de ladrón. Acto seguido comenzaron a discutir fuertemente y pelearon. Durante la pelea Orunmila tenía su cuchillo y no lo soltaba. De tal forma que entre movimientos, la navaja le hirió sus manos en varias ocasiones. Orunmila logró escapar con sus manos heridas. Posteriormente el dueño del predio fue a donde el rey para pedirle que buscaran al ladrón que le había robado frutos de su árbol. El rey le preguntó que cómo lo identificaría. El dueño del predio le contestó que la marca que identificaba al ladrón eran cortaduras en sus manos. En ese tiempo ningún ser humano poseía líneas en las manos por lo que pensaron que se haría fácil identificar al ladrón. El rey ordenó que a la mañana siguiente, todos los habitantes del pueblo debían presentarse en la plaza pública con el propósito de identificar al ladrón. Orunmila, mientras tanto se refugió y volvió a consultar el oráculo, el cual le recomendó que debía sacrificarle un gallo a Eshu para que éste interviniera a su favor en esa situación. Orunmila así lo hizo. Entonces Eshu, habiendo recibido lo que quería, esa misma noche, con un cuchillo, mientras todos estaban durmiendo en el pueblo, le cortó las manos a cada persona. A la mañana siguiente, todos los habitantes del pueblo en efecto se presentaron en la plaza pública y el dueño del predio reconoció físicamente a Orunmila. El rey le pidió que mostrara sus manos y vio las cortaduras. Sin embargo, en ese mismo instante la gente protestó ya que todos tenían las manos cortadas. De tal manera que todos eran, técnicamente, culpables. Finalmente, al no poderse utilizar las cortaduras de las manos como identificación de Orunmila, éste quedó liberado de toda acusación.
En el odu Ifá Oyekun Iroso se narra había un pueblo en el cual una mujer muy hermosa tenía dos pretendientes. Uno de ellos era adinerado y otro era pobre pero, era babalawo, es decir, iniciado en el culto a Orunmila. Una tarde la muchacha citó a los dos pretendientes para que le ofrecieran algo de valor y a partir de ahí ella decidiría con quién se iba a casar. El babalawo, antes de ir a la cita, consultó el oráculo de Ifá, el cual le recomendó que le sacrificara un chivo a Eshu para que fuera el elegido. El babalawo así lo hizo. El día del encuentro, se presentaron los dos pretendientes ante la joven y ella le preguntó al adinerado cuál era su ofrecimiento. El adinerado respondió que tenía muchas riquezas para ofrecerle y que si se casaba con él nada le faltaría. Luego le preguntó al babalawo, el cual le respondió que su mayor riqueza era el conocimiento oracular que tenía y que con eso iban a superar cualquier dificultad que pudiera aquejarles como pareja. La mujer, que era muy incrédula, le pidió al babalawo que adivinara para ella para ver si verdaderamente el oráculo funcionaba. El babalawo adivinó y le reveló que esa misma tarde ella se reuniría con su padre. La joven comenzó a reirse a carcajadas afirmando que eso era imposible porque su padre estaba muerto. La mujer decidió, antes tales condiciones, que se casaría con el adinerado. El babalawo volvió para su casa muy triste y quejándose ya que no entendía cómo era posible que, habiendo hecho lo que el oráculo le había recomendado, no había sido el escogido. Eshu, que estaba cerca de la caso del babalawo, lo escuchó y decidió que era hora de actuar a favor del babalawo. Entonces, Eshu, guiñando sus ojos, se convirtió en un hombre muy apuesto y caminó por la calle donde sabía que iba a encontrar a la joven. Cuando la joven lo vio quedó prendada de su belleza y comenzó a admirar su belleza . Eshu le preguntó a la joven si ella era capaz de hacer cualquier cosa por él. Ella le respondió que sí. Eshu le pidió que se trepara en un árbol de mangó que había cerca y que le trajera el mejor fruto que encontrara. Ella lo hizo si titubear. Cuando se encontraba en lo alto del árbol, Eshu volvió a guiñar sus ojos y provocó que la mujer resbalara. Al caer al suelo, la mujer murió. Inmediatamente la voz se corrió en el pueblo y todos los habitantes rodearon el cadáver de la joven. Al poco tiempo, una vez que el babalawo estaba entre la multitud que rodeaba el cadáver, Eshu volvió a guiñar sus ojos y la mujer resucitó. Cuando despertó, comenzó a gritar el nombre del babalawo. Este, que se encontraba entre la multitud, se le acercó y ella comenzó a contarle que mientras estuvo muerta se reunió con el espíritu de su padre, quien le recomendó que se casara con el babalawo ya que él era el único que la podía hacer feliz.
A través de estos dos últimos mitos claramente se presenta la figura de Eshu como un facilitador, como un viabilizador, una entidad sin la cual algo no puede ocurrir y/o transformarse. En este sentido es que entiendo que Eshu es un operador. Eshu permite que algo ocurra o se transforme actuando, es decir, operando, haciendo algo para que ocurra lo que el quiere. Por esto, no es preciso entender a Eshu como un puente. Un puente enlaza pero no hace nada de por sí para viabilizar ese enlace. Eshu hace y son sus acciones las que promueven cambios.
Río Piedras
De antemano deberá quedar claro que no se pretende aquí definir de manera absoluta aquello que Río Piedras es o ha sido. De ninguna manera se intenta ofrecer una visión amplia del espacio que atañe. Por el contrario, serán las definiciones “atómicas”, es decir, diminutas y hasta quizá extremadamente específicas las que funcionarán aquí. En este sentido, geográficamente entiendo a Río Piedras como la localidad que se ubica entre la Avenida Barbosa, la Avenida Gándara, la Avenida Juan Ponce de León y la 65 de Infantería. Si a alguien le parece limitada esta definición, entonces estaremos transitando por buen camino. Ante todo, se trata aquí de identificar, y repito, aspectos particulares y no necesariamente aquellos que nos lleven a establecer generalidades acartonadas.
Ha sido en este reducidísimo “encuadre” urbano de Río Piedras, en donde he identificado una buena cantidad y calidad de relaciones operaticias. Estas relaciones son propias de este entorno mas no exclusivas. Relaciones de este tipo pueden observarse en un sin fin de lugares. Río Piedras, entendido como se ha definido arriba, no es la excepción. Río Piedras es el gran escenario operaticio, a su vez, compuesto de pequeñas localidades en las cuales las relaciones operaticias ocurren. Entre algunas de las localidades a las que me refiero se encuentran los terminales de guaguas públicas; las botánicas; la Plaza del Mercado y hasta en los puestos ambulantes, por ejemplo, aquellos ubicados en frente de la Plaza del Mercado, sobre la Avenida de Diego. Pero, lo operaticio no se agota en estos lugares. Sin embargo, es en estos en los cuales ocurre de una manera constante. Podría, inclusive, afirmarse que lo operticio es el sentido central de ser de las relaciones que ocurren en estos lugares. Río Piedras, de hecho, es una localidad operaticia. Ahí casi todo viene y va, del ser al no ser, del deseo a la satisfacción, de la ansiedad a la calma o al vuelo, de la fealdad a la belleza, del hambre a la hartera, del aburrimiento al capicú, del problema a la solución, del origen al destino, de la “pelambrera” a la comprita, de la sencillez al “fashion” económico, en fin, allí las diversas relaciones que se establecen llevan de una lado al otro y allí estriba su carácter operaticio. El primer ejemplo que quiero utilizar para demostrar lo anterior está relacionado con la transportación pública.
Es probable que, actualmente, Río Piedras sea más conocido entre cierto número de personas por poseer una estación del tren urbano que por otro tipo de transporte público. Sin querer menospreciar la importancia de dicha estación, entiendo que ella, es decir, su propia construcción, respondió a lo que por generaciones Río Piedras ha sido en relación con una buena parte de localidades aledañas: un vínculo. ¿Cómo no iba a construirse una estación en Río Piedras? Siendo que, para mucha gente, la palabra transportación huele a Río Piedras. Bajarse o montarse en la estación Río Piedras representará, obviamente, pasar de un lugar a otro, con Río Piedras como vínculo, como resultado de relaciones operaticias. Aquí el tren urbano como tal es el operador. Sin embargo, habrá que ampliar nuestra mirada y dirigirla hacia otro tipo de transporte que definitivamente ha caracterizado a Río Piedras: las guaguas de la AMA y las pisicorres Previo a la inauguración del tren urbano, las guaguas de Autoridad Metropolitana de Autobuses (con su central o “corral” en Capetillo) y las güagüitas independientes fueron, en conjunto, los medios de transporte quizá más importante relacionados con Río Piedras. Pareciera que desde muchas localidades “todos los caminos conducirían a Río Piedras”. Desde una buena cantidad de sitios gente llega para volverse a “embarcar” hacia diversos destinos. De donde vengan y hacia donde vayan, mucha gente deberá contar con Río Piedras como espacio operaticio. Desde los lugares de origen (pasando por Río Piedras) se llegará en pisicorre hasta Saint Just; Carolina; Fajardo; Ponce; Luquillo; Humacao; Villa Prades; Canóvanas; Cupey (alto y bajo); Trujillo Alto; Plaza las Américas y San Patricio, incluyendo puntos intermedios. Algo similar ocurre con las guaguas de la AMA. Nuevamente, desde los lugares de origen (en AMA, pisicorre o “pon”), gente llegará a Capetillo para, desde ahí, dirigirse hacia Viejo San Juan, Hato Rey, Santurce, Guaynabo, Carolina, Piñones y Puerto Nuevo, incluyendo, claro está, puntos intermedios.
Otra de las localidades operaticias importantes son las botánicas. Es probable que ninguna descripción de botánica alguna esté completa. Entre las paredes de estas “farmacias espirituales” se encuentran infinidad de objetos, baños, lociones, inciensos, imágenes, metonimias y metáforas. Todo, en su conjunto, rebasa la posibilidad de lo finito, de lo completo en cualquier mirada descriptiva. De hecho, es la botánica una localidad en la cual la relación entre lo metonímico y lo metafórico se establece de manera continua. A mi entender, lo operaticio es también el sentido central de ser de la botánica. A fin de cuentas, el o la que va a las botánicas, aunque a veces sea por curiosidad, generalmente lo hace con el interés de resolver. La botánica, en este sentido, suele ser percibida por mucha gente como el operador que permite el paso de un estado a otro. Es el operador que posibilita dicho paso.
Pueden, a grandes rasgos, identificarse dos tipos de botánicas en Río Piedras: aquellas que sólo venden productos y aquella que, además de los productos, ofrecen el servicio de consultas espirituales. Entre ellas, el elemento común es que, más grandes o pequeñas, en ambas se encuentran velas (con diversos colores, motivos y dedicatorias a santos u otras entidades espirituales); inciensos (cuyos nombres suelen impresionar a las vistas desacostumbradas) por ejemplo como Santa Bárbara, Dinero, San Elías, Santa Marta Dominadora, 3 Reyes, Indio, Changó Macho (para la buena suerte), Santa Clara, Sándalo y coco. La mayoría de estos inciensos vienen en empaques tipo sobre Manila y, además del incienso, prometen ofrecerle un número de buena suerte. Además se encontrarán flores y hierbas, entre las cuales se encuentran azucenas, pompones, crisantemos, rosas (de varios colores), margaritas, albahaca, mejorana, ruda, salvia, llantén, verdolaga, cañandonga y menta, entre otras. También se encontrarán aceites como el de canela, castor, moska, oso polar y romero, por mencionar algunos. De igual forma, se encontrarán pomos en los cuales se conservan sustancias líquidas y en cuyas etiquetas queda claro su sentido. Entre estos pomos están, por ejemplo, “Rompe Trabajo”, “Atrayente Suerte”, “Despojo Garrapata” (el cual tiene en un costado de la botella una leyenda que dice: “Así como la garrapata se pega a la vaca que así fulano(a) de tal se pegue a mí”), “La Madama (Buena Suerte)”, “Destrancadera (para baldear el piso)”, “La Bomba (para baldear el piso)”, “Jalón (colonia)”, “Llama Cliente”, “Rechaza Daño”, “Yo domino a mi hombre” y “Contra Todo”, entre otros. Tambien pueden hallarse aerosoles tales como “San Antonio”, “Para atraer amor”, “Para atraer dinero”, “Yo puedo y tu no”, “Justo Juez”, “San Deshacedor” y “Salud y Riqueza”. Junto con lo anterior, en las botánicas se encuentran imágenes de indios, de santos católicos y otras; collares confeccionados con cuentas de diversos colores y con distintos patrones (dependiendo del orisha al que representen); cascarilla; maíz tostado; miel; manteca de corojo (aceite de palma); cocos secos; semillas; libros esotéricos; caracoles (de diversos tipos); perfumes; muñecos de tela (femenino y masculino); jutía ahumada; pescado ahumado; algodón; manteca de cacao; soperas (receptáculos de los orisha), en fin, se encontrarán una cantidad innombrable de cosas, todas ellas fungirán como operadores, se cree generalmente que harán que la persona que las obtenga pase de un estado a otro. Por otro lado, las botánicas que cuentan o que ofrecen el servicio de consultas espirituales son aquellas que ofrecen el “paquete completo”. Las consultas hechas a través de diversos medios (entre los cuales la baraja española es muy común) son las que establecen el contacto con el mundo invisible o sobrenatural y a partir de ahí, de ese conocimiento que fluirá desde el mundo espiritual, la persona consultada sabrá qué debe hacer y con qué productos, los cuales seguramente podrán comprarse en la misma botánica. En el caso de la gente que hace compras en una botánica que no ofrece consultas, en una buena cantidad de ocasiones se tiene por seguro que la persona se ha consultado en otro lugar y ha llegado ahí para obtener las cosas que necesite para resolver. Esto es algo muy importante acerca de la imagen que alguna gente posee sobre la botánica: en ella se consigue todo aquello que permite mover fuerzas invisible a favor o en contra de alguien. Las botánicas son entonces espacios operaticios, en los cuales se posibilita el paso del problema a la solución, del estancamiento al desenvolvimiento. La botánica es el punto que hace posible, en algunas ocasiones, la confluencia entre lo visible y lo invisible.
En relación con las botánicas que he descrito (parcialmente) arriba, debe tenerse en cuenta que ambos tipos de ellas se encuentran en otro gran espacio operaticio: la Plaza del Mercado de Río Piedras.
Con todo lo que pueda afirmarse de este lugar maravilloso, la Plaza del Mercado de Río Piedras también puede considerarse como otro espacio operaticio. Ahí la gente viene y va de un lado para otro, desde las intenciones a los resultado o frustraciones, allí se hacen compras de verduras y frutas, de ferretería, de carnes, de billetes, de tabaco y cigarrillos, de comidas preparadas, en fin, de todo. Pero, también allí es donde se bebe café, donde se pasa el rato mirando a la gente pasar, donde se juega dominó, donde se velan güira los que buscan pa su cura y en cuya explanada, durante la década de los 80’s, se establecieron ministerios de salvación cristiano al aire libre. Allí, en la Plaza, todo se hace de paso, todos o casi todos los que allí concurren están de paso, nadie permanece. De hecho, esta caracterización posee gran similitud con lo que me platicaba mi profesor de lengua Yoruba Bolaji Adebayo Allíu: “la vida es como un mercado”. Entre los yoruba de África occidental esta idea es ampliamente aceptada como tal. Es decir, todo en la vida, y la vida misma, es como un mercado, se viene al mundo y se lleva a cabo aquello que se tenía destinado y luego se vuelve a su “lugar” de origen (el mundo invisible). En este caso, entre los yoruba está muy presente la idea de que “cuando se va al mercado, no hay que hacer caso del murmullo, sólo hay que hacer lo necesario y salir”. Aunque no todo el que va a la Plaza del Mercado de Río Piedras mide tanto lo que va a hacer, no hay duda que el pensamiento yoruba deja ver cierta concepción de lo operaticio en relación con el lugar del mercado y, como tal, puede aplicársele a la Plaza del Mercado de Río Piedras. De hecho, bien podría aplicarse todo lo que se ha mencionado sobre lo operaticio anteriormente a lo que se ha definido como Río Piedras. La Plaza del Mercado reproduce, en miniatura, hasta cierto punto, lo que Río Piedras manifiesta como entorno operaticio.
Continuidades africanas
¿Es posible lo africano? Considero que si pensamos en lo africano como algo esencial, incambiable, transhistórico, puro y homogéneo, entonces las respuesta es NO. De alguna manera, las dificultades que aquello “genuinamente africano” ha generado en los interminables intentos de su definición, puede estarnos hablando de la imposibilidad propiamente de aprehenderlo. Lo “africano” en este sentido se presenta como escurridizo, demasiado escurridizo para las mentalidades que precisan quietud en aras de definir algo. En este caso, propongo que nuestra mirada debe enfocarse hacia las posibles continuidades africanas en el Caribe. No hay que tratar de encontrar aquello “africano” en la bomba sino más bien, cómo la bomba remite a prácticas similares en algún lugar en el continente africano. Ahora bien, no todas las continuidades son evidentes o “reales”. Por ejemplo, una continuidad evidente es que el orisha Shangó posee culto tanto en un lado como en otro del Atlántico (en África y en el Caribe). Independientemente de las diferencias en los procedimientos rituales o diferencias en algún otro sentido, al mismo orisha se le rinde culto. Sin embargo, creo que un tanto más difíciles son las continuidades imaginadas. Estas son las que se tejen en un texto o en alguna expresión creativa. Son imaginadas porque no son evidentes. De tal modo que quien las genere lo hará a partir de aquellos elementos o aspectos que en la superficie parecen o se presentan como inconexos. Sin embargo, tales imaginarios no deben generarse a partir de arbitrariedades voluntariosas. Habrá que, con franqueza, encontrar vínculos o elementos que concatenen aquellos que ofrecerán la posibilidad de tales imaginarios. De igual forma, considero que todo imaginario deberá ser entendido siempre como provisional, temporero, efímero, superable, contingente, histórico y hasta desechable. Y se me disculpará si con todo esto hago eco de una mentalidad inmediatista pero, en el fondo, pretentendo arremeter en contra de todo aquello que se ha presentado como natural y necesario en relación con las herencias africanas en Puerto Rico ya que si se trata de cuestiones humanas, a mi entender, todo debe ser percibido como cultural y contingente.
Mi imaginario concreto es el siguiente: en Río Piedras ocurren relaciones y acciones que son, a la vez, muy propias, inherentes a la personalidad de una deidad (orisha) yoruba de África occidental llamada Eshu. Esto me ha llevado a imaginar que entre Puerto Rico (Río Piedras) y África (los yoruba) existen continuidades que están fuera de lo que tradicionalmente se ha entendido como “africano” en Puerto Rico (color de piel; ritmos; bailes; comidas; religión y hasta cierto tipo de poesía). En este caso, imagino las continuidades africanas en Puerto Rico a partir de relaciones o acciones operaticias, es decir, aquellas que proveen para que ocurra el paso o traslado de un estado a otro, de un lugar a otro, de una situación a otra.
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