ene 24

El Iyaworaje ¿Sacrificios sin Sentido Después de Hacer Ocha?

Mucho se critica, el proceso de Iyaworaje que se hace en Cuba y que estos son sacrificios innecesarios sin ningún sentido. Mucho se habla inclusive que eran costumbres de los Negros en Cuba, a los cuales vestían de blanco porque ese era el color que vestían a los esclavos, cosa que no solo es ridícula, es una completa muestra de ignorancia.

Pero el proceso de Iyaworaje, no es más que otro de los tantos procesos de sacrificios, que llevan por objeto la purificación de la persona que se consagró y que por haber recibido las mismas, estás esotéricamente vulnerable “como un recién nacido”.

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ago 27

Olokun de Ocha; Yemayá Mayelewó con Submarino Nuclear?

Olokun fue introducido en Cuba por los Egbados tanto el fundamento religioso como todo el ceremonial. En aquellos momentos sólo los Olorishas – Santeros – eran los que poseían y transmitían exclusivamente los secretos de esta divinidad mediante las consagraciones de Ocha, hasta las años 60s – 70s del siglo pasado. Ya para esta etapa, aparecieron otras expresiones en el culto a está divinidad. Según está probado en la historia, Ma Monserrat González, Oní Changó, Oba Tero de nación Egbado, conocida también por Apotó y fallecida en 1906, fue quien trajo de África el fundamento y el ceremonial de Olokun, que por primera vez se entregó en Cuba, en la Ciudad de Matanzas. Continuar leyendo

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ago 21

Orisha Oko de Ocha y Orisha Oko de Ifá; Agricultor con Azadón Versus Agricultor con Tractor?

Con respecto a Orisha Oko, al que también se acusa a los Babalawos que se apropiaron de él, creemos que hay un error. En Ifá existen divinidades que se entregan por Ifá y en muchos casos, esas mismas se entregan por la Ocha. Esto no le quita ni le da más poder a una o a la otra. Orisha Oko de Ocha es eficaz y aunque no tenga cemento, si tiene unos bueyes de plomo o del material que se haga más fácil hacerlos, que son un agregado hecho en la Isla. Si analizamos bien, tanto el Orisha Oko de Ocha, como el de Ifá y el nigeriano de Oyó, son diferentes y no creemos que por ello se tenga que entrar en ofensas, solo por las diferencias físicas que puedan existir. Continuar leyendo

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ago 14

Oduduwa de Osha; Un Obbatalá Fisiculturista?

El Oduduwa de Santero, es un hecho. Así está registrado en la historia. De hecho, tanto Oduduwa como Olokun, son Orishas, así que he allí que sea potestad de un Olorisha el poder entregarlos. Las que dieron Oduduwa originalmente en Cuba fueron una serie de Olorishas, entre las cuales se destacó Cuca Odúa, quien ganó mucho prestigio como “Oduera”. Como se ha mencionado un sinfín de veces, en África, los Orisha son potestad de sus respectivos sacerdotes u Olorishas.

La historia registra que fue Ma Monserrate González (Obatero) la que trajo a Oduduwa a la Isla y ella era de origen Egbado, tierra donde esta deidad era muy adorada. Obatero le entrega Oduduwa a Ferminita Gómez (Oshabí) y de esta forma Oduduwa llega a Cuca, quien se especializa en Oduduwa y Yewá. Fuentes de la época indican que Ñá Rafaela Odun, lleva Oduduwa a La Habana, lo cual es fuertemente cuestionado, ya que aseguran que Efunshé (que era Egbadó) lo entregaba mucho antes que ella. Otras grandes santeras que entregaban esta deidad fueron: Angelita Odúa, Julita Odun y Chea Odúa. Continuar leyendo

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dic 14

La lengua ritual de la Regla de Ocha

Por:  Andrés Rodríguez Reyes

Durante la trata negrera fueron traídos a Cuba africanos de los más diversos grupos étnicos, fundamentalmente bantúes, yoruba, ewe-fon, carabalí, etc. Con la introducción de estos esclavos a la Cuba colonial y española, elementos de diferente origen etnocultural entraron en un largo, espontáneo y contradictorio proceso de integración que dio como resultado nuestra nacionalidad cubana.

En lo que respecta a los esclavos de origen yoruba, su forzada inmigración comenzó en la segunda mitad del siglo XVIII, y fueron asentados fundamentalmente en las provincias de Matanzas y la Habana, por ser estas las provincias de mayor ritmo de desarrollo azucarero en esa época. Manuel Moreno Fraginals señaló que “… a fines del siglo XVIII Matanzas carece de significación en la industria azucarera. En 1827 produce ya el 25% del azúcar cubana. Cuando la crisis de 1857 el azúcar de Cárdenas, Matanzas y Colón representa el 55.56% de la producción total de la Isla”.[1]

Estos esclavos fueron conocidos en Cuba por la denominación étnica de lucumí, la cual abarcaba tanto al grupo yoruba como al grupo takua, nombre por el que los yoruba conocían a los nupe, tribus con las cuales tenían estrechos lazos de afinidad histórica, lingüística, cultural y religiosa. La integración de los esclavos yoruba, como la de todos los esclavos africanos al contexto esclavista español, fue un largo y doloroso proceso de transculturación, pues como escribiera Fernando Ortiz:
“Llegaron amarrados, heridos y trozados como las cañas en el ingenio y como éstas fueron molidos y estrujados para sacarles su zumo de trabajo. No hubo elemento humano en más profunda y continua transmigración de ambientes, de culturas, de clases y de conciencia”.[2]

Sometidos a las terribles condiciones de vida y explotación esclavista comenzó, por una parte, todo un espontáneo proceso de integración de los más diversos elementos africanos entre sí, y por otra, su interrelación con elementos occidentales, en particular con la religión católica. Las prácticas mágico-religiosas de origen yoruba tuvieron como producto transcultural a la Regla de Ocha o santería cubana.

En sus rituales, los iniciados de la Regla de Ocha tratan de comunicarse, fundamentalmente, con orishas o antepasados Así, en el proceso comunicativo que tiene lugar en los rituales de la santería, el orisha o el antepasado, deviene en una suerte de interlocutor hipotético con el cual es posible comunicarse no sólo a través de una lengua ritual determinada y del español, sino también mediante sistemas de adivinación, estados de posesión, etcétera.

Esta lengua ritual está conformada fundamentalmente por los remanentes de los dialectos de las lenguas yoruba y takua (nupe) en Cuba, conocidos en Cuba por la denominación genérica de lucumí. Estos remanentes presentan diferencias respecto a sus fuentes originales como resultado:

a) De la integración irregular de los dialectos lucumí en nuestro país.
b) Del empobrecimiento y desfiguración de sus formas y estructuras debido al contacto lingüístico con el español.
c) De la reducción de las esferas de comunicación a la ritual.

La integración, conservación y difusión de estos remanentes lingüísticos resultó ser irregular, pues la forzada convivencia de estos esclavos con los representantes de otros grupos étnicos africanos en las condiciones de barracones y dotaciones de esclavos favoreció la integración espontánea de las formas dialectales de las lenguas anteriormente citadas. Y ello resultó una lógica causa de los posibles préstamos lexicales, en la lengua ritual de la Regla de Ocha, de otras lenguas africanas, entre las que podemos citar a la bantú, arará (ewe-fon), carabalí y otras.

Entre sus iniciados no existe una comprensión homogénea de las formas de la lengua ritual, ya que muchos de los elementos y estructuras fonéticas, gramaticales y lexicales originales se simplificaron o se perdieron, al efectuarse esa transmisión de forma oral o por medio de las libretas de santo. En estas últimas con una estructura fonética, sin reglas estipuladas, han tratado de conservar los diferentes vocablos, frases, rezos y cantos en esta lengua.

Carácter irregular en la integración y conservación de los remanentes lingüísticos yorubas en Cuba

Después de la muerte de los auténticos hablantes de la lengua yoruba, la conservación de sus remanentes ha tenido lugar en relación con las prácticas de la Regla de Ocha, por ser utilizados en la lengua ritual de las mismas. Estos remanentes se han ido transmitiendo a través de las generaciones de iniciados en forma oral, por boca de padrinos y madrinas, o por medio de las llamadas libretas de santo donde junto a rezos, cantos, descripciones de ritos o de fórmulas mágicas, encontramos verdaderos vocabularios de esta lengua.

Desde el punto de vista de su distribución territorial la integración, conservación y difusión de los remanentes lingüísticos yoruba representan una amalgama irregular. Y es común observar en las distintas ceremonias y fiestas de santos que en ocasiones sus conocedores no comprenden ciertas palabras, frases o textos enteros en los rezos y cantos de santeros de otras casas o localidades.

A pesar de que en numerosas casas de santo de nuestra provincia, Matanzas, los informantes señalan la posible ascendencia tribal de sus antepasados en el orden ritual: oyó, egwardo, entre otros, hasta ahora no ha sido posible diferenciar los remanentes de los distintos dialectos de la lengua yoruba que fueron introducidos en Cuba. Dicha irregularidad también puede ser comprobada al analizar el vocabulario de la jerga religiosa.

En él podemos encontrar:

a) Presencia de variantes fonéticas de la misma palabra, lo cual podría ser explicado por la manifestación de diversas variantes dialectales, por errores de pronunciación de los hablantes no nativos en el proceso de transmisión oral, o por errores en la escritura fonética de los vocablos lucumí.

Ejemplo: güiro-abuá, awá, agüé.

Estas resultan variantes de la palabra yoruba agbé (vaso, calabaza hueca usada como vasija) en la que encontramos el sonido /gb/ no característico del español.
b) Uso de diferentes formas lexicales para designar un mismo objeto, proceso o fenómeno. Estas podrían ser diferentes variantes dialectales, o variantes fonéticas desfiguradas por la transmisión espontánea entre hablantes no nativos.

Ejemplo:
Jicotea (tortuga):

Lucumí: achabkua, ayapa, ayagua, ajún;
Yoruba: awum, ijapá.

Carnero:

Lucumí: abó, abuó, aboreone, abután;
Yoruba: àgbò, àgutàn.

Es imprescindible destacar que el proceso de integración espontánea e irregular de estos remanentes lingüísticos se ve acompañado por un franco proceso de empobrecimiento o desfiguración de sus remanentes. Muchos de sus elementos y estructuras fonéticas, gramaticales y lexicales se simplificaron o se perdieron en ese transmitir espontáneo de las generaciones.

No es de extrañar entonces que el español penetre paulatinamente en las prácticas mágico-religiosas de la Regla de Ocha, pues la cantidad de auténticos conocedores de los remanentes lingüísticos yoruba se reduce cada vez más con el paso del tiempo. Así, esta “lengua” en función de designar los objetos, acciones y fenómenos relacionados con las prácticas mágico-religiosas, ha adquirido en ocasiones connotaciones semánticas singulares.

Ejemplo:

Hacer un amarre: Trabajo de magia amorosa para atraer a una persona:
Dar un despojo: Purificar al creyente de malas influencias.
Coger el santo: Estado de posesión del creyente por el orisha.
En los rituales de la santería es frecuente escuchar frases como las siguientes:

Le pedimos al santo iré‚ y aché.
Deben de hacer ebó para librarse de la ikú.
Obatalá quiere eyelé‚ fun fun melli.
Que significa:

Le pedimos suerte y gracia divina al santo.
Deben hacer un trabajo mágico para librarse de la muerte.
Obatalá quiere dos palomas blancas.
Este tipo de frases híbridas, pronunciadas imitando la entonación de los viejos negros bozales, también se encuentra en la actividad verbal de los orishas o santos que tiene lugar en los estados de posesión, donde ocurre una transformación absoluta del creyente, pues:

“[...] el poseso cede su lugar como individuo, desplaza su personalidad y la pone en función de aquello que desea o está obligado o compulsado a representar [...].”[3]

El destino de los remanentes lingüísticos yorubas en la Regla de Ocha ha estado marcado por las interferencias del español con el cual ha estado en estrecho contacto. Y estas interferencias se han reflejado en los diferentes subsistemas de la lengua, como por ejemplo en el fonológico. En primer lugar esto sucedió debido a los cambios que produjo la no coincidencia de los sistemas de fonemas del yoruba y el español. Podemos recordar aquí la transformación del sonido yoruba (s) por el español (ch).

Ejemplo: i e —–> iché (trabajo).
Además una seria repercusión en el destino de los remanentes yoruba lo tuvo el hecho de que bajo la influencia del Español estos perdieron el carácter politonal de su acento, el cual tiene la capacidad de diferenciar las palabras. Por ejemplo, en el yoruba moderno: rà (con acento tonal bajo) significa amarrar con cuerda; ra (con acento tonal medio) significa acabar, parecer, raspar; rá (con acento tonal alto) significa arrastrarse. La pérdida del carácter politonal del acento provocó serios cambios en el nivel léxico de estos remanentes lingüísticos empleados en la lengua ritual de la santería, pues existen palabras que agrupan significados en ocasiones contradictorios.

Ejemplo:

Lucumí:

oro: sagrado, mes, misa, ceremonia religiosa, palabra, cantos y toques de tambor.[4]
Yoruba:

òro: nombre de un árbol que da frutos comestibles.
orò: costumbre, hábito.
orò: mugido de un toro.
oró: estímulo.
oro: palabra, conversación, fantasma.
oró: riqueza, salud, tesoro, opulencia.

Redución de las esferas de comunicación de la lengua yoruba en Cuba

La lengua introducida en Cuba por estos esclavos de origen africano sufrió serios cambios en las nuevas condiciones sociohistóricas, al reducirse a aquellas palabras y frases que están relacionadas con la actividad de diferentes rituales, a la práctica de yerberos y curanderos, y a la cocina.

En sí, el proceso fundamental de la reducción de las esferas de comunicación de la lengua yoruba en nuestro país se manifiesta en que esta, de medio vivo de comunicación cotidiana, ha pasado a ser utilizada como lengua ritual de la santería, y según sus iniciados es un lenguaje adecuado y necesario para dirigirse a todas las fuerzas sobrenaturales que invocan y adoran. En lo que respecta a los remanentes lingüísticos yorubas, su carácter mágico está determinado por el alto valor emocional-expresivo y sugestivo-pragmático que poseen, ya que son capaces de transmitir y provocar entre los practicantes toda una gama de emociones, sentimientos y estados sicológicos que están asociados a las ideas y representaciones mágico-religiosas, y además, porque ayudan a la formación de la atmósfera sicológica colectiva necesaria para el desarrollo del culto.

El carácter tradicional y estereotipado de las ideas y representaciones mágico-religiosas en cuestión conforma un profundo trasfondo contextual en el plano del pensamiento de los iniciados, que está asociado al empleo de las palabras, rezos y cantos en “lengua”. La palabra apoya y complementa al elemento ritual, resultando ser un factor importante en el proceso de desencadenamiento de los estados de posesión, pues al escuchar esa lengua de orishas, los iniciados sienten gravitando sobre todo su ser el aliento vivo de los dioses africanos.

Se debe destacar que los remanentes lingüísticos yorubas empleados en los distintos rituales de la Regla de Ocha no desempeñan una función auténticamente criptográfica, ya que no siempre poseen un significado semántico específico para muchos de los iniciados que se sirven de ellos. En muchas ocasiones estos sólo tienen una idea general sobre lo que repiten en momentos determinados del culto. De esta manera se observan con frecuencia verdaderas situaciones seudocomunicativas desde el punto de vista lingüístico, lo cual puede ser profundizado por la presencia en estos rituales de un contenido esotérico, llamado también latente o subyacente por diferentes autores, y el que se manifiesta en una dialéctica de lo expresado y lo no expresado, de la clara lectura y de lo evocado. De ahí que la efectividad de la comunicación dependa de:

El grado de iniciación y jerarquía ritual.

Las funciones rituales ejercidas.

La experiencia en la práctica religiosa.
Este hecho anteriormente expuesto también puede ser provocado por la irregularidad existente en la integración, conservación y difusión de los remanentes lingüísticos yoruba en la lengua ritual de la Regla de Ocha.

En Cuba los estudios sobre dichos remanentes se han encaminado fundamentalmente a la recopilación de palabras, frases, rezos y cantos en esta lengua para complementar o ilustrar la descripción de distintos rituales.

Esto conlleva a que en la actualidad sea necesario realizar investigaciones acerca de la evolución histórica de la lengua ritual de la Regla de Ocha o santería cubana, profundizando en la descripción de su estructura interna y de su funcionamiento en las prácticas mágico-religiosas.

En el estudio de los procesos comunicativos en la Regla de Ocha es necesario tener una visión amplia que permita considerar que tanto la palabra, como el paso de baile, determinado gesto o ritmo, la tirada de caracoles, “amarres”, “limpiezas” y ceremonias, no son más que eslabones en ese trascendental diálogo que transcurre entre hombres, deidades y antepasados. Este es el adecuado punto de vista para comprender el proceso global de comunicación que tiene lugar en estas prácticas mágico-religiosas.

Notas:
Manuel Moreno Fraginal: El Ingenio. T. I, La Habana, Ed. Ciencias Sociales, 1978, p. 141.
Fernando Ortiz: “Por la integración cubana de blancos y negros” en Revista de la Biblioteca Nacional José Martí. No. 3, La Habana, sept.-dic, 1981, p. 31.
J.J. Figarola: “El principio de representación múltiple” en Del Caribe. No. 12, Santiago de Cuba, 1988, p. 27.
Lidia Cabrera: Anagó. La Habana, Ed. C.R., 1957, p. 275.

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oct 26

Las historias de Santos de la Regla de Ocha

Por: Lic. Andrés Rodríguez Reyes
Museo de la Ruta del Esclavo
Matanzas

Con el propósito de utilizarlos como mano de obra fuerte y barata, fueron traídos a Cuba esclavos africanos, hombres, mujeres y niños, de los más variados grupos étnicos. Los mayores asentamientos se localizaron en la provincia de Matanzas, debido a su mayor desarrollo en la economía de plantación azucarera de la época. Dicha provincia llegó a producir el 55.56% de todo el azúcar del país en la segunda mitad del siglo XIX.[1] Un gran porciento de los esclavos, introducidos en esta etapa, pertenecía al grupo étnico yoruba. Ellos fueron conocidos por la denominación étnica de lucumí, la cual agrupaba no sólo a los representantes del grupo étnico yoruba, sino también a los llamados takua (grupo étnico nupe).

Con el propósito de utilizarlos como mano de obra fuerte y barata, fueron traídos a Cuba esclavos africanos, hombres, mujeres y niños, de los más variados grupos étnicos. Los mayores asentamientos se localizaron en la provincia de Matanzas, debido a su mayor desarrollo en la economía de plantación azucarera de la época. Dicha provincia llegó a producir el 55.56% de todo el azúcar del país en la segunda mitad del siglo XIX.[1] Un gran porciento de los esclavos, introducidos en esta etapa, pertenecía al grupo étnico yoruba. Ellos fueron conocidos por la denominación étnica de lucumí, la cual agrupaba no sólo a los representantes del grupo étnico yoruba, sino también a los llamados takua (grupo étnico nupe).

Sus prácticas mágico religiosas, luego de un largo y complejo proceso de transculturación y de sincretismo religioso con el catolicismo español dieron como resultado al complejo mágico religioso de la Regla de Ocha-Ifá o Santería Cubana. La primera, la Regla de Ocha agrupa a los iniciados en el culto a los diferentes orichas o deidades de esta religión de base africana, mientras que la Regla de Ifá, lo hace con los iniciados en el culto especializado a Orula, oricha de la adivinación. Ambos sistemas mágico religiosos están estrechamente relacionados, pero mantienen entre ambos una independencia relativa. El presente trabajo se dirige, precisamente, al tema de las llamadas historias de santos en la Regla de Ocha. Estas conforman un complejo sistema mitológico que asciende a los antiguos mitos yoruba, y que se han ido transmitiendo de generación en generación de practicantes.

Por medio de rituales de carácter mágico religioso, los iniciados tratan de comunicarse con orichas y antepasados, con el fin de propiciar la intervención de sus protectores sobrenaturales, en la solución de problemas y conflictos que los afectan. Estos hallan una interpretación simbólicamente codificada en los marcos de ciertas ideas y representaciones mágico religiosas de alto contenido simbólico, que se expresan en las llamadas historias de santos. En ellas se narra la vida de los orichas yoruba, los cuales resultan entidades sobrenaturales de carácter antropomórfico que representan y simbolizan las fuerzas y fenómenos naturales, las características, emociones, virtudes, defectos y actividades humanas.

Estas historias son un serio material etnográfico para profundizar en los procesos de transculturación y de sincretismo religioso, con elementos del catolicismo español en Cuba, que sufrieron las prácticas mágico religiosas del culto yoruba a los orichas. Ejemplo de ello, es la siguiente historia sobre Oyá, oricha dueña de la centella, el viento y la puerta del cementerio, que según el santero matancero, Julio Enrique Rodríguez, de la localidad de Colón, relataban las llamadas lucumisas en la zona de Banagüises de este municipio matancero:

Hubo un tiempo en que Changó vivía con Oba, Ochún y Oyá. El no se presentaba cuando lo llamaban con tambores, pero Oyá estaba con él cuando quería.
Olofin llamó a Changó, y le dijo que tenía que decidirse por una de las tres. Changó le contestó que sería con la que mejor le preparara una harina con quimbombó.

Ochún le preparó una cena suculenta y con lujo, y le dijo a Oba que cuando le cocinara la suya a Changó, que se cortara y le echara sus dos orejas a la harina, que así le gustaría mucho a Changó. Oyá le dijo que ella no cocinaría nada, sólo recogió bledo, lo sazonó, lo puso en los platos, los dejó en la mesa, y se fue.

Oyá fue al monte del Calvario, y comenzó a gritar por Cristo, pero no la dejaban pasar. Cristo salió, y le preguntó que ella deseaba. Ella le pidió iguales poderes que Changó, y que este se casara con ella. Cristo lo tocó en la frente, y le dijo: ¡Serás Santa Teresa del Jesús! En ese momento, ella escupió, y en el banquete de los santos se oyó. Entonces Changó comprendió el poder alcanzado por Oyá.

Aquí encontramos el sincretismo de Oyá, oricha dueña de la centella, el viento y la puerta del cementerio, con Santa Teresa del Jesús, representante del Santoral Católico. En esta historia, Jesús Cristo, hijo del Dios cristiano, por analogía con Olofin, una de las manifestaciones de la deidad suprema de la Regla de Ocha, posee también la facultad de otorgar poder o gracia divina a una deidad de origen africano. Este es un claro ejemplo de una de las características funcionales más importantes de los mitos de origen yoruba: su gran capacidad de adaptación a las nuevas condiciones socio históricas y etnoculturales concretas con las cuales se enfrentaron al ser traídos los africanos, y sus descendientes, a Cuba como esclavos,

Otra historias de santos muestra el proceso de sincretismo entre una deidad de la Regla de Ocha y el llamado San fan Kon, una divinidad introducida por los culíes chinos en la Cuba del siglo XIX. Estos culíes fueron traídos como mano de obra barata, a partir de 1847, por contratos de ocho años. Esto se debió a que la trata negrera era ilegal desde 1820. Fueron engañados, y tratados en las mismas condiciones que los esclavos negros, con los que compartieron barracones y cimarronaje.

Esta historia de santo dice así:

Changó, oricha que representa la alegría y virilidad masculina, un día le pidió prestado un caballo blanco a Oggún, su hermano, dueño de los metales, oricha que representa la guerra. Y Changó sobre su caballo cabalgó tan lejos que llegó a la tierra de los filani, los chinos. Allí encontró una pagoda muy grande, y delante de ella estaban parados dos chinos con grandes espadas. El valiente Changó, con su espada, les cortó las cabezas, se apoderó de sus trenzas, y gritó: ¡Yo no lo maté, lo mató Oggún! Y se fue.
Las historias demuestran como el proceso de sincretismo religioso sirvió como mecanismo de asimilación de elementos que resultaban ajenos a la cultura yoruba. Estos representantes del imperio asiático, y sus prácticas mágicas religiosas, conocidas entre los esclavos como brujería china, resultaban demasiado enigmáticos e incomprensibles a los negros. Por dicha razón, los asimilaron por medio de la creencia mágico religiosa. De esta manera, el general deificado San Fan Kon, se convirtió para ellos en un camino de Changó, el Changó chino. Otro aspecto interesante de esta historia, es que este oricha declara al final que no mató a los guerreros chinos, sino Oggún, oricha que representa la guerra entre los yoruba. El motivo de dicha declaración consiste en que, aunque el mismo Changó, deidad del fuego, el rayo y los tambores, es un guerrero poderoso, el “autorizado” para hacer correr la sangre (eyé bale) es el propio Oggún.

Las llamadas historias de santos contienen las representaciones mágico religiosas de la Regla de Ocha que se actualizan en los diferentes rituales de la Regla de Ocha, en los actos de posesión. Toda acción del culto, en esta religión de origen africano, está respaldada por un trasfondo mítico cuyos secretos guardan celosamente sus iniciados. Esas historias poseen un profundo y variado contenido simbólico, cuya clara comprensión, y posibilidad de aplicación en la práctica ritual, dependen de los conocimientos poseídos por el iniciado, de la experiencia ritual acumulada, y funciones rituales ejercidas.

En el sistema ritual de la Regla de Ocha, el proceso de adivinación es fundamental, pues a través de sus signos, los orichas “hablan” con los creyentes. Y en la interpretación de los mensajes divinos transmitidos, el oficiante se vale de las historias de santos. Ellas confieren sentido a sus signos, los cuales consisten en las diferentes configuraciones numéricas que forman los 16 caracoles, del llamado diloggún, al caer boca arriba o boca abajo.

Una de esas mismas historias condiciona el uso de los obi, o cocos, el sistema adivinatorio más sencillo y difundido entre los santeros, mediante el cual “se pregunta” a los orichas acerca de cualquier aspecto del rito que se realiza: desde la efectividad de una “rogación de cabeza”, hasta el destino de un ebó, o trabajo mágico con sus diferentes implicaciones.

Mario Ayllón, santero de más de 70 años de la localidad de Perico, Matanzas, relataba esta historia de la siguiente manera:

Antiguamente el coco era todo blanco, por dentro y por fuera. Entonces era rey Olofin, Dios Todopoderoso, y lo hizo grande. Era muy orgulloso porque era blanco, y menospreciaba a toda la gente, los trataba muy mal, con mucho despotismo.
Un día vino un mendigo a pedirle limosna, y mientras lo hacia le puso la mano encima. Obi lo empujo con indignación y asco, diciéndole que no lo tocara porque estaba muy sucio.

Olofin que lo vio todo, empujó, y le dijo a Obi: — ¡Por zoquete y orgulloso a partir de este momento vivirás arrastrado por el piso, y tendrás una parte negra y otra blanca! Por eso cuando el coco se usa para adivinar, se tira al suelo.

Si en el proceso de adivinación por caracoles, o diloggún, al consultado “le sale”, por ejemplo, el signo Obbara (seis caracoles que han caído bocarriba), por el cual “hablan”, entre otros, Changó y Ochún, el consultante, entre otras cosas, puede vaticinarle lo siguiente:

— Ud. es una persona que tiene muchos problemas, y la vida se le hace difícil;
— Está pasando muchas necesidades. El dinero se le pierde. Se hace sal y agua;

— A Ud. no lo consideran las personas que le rodean;

— No ayude a nadie, porque el que Ud. ayude, sube, y Ud. baja… [2]

El sentido de estas frases está determinado por el hecho, de que el signo Obbara agrupa las historias de Changó, cuando, este junto a Ochún, se encontraba sin reino, pobre y despreciado por todos. En este signo se relata la historia de Obbara (Changó), Ochún y las calabazas. Esta también relatada por el santero Mario Ayllón, dice así:

Olofin invitó a una fiesta a todos los santos. Después que estos comieron y se divirtieron le regaló una calabaza a cada uno. Cuando los santos salieron se dijeron: — ¿Para queremos esto? Y las botaron. Pero Obbara (Changó) recogió en su alforja todas las calabazas y se las llevó. Cuando llegó a su casa, su mujer, Ochún, le preguntó: — ¿Qué traes ahí. ? El le contestó: — Calabazas que nos regaló Olofin a cada uno de nosotros, pero ellos las botaron, y como estamos pasando necesidades, las recogí. Así que cocínalas poco a poco para ir comiendo algo.
Al otro día Obbara se fue al campo para trabajar y cuando estaba en su chapea, su mujer, Ochún, llegó corriendo porque encontró oro al abrir una de las calabazas para cocinarla. Ella gritaba: — Obbara, Obbara, mira lo que encontré. Mira lo que tiene la calabaza, oro. Somos ricos.

El le respondió que había que ir donde estaba Olofin para devolverle las calabazas y el oro. Cuando llegó donde estaba Olofin le dijo: — Mira lo que mi mujer encontró dentro de tus calabazas, oro, y te lo vengo a devolver.

Entonces Olofin respondió: — No, eso es tuyo. Los demás despreciaron el regalo porque eran calabazas, pero tú fuiste agradecido y honrado, así que te las regalo. A partir de este día la calabaza pasó a ser alcancía suya y de Ochún.

En la historia se enfatiza, ante todo, la honradez y agradecimiento de Changó, así como se critica la actitud de arrogancia de los demás orichas. También muestra la razón del porqué la calabaza resulta ser uno de los tabúes alimenticios de los “hijos de Changó y Ochún”, y además, porqué algunos de los trabajos mágico-religiosos que se realizan con el objetivo de propiciar la prosperidad material del consultado, la tenga como uno de sus componentes fundamentales.

Otro ejemplo interesante es la historia de Abó (carnero), perteneciente al signo Osá (nueve caracoles bocarriba) del sistema de adivinación por caracoles o diloggún, por el cual “hablan” Oyá, Argayú, Obatalá, Ochún y Oba. Según Osvaldo Villamil Cárdenas, destacado santero de la ciudad de Matanzas ‚ ésta dice así:

Changó había prometido a Olofin instaurar la paz y la rectitud en las tierras que gobernaba, y estaba buscando a alguien que lo ayudara, porque su reino era muy grande. Abó, el carnero, se presentó a Changó y alardeando, le dijo que le traería a una persona noble, inteligente y que valía por 100 cabezas. Changó extrañado, y molesto, por el alarde de Abó, le contestó que si antes de terminar la noche no se lo traía, sería castigado.
Este personaje era Filoro, hijo de Oggún y de Oyá, y el mejor amigo de Abó. A Filoro, su madre, Oyá, le mandó a hacerse una rogación de cabeza, advirtiéndole que después de hacérsela no podía abrirle la puerta a nadie, porque le pasaría algo malo.

Abó fue a su casa, y por más que tocó, y llamó, Filoro no le abrió. Y le dijo que no podía, porque cogería un daño. Por más que Abó trató de convencerlo, Filoro no abrió la puerta. Hasta que al fin, Abó, pensando en el castigo de Changó, se molestó, y se fue. En la esquina se encontró con Igüí, el palo, y con Ogá, la soga, y les contó lo que había pasado con Filoro. Entonces Abó se acordó que a Filoro le gustaba el dulce de coco, y les propuso entonces a Igüí y a Ogá ir a su casa, ponerse al lado de la puerta, y cuando Filoro abriera para coger el dulce, uno le daba un palo, y el otro lo amarraba.

Abó tocó otra vez a la puerta de Filoro. Este preguntó: — ¿Quién es? Abó contestó: — Soy yo, tu amigo Abó. Se que estás aburrido, y te traigo el dulce de coco que te gusta tanto. Abre un poquito nada más para que cojas el plato. Eso fue lo que por glotón hizo Filoro. Y cuando abrió la puerta, Abó lo haló por el brazo, Igüí le dio un palo, y Ogá lo amarró. Lo metieron en un saco, y Abó se lo echó al hombro para llevárselo a Changó.

Oyá que había oído los ruidos, y sabía lo que pasaba, estaba esperando en los cuatro caminos. Cuando llegó Abó, ella formó un remolino, lo tumbó junto con el saco, y los puso a rodar. Entonces zafó el saco, y liberó a Filoro, dejando dentro del saco 9 de sus manillas para que supieran que había sido ella.

Oyá regañó a Filoro, y otra vez le dijo, que cuando se hace rogación de cabeza, no se sale de la casa. Y si de contra, le advierten a uno, que puede pasar una cosa mala, no se puede desobedecer.

Abó le dijo a Changó que no había podido traer al que le había prometido. Changó entonces contestó que él mismo, con todo lo que había andado y desandado por su reino, no había encontrado nunca a alguien que valiera 100 cabezas. Pero que si sabía, que él, Abó, había traicionado Filoro. Y con voz de trueno gritó: — Si le hiciste eso a tu mejor amigo, qué‚ me harías a mi.? Por ello pagarás con tu cabeza. Y esa fue la primera vez que Changó comió carnero.

Esta historia determina dos importantes aspectos de las prácticas mágico religiosas de la Regla de Ocha: no salir por la noche de casa después de una “rogación de cabeza”, so pena de “recoger lo malo” (ser objeto de una desgracia). Y además, explica porqué Abó, el carnero, se convierte en comida de Changó, y al decir de los santeros, la más grande. Ella también muestra el nacimiento de la traición, y su correspondiente castigo. Así se enfatiza otro aspecto fundamental de las historias de santos, el aspecto moral.

Al respecto escribe la estudiosa Luisa M. Martínez O’Farril:

En la Regla de Ocha la valoración moral, como aprobación o reprobación del desenvolvimiento de los actos de los hombres en la realidad social, adquiere suma importancia. Por ello en las historias y refranes aparece reflejada de una manera singular, a partir de las experiencias representadas en las actuaciones de los orichas, en el cumplimiento de sus tareas y funciones, los errores cometidos por estos en tales momentos…[3]

Se debe enfatizar el hecho, de que entre los yoruba, en la época de la trata de esclavos, la moral no se presentaba como un sistema de principios éticos, sino como un conjunto de normas elementales que regulaban la conducta social, y que aseguraban la cohesión del grupo humano, la armonía en las interrelaciones personales. Podemos también observar que sus conductas estaban reglamentadas por esas normas, las que expresaban las exigencias más esenciales de la convivencia social, las que prohibían o censuraban determinadas cualidades, tales como la crueldad, la mentira, la arrogancia o la envidia. Estas normas elementales podían incitar a la honradez, bondad, obediencia, y al respeto de la propiedad ajena. Esto denota rasgos aun gentilicio-tribales. Y al analizar a los orichas, esas entidades sobrenaturales, desde el punto de vista moral, se les puede considerar como un reflejo generalizador de la sociedad yoruba en dicha etapa histórica de su desarrollo.

Ya específicamente con relación a la Regla de Ocha, ese producto cultural y sincrético de los cultos tribales a los orichas en la Cuba colonial y esclavista, debemos tener en cuenta lo siguiente:

… en el caso especifico de los llamados cultos sincréticos en Cuba, el análisis del aspecto moral debe considerar su génesis en cultos tribales y su desarrollo entre clases, capas y sectores marginados en los regímenes clasistas prerrevolucionarios,… Esto permite explicar la ausencia de principios éticos y la relativa importancia de normas morales, en lo que incide la no existencia de una estructura institucional.[4]
Otra historia interesante es la del loro, la cual relataba a sus descendientes, a principios de siglo, el babalawo matancero Blas Cárdenas:

Una vez entre los pájaros se corrió la voz de que Olofin haría una fiesta en la loma más alta para darle un regalo al más hermoso.
Los pájaros que sabían que el loro tenía las plumas muy lindas, se pusieron de acuerdo, y le dijeron a éste que la fiesta iba a ser detrás del monte que se veía a lo lejos. Cuando llegó el día señalado, el loro echó a volar.

Y vuela que te vuela, vuela que te vuela, pero el monte no se acababa. Tenía sed, el sol lo quemaba, y cuando no pudo más, se dejó caer y empezó a caminar. Se caía, se ensuciaba con la tierra, se daba golpes con los palos, pero seguía adelante. En eso estaba, cuando de detrás de una mata de siguaraya apareció Elegguá, que está en todas partes, incluso, donde nadie lo espera. Y le dijo: — ¡Eh, loro! ¿Qué haces por aquí? ¿No vas a la fiesta?

El loro le respondió que le habían dicho que la fiesta era detrás del monte, pero parece que se había perdido. Elegguá dio tres vueltas y se rió; le dijo al loro que lo habían engañado porque la fiesta de los pájaros era en la punta de la loma más alta. El loro se tiró al suelo y se puso a llorar, pero Elegguá entonces le dijo que no fuera llorón, ya que el río que pasaba al pie de la loma de la fiesta estaba cerca, y si le pedía ayuda a ayapa, la jicotea, ella lo llevaría con mucho gusto.

Así hizo el loro, y cuando viajaba en el lomo de la jicotea, el agua lo refrescó, y limpió sus plumas. Al llegar al pie de la loma echó a volar, y cuando llegó a la fiesta esta acababa de empezar. Los pájaros le estaban diciendo a Olofin que el loro estaba borracho, y que como se había echado a dormir no vendría. Pero cuando Olofin vio llegar al loro volando, con sus plumas de muchos colores brillando al sol, dijo: — ¡Qué pájaro más hermoso. Te llevarás el premio, y serás rey entre los pájaros!

En este caso, por un lado se censura la envidia y la maledicencia de los semejantes, y por otro, se hace evidente que la belleza y la bondad triunfarán, a pesar de todas las trampas y dificultades. Así ocurrió con el loro, cuyas plumas son imprescindibles en la coronación ritual que tiene lugar en las ceremonias de iniciación de la Regla de Ocha. Se debe señalar, que en las historias de santos no sólo se manifiestan orichas, sino también hombres, mujeres y niños, así como animales o plantas, con carácter antropomórfico, que constituyen arquetipos de conducta humana.

Aunque en muchas de las historias de santos se manifiesta la reprobación divina a las actitudes y conductas negativas de hombres, orichas y otros seres sobrenaturales, también es posible escuchar historias como la relatada por el santero matancero, Osvaldo Villamil Cárdenas:

Una vez estaban dos amigos parados en una esquina y se juraban que no se separarían jamás; Elegguá que pasaba en ese momento por allí, los escuchó, fue a su casa, y se vistió con una ropa que por un lado era roja, y por el otro, era negra.
Fue otra vez por la esquina donde estaban los dos amigos, y como una flecha pasó entre ellos. Entonces los dos amigos empezaron a discutir acerca de que si el que pasó estaba vestido de rojo, o de negro. Como no se ponían de acuerdo, se entraron a golpes, y no se hablaron nunca más.

Otro ejemplo es la siguiente versión de la historia, acerca de las orejas de Oba, relatada por la ya fallecida santera, también de la ciudad de Matanzas, Francisca Villamil García:

Oba tenía celos de todas las mujeres, y esto estaba bien fundado, pues Changó, que era muy mujeriego, tenía siempre dos y tres amantes. Pero siempre Changó respetaba y amaba a Oba por encima de todas.
Oba siempre buscaba consejos de cómo mantener a Changó junto a ella, y acudió una vez a Ochún, sin saber que esta era una de las amantes de su marido. Ochún le dijo que se cortara una oreja, hiciera un caldo y que se lo diera a tomar a Changó, ya que esa era una manera muy efectiva de tenerlo siempre a su lado.

Así ella lo hizo, pero cuando Changó estaba más entusiasmado se encontró la oreja, y al ver que era de Oba la regañó muy fuerte. Desde entonces siguió respetándola, pero nunca más volvió a acostarse con ella. Y Oba, de tristeza, se fue a vivir al cementerio, donde está desde entonces.

En las historias de santos, el bien no siempre sale victorioso, pues Elegguá enreda por capricho los caminos; Oyá y Ochún envidian la lealtad de Oba hacia Changó, además de la existencia de otros actos de la conducta que no son dignos de imitar. Las mismas categorías del bien y el mal, que constituyen las formas más generales de la valoración moral están aquí relacionados con hechos y acciones concretas de la vida real, sin una elaboración teórica profunda. Ello es posible ilustrarlo con la siguiente historia que relataba, a principios de siglo, el babalawo matancero Blas Cárdenas:

En una ocasión Olofin, el Santísimo, viejo, cansado y alejado del mundo del mundo de los hombres, le pidió a Obatalá , representante de la paz y la pureza, que le trajera a probar el mejor plato que hubiera sobre la Tierra.
Obatalá fue y le trajo, en un plato, lengua cocinada. Olofin se asombró, y le preguntó por qué traía precisamente eso. Obatalá contestó que con la lengua se elogiaba, se decían las cosas más dulces y más tiernas, se hacia la caridad y mucho bien.

Al otro día Olofin le pidió a Obatalá, que entonces le trajera el peor plato que hubiera sobre la Tierra; Obatalá fue, y regresó con un plato, donde otra vez traía lengua cocinada. En esta ocasión Olofin extrañado, casi molesto, le dice a Obatalá: — ¿No te dije que quería ver el peor plato que existiera sobre la Tierra?

Entonces, Obatalá contestó que con la lengua se decían las cosas más lindas, más buenas. Con la lengua se dicen también las cosas más feas, las malas palabras, los chismes, las humillaciones, los enredos. Con la lengua se puede salvar a una persona, pero también causar su perdición. Y Olofin quedó convencido.

De los acontecimientos relatados en las historias de santos emanan también los correspondientes juicios, prohibiciones, valoraciones y moralejas, que pueden influir y regular, positiva o negativamente, en la conducta social de los practicantes de la Regla de Ocha. Ello se debe a que los valores relacionados con las ideas y representaciones mágico religiosas de la creencia en cuestión, pueden determinar el surgimiento de un sistema especifico de orientaciones valorativas que se pueden reflejar negativamente en la proyección social del iniciado y el practicante de esta religión de origen africano en Cuba.

Para concluir, es posible afirmar que en el proceso de transmisión, a través de las generaciones, de las ideas y representaciones mágico religiosas y morales de la Regla de Ocha, un lugar importante lo ocupan las historias de santos, pues a falta de un sistema teológico sistematizado en libros o escrituras sagradas, son un factor determinante en la interpretación ritual. Ellas resultan ser una fuente que nutre y precisa las sutilezas del contenido y las formas de expresión de las prácticas mágico religiosas en cuestión.

Estas historias poseen una gran importancia desde el punto de vista antropológico, pues reflejan las características de un grupo humano, el yoruba, en una determinada etapa de su desarrollo. Además, por medio de su estudio se puede conocer de la cultura, las creencias religiosas, alimentos, hábitos de trabajo, relaciones interpersonales y de poder, jerarquías sociales, roles de género, relación hacia la naturaleza, y muchos otros aspectos de la vida socioeconómica, cultural y comunitaria de este pueblo. Además, por medio de las mismas se pueden comprender muchos de los procesos de transculturación y de sincretismo religioso que sufrieron las religiones africanas en la Cuba esclavista, colonial y española.

Los rituales de la Regla de Ocha representan una hipotética comunicación con las fuerzas y seres sobrenaturales a los que se rinde culto, los orichas y antepasados. Son precisamente, las historias de santos las que les otorgan el sentido. Su rica variedad está determinada no sólo por lo colectivo y espontáneo de su reproducción y transmisión en el proceso de transmisión oral, sino también por la gran cantidad de representaciones mítico-mágico-religiosas contenidas en las mismas. El estudio histórico-comparativo con los mitos yoruba originales revelaría en todo su esplendor la gran capacidad de adaptación, de síntesis, y de transmisión espontánea, de las numerosas generaciones de practicantes, para los que todavía sigue vivo el aliento de las deidades, que con los esclavos africanos llegaron en los barcos de la Trata a nuestro país.

Referencias
Moreno Fraginal, Manuel. El Ingenio. T.1. Ed. Ciencias Sociales. La Habana. p. 141.
Libreta de santo anónima.
Ms. C. Luisa M. Martínez O’Farrill. “Acercamiento a la concepción filosófica del mundo de los yoruba”. Actas de la VIII Conferencia Internacional de Cultura Africana y Afroamericana. Centro Cultural Africano “Fernando Ortiz” . Santiago de Cuba. 2003.
Argüelles Mederos, Anibal e Ileana Hodge Limonta. Los llamados cultos sincréticos y el Espiritismo. Edit. Academia. La Habana. 1991. p. 114.

Bibliografía
Barnet, Miguel: La fuente viva. Edit. Academia, La Habana, 1983.
Barreal, Isaac: Retorno a las raíces. La Fuente Viva. Fundación Fernando Ortiz, Ciudad de la Habana, 2001.
Bolivar Arostegui, Natalia: Los orishas en Cuba. Edic. Unión, Ciudad de la Habana, 1990.
Cabrera, Lidia: El Monte. Colección del Chichirikú, Miami, 1986.
Guanche, Jesús: Procesos etnoculturales de Cuba. Edit Letras Cubanas, Ciudad de la Habana, 1983.
James Figarola, Joel: Sistemas mágico-religiosos cubanos: principios rectores. Edic. Unión, Ciudad de la Habana, 2001.
Leon, Argelier: Tras las huellas de las civilizaciones negras en América. La Fuente Viva. Fundación Fernando Ortiz, Ciudad de la Habana, 2001.
López Valdés, Rafael: Componentes africanos en el etnos cubano. Edit. Ciencias Sociales, La Habana, 1985.
Ramírez Calzadilla, Jorge: Religión y relaciones sociales. Edit. Academia, La Habana, 2000.
Religión, Cultura y Espiritualidad a las puertas del tercer milenio. Edit. Caminos, La Habana, 2000.
Ética. Ed. Prodgreso. Moscú. 1989.

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jun 02

Que es un Oba Oriate?

Por: MAGIAAFRICANA

La regla de Ocha se caracteriza por la cantidad de ceremonias que se realizan en las diversas consagraciones que tienen objeto cuando una persona necesita del concurso de los orichas para estabilizar sus niveles de vida. En estas ceremonias deben estar presentes los padrinos y un grupo de santeros y santeras que trabajarán y serán testigos de las consagraciones. Puede ser que en estas consagraciones los santeros presentes y los padrinos constituyan un grupo de personas respetables y se hayan esmerado en la organización de los rituales a realizarse, pero si falta la presencia del Oriaté o Italero, lamentablemente las ceremonias estarán incompletas. Con esto queremos decir que el Oriaté es un personaje que debe estar presente en toda consagración de Ocha ya que él es el que dirige todos los ceremoniales gracias a los amplios conocimientos que tiene sobre la Santería o religión Yoruba. En pocas palabras podemos decir que el Oriaté es un santero que tiene extensos conocimientos sobre los cantos, rezos y ceremonias que se efectúan en el cuarto de santo a la hora de realizar las consagraciones. Este personaje tiene el conocimiento suficiente para estimular y llamar las fuerzas o energías de los orichas que van a participar en los rituales de ocha.

La palabra Oriaté significa en lengua yoruba “cabeza sabia”, etimológicamente podríamos descifrar dicha palabra como, Orí: Cabeza; y Até: Tablero de Ifá. Recordemos que simbólicamente el Até o tablero de Ifá representa el conocimiento y la sabiduría del mundo. Se sabe que todo el conocimiento no puede estar en una sola cabeza, como lo dice el signo Ogbe-Di, pero los oriateses deben instruirse cada día más para poder llevar con dignidad tan importante título, por lo cual deben mantener y ampliar sus conocimientos religiosos. La figura del Oriaté es respetada en cualquier casa de santo, sin importar su edad cronológica, ni su edad santoral, esto se debe a que es visto como un sacerdote mayor gracias a su gran conocimiento.

LOS CONOCIMIENTOS QUE DEBE DEBE DE TENER UN OBA

La regla de Ocha se caracteriza por la cantidad de ceremonias que se realizan en las diversas consagraciones que tienen objeto cuando una persona necesita del concurso de los orichas para estabilizar sus niveles de vida. En estas ceremonias deben estar presentes los padrinos y un grupo de santeros y santeras que trabajarán y serán testigos de las consagraciones. Puede ser que en estas consagraciones los santeros presentes y los padrinos constituyan un grupo de personas respetables y se hayan esmerado en la organización de los rituales a realizarse, pero si falta la presencia del Oriaté o Italero, lamentablemente las ceremonias estarán incompletas. Con esto queremos decir que el Oriaté es un personaje que debe estar presente en toda consagración de Ocha ya que él es el que dirige todos los ceremoniales gracias a los amplios conocimientos que tiene sobre la Santería o religión Yoruba. En pocas palabras podemos decir que el Oriaté es un santero que tiene extensos conocimientos sobre los cantos, rezos y ceremonias que se efectúan en el cuarto de santo a la hora de realizar las consagraciones. Este personaje tiene el conocimiento suficiente para estimular y llamar las fuerzas o energías de los orichas que van a participar en los rituales de ocha.

La palabra Oriaté significa en lengua yoruba “cabeza sabia”, etimológicamente podríamos descifrar dicha palabra como, Orí: Cabeza; y Até: Tablero de Ifá. Recordemos que simbólicamente el Até o tablero de Ifá representa el conocimiento y la sabiduría del mundo. Se sabe que todo el conocimiento no puede estar en una sola cabeza, como lo dice el signo Ogbe-Di, pero los oriateses deben instruirse cada día más para poder llevar con dignidad tan importante título, por lo cual deben mantener y ampliar sus conocimientos religiosos. La figura del Oriaté es respetada en cualquier casa de santo, sin importar su edad cronológica, ni su edad santoral, esto se debe a que es visto como un sacerdote mayor gracias a su gran conocimiento.

Como ya se dijo, todas las ceremonias importantes deben ser conducidas por él, desde un Oro a Eggun hasta las ceremonias del Ituto o funeral yoruba, pasando por los cantos a Ozain. Extendiéndonos en este último punto, una expresión popular entre santeros dice, “sin Ozain no hay santo”, lo que significa que siempre se debe hacer un Ozain antes de cualquier consagración, esto consiste en realizar un mínimo de 16 cantos rituales a esta importante deidad para que bendiga el extracto de hiervas que se va a utilizar para purificar los elementos sagrados que se van a fundamentar en ese momento. Los cantos o suyeres son sumamente importantes en el trabajo del Oriaté, los debe realizar totalmente en lengua yoruba y cada uno va a tener una función específica en la consagración, por lo que debe conocer su significado para poder utilizarlos en el momento adecuado. Estos cantos van a variar según sea el caso, existen cantos para Egun (espíritus guías) en donde se le rinde tributo a los antepasados o a santeros, santeras o babalawos difuntos. Ya hablamos de los cantos de Ozain, los cuales deben hacerse un mínimo de 16 para poder consagrar las hiervas. También está el Oro de Igbodú o “cantos ceremoniales del cuarto de santo”, los cuales son suyeres dedicados a los orichas. En el momento de la consagración el Oriaté canta en yoruba por lo menos tres suyeres a cada oricha, estos cantos son específicos y el Obá debe tener conocimiento de lo que está haciendo porque hay cantos para llamar a los santos y hay otros para calmarlos cuando se posesionan del santero y llegan aturdidos luego del largo viaje del cielo a la tierra.

Además de los cantos, el Obá conoce con perfecta claridad todos los conceptos religiosos de los yorubas y el significado ritualístico de cada una de las ceremonias que realiza. Otra de las funciones del Obá-Oriaté (muchos piensan que así es como se debe llamar) es la de interpretar el mensaje de los orichas a través del “oráculo de los caracoles” en la ceremonia del Itá o “lectura del porvenir”. Allí debe tener pleno dominio del oráculo además de los rezos de cada signo, los cantos del Nangareo (desayuno que se tiene con Olorun antes del Itá) y el “ebbó de estera”, en donde el Iyawó o recién consagrado, es limpiado gracias a la influencia de los signos y a los rezos que se hacen en cada uno de ellos. En el Itá el Obá-Oriaté manifestará su conocimiento sobre los patakíes o historias yorubas para extraer de ellos los mensajes que guiarán el camino del nuevo consagrado en una nueva perspectiva de vida. Como maestro de ceremonias en sus funciones también recae la responsabilidad de ayudar a los santeros desencarnados a encontrar el camino que los llevará a Olofi. En la ceremonia del Ituto, llamará a los oricha s y a los espíritus guías del santero difunto para que lo desprendan de la Tierra y lo lleven a planos superiores.

REY DE REYES.
 
Como se puede ver las funciones del Obá-Oriaté son múltiples, para dominarlas este personaje debe tener un alto grado de vocación religiosa y así tener presente los profundos secretos de la religión yoruba. Su capacidad mental debe ser excelente para poder dominar el conocimiento de los ceremoniales de ocha, los cuales debe tener frescos con el estudio constante de cantos, rituales, patakíes y rezos. Además de todo el conocimiento su camino como sacerdote es predestinado en el Itá el día que es consagrado como santero. En ese momento, a través del oráculo del caracol, los orichas determinan si su camino es de Obá. Normalmente el Itá no se orienta a determinar estos designios, pero si se presenta el caso, el Oriaté que está oficiando la ceremonia podrá manifestar que está naciendo un nuevo Obá-Oriaté, tras lo cual debe prepararse para serlo con la ayuda de los mayores. Se observa entonces que los orichas señalan a un nuevo Oriaté, lo cual se puede observar en los signos: Obara Melli, Odi Melli, Eyeunle Melli, Odi-Unle, Unle-Oddi, Odi-Iroso, Unle-Ogundá, Unle-Iroso, Obara-Odi, Obara-Ofún, Unle-Osá, y Ofún-Ogundá. Obviamente los orichas son los que dirigen esta religión, por lo tanto se deben tomar muy en cuenta los signos u olduns de los caracoles para determinar si verdaderamente la persona tiene camino de Obá y así evitar que en el futuro el supuesto Oriaté haga consagraciones incompletas o mal hechas por falta de capacidades.

Estos signos se pueden observar tanto en el Itá de santo como en el de Pinaldo, comúnmente llamado “ceremonia de cuchillo”. Para muchos santeros con experiencia el Obá debe tener “cuchillo” para poder realizar ciertas ceremonias en el cuarto de santo. Además, ¿cómo un Obá-Oriaté puede dirigir una ceremonia de Pinaldo si no lo tiene?

El título de Oriaté es muy anhelado en el mundo de la Santería pero hay que estar consciente de que no todosnacen para serlo.

Como ya explicamos se deben reunir ciertas condiciones tales como ser escogido por lo Orichas en la ceremonia del Itá, tener ciertas capacidades para dominar cantos, rezos y ceremoniales, tener Pinaldo y gozar del visto bueno de los oriateses experimentados.

 

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dic 09

Un Cake para Obbatalá

Por: Lázara Menéndez Váz

En el Primer Taller Internacional sobre los problemas de la cultura yoruba en Cuba[1] organizado por la Asociación Cultural Yoruba de Cuba y la Academia de Ciencias, en 1992, se constató la existencia de una tendencia que coloquialmente se denominó “yorubización de la Santería”. Indagué sobre la cuestión y me explicaron que se pretendía la recuperación de lo que se denominó “ortodoxia ritual”; ello significaba una vuelta a África, en especial a la liturgia reconocible en el culto de los orichas practicada en Nigeria e implicaba conceptualmente la reapropiación del corpus de Ifá. Algunos iyalochas, babalochas y babalaos[2] me comentaron que allá estaban nuestras raíces y nuestras verdades; que el culto a los orichas era anterior al cristianismo y por ello se hacía muy significativo reapropiarse de la historia y también de la lengua yoruba -de la que aún quedan personas que pueden hablarla en Cuba.

Al decir de otros religiosos, la Regla de Ocha-Ifá debía regirse por los dictados del Ooni de Ife. Una de las ganancias que se esperaba obtener con la recuperación de la ortodoxia ritual era la eliminación del sincretismo; la vuelta al origen suprimiría la mezcla o lo que se consideraba como tal. Desaparecería, al decir de los religiosos, la errónea equiparación entre Changó y Santa Bárbara o entre Ochún y la Virgen de la Caridad del Cobre. Se aspiraba también a la creación y consolidación de una jerarquía eclesiástica que normara institucionalmente el ejercicio santero y de este modo evitar las transgresiones perversas y las modificaciones profanadoras de la tradición…

En el Primer Taller Internacional sobre los problemas de la cultura yoruba en Cuba[1] organizado por la Asociación Cultural Yoruba de Cuba y la Academia de Ciencias, en 1992, se constató la existencia de una tendencia que coloquialmente se denominó “yorubización de la Santería”. Indagué sobre la cuestión y me explicaron que se pretendía la recuperación de lo que se denominó “ortodoxia ritual”; ello significaba una vuelta a África, en especial a la liturgia reconocible en el culto de los orichas practicada en Nigeria e implicaba conceptualmente la reapropiación del corpus de Ifá. Algunos iyalochas, babalochas y babalaos[2] me comentaron que allá estaban nuestras raíces y nuestras verdades; que el culto a los orichas era anterior al cristianismo y por ello se hacía muy significativo reapropiarse de la historia y también de la lengua yoruba -de la que aún quedan personas que pueden hablarla en Cuba.

Al decir de otros religiosos, la Regla de Ocha-Ifá debía regirse por los dictados del Ooni de Ife. Una de las ganancias que se esperaba obtener con la recuperación de la ortodoxia ritual era la eliminación del sincretismo; la vuelta al origen suprimiría la mezcla o lo que se consideraba como tal. Desaparecería, al decir de los religiosos, la errónea equiparación entre Changó y Santa Bárbara o entre Ochún y la Virgen de la Caridad del Cobre. Se aspiraba también a la creación y consolidación de una jerarquía eclesiástica que normara institucionalmente el ejercicio santero y de este modo evitar las transgresiones perversas y las modificaciones profanadoras de la tradición.

El asunto me interesó, porque tanto en los actos de creación -y la Santería es uno de ellos- como en las “ciencias de realización”, aquellas en las que los hechos no pueden repetirse a voluntad en un laboratorio porque este es la vida misma, no hay ocasión para desandar los caminos que construyeron las historias y llegar al punto de partida; primero, porque el principio no es más que la mitad de todas las cosas; segundo, porque como se afirma en un viejo bolero “ayer no es hoy”, y tercero, porque no es cierto que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Las otras razones que despertaron mi interés guardan relación con el hecho de que Africa, en el imaginario popular cubano, no se manifiesta como tierra de promisión e identidad; tampoco ha existido históricamente una conciencia de retorno y, por último, la Santería mantiene como norma la reinterpretación de sus preceptos en aras de la reactualización del legado que se asume como tradicional.

No es usual que el cubano promedio -o incluso el que no lo es- pueda mencionar y ubicar más de tres ríos africanos, conozca de imperios tan importantes como el de Ghana (700-1200), Mali (1200-1500), Kanen-Bornu (800-1200), Monomotapa (1450-1800), de las hazañas de Mansa Musa o de una ciudad tan extraordinaria como Tumbuctú. Entre 1886, año de la total abolición de la esclavitud en Cuba, y el inicio de la colaboración entre Cuba y Angola transcurrieron años de desconexión popular con el continente africano, aunque no carecimos de una pertinaz y distorsionada llovizna informativa que incentivó, también por años, una imagen de Africa ligada a Tarzán, Juana y la mona Chita, transmitida principalmente a través de la radio, el cine y las tiras cómicas.

En la Regla de Ocha-Ifá la imagen de Africa que se transparenta es también débil; prácticamente se reduce a mencionarla como el lugar del origen remoto. Muy pocos religiosos conocen los hábitos, costumbres, normas éticas, educativas, filosóficas y el protocolo ritual pertenecientes a la cultura yoruba-nigeriana. En fin de cuentas, existe un conocimiento muy reducido, y en no pocas ocasiones tergiversado, de la cultura de la cual aceptan descender. Históricamente no hemos contado con una abundante y asequible información sobre la población yoruba y su cultura. Es oportuno recordar que hace años para ir a las bibliotecas había que saber leer, y hace menos, para tener acceso a esa literatura, hay que poder leer en inglés. Es obvio que el reciclaje informativo ha dependido, en los últimos tiempos, de estudios especializados que sobre la Santería se escribieron y de los que se desarrollan actualmente en el país.

En la interioridad de la práctica santera no he detectado, entre los indicadores empleados por los religiosos para prestigiar la labor de un igboro (iniciado en la religión), el conocimiento que sobre Africa, la cultura y la religión yoruba tenga una iyalocha, un babalocha o un babalao. Importa su eficacia en la solución de problemas diversos, porque se privilegia el carácter instrumental del ejercicio religioso; se prioriza el saber activo ligado al conocimiento y dominio de “tratados” -fórmulas mágicas o no- empleados para conseguir la solución buscada. Es significativo el valor de la “decencia”, entendida como la ausencia de intención lucrativa en el ejercicio religioso, la observancia de ciertas normas de convivencia y el cumplimiento de preceptos éticos emanados de la práctica ritual, en virtud de la función normativa y de regulación de la proyección individual del sujeto.

¿A qué causa podía deberse este empeño en yorubizar o africanizar la Santería? ¿Puede considerarse como el inicio de una corriente de revitalización de las culturas africanas por una necesidad de legitimación sociocultural? ¿Son esos criterios la evidencia de una influencia del ejercicio santero procedente de Puerto Rico y de los Estados Unidos, lugares en los que algunos omo-ocha (hijos de santo) han vuelto sus ojos hacia Africa con la intención de obtener información, legitimación y algunas cosillas más para las prácticas que realizan? ¿Puede ser este, acaso, el tentáculo de un “pulpito” que adopta un perfil religioso, pero que en el fondo obedece a una manifestación de naturaleza discriminatoria? ¿Era una expresión de preocupación por los cambios que se avecinaban en virtud de la “despenalización” de la conciencia religiosa?

Algunos de estos problemas se reconocen en los criterios que aún hoy se expresan acerca de este asunto; pero favorecer uno de ellos no sería prudente por la falta de consenso en las posiciones y juicios emitidos por los religiosos. A mi modo de ver, el eje de este conflicto está movido por la voluntad de cambio que articula la práctica santera, que en ocasiones se manifiesta como una acción premeditada y en otras no; así el alcance de esta varía de acuerdo con los objetivos que se persiguen.

Aunque la Santería carece de un sistema de relaciones socioculturales verticalista a nivel nacional, es posible reconocer la existencia de un discurso que, a manera de telón de fondo, unifica horizontalmente el quehacer santero en sus aspectos vertebrales. Esto permite establecer distinciones entre lo que el santero cree que debiera hacerse, lo que cree que en realidad se hace y lo que sucede realmente. El discurso de la yorubización de la Santería se inscribe en lo que un segmento reducido de esta población opina que debiera hacerse, porque lo que ellos creen que en realidad se hace es favorecer la distorsión y con ella el descrédito del ejercicio santero.

Las consideraciones de algunos santeros con los que sostuve diálogos más prolongados y la dinámica que demanda el asunto, me revelaron que lo complicado no estribaba en que se expresara una voluntad de cambio, sino en su dirección y las acciones que ello implicaba. Por estas razones, me decidí a elaborar una reflexión que, desde una perspectiva teórico-metodológica plural, favoreciera una relectura de la historia de la tradición cultural yoruba sin privilegiar modelos de equilibrio para el análisis de la Santería y que a la vez permitiera el reconocimiento y la presencia del conflicto contenido en ella.

La única intención que persigo con este estudio es llamar la atención acerca del hecho de que la voluntad de cambio, que tanto preocupa a algunos religiosos, es consustancial a la práctica santera, puesto que la transgresión de los límites constituye también un modo particular de relacionarse con lo sagrado. La innovación y la transgresión no constituyen una excepción de la norma, sino la articulación necesaria para la redefinición de los límites. La ortodoxia funciona en tanto promueve y garantiza la posibilidad de la heterodoxia ritual que anula la existencia de discursos autoritarios. “Cada maestro tiene su librito” o “en mi casa mando yo” son enunciados de un discurso que se sostiene sobre un ejercicio individualizado, flexible, activo, conversacional, de la práctica ritual, que interactúa sistemáticamente con la cotidianidad y que no siempre resulta tan autoritario como parece.

Haciendo abstracción de la compleja tipología que respalda los estudios de cambio sociocultural, me adscribo a lo que Raymond Firth llama “cambio en la organización”.3 De acuerdo con sus consideraciones, estos son cambios en la manera de hacer las cosas, las cuales continúan realizándose, y “cambios en la extensión”: aquellas variaciones en los alcances de determinados complejos de relaciones socioculturales que permanecen formalmente inalterables.

El estudio lo he dividido en tres partes: la primera, llama la atención sobre la necesidad de observar el proceso de transculturación en la evolución de los elementos de las culturas matrices y las características de aquellas culturas en sus contextos originarios; la segunda reflexión se aproxima a la reconstrucción del componente yoruba en Cuba y la creación de una nueva organización que hoy conocemos como Santería o Regla de Ocha-Ifá; la tercera se centra en el análisis de una “moyuba” o invocación destinada a los orichas y antepasados como un ejemplo de la dinámica de cambio, en la que continuidad y discontinuidad forman parte de la reinterpretación del legado y, a la vez, son exponentes de la confluencia de herencias.

Una pretensión ingenua

El discurso racionalista moderno nos trasladó su vocación por un absurdo y antihistórico concepto de pureza y nos llevó a mirar nuestras mezcladas y heterogéneas culturas como un signo de inferioridad, exclusivo de los pueblos latinoamericanos y caribeños. Con ello tendió a acentuar la exaltación de la noción de raza (“voz de mala cuna y mala vida”) y los prejuicios raciales, de los cuales dijo Fernando Ortiz que no eran “ciencias de blancos sino supersticiones de barbarie que hacen sacrificios humanos a ídolos de colores diversos”.4 No escapa a estas consideraciones la producción simbólica generada en las culturas africanas y trasplantadas a Cuba.

Hacer descansar la caracterización y valor de la Santería solo en la conservación de sus antecedentes africanos sin una valoración histórica, sistemática y sistémica de estos, es una pretensión ingenua. La tácita o explícita negación del fenómeno transculturativo puede convertirse en un problema ontológico.

Si nada se hubiera modificado desde la introducción de los primeros africanos en Cuba; si el medio sociocultural, criollo primero, cubano después, no hubiera logrado influir y atrapar en su órbita a aquellos y sus descendientes, -sobre todo a estos últimos-; si los descendientes en primera y segunda generación no hubieran sentido como suyos los valores que se fueron creando en el nuevo contexto y no se hubieran definido como cubanos por conciencia y voluntad, como afirma Ortiz, habría que aceptar la inmovilidad de la historia, negar la existencia de nuestra cultura, la concepción orticiana de transculturación y quemar en una pira a los que suscriben que la cultura es un fenómeno dinámico.

La sustantivación indiscriminada y acrítica del componente yoruba y su pretendida demostración por encima de los mecanismos de discontinuidad que operaron en las transformaciones culturales, tiende a bloquear la acción cognoscitiva y a negar la estratégica acción desacralizante y revitalizadora que proponen los mismos patrones cristalizados dentro del universo santero.

El énfasis en el eje africano, por encima de los rasgos que cualifican el fenómeno como cubano, tiende a agudizar el distanciamiento, desde la perspectiva sociocultural, con el universo santero, a entorpecer la asunción intelectual de dicho fenómeno más allá de las relaciones modales y volitivas que individualmente se establezcan con él, y a dificultar su reconocimiento como expresión cultural autónoma, bien diferenciada de sus antecedentes y de otras prácticas contemporáneas a ella.

La cosmovisión santera no depende en la actualidad -como no dependió en la época en que Fernando Ortiz y Lydia Cabrera publicaron obras cumbres como Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar y El monte, respectivamente- solo del núcleo africano, sino que esta peculiar cosmovisión participa -por legítimo derecho- en la órbita de lo cubano. No se trata de negar o menoscabar el antecedente yoruba, pero sí de insistir en el hecho de que “un negro cubano típico se parece más a un blanco cubano típico que a un negro de Africa”.5

Un aparte necesario

La reconstrucción del sistema de pensamiento yoruba y el análisis de sus prácticas culturales entre los siglos XII y XIX, según los datos aportados por los propios especialistas nigerianos, pone de manifiesto la interpenetración de las funciones religiosas, sociales, comunicativo-memoriales, educativas, ideológicas, cognoscitivas, y estéticas entre las diversas ramas del saber, que no se manifiestan como diferenciadas en sus concreciones específicas.

Las estructuras socioeconómicas y culturales a las que se vio sometido el africano en el nuevo contexto colonial cubano, la dislocación de valores y mecanismos culturales autóctonos, su reducción a la condición de esclavo, implicaron y determinaron cambios en las acciones y significados.

Sufrieron modificaciones las relaciones económicas, las instituciones rituales, las formas de agrupación, las relaciones de parentesco, el intercambio de bienes y servicios, las formas de vida doméstica, la institución matrimonio, el valor tradicional de la hospitalidad, sustentada frecuentemente en el matrimonio polígamo y las descendencias unilineales.

La identificación tradicional de la riqueza basada en la consideración de que el más rico es también el de mayor poder simbólico representativo, se vio modificada por la inserción del africano en una estructura económica definida por el valor del dinero, el desarrollo del comercio, la significación del mercado alejado de la consideración tradicional; el énfasis en la autonomía individual fue uno de los factores que entorpecieron no solo la recreación de las estructuras autocráticas y patriarcales tradicionales, sino también modificó la relación individuo-colectivo e individuo-sociedad.

Si el que llegaba a América como chapetón, ya por sólo cruzar el Atlántico dejaba de ser el campesino mísero, el villano pobrete, el criminal fugitivo, el pícaro aventurero, el clérigo vagante o el hidalgo sin algo, para convertirse ipso facto en un “blanco”, con privilegios leucocráticos sobre grandes masas de gentes de “color”; el negro traído a la fuerza como esclavo, por sólo entrar en el barco negrero y luego en el barracón, ya no era un típico negro mandinga, guineo o congo tal como sus connacionales, sino un “negro” mutilado por el profundo trauma psíquico del violento arranque y un oprimido por la servidumbre que lo deformaba si no lo destruía [...] Y unos y otros, blancos y negros, sumergidos en un ambiente extraño para todos y disociador, con leyes que se acataban pero no se cumplían, con ordenanzas para el provecho exclusivo de quienes las acordaban, con morales escurridizas propias de sociedades improvisadas con elementos heterogéneos y todos exóticos, con posiciones interinas, convivencias provisionales, tensiones constantes, codicias sin frenos, frustraciones desesperadas; todos “de paso”, en fricción, en odio, en miedo y en relajo.6

Es obvio que la estructuración cualificadora de un nuevo producto no presupone la desaparición de los componentes originarios, pero sí la diferenciación de aquel con respecto a los que le son coetáneos y la consecuente negación dialéctica de sus antecesores; aunque no entraña una paralización del proceso una vez aparecido el nuevo modelo.

Entre los yorubas el pensamiento religioso no se cualifica como un discurso autónomo hasta bien entrado el siglo XX. Hablar en el siglo XIX, y en los que le preceden, de la existencia de una manifestación de tal naturaleza es no comprender el trascendental carácter sincrético de esta cultura y el profundo trauma que debió representar, para el hombre yoruba en particular y para el africano en general, su inserción en un contexto de valores económicos, sociales, políticos y religiosos diferentes.

En Reinos africanos, de Basil Davidson, y en Africa negra de Suret-Canale, los autores coinciden en destacar la lógica de los sistemas de creencias tradicionales apoyados en una imagen de totalidad cambiante, mutable y viva. No reconocen una dicotomía entre lo sagrado y lo profano, entre normas y prescripciones morales, sociales, filosóficas, y el carácter sobrenatural de ciertos fenómenos. Estos se mezclan en un todo sincrético.7 Un ejemplo de ello se observa en la interacción entre iwápèlé, orí/eledá y Eshu/Ajogún, contenidos todos en el corpus de Ifá, núcleo de los principios éticos, filosóficos, morales y literarios que refrendan la tradición oficial en Ife, ciudad santa y sede de los dioses creadores y de las familias fundadoras.

Davidson considera que las religiones en las sociedades tradicionales daban una visión total del mundo, incluidos el sensorial y el suprasensorial, dirigida tanto a la explicación como a la prescripción. Obatalá fue enviado a crear el hombre, se emborrachó y creó a jorobados y albinos; se deriva de esta acción la prohibición de beber vino de palma para todos aquellos que se consagran a la adoración de este oricha.8

Asegura Berta Sharevskaya no haber encontrado en las lenguas africanas una sola palabra que corresponda a las expresiones de Ser Supremo, Dios Todopoderoso, Demiurgo, Primera Causa, etc. Nyame, Nzambi en el Congo, Leza en Rhodesia, Olorun entre los yorubas son, en sentido general, divinizaciones de antepasados y fuerzas de la naturaleza. La adoración de un ser supremo no adopta las características y atributos de la adoración monoteísta. La autora considera que “el objeto de veneración en las religiones africanas era toda una jerarquía de altos seres y espíritus sobrenaturales, más que un sólo ser supremo”, pues la “adoración no se satisface con un sólo dios”.9

Una tesis interesante y que nos parece conveniente insertar en este contexto es la de Pierre Verger en Flux et reflux de la traite des nègres entre le Golfe de Benin et Bahia de Todos os Santos du XVIIe au XIXe, donde señala que:

[...] a pesar de la multiplicidad de dioses, se tiene la impresión de que no se trata de politeísmos, sino de monoteísmos múltiples yuxtapuestos, donde cada creyente no está consagrado más que a un sólo dios y no reverencia más que a este, guardando vis a vis para las divinidades vecinas sentimientos que no van más allá del simple respeto”.10

La definición de oricha es una noción importante en la conceptualización y operatividad de la práctica religiosa yoruba. El oricha, además de un ancestro divinizado, es, como afirma Pierre Verger en Orixas, “una forma pura, ase inmaterial que sólo se hace perceptible a los seres humanos incorporándose a uno de ellos”.11

En el etnos yoruba existe una tradición oficial y autónoma; así, ciertos orichas alcanzan una posición dominante en algunas ciudades: Changó en Oyó, Ochún en Ijexa y Oxogbo, Yemayá en Egba, Olodumare y Oduduwa en Ife. El lugar ocupado en la organización oficial por el oricha puede ser muy diferente si se trata de una ciudad donde existe un palacio ocupado por un rey, o si se trata de las aldeas independientes donde el poder político permanece débil “en ausencia del estado (autoritario) y son los jefes fetichistas los que garantizan la cohesión social”.12

Los dioses de la creación y la creación de los dioses son dos instancias definidas en la adoración yoruba y relativamente privilegiadas. En la primera, se reconoce la adoración que el pueblo de la ciudad de Ife tiene por Olodumare como creador del cielo y la tierra y la convicción de que Orúmila fue testigo de este acto y por ello sabe la historia del origen.13

La creación de los dioses, al decir de Verger, es el resultado de una contrariedad, de un momento de pasión. Oyá acompaña a Changó en una fuga y cuando él desaparece, ella se mete debajo de la tierra. Changó se convierte en oricha cuando se sintió abandonado y salió de Oyó para Tapa. Ochún y Oba se transforman en ríos cuando huyen atemorizadas por la ira del marido común.

La conservación de los recursos expresivos de origen africano en Cuba se debió, entre otros factores, a la acción estabilizadora de la tradición con respecto a las fuerzas que actuaban sobre el individuo, a la existencia de una colectividad que favoreció la circulación de la información por el manejo de códigos similares y a la relación dinámica de intraducibilidad y traducibilidad de estos, en situación de contacto cultural.

En Cuba nos hemos deleitado repetidas veces con esos bailes de los viejos negros rememorativos de sus ancestrales goces y tradiciones. Sobre todo contemplando las danzas de las viejitas. [...] En ellas el baile no es un trámite de erotismo, sino gozosa expresión de la euforia vital con que la personalidad se enlaza, no a otro sexo sino a toda su agrupación social, en la plenitud de su solidaria conciencia; que es sexo, pero también es maternidad, familia, tribu, religión, trabajo, guerra, felicidad y desgracia. [...] Sólo una negra en la senectud, de rostro muy surcado por los años vividos, de senos flácidos por tanto lactar, de pelvis abierta por los muchos engendros y de vientre anchuroso por la reiterada preñez, puede danzar dignamente la danza alegórica de la perpetuación de la especie, con el ritmo y el meneo de la expresión inequívoca en un rito diolátrico evocativo de la amorosa fecundidad de la Madre Grande, la Naturaleza.14

Es cierto que las culturas no se destruyen, salvo que una acción genocida elimine a los hombres y a sus obras; también es cierto que no se aprenden, pues “el portador de una cultura no puede introducirse en otra haciendo tábula rasa de la suya propia. Percibe la otra cultura a partir de la que lleva consigo mismo. Hay más, percibe a la otra porque justamente posee una que es diferente”.15

Es una verdad históricamente demostrada que nuestras culturas son conjuntos distintos de “las culturas matrices precolombinas, africanas, asiáticas e incluso europeas ya que resultan prácticas desconocidas fuera de la América precolombina”.16

La utilización de los estereotipos y universos de valores individual-colectivos traídos del lugar de origen, fueron aplicados a la nueva vida cotidiana y también se fueron modificando en la medida que esa vida cotidiana iba moldeando la posibilidad del individuo en una sociedad donde la tenencia de la tierra era privada y no colectiva; donde el individuo se definía esencialmente por su posición socioeconómica y no por el status alcanzado en virtud de los principios jerárquicos tradicionales.

El relleno: “no con quien naces sino con quien paces…”

La Santería o Regla de Ocha-Ifá se manifiesta en el contexto cultural cubano como una práctica religiosa autónoma, diferenciada de otras modalidades religiosas. En su funcionamiento interno, en el espacio real-simbólico de la casa templo, se proyecta como una expresión sincrética en la que se reconoce la imbricación de formas musicales, coreográficas, cantos, recitativos y la creación de artefactos que cualifican el universo visual.

En su autonomía se expresa la injerencia de los agentes dinamizadores (aculturizadores o no) que aceleran procesos de cambio. En su naturaleza sincrética se manifiesta la huella de la sociedad tradicional africana.17

En tanto construcción cubana de matriz yoruba y naturaleza sociorreligiosa-cultural, es subdivisible en dos niveles: el de la norma ideal, contenida parcialmente en los sistemas adivinatorios y en el discurso individual de los santeros, y el de la competencia real como el espacio concreto en el que se inscribe el sujeto, sus ideas y sus prácticas.

Originalmente, lo que hoy conocemos por Santería estuvo integrado por individuos que se vieron forzados a relacionarse entre sí de manera horizontal y organizarse en cofradías, hermandades, familias rituales, relativamente independientes y escoradas internamente hacia una coparticipación no jerarquizada de rangos, funciones, esferas de acción, ante la violenta ruptura de las estructuras de linaje.

La información circuló básicamente de modo horizontal y de esa forma se heredaron y conservaron, en estereotipos individuales y colectivos, amplios sistemas de conocimientos pertenecientes fundamentalmente -pero no exclusivamente- a las culturas africanas.

Este saber, en manos de sucesivas generaciones, fue enriquecido con la experiencia práctica e incrementado sobre todo por las conexiones interpersonales socioeconómicas, que favorecieron las interrelaciones entre los elementos culturales de que eran portadores y los que se derivaban de los aparatos ideológicos heredados o creados por la cultura hegemónica a lo largo de la historia.

La acción homeostática no exime de tensiones ni de conflictos; estos pueden hacerse críticos ante bruscos y radicales cambios sociales, pues “la imposición de exigencias sociales sobre los mismos individuos puede, y en algunas ocasiones debe, conducir a quebrantamientos de algunas normas aceptadas, antiguas o nuevas”.18

La filosofía popular nunca fue tan dada a los conceptos absolutos como la teología. En el campo meramente folklórico y refiriéndome a lo intelectual, lo decía el viejo macarrónico refrán de Castilla: quod Natura non dat Salmántica non prestat. También para la conducta, otro refrán castellano rezaba: “genio y figura, hasta la sepultura”, para indicar que en lo esencial el carácter como la forma del cuerpo no se cambian radicalmente en la existencia. Pero el mismo folklore supo decir: “dime con quién andas y te diré quién eres” y “no con quién naces sino con quién paces”, proverbios para denotar que en la vida humana el trato hace más que el linaje, la educación más que la progenie. Decires contradictorios del pueblo que reflejan la dual visión del problema, mirando así para la herencia como para la educación”.19

En Cuba, en la actualidad, la Regla de Ocha-Ifá no constituye un grupo organizado territorial, económica, social o étnicamente. No cuenta con una estructura jerárquica de tipo piramidal y suprafamiliar, no constituye un proyecto político-social sistematizado. Pero funciona con fuerza institucional, en virtud de la existencia de ejes estables que garantizan la relativa unidad de la práctica ritual. El más fuerte contenido, como una variable de la definición de lo sagrado, es sin dudas la adoración al oricha, el respeto a los mayores y a la familia ritual. No tan visibles, pero no menos significativos, resultan el reconocimiento de la condición de santero, la conciencia de pertenencia, y la naturaleza contingente, ecuménica y humanista de la práctica.

Esta estructuración del ejercicio santero ha posibilitado la pervivencia del sentido omniabarcante de la adoración yoruba. Sin embargo, el carácter localista o regionalista típico de la adoración politeísta en general y de la yoruba en particular, desaparece en Cuba.

Aquí se crea, de modo relativamente espontáneo, una estructura litúrgica suprarregional y se convencionalizan ciertos subsistemas en el interior de la práctica, que la cualifica de manera diferente a la cultura matriz.

Debe pensarse en los famosos y no menos controvertidos “guerreros”, tetralogía compuesta por Eleguá, Ogún, Ochosi y Osun; y los “santos de fundamento” que la persona recibe en la ceremonia de iniciación independientemente de su “santo de cabecera” o de “corona”. Estos dos conjuntos son un resultado del proceso de transculturación. Ellos son asumidos por los religiosos como totalidades y no como partes, lo que tiende a desdibujar posibles relaciones jerárquicas individuales.

La caracterización que hace Pierre Verger de la noción de oricha es válida para Cuba, aunque acá ha perdido dos de los rasgos señalados por el investigador: no es exactamente un bien de familia ni se transmite por linaje paterno.

La creación, como acto trascendente, está muy atemperada en Cuba, y los religiosos no le conceden mucha importancia, al menos externamente. La creación del mundo y de los orichas es un problema que pertenece al pasado, y en las historias de la creación que aparecen en los documentos escritos por los religiosos se observa la influencia de otras normas.

El cambio de posición -de hegemónico a subalterno- de los elementos culturales precedentes del etnos cultural yoruba, implicó pérdidas en algunos casos y en otros reajustes. Orommiyon, cofundador con Olokun del etnos Yoruba -según una versión recogida por Frank Willet, y reconocida como el mundo presente convertido en pasado-, no se conoce en nuestro medio; la temida Olokun es en Ife una deidad independiente y no un camino de Yemayá o la madre de Yemayá, como la identifican muchos de nuestros religiosos.

Conviene recordar que Oyá dejó de ser la dueña del río Níger para convertirse en la portera de nuestros cementerios; Ochún, en Cuba, simboliza el reino de las aguas dulces y la femineidad de la cubana, mas no la sobria fertilidad de la diosa adorada en Yorubalandia. En su oriki se dice:

Ella es la sabiduría de la selva, es la sabiduría del río. Donde el médico fracasó, ella cura con agua fresca. Donde la medicina es impotente, ella cura con agua fría; ella cura al niño y no cobra al padre. Alimenta a la mujer estéril con miel y su seco cuerpo se hincha como un jugoso fruto de la palma. ¡Oh! Cuán dulce es el roce de la mano de un niño.20

En el proceso de construcción de la identidad santera se ven comprometidas infinitas acciones comunicativas. Cuando se agrupan las motivaciones que, según los testimonios, condicionan el ingreso en la religión, resultan privilegiadas las siguientes: la adopción de los postulados santeros, que puede significar continuar una tradición de familia; la solución de conflictos contingenciales ligados a la vida personal, social, profesional, etc.; una manera de obtener el sustento que puede o no implicar formas de lucro muy diversificadas; la búsqueda de una identidad cultural.

Los factores mencionados no son restrictivos ni excluyentes; por tanto, varios de ellos pueden confluir y calificar, conformar y modelar la red de relaciones socioculturales en las que se inserta el individuo comprometido con el ejercicio ritual.

Entre los elementos que explican y sirven de acicate al reconocimiento de la condición de santero, no se detectan, como signos de ellos: la necesidad de violar las normas sociales establecidas y refrendadas por la tradición sociofamiliar; un deseo premeditado de singularización o la explícita proclamación del derecho a la diferencia; reacciones de autodefensa a la agresión de las normas tradicionales; manifestaciones de nacionalismo chauvinista, odio, racismo, o resentimiento ante ciertas hostilidades sociofamiliares.

Son otros los móviles que reconocen los religiosos y que detectan los estudios. La Santería le brinda al sujeto la posibilidad de una constante, flexible y dialogada interacción con lo sagrado; a nivel individual o en el reducido entorno de la familia ritual, la Regla de Ocha-Ifá le permite al individuo estar en estrecha relación con la recreación y reconstrucción del legado que se asume como tradicional, estar en contacto con herencias culturales disímiles que coexisten y confluyen en la práctica y favorecen la voluntad de asumir premeditadamente un cambio.

Por ignorancia o tendenciosidad, las formas culturales que entronizan las hegemonías, han despreciado el valor de la tradición oral como medio de expresión de una cultura. También, durante años, se le negó a la Santería la condición de cultura y las funciones que ella es capaz de desempeñar, tales como las de memorización, entendimiento, normación ética y expresión estética. La poca instrucción académica atribuida a sus practicantes y la carencia de un texto escrito semejante a la Biblia, se ha utilizado como indicadores de una supuesta falta de inteligencia y saber.

Este enfoque tiende a omitir que bajo el signo de la oralidad han pervivido informaciones que “dan fe de los comportamientos pasados de los individuos, nociones filosóficas, concepciones cosmológico-alegóricas, normas étnicas, sociales y estructuras discursivas abiertas y flexibles a la novedad aun cuando conservaran núcleos mínimos irreductibles”.21

La oralidad implica una actitud ante la realidad y no todos los datos verbales constituyen una tradición, solo aquellos que durante cierto tiempo son refrendados por el grupo. Son mensajes transmitidos de una generación a otra, influidos y condicionados por formas-cánones procedentes de diferentes estratos.

La cultura, la educación y la instrucción en los marcos de la práctica santera no están homogeneizadas y no todos disponen de los mismos conocimientos, hábitos, costumbres y hasta normas rituales; heterogénea es también la integración del grupo desde el punto de vista socioprofesional. De esta manera se favorece, y más que favorecerse se hace un requisito indispensable, el intercambio de información y la dinámica continuidad-cambio en la interpretación de los datos. Las siguientes informaciones dan luz sobre esto.

Hay casas de santo en las que no se utilizan “herramientas” acompañando a los “otanes” (piedras que simbólicamente representan a las divinidades), pues esos religiosos consideran que eso es superfluo, ya que los africanos no pudieron traer ninguno de esos objetos y consideran que muchos de ellos fueron incorporaciones que se hicieron en nuestro contexto.

Los ejemplos más utilizados para argumentar el criterio anterior son el salvavidas que integra el conjunto de herramientas de Yemayá, las sirenas de Olokun, los clavos de línea de ferrocarril que se dedican a Ogún.

Otras modificaciones que se pueden observar son las que competen a la relación existente entre los iyalochas, babalochas e igboros, y los babalaos. Hay casas donde en las ceremonias de iniciación no prescinden de la presencia del servidor de Orula, el dios de la adivinación, al que están consagrados los babalaos. En otras casas todo el ceremonial se desarrolla sin la presencia de aquel. Existen casas dedicadas al culto de Ifá en las que el ingreso a la condición de babalao está precedida de su coronación como omo-ocha o hijo de santo; pero en otras, el sujeto puede prescindir de la iniciación en ocha y consagrarse directamente como babalao.

En el seno de la comunidad santera deviene tradición todo aquello que se juzga importante para el buen funcionamiento y comprensión de los hábitos que marcan la evolución del fenómeno. Así encontramos que en la práctica santera se suscribe la necesidad del empleo de la lengua yoruba. En algunos lugares y circunstancias, el repetir ciertas fórmulas de los remanentes de esa y otras lenguas que quedan en Cuba, funciona como un signo de prestigio ritual; y a la vez, como una forma de incomunicación porque es el castellano y no el yoruba el soporte y vehículo del pensamiento y el saber santero.

La masa: el saber depositado

En 1970 tuve la extraordinaria posibilidad de obtener, de boca de un babalao (Eusebio Hernández, de 86 años de edad, 76 de iniciado omo-Changó y 50 de babalao en aquel entonces) una moyuba que él había empleado en ciertas circunstancias rituales. Según me contó, la había aprendido de su padrino Saturnino de Cárdenas. Este antiguo rezo se había conservado en Cuba -a través del tiempo- en los tradicionales ambientes santeros, en las profundas intimidades de las casas-templos consagradas a la adoración de los orichas. A través de ella se hace posible, gracias a la lengua, la presencia de aquellas civilizaciones africanas que aún se reconocen como el antecedente inmediato de la Regla de Ocha-Ifá.

Kinkamaché to gbogbo oricha Aché awó, aché babá ikú, aché Aché to gbogbo made lo ilé Yansa

Moyuba erí mi Moyuba babalao, olué Moyuba iyalocha, babalocha Moyuba igboro, aleyos, to gbogbo made lo ilé

Tote jun ko mo fi edde no Arayé jun ló Ikú jun ló Ofé jun ló

Kosi ikú Kose kofé anú Kosi ofo jun ló

Folé owó Folé ayé Folé aché.22

En 1990 pedí a varios santeros, amigos míos, que me dieran ejemplos de “moyuba”. Antes de contestarme, casi todos me preguntaron a qué yo denominaba “moyuba” y para qué quería esa información. Una vez aprobado este examen aparecieron otros reparos. Si bien comprendían mis propósitos, la solicitud no dejaba de resultarles extraña, básicamente porque con anterioridad ninguna otra persona les había reclamado tal información.

A mis amigos no les era fácil darme los textos porque las moyubas, denominadas también parlas, rezos, invocaciones, forman parte de la intimidad de la práctica y del religioso; resultaban muy personales y según todos ellos “no son como el Padre Nuestro, el Ave María, o el Credo, que todo el mundo se aprende igual”;23 no constituyen secretos, pero al estar destinados a un solo interlocutor -los orichas-, se tornan privadas; por último, se conservan en la memoria.

Cuando tuve la información en la mano descubrí -con alegría y sorpresa- que uno de los nuevos ejemplos coincidía, en parte, con la que Eusebio Hernández me había dado hacía 20 años. Había más de un elemento común. Las dos moyubas, en sus núcleos básicos, habían sido enseñadas por los respectivos padrinos después de la ceremonia de iniciación, se empleaban para introducir otros textos en las ceremonias privadas y como una unidad cerrada en las ceremonias públicas.

Kinkamaché … (nombre del oricha a saludar). Moyuba to egun que están en el araonú … (nombres de los familiares difuntos del que hace la invocación) Moyuba oluo, iyalocha, y babalocha que están en el araonú… (nombres de difuntos religiosos integrados a la familia ritual). Aquí está su hijo … (nombre del que hace la invocación) que le pide su bendición. Kinkamaché … (nombre del padrino ritual). Kinkamaché … (nombre del segundo padrino ritual).

Moyuba el erí mi. Moyuba oluos, iyalochas y babalochas que coguan en el ilé, moyuba igboro y aleyos que coguan en el ilé. La bendición de mi madre me alcance, la bendición de mis hijos me alcance, la bendición de mis hermanos me alcance. Aquí está su hijo … que le pide me libre de iña, arayé, tiya-tiya, achelú, acobú, fitibo, ikú, /anú. Que me libre de todo lo malo.

Toto jun ko me fi edeno Arayé jun ló Ikú jun ló Anú jun ló Ofó jun ló

Kosi ikú kosi kofé anú kosi ofé jun ló

Folé owó Folé ayé Folé aché Aquí está su hijo … que le pide su bendición, salud, fuerzas y energía.

La vieja moyuba se fue transformando, sufrió un proceso de cambio en el que se manifestó el factor individual que resultaba más afín a la médula estructural del corpus santero. Otra diferencia estriba en que mi amigo había reconstruido la moyuba, enseñada por su padrino, agregándole un texto encontrado en un libro de Fernando Ortiz. Estaba en presencia del diálogo que, al menos en nuestra sociedad, se produce entre la oralidad, el documento escrito y la práctica cotidiana. No fortuitamente el profesor Argeliers León se refería a la tradición oral-escrita como un binomio inseparable.

No quiero pasar por alto que la primera parte de esta moyuba está dedicada a la invocación de los antepasados. La selección de los nombres que integran la lista queda a la libre elección del sujeto que los invoca. Los antepasados citados están en relación directa o indirecta con el sujeto, a través de su propia experiencia de la vida, la de sus padrinos o la que se asume como de la familia ritual. De este modo pueden aparecer en la relación nombres de personas no conocidas por el iniciado que hace el rezo; en este sentido hay ejemplos paradigmáticos: Obadimelli, Fermina Gómez, Pepa y Susana Cantero.

En estas dos variantes, de las múltiples que podemos encontrar, se encierran claves que permiten un acercamiento al sistema de pensamiento santero y a algunos de los mecanismos internos que caracterizan y cualifican la práctica ritual. Ellos marcan diferencias con el antecedente y con la propia Santería como referente. Se cumple acá la consideración de Greimas cuando afirma que “el mundo humano parécenos definirse esencialmente como el mundo de la significación. El mundo solamente puede ser llamado ‘humano’ en la medida en que significa algo”.24

En el sentir omniabarcante que los religiosos le imprimen a la moyuba se expresa su relación con la naturaleza, de la cual se infiere su totalizadora concepción del universo, deducible del “kinkamaché to gbogbo oricha”.

El kinkamaché constituye el saludo jubiloso, de ventura y dicha, al conjunto de orichas, y lleva implícita la solicitud de salud y bienestar psicofísico del individuo. Ese bienestar abre las puertas de la armonía como tendencia universal y manifestación del equilibrio cósmico e individual.

La invocación genérica de todos los orichas incluye -pero de modo atemperado- sus particularidades individuales, y evoca un fundamento tradicional que desanda la historia y se inscribe en la intemporalidad desconocedora de fronteras cronológicas; allá tuvo lugar la formación y el origen de la vida. Refieren los viejos santeros, y se recoge en los manuales de Santería, que:

En Africa, como en todas partes, tienen sus creencias fundadas en algo original o histórico, se dice que antiguamente, antes de que Cristo andara en este mundo, no había ni árboles ni ríos ni mares, sino llamas, candela y fogajes. Esto sucedió por muchos siglos y como consecuencia de este vapor, producido por las llamas, se acumularon muchos gases formando nubes que no se mantenían en el espacio y todo por voluntad de Olofi. Entonces esas nubes errantes cargadas de agua se descargaron sobre las llamas en la parte que más intenso era el fogaje, y como era tanto el peso de esas aguas, se abrió la tierra, esta se fue hundiendo formando grandes charcos, que son conocidos hoy por océanos y es donde nacen las yemayaes desde Olokun hasta Okuti. Después esas llamas se fueron acumulando alrededor hasta que se convirtieron en lo que hoy llamamos sol, nace Aggayú. Después las cenizas de aquellas rocas y cuerpos sólidos se fueron acumulando y mezclándose con el vapor y la humedad, se convirtieron en fango y pestilencia, según dicen, nace San Lázaro. Más tarde, la tierra se fue tornando más fértil y húmeda dando origen a las plantas y flores, nace Osain. A consecuencia de las masas de vapor y humedad que se derramaban sobre la tierra, se fueron abriendo brechas y canales para alejar ese líquido dando origen a los ríos, nacen los Ochunes, desde Ikolé hasta Ibuindo. Todas las rocas no fueron quemadas y mediante procesos se tornaron montañas y lomas, nace Oke. Se dice que el volcán dio origen a Aggayú y por eso se dice que es Oroiña que quiere decir “hijo de la entraña de la tierra”. Obatalá fue creado por obra y gracia del señor Olofi”.25

Al inicio del trabajo comentaba que no se reconocen referencias muy consolidadas ligadas al antecedente africano. Africa se perfila como algo alejado donde está situado el origen. El hombre, los principios de autoridad, la familia, el entorno social y lo sobrenatural concretados en acciones específicas se ubican en un espacio indeterminado; lo mismo puede ser la ciudad que el campo, el cielo o la tierra, el río o el mar, el llano o la montaña, como se manifiesta en otros “pataquines”. De hecho quedan involucrados todos los espacios a los que el sujeto tiene o cree tener acceso física o espiritualmente, y adquiere categoría de sagrado en virtud de la omnipresencia de las divinidades.

Los orichas, que según esta versión se van conformando conjuntamente con la naturaleza, no constituyen -según ponen de manifiesto otros relatos- arquetipos morales, no son infalibles ante las debilidades humanas, no son dogmáticos, y su gusto por el juego, la antisolemnidad y cierta provisionalidad de sus emociones y acciones, flexibilizan el sentido trascendente emanado de las historias que explican cómo el santo nació del muerto o -dicho en términos ortodoxos- “ikú lovi ocha”.

La invocación al difunto, al antepasado, al que está “ibaé” precede cualquier ceremonia; en ella está implícita la solicitud de bendición; así, el “aché awó, aché baba ikú, aché / aché to gbogbo made lo ilé Yansa” es interpretado por los religiosos como “bendíceme mayor, Padre difunto. Bendíganme todos los que habitan la casa de Yansa”.

El misterio de lo débil, conjuntamente con la fuerza de lo suave, se entremezclan con la ingenuidad y la temeridad, con la necesidad de perpetuar y perpetuarse en palabras y objetos que simbólicamente representan fuerzas universales. Esta sugerente espiritualidad es la que sirve de soporte conceptual a los “otanes”, piedras representativas del poder de los orichas, como he mencionado antes. Son ellas la continuidad del ser, son el principio único que radica en la naturaleza y que perdura a través de todos los tiempos, más allá de las edades; con las luces que conducen las acciones humanas y también las sombras.

El muerto/antepasado y el santo/oricha están asociados a la historia del nacimiento de Eleguá; el otá, o piedra que sirve para representar al niño-príncipe después que muere, se hace extensivo a todos los orichas. Todo parece indicar que Eleguá, deidad polar, representativa de la vida y la muerte, de la alegría y la tristeza, de los caminos y las encrucijadas, es el punto de partida de una armonía lograda por contrastes, de un equilibrio arrellanado sobre tensiones. Cuenta la historia del nacimiento de Eleguá:

Había en una tribu africana un oba que se llamaba Ocubero y su mujer Oñagui y estos tuvieron un primer hijo al que llamaron Eleguá. Creció Eleguá y como príncipe que era le nombraron su séquito palaciego o sea su guardia. Un día, ya hecho muchachón, Eleguá salió con su guardia a pasear y al llegar a un lugar en que había cuatro caminos, su séquito, sin saber la causa se paró también, varios segundos después Eleguá dio unos cuantos pasos y se detuvo otra vez. Esta operación, Eleguá la repitió tres veces y siguió hasta llegar al lugar de aquello que él vio y lo hizo detenerse. Era una luz, como dos ojos relumbrantes, que estaba en el suelo. Aquello fue un asombro para su séquito, pues cuando llegaron al lugar, vieron que Eleguá se agachó y cogió un coco seco. > Aquel muchacho era tan atrevido que en todo se metía, ya fuera malo o bueno, no le temía a nadie ni a nada, tan pronto era tu amigo como tu enemigo, se envalentonaba por ser príncipe y le había temido a aquel insignificante coquito. Eleguá llevó el coco para su casa y le contó a sus padres lo que había visto, pero nadie lo creyó. Eleguá tiró el coco detrás de la puerta y allí lo dejó. Pero un día estaba reunida toda la casa real y su séquito en una fiesta y todos vieron con gran asombro las luces del coco y todos se horrorizaron de aquello. Aconteció que tres días después de la fiesta Eleguá murió y durante todo el tiempo del velorio, aquel coco estuvo alumbrando. Fue respetado y temido por todos. Pasó mucho tiempo después de la muerte del príncipe y el pueblo pasaba por una situación desesperada. Los mayores, los awos, se reunieron y sacaron en consecuencia que era el estado de abandono de aquel coco dejado por el príncipe. Fueron a brindarle holocausto, pero al acercarse allí vieron que el coco estaba vacío, comido por los bichos. Entonces deliberaron acerca de aquel objeto que tenía que perdurar a través de los siglos y vieron y pensaron que el coco no servía para venerarlo, entonces pensaron en la piedra, ota, y fue aceptado y la lavaron. Pusieron a ota en un rincón que es lo que hacemos en nuestros días.26

Coco y piedra son representativos de lo efímero y lo perdurable, de lo transitorio y lo eterno, lo mutable y lo inmutable, de la encrucijada, de la perfección. Asociado a estos significados aparece la ética latente tras todas las acciones. El relato del coco en su condición de Obi nos acerca a esta problemática.

Olofi tenía mucha estima a Obi. Obi era justo y puro de corazón, modesto y sencillo como los justos. El corazón Olofi se lo hizo blanco, le hizo blancas las entrañas y la piel y lo elevó a gran altura. Pero Obi se envaneció en las alturas. A su servicio estaba Eleguá, criado también de Obi. Un día Obi hizo una fiesta y mandó a invitar a sus amigos con Eleguá, que conocía a todos los amigos de Obi. Todo el mundo se consideraba amigo de Obi y entre éstos, junto a los grandes de la tierra los Okokus, Olorogu, Tobi Tobi, Oriseso. Ogboni, Ayuyebalogué, se encontraban los pobres, los aere, achini, oburegua, aimó, alaquisa elegbo, gente fea, miserable, sucia, llagada, pordiosera. Los feos, los deformes y los hermosos, los limpios y sucios, todos querían a Obi. > Eleguá había observado cambios en Obi, había sorprendido detalles de arrogancia y de orgullo que manchaban invisiblemente su inmaculada blancura, y en vez de invitar a los ricos exclusivamente, como era la intención de Obi, sólo invitó a limosneros, harapientos y malolientes, hombres y mujeres defectuosos de fealdad repugnante. > Cuando Obi el día de la fiesta, contempló aquella turba fea y miserable de andrajosos y tullidos, les preguntó fuera de sí que quién los había invitado; respondieron que había sido Eleguá en nombre suyo. Obi los despidió, no sin haberlos reprendido duramente por haberse presentado ante él en aquel estado de suciedad y abandono. Y así los miserables de la tierra se marcharon abochornados de casa de Obi y Eleguá con ellos.

Algún tiempo después de esto, Olofi envió a Eleguá a la tierra con un recado para Obi. Eleguá se negó a llevarlo y le contó la conducta inclemente de Obi. Olofi se disfrazó de mendigo y fue a buscarlo. Obi al ver a aquel okure astroso que amenazaba contaminarlo con sus guiñapos hediondos, le pidió que se alejase y le increpó por no haberse bañado y vestido un achó limpio antes de presentársele. Le volvió la espalda. Entonces Olofi, sin fingir la voz, pronunció su nombre con indignación y Obi se volvió extrañado. Reconoció a Olofi y se arrojó a sus plantas. “Perdón”. Y Olofi dijo “Obi tú eras justo por eso te hice blanco el corazón y te di un cuerpo que era digno de tu corazón. Para castigar tu orgullo aunque conservarás blancas las entrañas, bajarás de tus alturas para rodar y ensuciarte en la tierra”. Y el castigo consistió en caer de la rama y rodar por el suelo. Desde entonces el coco sirve para “romper enfermedades”. El que ofendió a los tullidos y llagados, negándose a admitirlos en su fiesta, rueda en las casas más pobres donde hay enfermos y los limpia por Obatalá.27

Este mismo Obi es el que se emplea para la adivinación y todos los orichas “hablan” a través de él. En otra historia, se narra que Obatalá reunió bajo un cocotero a todos los orichas para repartir jerarquías y mandos y puso a los pies de cada santo un coco partido; así, todos los orichas tienen derecho a él; desde entonces, ningún rito puede realizarse sin la ofrenda del coco a ikú, eguns y orichas. Todos los caminos conducen a la presencia del muerto, el antepasado difunto, y con esto la manifestación de expresiones mediumnímicas y los nexos con el espiritismo en sus versiones locales.

El oddun o letra del sistema predictivo interpretativo conocido como caracol o dilogun, denominado “oché”, caracterizado por el signo donde se habla de familia y tragedia, en uno de sus “ebbo”28 se usa lo que algunos italeros29 llaman “chequeché”. Cuentan que así se denominaba la acción que le dio fundamento al santo en Cuba; se afirma que algunos yorubas esclavizados trajeron al cuello un hilo blanco con una pluma de loro y un hilo negro con el aché del santo-obi, erú y kola. Estos traían la autorización para autocoronarse, pues esos objetos eran la evidencia de que el proceso de iniciación no había concluido en su lugar de origen.

Si la existencia del “chequeché” se corresponde o no con la realidad histórica, no estamos en condiciones de asegurarlo; pero sí es indiscutible que muchos religiosos apegados teóricamente a posiciones ortodoxas, preservan un lugar especial para el origen o asentamiento cubano de esta práctica y el papel desempeñado por los antepasados. Estos sirven para marcar diferencias con el antecedente africano. Después de solicitar la bendición, se pide permiso:

Moyuba erí mi Moyuba babalao, oluo Moyuba iyalocha, babalocha Moyuba igboro aleyos to gbogbo made le ilé

Con este segmento penetramos en el mundo presente, en lo cotidiano, en el acontecer que sobre el pasado sedimento actúa con fuerza para proyectarse sabiamente hacia el futuro. Con el permiso de la cabeza, que todos saben salva o pierde si no oye consejos; con el permiso del babalao, oluos, iyalochas, babalochas, igboros y hasta los que aún tienen un incipiente o ningún compromiso con la práctica, es que podemos entonces, intentar alcanzar la armonía.

Es necesario el permiso de todos ellos, porque según acredita otra vieja expresión -de origen yoruba- convertida en sentencia: “Obedi ka ka obedi le le”, (Olofi repartió el conocimiento entre todas las cabezas). Todas ellas son portadoras de sabiduría y por tanto dignas de respeto y consideración. A esta concepción se articula otra no menos significativa, la del rechazo al desprecio, al envanecimiento, a la falsa concepción de superioridad y la excesiva arrogancia. Vale la pena recordar la historia de Obi y la de Erí y Oriolo.

La cabeza es la que lleva el cuerpo. Como Erí decía que él era Obá, el orificio dijo que con todo el rey del cuerpo era él y lo probaría. ¿Qué hizo Oriolo? Se cerró. Pasó un día, dos, la cabeza no sintió nada. Al cuarto la cabeza bien, si acaso un poco pesada, pero el estómago y el intestino estaban un poco inquietos. Al sexto día, ilú, el vientre estaba gravísimo, wowo, el hígado, odosú, duro como un palo y Ori empezó a sentirse mal. Muy mal. Eluyó, la fiebre hizo su aparición. El purgante lerroá no se conocía entonces y la situación empeoró a partir del décimo día, porque ya todo funcionaba mal y la cabeza, los brazos, las piernas no podían moverse. Lo que entraba el purgante de guasasí no salía. La cabeza no se puede levantar de la estera para llevar al cuerpo. Ella y todos los órganos tuvieron que rogarle al Orificio que se abriera. El demostró lo importante que es aunque nadie lo considera ahí donde está en la oscuridad y despreciado por todos.

 

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nov 02

La santería y su etica

Por: Nelson Aboy Domingo
Del mismo autor:
El Código Ético e Identitario en La Regla de Osha. El Itá

El primer objeto de preocupación de la Regla de Ocha o Santería es dar atención y alternativas de solución a los problemas individuales de los consultantes, en su medio y contexto contemporáneos.

En otras religiones ocurre todo lo contrario, en las cuales se pone énfasis para alcanzar un paraíso después de la muerte.

De manera que algunos de los problemas de la espiritualidad de los hombres, encuentran escasas alternativas en la recurrencia hacia religiones canónicas, sobre todo en aquellas, donde el canon es para obligatorio cumplimiento de los hombres en la tierra.

Por eso es muy clara la diferencia entre estas religiones que solo velan por la supuesta felicidad espiritual después de la muerte y aquellas culturas supuestamente más “atrasadas” que como la Regla de Ocha, cuyo fin es permitirle al individuo el saneamiento de sus dificultades para asegurar su bienestar.

En virtud de estas características que perfilan el Culto de los Orichas, como una actividad “religiosa” para la mejor realización personal y que, asume alternativas de solución a la problemática individual y social, es evidente que no tiene por sus propósitos de realización, ningún aspecto que pugne o antagonice con los códigos éticos o políticos de ninguno de los regímenes sociales con los cuales ha tenido que convivir.

El primer objeto de preocupación de la Regla de Ocha o Santería es dar atención y alternativas de solución a los problemas individuales de los consultantes, en su medio y contexto contemporáneos.

En otras religiones ocurre todo lo contrario, en las cuales se pone énfasis para alcanzar un paraíso después de la muerte.

De manera que algunos de los problemas de la espiritualidad de los hombres, encuentran escasas alternativas en la recurrencia hacia religiones canónicas, sobre todo en aquellas, donde el canon es para obligatorio cumplimiento de los hombres en la tierra.

Por eso es muy clara la diferencia entre estas religiones que solo velan por la supuesta felicidad espiritual después de la muerte y aquellas culturas supuestamente más “atrasadas” que como la Regla de Ocha, cuyo fin es permitirle al individuo el saneamiento de sus dificultades para asegurar su bienestar.

En virtud de estas características que perfilan el Culto de los Orichas, como una actividad “religiosa” para la mejor realización personal y que, asume alternativas de solución a la problemática individual y social, es evidente que no tiene por sus propósitos de realización, ningún aspecto que pugne o antagonice con los códigos éticos o políticos de ninguno de los regímenes sociales con los cuales ha tenido que convivir.

Por el contrario, asume en su contenido y como una constante, buscar posibles soluciones que garantizan o pretenden una mejor plenitud en la realización existencial y con ello, una sociedad más equilibrada y menos compulsada. Este tema, sin lugar a dudas, aún no ha sido abordado todavía por las Ciencias Sociales contemporáneas.

Cuando se va penetrando en el umbral de una práxis consecuente, por los iniciados en el culto a los orichas, si se es observador del fenómeno de la vida que lleva cada uno, desde el punto de vista socio antropológico se comprende que el código de comportamiento ético es único.

Este responde a los intereses individuales, lo que equivale a decir que se ajustan las propuestas de soluciones a cada persona, de acuerdo con su papel histórico, psicológico, biológico y social.

El código ético del culto a los orichas, no es una relación de preceptos y observancias que se conozcan de antemano y que regulen una vida ejemplar en un contexto social, tampoco es resultado del criterio personal de un grupo de sacerdotes líderes, a los que el iniciado se debe someter.

Luego el código de observancia de un iniciado, no es por tanto, la motivación de su iniciación.

Tampoco es una convicción o conversión a un credo que se asuma por convencionalismos sociales y contribuyan a proporcionarnos, un estado de opinión favorable en un consenso de la sociedad.

Tampoco es, en modo alguno, un crédito o currículo sacro social, sino que por el contrario resulta ser una consecuencia del proceso iniciático y por ende, no solo se desconoce, sino que simplemente, no existe hasta tanto el individuo se inicie en el culto.

Luego el verdadero código ético personal de los consagrados se obtiene a partir de una serie de ceremonias, aquella en la cual se depositan sobre la fontanela craneal determinados componentes de origen vegetal y animal, de muy meticulosa selección y preparados en condiciones semihúmedas, que por ósmosis interesarán nuestro cerebro.

A través de ello es que se logra el proceso de sintonía con la macro energía natural, para la cual estábamos programados y, en consecuencia, se facilita el proceso de la sintonización e inducción energética regulada y su concreción objetiva al medio material, que resulta ser el oráculo.

Esto hace tangible la alternativa de la revelación kármica individual, siempre y cuando se haya respetado en su especificidad el proceso de iniciación del individuo.

Si tenemos en consideración que en los procesos de deificación de los Yorubás están recreadas únicamente las esencias básicas de los orígenes de la vida, tierra, aire, agua, fuego, trabajo, creación humana, entre otras y que los mismos aspectos que se constituyen en estas esencias sirven en la vida real para caracterizar a las personas resulta elemental que algunos elementos sean antagónicos.

Estos pueden convertirse en una serie de limitaciones, advertencias y prohibiciones a tener en consideración por los iniciados entre sí, del mismo modo que los aspectos afines, convergentes o compatibles devienen en las recomendaciones que deberán tener en cuenta para el buen vivir y establecer las mejores relaciones con el mundo en general, como parte de su convivencia, ajustada a una cultura naturista preconizada.

De esta manera se logra alcanzar el bienestar y la mejor comunión en relación con sus congéneres.

Por lo tanto a partir del trascendental registro del Itá y lo que del mismo resulte, teniendo en alta consideración la definición del arquetipo específico de la personalidad del iniciado, es que viene a tomar forma, más bien a concretarse el código ético personal, que regirá para el resto de la vida de las personas consagradas.

Las recomendaciones a seguir, limitaciones, prohibiciones, los consejos y las advertencias sobre las precauciones a tomar con relación a todo lo que resulta pernicioso (a su molde tipificado de individualidad), así como las orientaciones sobre los requerimientos necesarios de su régimen alimenticio, higiénico sanitario son bien explicadas durante esa importante ceremonia oracular.

La necesidad de respetar ciertos horarios para determinadas actividades, el esclarecimiento de la conducta a asumir frente a situaciones y personas, los colores y formas de la vestimenta, los lugares y ocasiones recomendables o limitados de visitar, la conducta adecuada en evitación de frustraciones personales, las facultades o aptitudes innatas para la mejor realización de un perfil profesional (en general laboral), los niveles de iluminación necesarios durante las horas de sueño, las tendencias al padecimiento de ciertas enfermedades, también quedan debidamente descritas en el Itá.

En fin, prácticamente no hay un solo aspecto de la vida del iniciado, que no sea objeto de análisis crítico y de sana recomendación.

Como se puede apreciar, es extraordinario el número de aspectos que recoge el Itá de un iniciado, aún cuando no los hemos relacionado todos, queda constancia que éste constituye un elemento regulador de su vida, a través de lo cual se establece un código ético de carácter personal.

Esto hace que el individuo en su aplicación tenga un modo propio de vivir y realizarse en un contexto general y, por consiguiente, responde a una forma cultural determinada.

Si tenemos en consideración el número de personas iniciadas en este culto religioso, entonces estaremos en presencia de un estrato social numéricamente importante, con un modelo cultural homogéneo y, en consecuencia, una extraordinaria influencia de todas estas manifestaciones de la cultura, que en principio pueden ser particulares de los iniciados pero que en definitiva llega a abarcar un significativo sector poblacional con la consecuente repercusión en la tesitura de la cultura general de la sociedad.

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mar 17

Regla de Ocha e Iglesia Católico-Romana en Cuba

Por: María I. Faguaga Iglesias

Cuando nos referimos al diálogo inter-cultural e inter-religioso en Cuba la experiencia indica que aparecen dos reacciones contrarias -con independencia de la gama de matices intermedios, de los cuales no haré mención-, estas son: una actitud de expectativa -ante la cual surgen interrogantes del tipo: ¿Diálogo? ¿De qué habla? ¿Cuál es su propuesta? ¿Intenta ser original?, y así, un largo etc.- y/o una actitud de incredulidad -entonces, estas interrogantes suelen ser más concentradas-: ¿A qué se refiere con inter-cultural? ¿A qué con inter-religioso?, en tal sentido se ha dicho: ¿Por qué el guión?, ¿Por qué el prefijo inter? interpretando que ambos -guión y prefijo- dividen; (2) servirme de estos, aclaro, me permite visualizar la idea que pretendo transmitir de interrelación entre los diferentes componentes de la cultura nacional cubana, específicamente entre las religiones.

La expectativa generada suele acompañarse de la incredulidad y, generalmente, el rechazo no es al tema, sino al vocablo diálogo, que por razones múltiples en nuestro contexto ha dejado una estela de recelo, sugiriendo no muy buenas intenciones ocultas. La actitud de incredulidad frecuentemente va asociada al rechazo, justificándose en aquella vieja tesis -no del todo superada- que muchos consideran inamovible: tenemos una cultura nacional sólidamente monolítica, dicen, agregando que no hay, por tanto, necesidad de diálogo y, elemento relevante, para algunos esa cultura nacional tiene un basamento indiscutiblemente católico, para otros su cimiento es incuestionablemente afro, y, apenas tres lustros atrás, muchos otros se afanaban en buscar un fundamento ateo a esa, nuestra cultura.

En las actuales circunstancias internacionales, en que los conflictos violentos -bélicos o no- han pasado a formar parte de la cotidianidad y se han incorporado tan profundamente en la psiquis que pocas veces nos detenemos a preguntarnos por qué la prensa no siempre los refleja -conflictos que igualmente involucra a América Latina, donde frecuentemente resultan de sus inconclusos procesos independentistas y/o liberadores, con elevadas deudas en sus pactos sociales-, es imprescindible procurar y asirse a las opciones pacíficas, generadoras de enriquecimiento; oponer estas a las alternativas violentas, esencialmente empobrecedoras. El diálogo se halla en ese primer grupo de posibilidades. Consecuentemente destaca la necesidad de abrirnos (…) al diálogo intercultural como forma de cultura que el pluralismo cultural demanda. (3)

Ante tan dispares criterios, conducentes a conductas que pueden tener -están teniendo- consecuencias negativas, frente a los crecientes signos de hostilidad y, paralelamente, de disposición para la tolerancia y para el acercamiento desde la apertura al entendimiento, el dialogar se impone como necesidad aunque, para conseguirlo, debamos vencer primero nuestros inconfesados temores. En el tránsito por el camino que conduzca al diálogo es necesario mirar a la historia -pasada y presente- mas sin utilizarla como escudo; vale la pena reconocer nuestros orígenes y nuestras herencias -positivas y negativas-, nuestras creaciones y/o recreaciones, y los modos en que nos proyectamos micro y macro socialmente hacia el futuro, modos en los que tendremos que continuar luchando -en perseverante resistencia- con las tentaciones a la homogeneidad, al absoluto y a lo definitivo. Traer del discurso poético a la subjetividad social -su lugar de origen- el Son número 6 de Guillén reconociendo elementos que contribuyan a despejar nuestra mirada sobre la realidad:

Estamos juntos desde muy lejos, jóvenes, viejos, negros y blancos, todo mezclado; uno mandando y otro mandado, todo mezclado; San Benedito y otro mandando, todo mezclado; negros y blancos desde muy lejos, todo mezclado (…) (4)

Transculturación y asimetrías

La realidad de nuestra cotidiana transculturación, expresada biológicamente en una creciente tendencia al mestizaje y religiosamente en la tendencia al sincretismo, no nos libera de la conflictividad con que esta, en sus diversas expresiones, puede ser/es vivenciada. Si a todos enriquece, paradójicamente, unos la vivencian positivamente, experimentándola como goce y motivo de crecimiento, mientras otros la sienten como pesada carga de la que es preciso huir o que, al menos, se debe intentar ocultar, negar. Unos, la utilizan como fuente nutricia; otros, la resienten como trauma. Cuatro décadas de igualdad constitucional y del ya pareciera descontinuado igualitarismo no borran más de cuatro siglos de extremas y forzadas diferenciaciones económicas, políticas y consiguientemente sociológicas, enmascaradas en reales y visibles diferencias culturales y, digamos, raciales. (5) Los cubanos de hoy somos los herederos, para bien y para mal, de los criollos -convivimos todavía con personas que no han rebasado la fase del criollismo (6)- y de los cubanos de ayer, lo que halla expresión en los espacios culturales / religiosos.

Afro-América fue pionera en el surgimiento y desarrollo de la Teología de la Liberación (TdL); en gran parte de esta región física-cultural existe una práctica -no sin obstáculos y conflictos- más o menos explícita de diálogo inter-religioso de más de una década; la región acogió con prontitud la Teología Negra, elaborada en Africa; el movimiento de teólogos negros es en esta zona una realidad vigorosa; desde el movimiento laico comprometido con la realización evangélica prístina también se hace escuchar con fuerza la voz de los cristianos negros y mestizos, que no piden la creación de Iglesias negras -lo que históricamente sucedió en Norteamérica-, sino que trabajan por acceder a un espacio en igualdad de condiciones que el resto de la población cristiana, pero atendiendo a sus necesidades diferenciadas (ej. valoraciones de sus culturas originarias, expresarse a través de estas en sus comunidades religiosas, no tomar en cuenta el color de la piel en la aceptaciones de vocaciones…); se han instituido los encuentros entre sacerdotes cristianos y sacerdotes de las religiones afro.

Significativamente, nada similar sucede en Cuba… hasta el momento. Si en la ciudad brasilera de San Salvador de Bahía -tan similar culturalmente a nuestra sociedad-, en la Igreja do Rosario -popularmente conocida como Igreja dos Pretos- es cotidiana la realización de un culto de carácter inculturado, donde muchos laicos -con independencia de su nivel de participación en el mismo- lucen atributos que les identifican como fieles seguidores del Candomblé, y el coro interpreta sus canciones desbordándose emocionalmente al compás de instrumentos musicales de procedencia afro, sin que eso suscite preocupación para el sacerdote y, a pesar de no ser aprobado por la Santa Sede y de no contar con el beneplácito de toda la Conferencia Episcopal Brasileña ni de toda la comunidad católica del país, continúa su curso, estamos aquí muy distantes de estas manifestaciones de la realidad cultural / religiosa de aquella nación.

En Cuba no tuvo igual suerte el único intento conocido de contar con una liturgia análoga. En los años ´90 (S. XX), en la ciudad de Matanzas, un joven sacerdote católico llevó al templo a sus amigos santeros y realizó un oficio religioso con cantos que, acompañados por tambores batá, estos interpretaron. Curiosamente, la osadía no provino de un sacerdote cubano, sino español. (7) La feligresía quedó desconcertada. Las autoridades eclesiales también. Breve tiempo después: traslado del sacerdote hacia otro país. La feligresía de la parroquia matancera apenas recuerda lo ocurrido. ¡Tan rápido pasó! dijo un feligrés, negro, abakua y santero, que apenas fue creíble. El, dijo, hubiera deseado que se repitiera. Espera que alguna vez suceda, pero no sabe si lo vea. Edad: 44 años. Asiste de vez en cuando a misa y nunca creyó posible que algo así sucediera. Aseguró: Fue una sorpresa. (8)

Cuba y Brasil… Afro-América: toda. Sociedades marcadas por las huellas de la violencia sobre las que se fundaron: CON LA CRUZ Y CON LA ESPADA fueron descubiertas o encontradas, conquistadas y evangelizadas. Evangelización funcionando como soporte ideológico de la conquista, de ayer y de hoy. (9) Poder político y religioso en connivencia, hermanados por un mismo cordón umbilical: poder económico, sustentado sobre la base de la riqueza del trabajo esclavo… el sujeto objetivado, enajenado, convertido en mercancía que produce mercancía y genera plusvalía. Trabajo esclavo como sustento para el despegue capitalista de Europa, a la que ideológicamente heredaron los blancos y hasta muchos mestizos criollos americanos; herencia ideológica que pervive como sustrato -consciente o no- en el accionar de muchos.

De esas primeras realidades, generadoras de asimetrías mantenidas con o sin recreaciones por más de cuatro siglos, somos herederos todos: blancos, negros y mestizos; religiosos o no; cristianos, afro-religiosos y ateos. En esas primeras asimetrías, en que lo común era que, al menos en esta Isla, la mayoría de la población fuera inmigrante -unos por voluntad y otros por fuerza, lo que también deja huellas-, el Cristianismo, en su modalidad católico-romana, fue religión importada, auto erigida en hegemónica y hegemonizante; la Regla de Ocha fue la primera de nuestras religiones cubanas -la única, aseguran algunos estudiosos-, surgida en la clandestinidad y obligada a permanecer en la subalternidad, lo que le fortaleció y preparó para las adversidades. El Cristianismo fue la religión del poderoso; la Regla de Ocha lo fue del cautivo. Sus condiciones históricas, a tenor de las cuales se organizaron sus estructuras -para el Cristianismo vertical y marcada por el autoritarismo, para la Regla de Ocha horizontal y marcada por la tolerancia-, condicionan hasta la actualidad las actitudes de gran parte de sus miembros en tanto partícipes de la macro sociedad de la que formamos parte. Esa herencia se advierte en nuestras instituciones; el lenguaje utilizado -definido por excesos, descalificaciones y omisiones- y los sustratos que en estos se aprecia, lo confirman.

La preocupaciones manifiestas de la jerarquía católica respecto a las afro-religiones y la utilización de términos anacrónicos y minimizadores para referirse a estas -sectas, supersticiones y cultos sincréticos, son los preferidos, por cierto, coincidiendo durante mucho tiempo con funcionarios y estudiosos oficialistas, llegando incluso más lejos al calificarlas de mediocridades-, influyen en las percepciones y en los discursos de una parte numéricamente importante de los miembros de su estructura eclesial, incluida la feligresía. Según la religiosa católica Marta Lee -entre las pocas personas pertenecientes a la estructura eclesial católica en Cuba que estudian las afro-religiones- se trata de religiones que encierran temor, pues sus orishas no muestran bondad ni misericordia. (10) Recientemente aparecieron en una de las publicaciones de la Iglesia católica en Cuba de mayor circulación en el territorio nacional y en el exterior, estos versos… ¿ingenuos???:

El Santero es el reflejo -consciente o no- de esquemas mentales profundamente enraizados en el mundo cristiano hacia la religiosidad popular, comprendiendo las afro-religiones. Temor y duda son dos reacciones visibles por parte de los cristianos cubanos hacia sus connacionales afro, sentimientos que experimentan hacia todo lo que consideran negro, como las propias afro-religiones. Demeritarlas por la vía de la demonización -algo de lo que sí entienden al ser una idea presente en su religión-; acusar a sus cultores de traidores y malvados -llegan algunos hasta a creerles posibles asesinos de niños, fundamentalmente blancos y rubios, lo que pudiera relacionarse con lo escasa que es la presencia de este tipo en el vitral fisonómico cubano-, es procedimiento habitual aunque no trascienda en el discurso público.

Diplomáticos extranjeros han manifestado incredulidad y desorientación al resultar advertidos por figuras prominentes del clero cubano respecto a lo que sinceramente consideran necesidad de cuidarse de los negros. En trabajo de terreno por las provincias orientales, quien escribe recibió la misma advertencia, proveniente de una señora: blanca, profesional, de mediana edad, activa como militante comunista y como católica. Ten cuidado, m´ijita -dijo-, en andar por ahí con los negros. Ellos viven en barrios malos, como Los Hoyos, donde lo único que hacen es tomar ron, tocar cajones y bailar; porque ellos piensan todo el año en el carnaval. Yo no entiendo cómo es que hay personas inteligentes, hasta extranjeros, que vienen hasta aquí para ir a ese lugar. Allí nada bueno te puede pasar, hasta te pueden matar, (12) concluyó. Se torna secreto colectivo inconfesable: en la sociedad cubana la huella del color se filtra en todo, sin excluir el ambiente religioso.

Sintomática y coherentemente, desde el púlpito y desde las publicaciones con que cuenta -muy variadas y en toda la Isla-, la Iglesia católica se esfuerza denodadamente en los últimos años por rescatar su lugar preferencial y, más visceral que teóricamente, afirma que la virtud el pueblo cubano la obtuvo de su raíz cristiana. (13) Recientemente, alguien tan conocedor de las interioridades de la cultura nacional cubana como Mons. Carlos Manuel de Céspedes -Vicario general de la Arquidiócesis de La Habana- ha insistido en que el tronco de la cultura cubana lo conforma(n) su(s) componente(s) hispano(s), en tanto su(s) componente(s) africanos(s) únicamente se simboliza(n) en una rama. Quizás a consecuencia de sus muy imaginativas metáforas -no necesariamente por el contenido que abarcan- el padre Céspedes fue hace pocos meses incorporado a la Academia Cubana de la Lengua Española y se le acaba de conferir el Premio de la Latinidad.

El discurso neo-colonialista de la Iglesia católico-romana en Cuba halla respuesta en su contraparte religiosa (14), la Regla de Ocha. En la réplica, las propuestas suscitadas a manera de acción-reacción, causa-efecto, transitan entre la indiferencia -real o no- y la refutación. Quienes se adscriben a la corriente reafricanizadora -en este caso, yorubizadora- de las afro-religiones, pueden estar tentados por la necesidad de validarse identitariamente desde su religión, y, a la par procuran reforzar en esta los elementos que consideran auténticamente africanos; algo no siempre fácil de discernir, especialmente si nunca se tuvo contacto directo con Africa, y, aun de haberlo tenido, pues se necesita considerar dos presupuestos esenciales, siempre visibles, que quizás por eso les dejamos de lado: primero, que la Regla de Ocha es una religión de creación cubana; segundo, que siendo las culturas entes dinámicos, será cuasi imposible hallar hoy en tierras africanas, sin variaciones, los elementos originarios de sus religiones ancestrales. Los que se muestran indiferentes al discurso católico, muchas veces desconocen los intentos yorubizadores de la pequeña élite de santeros que los ejecutan; en la mayoría de los casos, han incorporado el sincretismo a su realidad cotidiana, no sienten contradicción en llamar a los orichas y a las divinidades católicas inter-cambiando sus nombres, y tienen en sus altares las representaciones litográficas o esculturales de las divinidades católicas, conservando las representaciones de sus orichas en las soperas que para estos dispuso en su canastillero, mueble cuya presencia generalizada para estos menesteres igualmente es muestra de transculturación.

Nosotros fuimos a la Iglesia -se refiere a la católica- porque nos obligaron. Pero nosotros no somos católicos. No tenemos nada que ver con ellos. Ya es hora de que nos dejemos de tanta ignorancia, (15) dice un santero, mestizo, estudioso autodidacta de las religiones. Por su discurso se percibe tan fuerte como su oricha tutelar, Ogun. El no quiere ir donde le consideran un trasgresor… prefiere su espacio: ¿Se atrinchera? ¿Se apalenca? Yo fui monaguillo. (…) pero soy babalawo y no quiero tener nada que ver con ellos. Aquello me lo impusieron. Pero la Iglesia católica nunca nos ha querido a nosotros; ellos piensan que nuestras creencias son brujería, cosas de negros, que esto es malo, aseguraba en los años ’90 un conocido babalawo, quien comenzó el nuevo siglo -y tercer milenio del Cristianismo- con planteamientos más conciliadores al estilo de: Nosotros estamos abiertos al diálogo con todo el mundo, también con los católicos. Todos podemos trabajar y colaborar, sin faltarnos el respeto. (16) Este último, superada la fase de auto enclaustramiento comunitario, tiende puentes; muestra su disposición a hacer -desde la cotidianidad- teología del pluralismo, la que asume el pluralismo religioso como bendición de Dios y lo articula con la resistencia y el camino de liberación de los oprimidos, (17) de todo tipo.

Uno y otro, con recursos tácticos diferentes, resisten culturalmente, no transigen, no dejan de ser; la resistencia de aquel es defensiva, la de este es ofensiva. Teniendo igual fin estratégico: ser reconocidos en la valía de su cultura, difieren en la radicalidad de sus métodos. La radicalidad del primero le conduce al ghetto, auto aislándole -haciendo, en cierta medida, el juego a quienes le excluyen-; la del segundo sugiere una capacidad de resistencia liberadora, y, a la manera de Frank Fanon, procurando su liberación, contribuye a que el otro se fije en su propuesta de realización conjunta, advirtiendo de alguna manera su proceso de liberación.

Diálogo y cultura

La Comisión Organizadora de la Letra del Año y la Asociación Cultural Yoruba de Cuba -agrupaciones de afro-religiosos con mayor repercusión entre las comunidades afro-religiosas en la Isla y el exterior-, han mostrado disposición para el diálogo con la Iglesia católica aunque este, desde sus estructuras jerárquicas, no se haya efectuado, ni han mostrado estas un real interés en su concreción. Factores múltiples lo obstaculizan y, fundamental, pareciera que la inercia no permite detenerse a observar los elementos que lo facilitarían (18). Casos de sacerdotes católicos y de afro-religiosos -excepcionales para ambos- que se encuentran y dialogan, a nivel privado, muy ocasionalmente se suscitan. La historia ha favorecido el monólogo y la descalificación que, peligrosamente, se manifiesta en algunos como vocación.

A menos que consiga imponerse el discurso neo-colonialista de la Iglesia católico-romana en Cuba -que no se ha convertido en una Iglesia cubana-, profundamente impregnado de fundamentalismo e integrismo, remanente y evocación de su vieja posición de poder y privilegio, el diálogo inter-religioso se irá gestando de manera natural. Tradicionalmente los cubanos han mostrado una tendencia más aguzada a la interrelación que al ghetto… las realidades culturales / religiosas, y hasta las políticas, en una sociedad en la que se impone la necesidad de la búsqueda de un nuevo consenso -más inclusivo-, apremian a discurrir en esa dirección, pero hay que trabajar para alcanzarlo, evitando que continúen siendo obstaculizadas las acciones en tal sentido.

Los cambios culturales precisan catalizadores para manifestarse. (19) El diálogo pudiera concretarse como la expresión de dichos cambios. Los cambios institucionales que se van generando en la Regla de Ocha -en reacomodo a nuevos contextos culturales / religiosos, económicos, políticos, sociológicos, dentro y fuera del país- pudieran actuar como uno de sus catalizadores. Los cambios culturales se imponen a las apreciaciones mecanicistas. Pretender paralizar el desenvolvimiento de ambas religiones -desde sí o desde fuera de sí- no las enriquecería como micro mundos ni favorecería el acercamiento entre estas -sintiéndose amenazadas por la convivencia, se resguardarían en plazas sitiadas-, sino que desvirtuaría los post modernistas principios fundantes de nuestras sociedades afro-americanas, en este caso, de la cultura nacional cubana.

No hay una teología nacional en la Iglesia católico-romana en Cuba, reconoce Mons. José Félix Riera, secretario del Secretariado de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC). Es decir, no existe una reflexión que derive en un discurso que sustente la acción, en un plan pastoral, a partir de la realidad contextual en que se desenvuelve esta Iglesia. De hecho, el recién anunciado Plan Pastoral 2006-2010 no se detiene en el tratamiento de la religiosidad popular, categoría tan amplia en la cual la Iglesia católica incluye a las afro-religiones. A pesar de asegurar Mons. Félix Riera que cualquier párroco, y cualquier obispo, donde primero miran es a la realidad cubana en la que están tratando de servir, reconoce que un diálogo así sistemático, institucionalizado, con este sector de religiosidad sincrética, yo diría que no existe. (20)

Sería profesionalmente deshonesto obviar la existencia remota de una catequesis para los esclavos, elaborada por el padre Antonio Nicolás Duque (S. XVIII). (21) No obstante muy pobres y, por lo general, escasamente sustanciosos intentos de reflexión en torno a la población afro-religiosa tuvieron lugar desde entonces en el contexto católico-romano de la Isla. (22) Sorprende positivamente la obra del joven párroco Raúl Rodríguez Dago, cubano, que con el título Sincretismo cubano. Santeros, ñáñigos, paleros y espiritistas (23) se acaba de publicar, a manera de breve pero panorámico y serio estudio etnológico de las mencionadas religiones, ofreciendo desde su identidad católica un tratamiento desprejuiciado al mundo afro-religioso, exhortando a su comunidad al estudio de esos otros -que muchas veces son, a su vez, ellos, con esa propensión de los cubanos a la incorporación de elementos externos a su sistema religioso como a vivenciar simultáneamente varias prácticas-, y presentando una propuesta de pastoral para el tratamiento de estos. (24)

La religiosidad popular que fluye -desde lo hispano como desde lo africano- en la población cubana, las reflexiones teológicas, los intercambios entre líderes religiosos, las problemáticas de género y raza, la comprensión de los alcances y limitaciones de las maneras diversas de concebir la institucionalización, los conflictos intergeneracionales, la identidad nacional, entre otros, son elementos que pudieran conducir al diálogo y/o fructificar del diálogo entre la Regla de Ocha y la Iglesia católico-romana en Cuba.

De la capacidad que muestren estas religiones de reacondicionarse a las cambiantes circunstancias -para lo cual tendrán necesariamente que auto recrearse, lo que en la Iglesia católica tiene que ver con la reapropiación de sus planteamientos en el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) (25), y para la Santería pasa por saber controlar y beneficiarse de las tensiones teológicas que en esta tienen lugar- dependerán las dimensiones de su espacio social y, por tanto, de su futura repercusión nacional. No se trata sólo de sus posibilidades de sobrevivir, sino de poder producir un sentido que trascienda a la vida colectiva de las personas (…) organizar acciones que incidan sobre la vida de la sociedad mediante obras sociales y otras vías, (26) para lo cual: ¿Están listas?

La dialéctica de generalidades y particularidades vivenciadas al interior de la cultura nacional cubana, es muestra del juego de las identidades al que se refiere el profesor jamaicano Stuart Hall. Los procesos de europeización -romanización-, yorubización y hasta de criollismo que actualmente se experimentan hacia su interior nos alertan a tener presente que: Las identidades nacionales no subordinan todas las otras formas de diferencia y no están libres del juego de poder, de divisiones y contradicciones internas, de lealtades y de diferencias superpuestas. En tanto la cultura nacional es también una estructura de poder cultural. (27)

En el caso cubano no debemos ignorar que la Regla de Ocha ha representado, tradicionalmente, la cultura subversiva, marginal, la contra-cultura… fue la religión de la sobrevivencia, de la resistencia, en cambio, va en franco proceso de expansión, quizás, de universalización, pasando de la posición defensiva a asumir, además, expresiones de una postura ofensiva; la Iglesia católica fue la representante de la cultura oficial, la religión del poder -del que formaba parte-, hasta aquí traída ya con su carácter universalizador, y, actualmente, pareciera extinguirse hasta en sus focos de origen y de sostén, incluida España… y, curiosamente, en profundo declive en su centro de origen y en sus focos de sostén, se refugia en América Latina y en Africa, sin aportar muestras muy concretas de entender a estas regiones ni cultural ni sociológicamente.

Desde la comprensión y aprehensión de este segmento de su realidad, la sociedad cubana estará en condiciones de vivenciarla -reacomodándola, allí donde sea necesario, y liberándose de lo que ha dejado de serle valioso, relevante, funcional … aunque, tal vez, nunca lo fue- repitiendo con Juan Pablo II -el Pontífice polaco hijo del Socialismo real, el Papa viajero que visitó en la Isla, el teólogo y artista que criticó severamente al Capitalismo salvaje y mientras procuraba desarticular a la TdL, que fustigó al Primer Mundo pero no comprendió al Tercero- que: Debemos vencer nuestro miedo de futuro. Pero no podremos vencerlo del todo si no es juntos. (28) Complementando sus palabras con las que en herencia cultural/religiosa le reveló Orula -oricha de la adivinación; sincretiza con San Francisco-, quien alertó enseñando que: El saber está repartido. Repartido también deberá estar, entonces, el poder, en todas las esferas de la vida macro social cubana, sin excluir las religiones.

Notas:
1) De Sousa Santos, Boaventura. “Nuestra América. Reinventando un paradigma subalterno de Reconocimiento y redistribución”. Internet.
2) Desde la etapa de preparación de la primera etapa de la gesta independentista cubana (S. XIX) constante preocupación ha sido la consecución de la unidad nacional, lo que ha coadyuvado a la existencia de una hiper sensibilidad respecto al tema de la que se han servido algunos para imponer propuestas y atribuirle carácter de nacional a pesar de que no satisfagan los intereses de la mayoría de la población. Ha sido paradigmático lo sucedido con la población no blanca, a la cual casi invariablemente se le ha acusado de racista cuando ha pretendido hacer valer en la agenda de pacto nacional sus necesidades, contenido el hecho de hacer efectiva la no discriminación por color de la piel.
3) Robles, Amado J. “Aporte de las tradiciones religiosas a las sociedades de conocimiento como proyecto humano”. En: Colectivo de autores ¿Qué pueden ofrecer las tradiciones religiosas a las sociedades del siglo XXI? 2005. Segundo Encuentro en Can Bordoi. 28 de junio-2 de julio/2005. CETR editorial. Barcelona (España). Pág. 33.
4) Guillén, Nicolás. Son número 6. En: El libro de los sones. 2001. Editorial Letras Cubanas. Pág. 105.
5) El término raza, no obstante haber quedado desfasado en el ambiente académico, continúa comunicando incluso dentro de este, de ahí que lo sigamos empleando.
6) Criollismo expresado en una doble conciencia –concepto que introdujo a inicios del S. XX el sociólogo afro-estadounidense W.E.B. Du Bois-, forjada en al proceso de colonización, y, expresado, en la ambivalencia del discurso y de la acción. Ver: Mignolo, Walter D. “La colonialidad a lo largo y ancho: el hemisferio occidental en el horizonte colonial de la modernidad”. En: Lander, Eduardo (compilador). La colonialidad del saber: eurocentrismo ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas. 2005. Editorial Ciencias Sociales. La Habana (Cuba). Págs. 64-65.
7) Quien desconocía que seis décadas antes un joven intelectual cubano, educado en España, con el apoyo de sus colaboradores santeros había mostrado por vez primera en un sitio profano, en un medio cultural de tradición oficial, lo que era decir blanca, los sagrados tambores africanos. Año 1937. Teatro Campoamor. La Habana, Cuba. Fernando Ortiz dicta una conferencia sobre La Música Sagrada de los Negros Yorubas en Cuba, invitado por la Institución Hispanoamericana de Cultura. Allí presentó los bailes, cantos y toques yorubas, al compás de los tambores batá, por vez primera para el público profano de Cuba.
8) Trabajo de campo de la autora.
9) Uno de los grandes dilemas y retos para la Latinoamérica contemporánea es resituarse lo más favorablemente posible en la estructura de atrofiadas relaciones de poder que prima mundialmente, impuesta por el Norte y ayudada a apuntalar por los criollos que generalmente dominan las esferas económicas y políticas en este continente. En ese panorama de contienda mundial continúan como activos partícipes, en ocasiones, las religiones y los religiosos. No olvidar que en el ámbito cultural / religioso persisten las campañas de conquista y de reconquista; la Nueva Evangelización emprendida por la Iglesia católico-romana, los esfuerzos de misioneros y tele predicadores, la mirada hacia el mundo afro-religioso de destacadas figuras de estas religiones en Africa y el resto del mundo, son algunos de los ámbitos en los que se libran esas batallas de conquistas y reconquistas culturales / religiosas.
10) Lee H.S, Hermana Marta. “Algo más sobre nuestras raíces”. En: Colectivo de autores. Cuadernos del Aula “Fray Bartolomé de las Casas”. 2000. Convento San Juan de Letrán. La Habana, Cuba. Pág. 45.
11) Pi Lago, Belisario Carlos (Charles). El santero. En: Revista Vitral. No. 72. Marzo-Abril/2006. Año XII. Pinar del Río (Cuba). Pág. 8.
12) Trabajo de campo de la autora.
13) Ortega Alamino, Cardenal Jaime. Homilía. Parroquia San Agustín. 28 de agosto de 1997. Trabajo de campo de la autora.
14) Consideramos a ambas comunidades religiosas como contrapartes, dada la análoga trascendencia que tienen en la sociedad cubana. Pretendiendo no ser arrastrada por la tentación –tan generalizada- de conceder mayor peso numérico a una u otra; prefiero considerar este aspecto desde la influencia en el legado cultural / religioso que las dos tienen en la sociedad cubana actual. Religiosos o no, los cubanos se expresan fundamentalmente a partir del legado aportado por ambos exponentes culturales / religiosos, más o menos transculturados, con independencia del color de la piel, si bien no todos lo reconocen. La Virgen de la Caridad del Cobre, patrona nacional, sincretizada con Ochun –oricha del amor y la sensualidad, protectora de las embarazadas y de los niños, que se dice solicitó a Olofi acompañar a los africanos en su viaje al Nuevo Mundo- tiene tanta importancia para los cubanos como la Letra del Año, y en esto no necesariamente cuenta el color de las personas.
15) Trabajo de campo de la autora.
16) Trabajo de campo de la autora.
17) Barros, Marcelo. “Espiritualidad macroecuménica y sociedad globalizada”. En: ¿Qué pueden ofrecer las tradiciones religiosas a las sociedades del siglo XXI? Segundo Encuentro en Can Bordoi. 28 de junio-2 de julio del 2005. 2005. CETR Editorial. Barcelona (España). Pág. 205.
18) Ver: López Oliva, E. y Faguaga I., María I. ¿Qué es el Macro-Ecumenismo? Diálogos Inter-Cultural e Inter-Religioso. 2001. Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo. Cárdenas (Cuba). Págs. 30-32.
19) Ver: López Oliva, E. y Faguaga I., María I. Ob. Cit. Págs. 33-36.
20) Las crecientes insatisfacciones espirituales de la población cubana, el desconocimiento por las nuevas generaciones del diferendo entre la Iglesia católico-romana y el gobierno durante las primeras tres décadas del gobierno castrista, así como la apertura a la posibilidad de militar en el Partido Comunista de Cuba de los creyentes religiosos (Cuarto Congreso del PCC, 1991) -con lo cual puede considerarse iniciado el periodo de superación de la extensa etapa en que se impuso la política atea y ateizante-, coincidente con la caída del Muro de Berlín, el fin del Socialismo Real y el inicio del llamado Periodo Especial en Tiempo de Paz contribuyeron a facilitar ciertas transformaciones en el funcionamiento de las religiones en Cuba y en su accionar social, del que habían sido marginadas por la estatización de todos los programas sociales. Se esparcieron por la Isla las Casas de Oración (católicas), las Casas Culto (evangélicas); fueron apareciendo o visibilizándose diversas agrupaciones que han fungido como alternativas organizativas y hasta educativas -Ej. Centro Cívico de Formación (católico) y Templo Ifa Iran L´Owo (de la Regla Ocha-Ifa)-; nunca antes fue superior el número de publicaciones religiosas en el país. Todo lo cual opera como proyecciones de los cambios que se van gestando en ambas comunidades religiosas, que inciden quiérase o no en toda la sociedad.
21) Todas las citas de este párrafo fueron transcritas de: López Oliva, Enrique. Entrevista al padre José Félix Riera. 27 de febrero del 2006. (Grabación.)
22) Duque Estrada, padre Nicolás. Explicación de la doctrina cristiana acomodada a la capacidad de los Negros bozales. 1796. En: Cairo, Ana. Bembé para cimarrones. 2005. Centro Félix Varela. La Habana (Cuba). Págs. 40-46.
23) Los trabajos de Mons. Carlos Manuel de Céspedes, actual párroco de San Agustín, son en ese sentido excepcionales. El padre Céspedes ha alertado sobre el principal desafío que constituyen las afro-religiones para la Iglesia católica en Cuba y sobre la necesidad de conferirles un tratamiento pastoral particular. En: De Céspedes, Mons, Mons. Carlos Manuel. “Desafío del sincretismo al pensamiento católico”. 1997. La Habana (Cuba). Pág. 1. (Fotocopia.)
Tampoco ha sido usual que la Iglesia católica en Cuba se haga eco de las elaboraciones de pensamiento de sus laicos, a menos que sean coincidentes con las posturas de la vaticanista Iglesia cubana. La temprana obra del profesor Enrique López Oliva sobre las relaciones entre la comunidad católica y las revoluciones que se gestaban en el Latinoamérica, y el estímulo al análisis crítico sobre las posturas de la Iglesia católica y de la vida social toda llevadas a cabo por el Grupo (de inspiración católica) de Reflexión y Diálogo Oscar Arnulfo Romero, no son difundidos en las publicaciones eclesiales.
Ver: López Oliva, E. Los católicos y la revolución latinoamericana. 1970. Editorial Ciencias Sociales. La Habana (Cuba). Chaguaceda, Armando y Coderch, Gabriel (Compiladores.) Cultura, fe y solidaridad: perspectivas Emancipadoras frente al neoliberalismo. 2005. Editorial Félix Varela. La Habana (Cuba).
24) Rodríguez Dago, padre Raúl. Sincretismo cubano. Santeros, ñáñigos, paleros y espiritistas. 2005. Ediciones Emmanuel. Quemado de Güines (Cuba).
25) Otra sorpresa -realmente grata- tuvimos al final de la lectura del libro del padre Raúl Rodríguez: por sus páginas supimos de la realización del I Taller de Religiosidad Afrocubana (Matanzas, 10-12/abril/2003, convocado por el Secretariado de Pastoral Afro Americana del CELAM y por la Comisión Nacional de Misiones y Obras Misionales Pontificias en Cuba. En el Taller fueron llevados a debate importantes temas como el reto de la relación con el mundo de las Religiones Afrocubanas, la ausencia del hombre de raza negra en la práctica religiosa y la preocupación de la Iglesia por llegar a todos en su misión evangelizadora. No obstante asegurarse que los participantes llevaron a sus diócesis las inquietudes allí vividas, dando lugar a talleres diocesanos para reflexionar sobre esta realidad pastoral, la vivencia comunitaria católica en Ciudad de La Habana evidencia que, al menos en el contexto capitalino, el Taller no trascendió. Ver: Rodríguez Dago, padre Raúl. Ob. Cit. Pág. 114.
26) Encuentro Nacional Eclesial Cubano. Efectuado en 1987. Primera reflexión de sí y del entorno hecha por la Iglesia católica en Cuba. Sus apreciaciones sobre la religiosidad popular cubana en ese momento, distan radicalmente de sus posiciones públicas al respecto. Coincido con los estudiosos que consideran que los planteamientos del ENEC están por realizarse en Cuba. Ver: ENEC. Documento final e instrucción pastoral de los obispos. S/F. Roma (Italia).
27) Cárdenas, René. “Espacio social de la religión y la visita de JP II. Algo más”. En: Revista Reflexión y Diálogo. No. 1. Abril-Junio/1998. Cárdenas, Cuba. Pág. 138.
28) Hall, Stuart. A identidade cultural na pós-modernidade. 2003. DP&A Editora. Rio de Janeiro, Brasil. Pages. 19, 65 y 59.
29) Juan Pablo II. Discurso en ocasión del 50 Aniversario de la Fundación de la ONU. En: L’Osservatore Romano. Santa Sede, Vaticana. No. 18. Octubre 13, 1995.

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