ene 23

Ade Ògún: La corona del espíritu del hierro

Hace mucho tiempo, Ororinna se caso con Tabutu. Juntos tuvieron un hijo que fue conocido como Tobi Ode (hábil cazador). Fue Tobi Ode quien, primero entre los Òrìsà (Inmortales), hizo el Viaje desde Iko1e Òrun (Reino de los Antepasados) a Ìkòlé   Ayé (Mundo). Los Òrìsà que siguieron, descubrieron que Ìkòlé   Ayé estaba cubierto con igbó (bosque denso) que hacía imposible viajar por la tierra.

Obàtálá (Rey de Paño Blanco) decidió que haría un sendero a través del bosque. Tomó su àdá fàdákà (sable de plata) y tajó los matorrales. La àdá fàdákà quedó doblada y retorcida y fue inútil para la tarea que había que hacer.

Tobi Ode descubrió el awe irín (Misterio del Hierro) e hizo una àdá irín (sable de hierro). La àdá irín cortó un sendero despejado a través del bosque y los Òrìsà pudieron hacer el viaje a través de aiyé (país). Fue en ese día que Tobi Ode se hizo conocido como Ògún (Espíritu del Hierro).

Los Òrìsà quedaron tan impresionados con la fuerza de àdá irín (sable de hierro) que dieron a Ògún el titulo de Osín Imolè que significa “Primero entre los Antiguos”. A Ògún no le llama la atención su rango de Olórí Òrìsà (Jefe de los Inmortales) de Ilé Ifè  (Tierra esparcida) porque prefería vivir solo en igbo (bosque). Usando su àdá irín, Ògún cortó un sendero que conducía muy lejos hasta oké gígà (Montanas). Viviendo en las tierras altas, Ògún podía cazar y pescar y llevar una vida de satisfacción. 

En e1 día en que Ògún decidió visitar a sus amigos en Ilé Ifè, tomó camino por el largo sendero que lleva de oké gígà (montaña) a àfonífojì (valle). Mientras “vivía en igbo (bosque), Ògún se hizo vestidos de màrìwò (frondas de palmera), que le daban la apariencia de un salvaje. Cuando llego al fondo del sendero, estaba cansado del dificultoso viaje y tenía un ceño fruncido en su cara.

La primera ciudad a la que se acerco se llamaba Iré en las afueras de Èkìtì. Mientras descansaba en Iré, Ògún ayudo a la gente de la aldea a derrotar a sus enemigos. Desde ese día ha sido conocido como Onírè que significa “El Jefe de la  Ciudad de Iré”. 

Ògún decidió continuar su viaje a he Ifè aun cubierto con sangre de la batalla. Cuando llego a la ciudad sagrada, la gente de Ilé Ifè se asusto ante la vista del salvaje vestido de màrìwò (frondas de palmera) que llevaba las cicatrices de la guerra. Le pidieron que se fuera. Por el contrario, Ògún se lavo y apareció en el centro de la ciudad como Osín Imolè (Primero entre los Antiguos). Cuando la gente de he Ifè se dio cuenta que el salvaje a quien habían despreciado era su jefe, le rogaron que les diera su perdón y le pidieron que se quedara.

Ògún rehusó su pedido diciendo que ya no quería ser el primero entre los Òrìsà. En ese día, Ògún volvió a igbó (bosque) en donde vive hasta hoy danzando entre los árboles. Y es por eso que quienes reverencian a Ògún dicen: “A dáa fún Ògún Awo ní’ jó tí ó ma lànà láti òde-Òrun wá sí isálú-ayé, fùn ire èdá” lo que significa “se consulto Ifá para El Espíritu del Hierro en el día en que él iba a abrir el camino desde el Reino Invisible de los Antepasados hasta la Bóveda del Mundo para el beneficio de toda la Creación”. 

COMENTARIO: 

En muchos de los libros escritos sobre los Òrìsà, Ògún es descrito como un “guerrero sediento de sangre” que invoca constantemente la destrucción y la violencia. Esta descripción debe más a las imágenes estereotipadas del cazador africano que a los profundos principios metafísicos representados por el Espíritu de Ògún.

Para mucha gente que vive en un ambiente urbano, el concepto de caza está limitado a la idea de matar animales por deporte. Esta no es una idea que encuentre expresión en la cultura yoruba, en la cual la caza sigue siendo un componente importante de las necesidades de supervivencia de la comunidad. La sociedad yoruba está basada principalmente en la agricultura. Es el cometido del cazador rural proveer fuentes de alimento que no vengan o bien de cosechas plantadas o de animales domesticados. Debido a que los cazadores deben moverse y trabajar dentro de la sabana y la densa jungla de la selva, la comunidad depende de los cazadores para localizar hierbas medicinales, para avisar de peligros potenciales para la aldea y para proveer aquellas fuentes de alimentación que dan variedad y equilibrio a la dieta general. Dado este rango de responsabilidades el papel del cazador continúa siendo una tarea honorable, respetada y espiritualmente elevada dentro de la sociedad tradicional yoruba.

La historia de Ògún presenta a la vez información metafísica y un recuento histórico del papel cambiante del cazador en la sociedad yoruba. En todas las partes del mundo, las primeras manifestaciones de la cultura estuvieron centradas alrededor de familias entendidas en sentido amplio que se establecieron como clanes cazadores y recolectores. Los primeros cazadores fueron los técnicos especializados de su época. La tecnología de la caza era considerada un misterio sagrado que daba a la mayoría de los cazadores el doble papel de rastreador y shamán. Fue la mejora de las herramientas usadas en la caza lo que condujo al desarrollo de aquellas herramientas que crearon ciudades y la civilización moderna como hoy la conocemos. 

En la historia de Ògún, el sable de plata de Obàtálá no tiene efecto para los rigores de despejar un sendero a través del bosque. El sable de plata es una imagen simbólica para el poder del pensamiento y la contemplación. Construir la civilización como proceso histórico requirió algo más que el uso de soluciones racionales aplicadas a mejorar los niveles de vida. Un desarrollo real en el área de la cultura y de la tecnología requería experiencia concreta, prueba y error, exploración de lo desconocido y la incansable búsqueda de soluciones reales a problemas que amenazaban la vida. En Osha la imagen usada para describir el lento proceso de transformación cultural es el templado del hierro.

Cuando el uso del hierro fue desarrollado por primera vez para mejorar la calidad de las herramientas, la tecnología de forjar el metal era considerada un arte esotérico altamente secreto que solo era compartido por aquellos que mostraran signos de buen carácter, perseverancia e inteligencia. Como en la historia de Ògún, quienes poseían el conocimiento del misterio del hierro eran colocados en posiciones de responsabilidad como sacerdotes y jefes. Con el crecimiento de la civilización, se hizo necesario explorar nuevos panoramas de realización tales como la arquitectura, la medicina y la agricultura. Este cambio de énfasis causo una disminución del respeto dado a aquellos que mantengan las habilidades del cazador y del herrero. 

La historia sagrada de Ògún refleja este cambio histórico mostrando a Ògún bajando de la montaña vestido como un salvaje. Las demandas de la vida urbana llevaron a las comunidades cada vez mas lejos de la necesidad de depender de la caza y de la recolección, y en consecuencia las habilidades y coraje necesarios para cazar fueron dejadas de lado. En el relato, la gente de Ilé Ifè se asusta de Ògún cuando regresa luego de la batalla en Iré. El miedo del pueblo le provoca a Ògún tanta repulsión que regresa al bosque, en donde reclama su reputación de hábil cazador.

En la cultura tradicional yoruba, son los iniciados de Ògún quienes aún mantienen los Awo de hacer herramientas, quienes aun cazan para la alimentación y quienes tienen un papel clave en mantener la seguridad de la aldea. Ninguna de estas tareas se ve en la sociedad yoruba como “sedienta de sangre” o “salvaje”. Son, en cambio, un elemento esencial en el equilibrio general y la armonía de la comunidad en su conjunto. Como estos papeles se ven como importantes y necesarios, se les da sanción religiosa por medio de la iniciación y la responsabilidad sacerdotal.

Son los iniciados de Ògún quienes conducen los ritos de pubertad masculinos, quienes ejecutan los ritos de circuncisión y quienes toman un papel activo en la preparación ceremonial de la comida, sea con los animales domesticados o con el producto de la caza del bosque. A pesar de las imágenes negativas de “sacrificio animal” que aparecen frecuentemente en cine y televisión, se cree que quienes preparan la carne para el consumo humano están ejecutando un rito sagrado. Cada vez que un animal es sacrificado como comida se hace una ofrenda a los Òrìsà. Esta ofrenda se considera un convenio entre los humanos y los Òrìsà. El convenio es a la vez una plegaria de gratitud por las bendiciones de la nutrición, y una plegaria de respeto por aquellas Fuerzas de la Naturaleza que continuidad proveyendo alimento para la salud y bienestar de la comunidad. 

La idea de que un tal convenio represente alguna forma de conducta “sedienta de sangre” y “destructiva” no es parte de la cosmología Yoruba ni de Osha Ifá. Ògún es visto más acertadamente como el gran proveedor, el guardián de la verdad sobre la dinámica del equilibrio en la Naturaleza y el guía para aquellos que deben transformar su conciencia de las realidades de la infancia a las responsabilidades de volverse adulto.

Hay un elemento de conducta agresiva en los papeles de Ògún como guerrero o guardián de la familia, aldea y nación. En esta historia, Ògún rechaza el titulo de jefe y vuelve al bosque, en donde puede pulir sus habilidades como guerrero. Este abandono del trono representa el cambio histórico en la cultura yoruba entre aquellos líderes políticos que eran primariamente estrategas militares y aquellos líderes políticos que aspiraban a mantener los niveles éticos tal como fueron expresados por medio de las enseñanzas éticas del profeta Òrúnmìlà. Esto no sugiere que el papel de Ògún sea en absoluto menos sagrado. Simplemente apunta a un cambio en las habilidades necesarias para gobernar efectivamente la nación a medida que la cultura evolucionó y su supervivencia. 

En términos metafísicos Ògún representa el poder del Espíritu de la Evolución para moldear nuevas formas de vida y nuevas estructuras dentro del desenvolvimiento general de la Creación. Es en este papel, como una Fuerza de la Ley Natural fundamental, que Ògún es usado para la Verdad. Todos los juramentos tomados dentro del contexto de los cultos Ifá y Òrìsà se hacen sobre los objetos religiosos sagrados en donde está depositado el ase (poder espiritual) de Ògún. 

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dic 08

Los Cultos Sincréticos “Dioses sin Dueños”

Por: Natalia Bolívar Univ. de Barcelona

La iglesia católica no tiene el monopolio de Dios en Cuba. Desde que a esta isla llegó el primer negro esclavo, comenzaron a practicarse las religiones de origen africano y con el paso del tiempo devinieron las tres grandes creencias que existen en la actualidad: regla de Ocha o Santería, las reglas de Palo y la Sociedad Secreta Abakuá.

Las tres son cada vez más populares y gozan de muy buena salud, que es lo mismo decir de una aceptación creciente entre los pobladores de la mayor de las Antillas. Sus ritos son disfrutados tanto por practicantes como por cualquier otro cubano, dada la multiplicidad que se encuentra en una de estas ceremonias. Animales de corral son sacrificados en honor a los dioses, pero también hay comidas, frutas y aguardiente que los asistentes al rito, disfrutan como parte del homenaje a las deidades.

Increíblemente, un hecho que incluye arte, creencias, alegría, vida, amor, es valorado por desconocedores de la materia como religiones satánicas o diabólicas. Nada más lejos de la realidad.

El entorno sociocultural y económico en el que llegan a nuestro país las religiones africanas, y la somera revisión de que ha sido objeto su desarrollo como manifestación enraizada en Cuba, permiten afirmar que nos encontramos ante un fenómeno de autodefensa por parte de una religión primitiva y animista enfrentada a otra religión, la católica, que es aceptada universalmente.

La Santería – nombre popular con que ha bautizado nuestro pueblo a lo que verdaderamente se llama Regla de Ocha (Ocha = orisha: santo, deidad) – desde su aparición en Cuba con los primeros esclavos unidos en el temor implantado por la liturgia católica que infundía el pánico a sus mentes ingenuas, fue un culto individual, familiar, de hondas raíces. Vivió el esclavo asombrado ante el cambio de su estadio apacible en su Africa querida, por un régimen explotador que no podía entender; por el cruce de un océano lleno de peligros, encadenado y despojado de los hábitos de su vida diaria. Algunos de ellos, de estirpe real y procedentes de tribus con sensibilidades artísticas y estéticas, trasladaron esos conocimientos a descendientes y contemporáneos, que sirven hoy a nuevas generaciones de cubanos de inspiración inagotable.

En las postrimerías de la primera mitad del siglo XVIII, los esclavos practicaban en sus Cabildos llamados “de nación”, el culto a determinada deidad que imperaba en el seno de su tribu, en Nigeria, de la que procedían, ejemplo de ellas fue:

En la tribu de Oyó adoraban a Changó : Dios del rayo y del Trueno, deidad de la Guerra, dueño de la belleza viril y de los tambores Batá. Rey de Oyó. Sincretizado en Cuba por Santa Bárbara, Patrona de los Artilleros.

Las tribus de Egba, Nupe, Tapa, Abeokuta e Ibadan adoraban a Yemayá : Madre universal, deidad que representa al mar, fuente fundamental de la vida y es por ende dueña de las aguas. Madre de todos los orishas. Sincretizada en Cuba con la virgen de Regla, Patrona de la Bahía de La Habana y del navegante.

Las tribus de Ilesha, Ekiti y Ondo a Oggun : Dueño de los minerales, del hierro, de las montañas, del monte y las herramientas de trabajo. Sincretizado en Cuba por San Pedro. Dueño de las llaves divinas del Cielo.

Los de Ekiti, Osogbo, Iyesa e Ijebu a Ochún : Deidad dueña del amor, de la sexualidad, de la femineidad; símbolo de la gracia y la coquetería, dueña del río y las riquezas. En Cuba se sincretiza con la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, protectora de mujeres gestantes y parturientas.

Así sucesivamente, podríamos repasar, comparando todo el extenso panteón que rige la vida religiosa y todas las historias de santos y orishas que representan las fuerzas de la naturaleza y hacen las delicias de creyentes e iniciados en los cultos afrocubanos.

Cada una de estas deidades tenía elementos propios que la hacían diferente de las demás, y sin embargo, poseían dos denominadores comunes: la piedra y el caracol, que coinciden en las nuevas tierras donde el esclavo ha llegado gracias a los cantos, lamentaciones por su tierra perdida y a los toques de tambores resonando para sus adorados orishas.

El negro africano, con su inteligencia primitiva pero ágil para entender su entorno, escondió, silenció a sus dioses, enmascaró sus creencias bajo la apriencia de haber absorbido las de los amos blancos. Pero en lo profundo de su mente siguieron prevaleciendo las fuerzas de la naturaleza, de lo desconocido; su lengua, tan rica en matices; sus toques, que con variaciones tonales que llaman y cuentan historias de sus venerados orishas. Es en fin, su Africa trasladada, transplantada, imbricada en cada país que recibió aquellos cargamentos humanos esclavizados que al final se asentaron en tierras desconocidas, lo que acabó por atraer la atención, en ese período, de una raza supuestamente superior, que sucumbió con su mestizaje al encanto y la fuerza de lo primitivo.

Ingenuidad graciosa de la inteligencia pura, de la memoria gigantesca propia de su lucha por la subsistencia, por ocupar su lugar -el lugar que tenían en sus tierras ancestrales- su libertad en llanos y bosques, en ríos y montañas, su igualdad social. De todos estos conceptos mamaron desde pequeños los criollos de nuestra América, pero sobre todo de Cuba, conformando su personalidad de raíces interoceánicas. Hábitos, costumbres, sentido de independencia, comidas, ética familiar, llevan la impronta de los yorubas, los ararás, los congos, los haussas, los carabalíes; en suma de las etnias que más contribuyeron con su aporte cultural y que renacieron en tierras del Nuevo Mundo.

De los lucumíes o yorubas recibimos el legado de su larga y rica tradición sociocultural, su altivez, su inteligencia y su susceptibilidad, que los hace difíciles de atropellar; de los ararás, su seriedad, su hermetismo, su valentía; de los congos, dulces y alegres, su adaptabilidad con rasgos de timidez, su desconfianza, su introversión y su dedicación a los ritos religiosos. También heredamos la hombría y el machismo característicos de los carabalíes, fieles amigos, soberbios, violentos, vengativos, indomables, pero con gran sentido de la familia; la alegría de vivir, las bromas, el choteo y las guasas las heredamos de los haussas y de los mandingas adquirimos la habilidad, el tesón, la generosidad, la capacidad como negociantes, la hospitalidad y la franqueza.

De todos ellos nos nutrimos diariamente y en esa síntesis encontramos al verdadero cubano, que preserva con todas esas virtudes y defectos, el hieratismo de las etnias africanas.

 

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mar 01

Origen de la Maldición de Oggún

Por: Tomás Pérez Medina

Se dice que Obatalá vivía con Yembó, su mujer; junto a eHos vivían Elegguá, Oggún, Ochosi, Ozun y también tenían a Dadá, pero no vivía con ellos. Obatalá salía todos los días a trabajar, dejando a sus hijos en la casa, y cuando regresaba, Ozun era el que tenía que decirle lo que había pasado. Oggún era el que más trabajaba en la casa, por eso era muy mimado r todos tenían que obedecerle.

Oggún se enamoró de su mamá Yembó y quiso violarla muchas veces y obligarla a hacer algo indigno de un hijo bueno; pero Elegguá siempre estaba vigilando, se lo decía a Ozun y éste le llamaba la atención a Oggún. Este, que era el cocinero de la casa, viendo que Elegguá le estorbaba para sus planes, empezó a darle menos comida. Cuando éste se dio cuenta de que Elegguá se lo había dicho a Ozun, discutió con Elegguá y lo echó de la casa. Elegguá se quedó en la esquina dando vueltas sin entrar, mientras, Oggún cogió cuatro sacos de maíz y se los dio a Ozun, para entretenerlo comiendo y así no pudiera delatarlo, pero Elegguá no perdía de vista a Ozun.

Todos los días Oggún, a una misma hora, cerraba la puerta, como Ozun estaba comiendo, no veía nada. Un día Elegguá esperó a Obatalá y le dijo: «Papá, yo tengo algo que decirle, hace muchos días que no como.» «Por qué?», respondió Obatalá, y Elegguá le dijo: »Porque Oggún me echó de la casa»; entonces Obatalá le dijo: «Por qué?», y Elegguá respondió: »Porque Oggún no quiere que yo vea lo malo que él está haciendo en la casa» y Obatalá le preguntó: »Y cómo Ozun no me ha dicho nada?», Elegguá le contestó: <>Porque Oggún le da a Ozun mucha comida y éste se queda dormido»; entonces Obatalá le dijo: »Imposible, Ozun no puede acostarse y mucho menos quedarse dormido.» Elegguá le respondió: »Bueno papá, no diga nada de esta conversación y mañana, levantándose como de costumbre, sale para su trabajo, y a la hora, regresa a casa para que con sus propios ojos lo vea.» Aquello dejó muy triste a Obatalá, quien aquella noche no pudo dormir con tranquilidad, soñando y delirando todo el tiempo. Al otro día, Obatalá salió hacia su trabajo como de costumbre, pero se escondió detrás de los matorrales de mangle que había allí, y desde aquel lugar vio a Ozun acostarse y quedarse dormido al instante y también a Oggún cuando cerró la puerta. Obatalá lloró de sentimiento, cogió un bastón de mangle para apoyarse, porque le faltaban las fuerzas, y poco a poco, se acercó a la puerta de su casa, faltándole las fuerzas alzó el cayado y tocó a la puerta. Yembó oyó y dijo: «Tú ves, Oggún, qué necesidad tenía yo de buscarme este lío?», añadiendo: «Qué se va a hacer, yo abriré la puerta.» Oggún viendo que Yembó no era culpable, dijo: «Esto no, mamá, yo soy un hombre, seré el que abrirá la puerta», pero al hacerlo encontró que Obatalá tenía levantada la mano, para maldecirlo, y otra vez se anticipó y le dijo:

«Papá, no hables, no me eches maldición, yo mismo lo voy a hacer y mi maldición será que mientras que el Mundo sea Mundo, todo el trabajo que yo haga en este, Yo Oggún Aguanillé, Oggún ñanañile, Oggún cobú cobú, Ogún tucumbó; yo, Papá, de día y de noche trabajaré sin cesar para sostenerme.» Obatalá dijo:

«Ashé» (así sea); entonces Obatalá entró y dijo: «Yembó»; mas Oggún contestó: «No papá, mamá es inocente, no la culpes», y entonces Obatalá dijo a Oggún: «Tú no puedes vivir dentro de esta casa»; llamó a Ozun y le dijo: «Yo confiado en ti y tú por la comida te has vendido, desde ahora en adelante Elegguá estará de guardián y si Elegguá no come, nadie comerá en mi casa; tú, Elegguá, no pasarás más hambre y en esa puerta para entrar y salir hay que contar contigo; lo bueno y lo malo tú eres quien lo deja entrar y salir, y tú, Yembó, no voy a maldecirte, pero sí te digo que cualquier hijo varón que tengamos, yo, Obatalá, lo ma- taré»; Yembó lloró, sin decir ni una sola palabra. Oggún se fue y se hizo Oggún Alaguedé y empezó a trabajar en una herrería.

Pasa el tiempo y nace Orula, Obatalá lo coge, sin decir una sola palabra, se lo lleva lejos de allí; pero Elegguá lo sigue. Obatalá llega a un lugar donde había una mata de ceiba (araba), abre un hoyo y entierra a Orula hasta la cintura con los brazos hacia abajo, dentro de la tierra. Elegguá ve todo eso y se lo cuenta a Yembó, ésta llorando, le mandaba a escondidas todos los días comida a Orula con Elegguá; pero desde el momento en que Obatalá enterró a Orula, se olvidó de todo.

Poco después nació Shangó, era un niño muy hermoso. Obatalá lo cogió entre sus manos, se compadeció de él y no quiso hacerle daño; entonces pensó que Dadá, su hija mayor, podía cuidarlo, ya que vivían separados, y así no viendo a Shangó, no podía hacerle daño, y se lo llevó para que lo criara Dadá. Pasaron los primeros años, un día Dadá quiso que Shangó viera a sus padres; lo vistió con un traje muy limpio y se lo llevó a Obatalá; cuando éste lo vio se puso contento, en cambio Yembó estaba triste, porque se acordaba de Orula. Shangó estaba vestido de colorado. Obatalá se lo sentó en las piernas y Shangó le preguntó por qué su mamá lloraba y no estaba contenta con él. Obatalá le respondió: «Yo te lo diré con calma, hijo mío», y le dijo a Dadá:

«Quiero que todos los días me traigas a Shangó», y Dadá así lo hizo. De ahí nace el canto de Shangó, que dice: «Achá guó guó» (siendo chiquito Shangó, Obatalá le contaba toda su vida). Dadá traía diariamente a Shangó junto a Obatalá y éste sentándolo en sus piernas, le contaba día a día lo que Oggún había hecho.

Así creció Shangó, pero con odio y rencor hacia Oggún.

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feb 01

La Segunda Guerra de Shangó y Oggún

Por: Tomás Pérez Medina

El tiempo pasaba y cada día Shangó traía a su mente a oggún, ya que no podía olvidar que por su felonía, había sido criado prácticamente como un huérfano, hasta que un día se vistió de guerrero y montado en su caballo se fue hacia las posesiones de Oggún. Este estaba casado con Oyá, quien al ver a Shangó se quedó enamorada de él; Shangó correspondió a las palabras amorosas de Oyá y se la llevó mientras Oggún se encontraba trabajando; el interés de Shangó era vengarse de la felonía de Oggún; como éste bebía mucho y era muy revoltoso, no le fue difícil a Shangó hacer que Oyá se fuera con él. Shangó se llevó a Oyá a casa de Dadá; ésta tenía a Shangó como a un hijo y él a ella como a una madre; después de Obatalá, ella era la única persona a quien obedecía. Al saber Oggún que Shangó se había llevado a Oyá, le declaró la guerra de nuevo, Así pasaron los días, Shangó antes de irse por la mañana, al combate, tan pronto se levantaba, iba adonde estaba el güirito y metiendo un dedo se hacía una cruz en la lengua, cosa esta que veía Oyá; un día hizo igual cuando Shangó salió por la mañana; al salir Oyá de aquel sitio fue a llamar a Dadá y le salió candela por la boca; se asustó de ella misma y se echó a correr metiéndose en una Palma hueca que había allí cerca, como lo hacía Shangó, aunque éste no corría. Dadá, al ver que el tiempo pasaba y no veía a Oyá, desde casi una hora antes, la llamó; pero Oyá aunque oía, no se atrevía a contestar.

Andando Dadá notó que el güirito de Shangó estaba en distinta posición a como él siempre lo dejaba; movida por la curiosidad fue a enderezar el güirito, y con la idea de saber qué tenía dentro metió el dedo por el agujero y tocó, aunque nada vio, siguió buscando a Oyá y distraídamente se pasó el dedo por la lengua; como a cada instante llamaba a Oyá, lo hizo, y también a ella le salió candela por la boca. Asustada, Dadá salió corriendo y se metió en el mismo hueco de la Palma donde estaba Oyá, las dos mujeres se abrazaron y de allí no se atrevieron a salir. Cuando Shangó regresó a su casa llamó a Oyá y a Dadá, ninguna apareció; se dirigió adonde estaba su güirito y vio que no estaba como lo había dejado, por lo que fue entonces a la Palma donde él se metía y allí encontró a las dos, regañándolas.

Oyá no le hizo caso y le dijo: (<Yo soy tu mujer y tengo derecho a saber todas tus cosas, lo que tienes que hacer es terminar de ganarle la guerra a Oggún.» Shangó al oír estas palabras se indignó y le respondió: «Crees que una guerra contra Oggún es fácil de ganar?, con tu curiosidad me has roto mi Ozaín, le has quitado el ashé.»

Oggún se preparó mejor en esta ocasión para la guerra y ya Shangó estaba perdiendo, cuando Oyá que estaba viendo la batalla desde lo alto de una loma comenzó a gritarle para prevenirlo y de su boca en vez de palabras, salieron grandes llamaradas de candela, aprovechando la confusión que esto había provocado entre los hombres de Oggún, bajó y se situó al lado de Shangó, obligando con las llamaradas a ponerse en retirada a los hombres de Oggún.

Shangó con los truenos, los rayos y los relámpagos y Oyá con la centella, le ganaron la guerra a Oggún, obligándolo a ir al monte, donde Shangó un día lo encontró vestido de colorado y se asustó, entonces le quitó la ropa y se la puso, vistiendo a Oggún con mariwó (guano). Por eso hasta hoy se puede decir que dondequiera que haya un caballo de Oggún y uno de Shangó, es seguro que en ese cabildo o fiesta habrá tragedia entre esos dos santos.

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ene 09

La Primera Guerra de Shangó y Oggún

Por: Tomás Pérez Medina

Oyá había salido como todas las mañanas a la Plaza a poner su venta de frutas, todas ellas frescas, como se las había dado su padre Olofi, para que las llevara al mercado.

Como de costumbre llegó temprano y comenzó a pregonar sus mercancías. Cantaba con una voz tan dulce y acariciadora que hacía que todos vinieran a comprarle sus productos.

Oyá era una negra muy linda, alta, de grandes ojos, cuerpo bien proporcionado, sus pechos desnudos y erectos, y una piel tersa que le brillaba bajo los rayos del Sol.

Al lado del puesto de Oyá, tenía Oggún su herrería y estaba perdidamente enamorado de la muchacha. Ese día había decidido declararle su amor y para esto decidió hacerle una corona con rayos de hierro, al terminar el día había confeccionado la corona más hermosa que jamás se hubiera visto, adornada con siete rayos de hierro.

Shangó que por aquella época aún era adivino, vio lo que estaba haciendo Oggún, fue a la Plaza y le contó todo a Oyá, mientras le declaraba su amor, diciéndole que su problema era que como estaba tan pobre no se atrevía a decirle nada, pues todo lo que poseía eran siete caracoles de adivinar y seis otanes rojos que tenía desde que era un niño.

Oyá le respondió que ella también lo amaba a él, que no le importaba que fuera un hombre pobre. Le dijo que esa misma noche fuera adonde estaba su padre Olofi a pedir su bendición, para que este les diera su ashé y así poder tener muchos hijos. Shangó se marchó contento, hasta la Palma Real donde vivía con su hermana Dadá y se preparó para esa misma noche ir a visitar a Olofi y pedirle a su hija en matrimonio.

Oggún que estaba en las cercanías lo había escuchado todo y se puso como un loco por los celos, diciéndose que él no iba a permitir que un muerto de hambre como Shangó viniera a quitarle la mujer que él amaba, la cual convertiría en su obiní de todas formas. Cerró su herrería y se fue a casa de un quimbinsero, a quien le pidió consejos para resolver la situación. Este le pidió un adá, dos malú, veintiuna hierbas y ciento un palos, diciéndole que se fuera tranquilo a su casa que esa noche Shangó no iba a poder asistir a la casa de Olofi.

Tan pronto Oggún le entregó al quimbinsero todo lo que le había pedido, éste se dirigió al lugar donde vivía Shangó, llevando un machete embrujado en la mano, tocando cuatro veces en la puerta. Salió Shangó a contestar y al ver al quimbinsero le preguntó: «,iQué quiere en mi casa? Este le respondió: «Vengo a hacerte un favor muy grande.» «,Tú, favores a mí?», lo increpó Shangó. El quimbinsero le respondió: «Sí, yo mismo, he venido a decirte que Oggún fue a yerme para que te hiciera una hechicería y no te puedas casar con Oyá.» Shangó sospechando una traición, le preguntó: «,Y por qué me lo has venido a contar?» Pues porque Oggún sólo me ha dado un pollo flaco, pero si tú me haces un favor que necesito y me das más que Oggún, Oyá será tuya.»

Shangó seguía desconfiado, pero más pudo el amor que latía en su corazón, que su cabeza y sin volver a reflexionar le preguntó al quimbisero qué tenía que hacer.

El viejo le dijo: «Necesito que vayas al monte y me traigas estas hierbas y palos que necesito para hacer mis trabajos, pero debes cortarlos con este machete.»

Sin volverlo a pensar, Shangó cogió el machete y se dirigió hacia el monte, tan pronto se internó un poco, levantó el machete para cortar unos palos y éste se convirtió en madera, mientras todo el bosque se ennegreció completamente. Shangó que era un hombre que no le temía a nada, se paró y gritó:

Nadie le contestó, pero los árboles y bejucos avanzaban hacia él con malas intenciones. Sin amilanarse, Shangó cogió el machete convertido en palo y arremetió con todas sus fuerzas contra las ramas y arbustos que querían cercarlo. Sudaba copiosamente, a veces le fallaban las fuerzas, pero mientras más le cerraban el camino, con más fuerza golpeaba. Así transcurrieron muchas horas de constante batalla, hasta que logró llegar a un lugar por donde pasaba un arroyuelo.

Al llegar aquí las ramas quedaron un poco detrás y Shangó sin pensarlo dos veces se lanzó a las aguas, bebiendo abundantemente y lavándose las heridas. Nadó un largo trecho, hasta llegar a un lugar en que había tranquilidad. Al salir del agua para descansar, sintió una voz de mujer que le hablaba desde el centro del arroyo y le decía: «Yo soy la dueña de las aguas que te han salvado la vida, mi nombre es Oshún. A cambio de lo que he hecho, tu tendrás que salvar otra vida. Camina siempre hacia el sur y hallarás tu destino.»

Shangó se incorporó y vio un pequeño camino que se dirigía hacia el sur y sin vacilar tomó por él. No había caminado mucho, cuando le pareció sentir una voz que se quejaba lastimosamente. Se detuvo para poder escuchar mejor y orientarse, y ya no le cupo dudas de que alguien delante de él estaba solicitando ayuda. Apresuró el paso y a los pocos minutos se encontró frente a un hombre aparentemente malherido. Se le acercó y al voltearlo vio cómo le faltaban la pierna y el brazo izquierdos, desde hacía tiempo, sobre la ceja izquierda le sangraba una herida profunda que no le permitía ver el ojo. Lo recostó contra una ceiba y tomando una güira que había cerca, preparó una cataplasma a base de hierbas frescas y savia de bejucos, poniéndosela sobre las heridas con la ayuda de una hoja de plátano. Shangó se sentó al lado del hombre cambiando a–cada rato la cura, hasta que el hombre se recuperó y al verlo le preguntó: «Quién eres tú?» «Yo soy Shangó», le respondió éste. El hombre sorprendido le volvió a preguntar; «Qué haces aquí?» Shangó le contestó: «Yo soy Shangó y te he encontrado en el medio de este camino en con- diciones bastante malas. Cuéntame, ¿qué fue lo que te pasó?» El hombre le respondió: «Yo vivo en estas selvas, en todo este monte, desde que tengo uso de razón siempre he vivido aquí. Como vivo encaramado en los árboles, a veces me caigo cuando me quedo dormido y parece que esta vez me sucedió lo mismo.»

Shangó no le quitaba la vista de las otras partes del cuerpo que le faltaban al hombre y éste que se dio cuenta le dijo: «No te extrañes tanto, yo tengo un sueño bastante profundo. En cuanto a la pierna y al brazo que me faltan, te haré la historia en otra oportunidad, pero dime: ¿qué me pusistes sobre el ojo que me ha cerrado la herida?» Shangó le contestó: «Recogí unas hierbas, las puse dentro de este güiro, las mezclé bien y las envolví con hojas de plátano para colocártelas en las parte enferma.» El hombre agradecido le dijo: «Aunque muchos hombre vienen a mis dominios a coger todo lo que necesitan, tú eres el primero que me ayudas, por lo que te estoy muy agradecido. ¿Dime qué puedo hacer por ti?»

Shangó le hizo el relato de todo lo que le había ocurrido y al terminar el hombre le dijo así: «Mi nombre es Ozaín, yo soy el dueño del monte, de todo lo que aquí crece y vive, y de todo lo que en él veas. Vine al mundo por mandato de Olodumare y tengo su ashé. Quien necesita de mí, aquí me tiene, pero a partir de este momento, tú serás el primero a quien yo sirva, para venir a mí, tendrán que contar contigo. Como todo lo que es de madera, o de palos, es mío, el machete embrujado que te dieron, con el que peleaste, seguirá siendo de madera para ti, todos los instrumentos que necesites para trabajar hazlos siempre de madera, porque el hierro que es de Oggún, es tu enemigo y no puedes tocarlo. Coge el güiro con que me curaste y para que más nunca te engañen y sepas lo que traman tus enemigos, todas las mañanas te haces una cruz con las aguas y hierbas que tiene adentro, sobre la lengua, manos y ojos. No permitas que nadie lo toque o lo destape, pues él y los secretos que contiene son sólo tuyos.» Alzó su mano y tomó un loro que estaba posado sobre una rama y continuó: «Toma este loro, ponlo encima del güiro y él te indicará el camino de regreso a tu pueblo. Recuerda que sólo tú puedes destapar el güiro, cualquiera que lo haga sin tu permiso ha de sufrir el castigo de la candela. Vete en paz, con mi bendición y mi ashé. De ahora en adelante yo seré tu Padrino y mi casa es tu casa.»

Shangó cogió el camino de regreso guiado por el loro y al llegar a su ilé le preguntó a su hermana Dadá por los aconteci mientos de los días que había estado perdido por el monte.

Entre otras cosas ésta le dio la noticia de que Olofi le había entregado a Oggún su hija Oyá, como esposa y que éste pasaba el tiempo vanagloriándose de haberlo engañado y ganado la pelea por el amor de Oyá. Shangó al oír esto se enfureció y dijo: «Oyá ha de ser mía y Oggún más nunca me ganará una guerra.» A lo que Dadá le respondió: Kabio sile Shangó, kabio sile.

Es por eso que cuando truena decimos: «Clueco osí Ozaín», porque la llama es el relámpago y el trueno es la voz de Shangó, que cuando grita todo tiembla, eso es «Guotiloni soró allá». Según grita, así es de grande.

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sep 01

Nacimiento de la “Letra del año”

Por: Oluo José Hidalgo “Edibere”

Nacimiento de la “Letra del año” (por qué este ritual se debe hacer a mitad de año) Llegó un momento en que en el Cielo ya la gente no cabía. Olodumare, al ver ésta situación, mandó a Oduduwa a la Tierra, que era de Oroima (La oscuridad y lo primitivo), el reino exclusivo de Eshu, para pedirle que le permitiera bajar a los hijos de Olodumare y estos se establecieran en la Tierra. Eshu permitió a Olodumare esta petición con la condición de que todos los seres vivientes (plantas, animales y seres humanos) se convirtieran en sus fieles sirvientes, y así Eshu los conduciría en éste mundo desconocido. Oduduwa, al ver la ventaja que sus familiares del Cielo tendrían con Eshu, dueño de sus caminos, aceptó. Oduduwa le informó a Olodumare y éste desde el Cielo realizó un conjuro donde apareció Olorun (El Sol) e iluminó la Tierra. Por otro lado, Oroima habló con Inle Afokoyerí (El espíritu de la corteza terrestre) para que le permitiera vivir con todas sus espiritualidades oscuras y malévolas en el medio de la Tierra.

Oduduwa, al ver la aceptación de Inle Afokoyerí, invocó a Otá Olé (La Tierra) para que viviera encima de Inle Afokoyerí, para que el mal no viniera a la Tierra sin el permiso de Olodumare, y así se mantuviera la balanza del bien y el mal. Por ésta razón, cuando un religioso invoca a una entidad del reino de Olodumare para hacer daño, ésta deidad regresa de inmediato al Cielo, mientras que Otá Olé permite que Inle Afokoyerí se apodere de la imagen de esa deidad de Olodumare, quedando el religioso trabajando con entidades oscuras, las cuales poco a poco se lo van llevando al reino de Oroima (La obscuridad y lo primitivo) Hecho esto en la Tierra, Oduduwa se encaminó al Cielo, llevándose con él a Eshu Obasin Layé (primer Eshu que subió al Cielo). Transcurrida ésta etapa, Olodumare invocó a su hijo mayor y más fuerte, Ogún, para que emprendiera la segunda ida a la Tierra. Ogun, siguiendo el mandato de Olodumare, tomó su machete, 400 hombres y mujeres, y emprendió el camino a la Tierra, estando abriendo caminos por días, que para aquel entonces eran años. Ogún se dio cuenta de las consecuencias de no haber hecho los preparativos antes de salir del Cielo, por lo tanto tuvo que devolverse.

De igual manera le sucedió a Olokun, y Olodumare luego de éstos dos fracasos convocó a su hijo menor, Orunmila, pidiéndole que intentara de nuevo poblar la Tierra, dándole tan sólo 200 hombres y mujeres. Orunmila consultó a la deidad Opkuele y éste le aconsejó invitar a Eshu Obasin Layé a que lo acompañara, ya que éste era el único que conocía la Tierra. Orunmila lo invitó, pero antes le sacrificó un Chivo. Ésta comida le gustó tanto a Eshu que decidió acompañarlo a la Tierra. Eshu partió primero que Orunmila porque éste se había enterado que Ogún y Olokun le trancarían los caminos para impedirle llegar a su destino, por la molestia que sentían al fracasar ellos en la misma misión. Eshu convenció a estas poderosas deidades con su habilidad, haciéndoles cambiar de idea, y juntos, ellos mismos ayudaron a abrir caminos para que Orunmila llegara a la Tierra. Este llegó sin ningún tropiezo gracias a la astucia y conocimiento de Eshu Obasin Layé. Ésta es la razón por la cual cuando se entrega la mano de Orunmila, el Eshu que se recibe es Eshu Obasin Layé, ya que fue el que bajó con Orunmila a la Tierra abriéndole los caminos y venciendo dificultades. Instalado Orunmila en la Tierra, levantó sus chozas, y con la ayuda de Eshu, sembró las semillas traídas del Cielo. Llegada la noche, los hombres y mujeres se encontraban durmiendo cuando Orunmila comienzó a realizar su primer milagro.

Al despertar, todos quedaron asombrados de ver que la cosecha ya había florecido y los pocos animales que habían traído del Cielo se habían multiplicado. Comenzaron a celebrar, y Orunmila le hizo ifá a sus hijos para que lo ayudaran a continuar con la organización de la venida de las otras deidades a la Tierra. Ogbetuanilara, uno de los primeros en recibir las consagraciones de ifá, fue destinado a organizar las comidas de las posiciones en la Tierra. Con el permiso de Orunmila este se encaminó hacia el Cielo con muchas comidas de la cosecha y animales para ofrendárselos a Olodumare, para que así se le permitiera bajar con las deidades que representarían las posiciones principales en la Tierra. Olodumare le destinó a Ogbetua ésta misión y le dijo: “Como ya no podrás subir de nuevo al Cielo, entre las deidades que enviaré estarán representándome Igba Odu y Oduduwa”. Ésta es la razón por la cual Igba Odu y Oduduwa son los que encabezan el Igbodun de Ifá (Cuarto donde se consagra Ifá). Los Babaloshas e Iyalochas no reciben Igba Odu, estos reciben Oduduwa como deidad representante de Olodumare, así como lo es Igba Odu para los Babalawos. Ogbetua se encaminó a la Tierra con muchas deidades, incluyendo a Shangó, que bajaba con el primer medio de comunicación, el tambor. Ya establecido nuevamente en la Tierra, Ogbetua convocó a todos sus hermanos para escuchar a Shangó que les dijo: “Para ustedes lograr la felicidad de sus semejantes, tienen que trazar el camino que les dicta ifá; así, durante cada año, estos consejos les servirá de ley a los habitantes de la Tierra. Deben hacer sacrificios a las distintas posiciones para que se les permita vivir con la bendición de Olodumare”. Este era el secreto para poder trazar el camino a los hijos de la Tierra durante la vida.

Ogbetua aprovechando el milagro de Orunmila de haber hecho florecer las cosechas de ñame y multiplicar los animales, comenzó a ofrecer sacrificios a las deidades recién llegadas a la Tierra, en cada una de las posiciones donde se alojaron. Las deidades y sus ofrendas fueron: – Otá Olé: 1 vaca y 1 tambor. Para evitar la mortandad en el mundo y así apaciguar a las deidades de Oroima. – Oduduwa: 16 carneros y 16 palomas blancas. Para la estabilidad atmosférica. – Shapana: 1 venado con su agban. Para evitar las epidemias del mundo. – Olokun: 1 toro y adimuses. Para calmar su furia de maremotos o desastres marinos y nos permita alimentarnos de los frutos del mar. – Oke: 3 carneros, 2 gallos y 24 palomas blancas. Para la fertilidad, tanto en las cosechas, como en los seres humanos, y para que nos permita vivir en sus extensas y altas montañas. – Shangó: 1 toro y adimu. Para contar con su furia justiciera, sus tres mensajeros, el trueno, el rayo y la oscuridad y principalmente con la alegría del mundo, el Tambor. – Ogun y Ozain: 3 carneros, 6 gallos. Ogun por sus metales y Ozain por las yerbas medicinales. – Afefé (el viento), abikú (las aves de paso que son los 9 ibejis) y Elenini (la entidad de los obstáculos): 5 morrocoy, 4 gallos y cuatro palomas que se sueltan. Para la estabilidad de la vida, evitar los obstáculos y el resguardo necesario de los niños. – Orun: 1 carnera y 2 gallos. Para la comunicación con las espiritualidades. – Oshún y Yemayá: 2 chivos, 3 gallos y 5 gallinas. Por ser las dueñas de las aguas, las que nos dan la vida.

Yemayá por su amor de madre y Oshún por su participación en la creación del feto y su formación en el útero, siendo la que preside el embrión, la diosa de la fecundidad. – Eshu: 1 chivo por cada una de las ceremonias antes mencionadas, por ser la deidad conocedora de la Tierra. Aquí nacen los distintos nombres o caminos de Eshu y la posición que asumió cada uno cuando acompañaron a los irumoles (signos) y deidades tanto en la Tierra como en el Cielo. Esto es lo que certifica que Eshu es uno sólo con diferentes caminos o nombres. Ya realizados los sacrificios a las distintas deidades que se encontraban en varios puntos cardinales, cumpliendo así con éstas posiciones, awo Ogbetua, con la orientación de Orunmila, realizó la adivinación con el secreto que le dio Olodumare, obteniendo una orientación para dirigir a su tierra, y reunió a todos sus hermanos para dar a conocer la apertura del año y así salvar a la humanidad. El solsticio de verano es lo que nos certifica los días más largo a principio de mundo ya que la identificación de los meses del año fueron creadas en la era romana es por eso la apertura del año. Después de haber realizado la apertura del año, Orunmila consultó a su fiel servidor opkuele, enviándolo al Cielo para notificar a Olodumare que ya estaban establecidos todos en la Tierra y que podía enviar a la deidad Ulé (dueña de las edificaciones). Al llegar Ulé a la Tierra, Orunmila le hizo sacrificio y ésta se desboronó en el suelo, levantándose grandes casas y edificaciones. Orunmila llamó a las 4 primeras deidades que bajaron desde el Cielo con él y les dijo: “Ogun, te llamo a ti primero por ser el mayor de todos, para entregarte tu templo”, y este le respondió: “No soy merecedor de un templo por la traición que intenté antes de que bajaras a la Tierra, por lo tanto me iré a vivir al monte, a la intemperie, pero de igual manera trabajaré para todos mis hermanos y así la bulla de mi mandarria y yunque no los perturbará”. Por ésta razón en la actualidad Ogún vive en los patios, ventanas o balcones de las casas, totalmente a la intemperie. Luego Orunmila llamó a la deidad Olokun y le ofreció su templo, ésta le respondió de igual manera que Ogun: “Decido irme a vivir al fondo del mar y desde ahí controlaré las grandes riquezas para repartirlas a mi hermanos, además de cuidar su estabilidad. Orunmila llamó a la deidad Opkuele y le dijo que subiría de nuevo al Cielo pero que lo dejaría a él representándolo para que así todos sus hijos lo recibieran y ayudaran a la humanidad con la orientación de ifá.

Esto nos certifica que opkuele es una deidad más del panteón yorubá. Este instrumento de adivinación debe ser consagrado con un ritual especial que poco se conoce en latinoamérica. Orunmila llamó a Eshu para darle su templo y éste le dijo: “Orunmila, no lo acepto, tu fuiste el único que me dio de comer y ordenaste a todas las demás deidades que hicieran lo mismo, por lo tanto decido quedarme con el custodio de tu templo, de los caminos y protector de las personas que te sigan. Ésta es la razón por la cual Eshu Obasin Laye es el guardián de la casa.

Nota: Señores lectores, la razón de ésta información es colaborar con la actualización de muchas ceremonias o rituales que se fueron perdiendo como consecuencia de la esclavitud de los africanos traídos a Latinoamérica, teniendo ellos prohibido la práctica de su religión, por lo tanto no podían realizar sacrificos de magnitud, haciéndolo con animales muy pequeños y en espacios reducidos. De igual manera tuvieron que aprovechar los días de celebraciones o fiestas para poder rendir tributo a sus deidades, llegando así a la sincretización de los santos y fechas. Por ejemplo, la apertura de año, conocida en América como “La Letra del Año”, se realiza en nuestros países el 1° de enero porque ese día comienza un nuevo ciclo en el almanaque que rige a nuestra sociedad occidental, no obstante, lo correcto es realizar esta ceremonia cuando comienza el ciclo de la vida, lo cual está signado por acontecimientos en la naturaleza, cosa que ocurre a mitad de año. Todas éstas historias están certificadas en varios odu de ifá que ponemos a la orden, ya que todos los sacerdotes o representantes de Orúnmila sabemos que no hay nada sobre la Tierra o en el Cielo, que no nazca en un odu de Ifá.

 

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sep 05

Oggún

Oggún simboliza la fortaleza, el trabajo y la fuerza áspera e inicial. Es la fuerza que encierra la caja del cuerpo humano, el tórax, donde están todos los órganos vitales. En la naturaleza está simbolizado por el hierro, todos los metales y la virilidad descomunal en el ser humano. Es dueño de las herramientas y de las cadenas. Oggún es un Osha del grupo de Orisha Odé, comúnmente denominados Los Guerreros. Este grupo lo conforman Elegguá, Oggún, Oshosi y Osun. Es uno de los primeros Orishas y Oshas que recibe cualquier individuo. Oggún el Osha decisivo en el ceremonial de la confirmación de los Oloshas (Pinaldo) y en la ceremonia de confirmación de los Awó ni Òrúnmìlà (Kuanaldo). Oggún es el que tiene el derecho preferente de sacrificar, ya que le pertenece el cuchillo que es el objeto con el que generalmente se sacrifica.

Se asienta en Yoko Osha. Es dueño del monte junto con Oshosi y de los caminos junto con Elegguá. A Oggún le pertenecen los metales, es el regente de los herreros, de las guerras, vigía de los seres humanos. Su nombre proviene del Yoruba Oggún (guerra). Proviene de Ileshá y fue rey de Iré. Sus colores son el morado o verde y negro. Sus elekes (collares) se confeccionan alternando cuentas verdes y negras.

El número de Oggún es el 3 y sus múltiplos. Su día de la semana es el martes y los días 4 de cada mes. A Oggún en el sincretismo se relaciona con San Pedro (29 de Junio).

Oggún es hijo de Oduduwa, hermano de Shangó, Oranmiyán, Oshosi, Osun y Elegguá.

El receptáculo de Oggún es un caldero de hierro de tres patas y lleva una otá (piedra) recogida en el monte o en las vías del tren. Sus atributos son las herraduras, los clavos de línea, un trozo de vía de tren, freno de caballo, espadas, picos, palas, machete, masa, el conjunto de yunque y martillo que representa el trabajo del forjado del hierro, herramientas de trabajo en general, cadenas, revólveres, rifle, cuchillos (del cual es dueño), achabbá (cadena con 21 piezas), sombrero de guao, mariwó, lanzas, imán, etc. El símbolo de poder de Oggún es un machete.

Oggún se viste con chaleco y pantalones púrpuras, lleva un gorro achatado. Lleva además un cinturón adornado con largas fibras de palma. En su hombro un bolso de piel de tigre adornado con caracoles.

Se le ofrenda manteca de cacao, jutía y pescado ahumados, tabaco, aguardiente, manteca de corojo, carne de res o de chivo, maíz tostado, alpiste, harina de maíz, ñame, judías blancas, nueces de Kola, etc. Se le inmolan chivos, gallos o pollos, gallinas de Angola, palomas, jutías y en la antigüedad perros y caballos. Sus ewes son el aguacate, algarrobo, almácigo, almendra, atiponlá, lengua de vaca, pata de gallina, Ceiba, mora, hierba de la sangre, adormidera, albahaca, aroma, rompesaragüey, romerillo, cardo santo, jengibre, granada, pendejera, peonía, tabaco, siempre viva, peregún, maravilla, jagüey, verdolaga, hierba diez del día, yuca, hierba fina, galán de noche, etc.

Cuando Oggún baja, se le conoce por dos bailes característicos. La danza del guerrero, en la cual rompe el aire con su machete tirándolo hacia abajo, mientras avanza con un pie y arrastra el otro y la danza del trabajador en la cual hace mímica como si estuviera cosechando con el machete, o también como si estuviera martillando como un herrero. Los otros deben imitar los movimientos de Oggún, bailando alrededor del en un círculo.

Caminos conocidos de Oggún:

Oggún Abagága.

Oggún Abesan.

Oggún Adaiba.

Oggún Adeolá.

Oggún Aguanile.

Oggún Akirun.

Oggún Aladú.

Oggún Alagbo.

Oggún Alará.

Oggún Arere.

Oggún Aroye.

Oggún Bi.

Oggún De.

Oggún Deyi.

Oggún Elémona.

Oggún Gbenagbena.

Oggún Igiri.

Oggún Ikolá.

Oggún Já.

Oggún Jobí.

Oggún kasajó.

Oggun Kobu Kobu.

Oggun Makinde.

Oggún Melli.

Oggún Meye.

Oggún Molé.

Oggún Ñako Ñiko.

Oggún Oké.

Oggun Olobe.

Oggun Olobeté.

Oggun Olode.

Oggun Olokó.

Oggun Olópa.

Oggun Ondó.

Oggun Onile.

Oggun Onira.

Oggun Oniré.

Oggun Orioko.

Oggun Pátakori.

Oggún Shibiriki.

Oggún Soroké.

Oggún Talajó.

Oggún Valanyé.

Oggún Warí.

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